Marionetas

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Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
                                        la memoria.

Ángel González

Llegados a este punto, apenas nos queda algo que esperar del verano. Tal vez, el último baile improvisado. Todo ha quedado demostrado ya: han caído las máscaras, se han hecho patentes los olvidos, han reforzado su brillo las estrellas que eran realmente astros y no efímeros, engañosos aviones. Se ha enquistado el dolor y arde como el metal más candente por detrás de los párpados del sueño.

He dejado de creer en las causas perdidas al erigirme como paradigma de todas ellas. Y otra vez caminaré por el sendero de nubes que me condujera al precipicio. Otra vez seguiré una ciega esperanza, como si todavía las ilusiones constituyeran presencias más reales que la fantasmagórica idea de esperar algo, quién sabe qué: una suerte de destino encallado que nos aguarda, una flor escondida, un beso azul en la esquina del otoño. El destino, el destino inservible.

Es el azar el que nos maneja como marionetas heridas, grotescos títeres que el tiempo ha ido tallando a fuerza de puñaladas, de ausencias, de adioses mudos. De soledad, pero también de recuerdos. Hay que susurrar, decir las verdades muy despacio para que el azar no nos sorprenda, no nos asesine por la espalda. Hay que vivir con el temor al próximo desprendimiento.

Y sin embargo, yo solo consigo mirar hacia atrás.

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1967, el año que marcó la historia de la música

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Concentración hippie en San Francisco durante el Verano del Amor (1967)

En cuestiones de música, confieso que siento debilidad por la década de los sesenta. Partiendo de esta consideración, no se puede obviar que 1967 fue El Año, por muchas razones que cobran forma de grandes canciones y álbumes y de las que hablaré brevemente en este artículo.

Puede resultar extraño para algunos lectores que me decante por los sesenta cuando yo nací en los albores de los noventa; pero con la música ocurre como con la literatura: ¿por qué recurrir a un best seller de Dan Brown si puedes acceder a un Dostoyevski? Pues bien: ¿qué razones me llevarían a contentarme con Ed Sheeran o Lady Gaga, si puedo rescatar un disco de los Beatles? Algunos, en el terreno musical, también nos rendimos ante el magisterio de los clásicos. Y la música de los sesenta contiene la dosis exacta de sentimentalidad mezclada con ritmo. Un requiebro nostálgico y hondo en medio del terreno de lo “bailable”, como podría ser los dos inicios de estrofa en “Good Vibrations” (The Beach Boys), que contrastan exquisitamente con el estribillo. Comparada con la de los sesenta, la música actual me resulta previsible y anodina —aunque exista alguna que otra honrosa excepción—. En los setenta, la música perruna de discoteca eran los Bee Gees. ¡Los Bee Gees! Ahora soportamos a Juan Magán, Enrique Iglesias y Shakira. ¿Qué nos ha pasado?

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Portada del álbum The Voice Of Scott McKenzie, publicado en 1967, que incluye su gran éxito “San Francisco”

Hace medio siglo, en junio de 1967, Scott McKenzie convocaba en San Francisco a los hippies de medio mundo instándolos a que llevaran flores en el cabello —Be Sure To Wear Flowers In Your Hair—. La famosa canción fue obra de John Phillips, el ya por entonces celebérrimo vocalista de The Mamas & The Papas, que colaboró con la industria discográfica de Los Ángeles para sembrar el inicio de lo que se ha conocido históricamente como el Verano del Amor (Summer of Love). Este no debe entenderse más que como un intento de comercialización del movimiento contracultural que se venía gestando en San Francisco —concretamente, en el barrio de Haight-Ashbury— desde hacía aproximadamente un año. Influyeron varias cuestiones: el legado de los beatnik, los bajos precios de los alquileres en Haight-Asbury, la legalidad del LSD en California hasta octubre de 1966, la oposición de los pacifistas a la cruenta Guerra de Vietnam. El resultado se concretó en oleadas de jóvenes que se asentaban en San Francisco con la aspiración de vivir enfrentados al sistema, experimentando con la psicodelia aportada por las drogas y con nuevas formas de sexualidad. Lo que empezó como una revolucionaria y alocada propuesta se iría internando después por caminos más oscuros y peligrosos que conducían, en muchos casos, a la muerte.

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Brian Jones y Jimi Hendrix durante el Monterey Pop Festival de 1967

El culto al amor libre, la protesta ante la Guerra de Vietnam y la oposición al sistema capitalista del colectivo hippie constituyeron el caldo de cultivo para el Verano del Amor que gestaron artificialmente Phillips y sus amigos y que acabaría arrasando con la comunidad que se había formado en Haight-Asbury, como bien explica Diego A. Manrique en un artículo de hace un año en El País. En la práctica, se trató de una concentración masiva de hippies y de curiosos en el área de San Francisco. La industria musical californiana dio luz, ese verano, al primer festival al aire libre de la historia del rock: el Monterey Pop Festival, celebrado entre el 16 y el 18 de junio. En él actuaron leyendas como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Otis Redding, Eric Burdon y The Animals, The Byrds, Jefferson Airplane, The Who, Grateful Dead, Buffalo Springfield, The Rolling Stones…

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Jefferson Airplane actuando durante el Monterey Pop Festival de 1967

El rock psicodélico fue, en mi opinión, la mejor aportación del movimiento hippie a la historia de la cultura. En 1967, se formaron grupos de la talla de Fleetwood Mac, Steppenwolf o Status Quo, y fue el año en que se lanzaron álbumes  y sencillos imprescindibles para el género, que demuestran mi teoría acerca de que, en el terreno musical, fue El Año. Concluyo este artículo con una lista que incluye algunos de los álbumes y sencillos más famosos:

Enero: Between The Buttons (The Rolling Stones)

Febrero: The Doors (The Doors), Younger Than Yesterday (The Byrds), Surrealistic Pillow (Jefferson Airplane), “Happy Together” (The Turtles)

Marzo: The Velvet Underground & Nico (The Velvet Underground), I Never Loved A Man The Way I Love You (Aretha Franklin), Mellow Yellow (Donovan), “A Whiter Shade Of Pale” (Procol Harum)

Mayo: Are You Experienced? (Jimi Hendrix), “Waterloo Sunset” (The Kinks)

Junio: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (The Beatles), David Bowie (David Bowie)

Julio: Bee Gees’ 1st (Bee Gees), Flowers (The Rolling Stones), Little Games (The Yardbirds), “Brown Eyed Girl” (Van Morrison)

Agosto: The Piper At The Gates Of Dawn (Pink Floyd)

Octubre: “Love Is All Around” (The Troggs)

Noviembre: Forever Changes (Love), Disraeli Gears (Cream), Buffalo Springfield Again (Buffalo Springfield)

Diciembre: Strange Days (The Doors), Their Satanic Majesties Request (The Rolling Stones), Days Of Future Passed (The Moody Blues), Magical Mystery Tour (The Beatles), The Who Sell Out (The Who), John Wesley Harding (Bob Dylan)

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Los fantasmas de Velintonia

IMG_8683El pasado viernes, tras un día de verano primaveral, amainó la lluvia poco antes de las ocho de la tarde, cuando se volvieron a abrir las puertas del número tres de la antigua calle Velintonia, cuyo nombre oficial es, desde hace años, “calle de Vicente Aleixandre”.

Resulta inexplicable la emoción presentida al avanzar una vez más hacia el jardín, consciente de que ese camino emprendieron, antes que yo, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Luis Cernuda, Rafael Alberti… Ese camino, iluminado con velas, que conduce hacia el inmenso jardín coronado por el cedro libanés que plantó el propio poeta en 1940, cuando hubo de reconstruir la vivienda tras los desastres de la Guerra Civil. El jardín, alegremente invadido por decenas de sillas, me saludó con la familiaridad que solo aparece entre las almas predispuestas a la poesía. Como siempre, supe que, de algún modo, Aleixandre estaba presente, mirándonos con complicidad a través de sus bondadosos ojos azules. El olor a lluvia en el aire, las paredes demacradas y sabias del edificio, la enorme fotografía del poeta sobre el improvisado escenario. De repente, su voz emergiendo de una antigua grabación. Latía la emoción en cada brizna de viento.

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Alejandro Sanz, presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, presentando el acto

Un año más, ha continuado la lucha emprendida por la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre por salvar la casa del poeta, donde vivió desde 1927 hasta su muerte, acaecida en 1984. Desde ese año, el edificio se encuentra en un lamentable estado de abandono, sin que ninguna institución política haya dado un paso efectivo –más allá de compromisos de boquilla y discursos edulcorados- por hacerse cargo de ella. En 2017 se ha celebrado el cuadragésimo aniversario de la entrega del Nobel de Literatura a Aleixandre. Este año, han intervenido personalidades como Mª Amaya Aleixandre, Luis María Anson, Emilio Calderón, José Luis Ferris, Charo López, Alessandro Mistrorigo, Andrés Pociña, Aurora López, Aitor Larrabide, Manuel Rico, Javier Lostalé… Y un grupo de pop sevillano, Maga, que le cantó a la casa del poeta.

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Con Alejandro Sanz y Andrés París en la biblioteca de Aleixandre

El sábado por la mañana, un grupo de afortunados tuvimos ocasión de visitar la casa por dentro, guiados por la voz experta de Alejandro Sanz, que preside la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre. Es Alejandro un buen amigo, enamorado de la Generación del 27, que habla de aquellos poetas como de admirados compañeros cercanos que, simplemente, estuvieran ausentes por unas vacaciones un poco más largas de lo normal. Una tiene la fantástica impresión, conversando con él, de que todavía vivimos en la Edad de Plata. Desde hace ya bastantes años, conduce la Asociación de Amigos con un entusiasmo contagioso, defendiendo con ahínco la memoria de su –de nuestro- adorado Aleixandre, junto a su compañera de la Asociación, Asunción García Iglesias.

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Vicente Aleixandre en la biblioteca

Ardua tarea en una ciudad como Madrid, donde los ayuntamientos –unos y otros- demuestran su compromiso con la cultura celebrando costosas “noches en blanco” que siempre acaban en botellón y no se preocupan por la casa de un Premio Nobel. En una comunidad en la que la Presidenta no declara al edificio Bien de Interés Cultural debido a su “escaso valor arquitectónico”. En un país, en resumen, como España, antaño cuna de grandes escritores, hoy hábitat natural de vocingleros y botarates que tienen a bien desgobernarnos desde su probada ignorancia. A ellos, les recomendaría que leyeran; que se esforzasen por comprender la historia y la cultura de su país o, al menos, por respetar a aquellos que sí las comprendemos.

Un reciente artículo anuncia que Manuela Carmena, nuestra actual alcaldesa, va a estudiar un plan de protección para la casa a petición del PSOE. Alejandro Sanz recibe la noticia con prudencia, amparado en todas las anteriores promesas y disposiciones que, finalmente, no pasaron de palabras. Es inevitable, sin duda, el escepticismo, que quedará neutralizado cuando sean los hechos, las acciones prácticas, los que hablen. No puede vencer la incultura en este país; no, al menos, para siempre.

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El salón.

Atravesamos la puerta verde. En el salón del primer piso, se interna una luz lírica por la ventana. Muy cerca, el dormitorio de Vicente. Allí escribió la mayor parte de su obra, contemplando las ramas del cedro, sentado en la cama: esa cama cuya actual ausencia deposita un vacío cuajado de memoria. Después bajamos al sótano, donde originalmente se hallaban las dependencias del servicio. Hay un rastro de gorriones inmóviles que, atraídos probablemente por la posibilidad de refugiarse del frío de la semana pasada, fueron luego incapaces de salir y se quedaron atrapados en una muerte trágica y poética.

IMG_8702Mientras caminamos por la casa vacía, el recuerdo de Vicente nos sigue muy de cerca, sonriendo discretamente en su experimentado papel de anfitrión. Hay versos flotando en el aire polvoriento; resuenan por las esquinas los acordes fantasmas de un piano y la risa musical, cantarina, de Lorca. En la biblioteca, Miguel Hernández se afana por salvar algunos libros de las bombas y abajo, en el vestíbulo, Luis Cernuda espera, tímidamente, a que Aleixandre lo reciba.

Son escenas intangibles, recuerdos, guiones de sueños deshilachados. La poesía, la memoria, la emoción: realidades que pueden vencer a la muerte y que, sin embargo, son infravaloradas bajo sentencias burdas, carentes de sensibilidad, que aluden a cuestiones tan prosaicas como “el valor arquitectónico”. Ya dijo Larra que “Escribir en España es llorar” y, años, después, fue corregido por Cernuda: “Escribir en España no es llorar, es morir”.

Afortunadamente, todavía quedamos idealistas enamorados de aquellos inmensos fantasmas.

Otros artículos míos al respecto:

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Andrés París: mirar el mundo con ojos de verso

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Andrés París recitando en el Museo de la Ciudad de Móstoles, en una actividad organizada por la Asociación Cultural Naufragio. Fotografía: María del Río-Ángel Aranda (acnaufragio.blogspot.com)

El poeta también se encuentra en la mirada y Andrés París (Madrid, 1995) contempla el mundo con ojos de verso. Observador, atento, brillante; su timidez y discreción habituales dan paso, en el escenario, a un excelente rapsoda que se mueve como pez en el agua y es capaz de despertar emociones en los labios de sus afortunados espectadores. Y es que, además de ser poeta, Andrés ha hecho sus pinitos en el mundo del teatro. Su participación más reciente puede encontrarse en la obra Azul de metileno —basada en El árbol de la ciencia de Pío Baroja—, en la que encarnó al cínico personaje de Julio Aracil. La obra fue estrenada en noviembre de 2016 en el teatro OFF Latina de Madrid. En el terreno interpretativo, también hay que señalar que obtuvo el primer puesto en el popular Slam Poetry de Madrid en 2015, con un poema que desafiaba la habitual mediocridad “antipoética” de estos eventos.

Yo lo descubrí en su faceta de “poeta científico”, una categoría cuya existencia desconocía hasta entonces. A caballo entre las humanidades y las ciencias más puras, es graduado en Bioquímica por la Universidad Autónoma de Madrid y cuenta con una sección propia en la revista científica Principia, donde ya ha publicado dos ingeniosos poemas en los que desmonta el mito de la supuesta incompatibilidad entre ciencias y letras.

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De izquierda a derecha: los poetas Aureliano Cañadas, Andrés París y Javier Díaz Gil, junto al editor José María Herranz, durante la presentación de Entre el infinito y el cero en La Casa Encendida

Fue en otoño del año pasado cuando se incorporó al grupo poético de Los Bardos, convirtiéndose así en el segundo miembro más reciente, después de la filóloga J. L. Arnáiz. Sin embargo, debe gran parte de su aprendizaje poético a la tertulia Rascamán, coordinada por el poeta Javier Díaz Gil. Además, ha pertenecido al grupo poético juvenil “Diversos” del centro de Poesía José Hierro —donde coincidió con otra barda, Debbie Alcaide— y de más tertulias literarias, y sus insobornables convicciones morales y artísticas lo han conducido a ser expulsado de alguna otra.

Gran admirador de Arthur Rimbaud, se halla muy lejos, sin embargo, de poder ser considerado un enfant terrible, puesto que es amante de la calma, la moderación y el pensamiento racional, lo cual no impide un apasionamiento vital que refleja en sus versos, mezclándolos con su particular y quieta melancolía: la melancolía del observador que combina sagacidad y ternura. La influencia de Verlaine se limita, pues, a la precocidad creativa y a un simbolismo muy del gusto del s. XIX.

Este simbolismo se mezcla en su poesía con una suerte de surrealismo muy plástico, muy sinéstesico, generador de un universo de belleza extraña y acristalada que envuelve al lector. El eje incuestionable de su poética es, como ya señalara Javier Díaz Gil, “la creación de imágenes”. Imágenes violentas, chocantes o frágiles; próximas, en algunos casos, a la greguería; poseedoras, todas ellas, de una extrema delicadeza que baila con los cinco sentidos, confundiéndolos.

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No puedo aportar ejemplos ilustrativos de su obra más reciente, con el fin de respetar el carácter inédito de la misma. Sin embargo, el lector interesado cuenta con la posibilidad de acudir a sus publicaciones en revistas —Cuadernos del matemático, Luces y sombras, Saigón—, a alguna antología —Cuaderno de Bitácora. Antología de la tertulia Rascamán (Poeta de Cabra, 2016), Arrecife de Naufragios (Segunda Antología Saigonista)— y a sus dos poemarios: Sonetos y velas vanguardistas (Círculo Rojo, 2011) y Entre el infinito y el cero (Poeta de Cabra, 2015). El primero constituye un precoz alumbramiento poético, obra de un adolescente —el autor tenía quince años en el momento de la publicación— que ya se anuncia como promesa, introduciendo su original imaginería literaria, enmarcada en un formato clásico de sonetos, coplas, romances. Entrañable e insolente, criticable y digno de admiración.

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Andrés París presentando su segundo poemario en Córdoba. Foto: acnaufragio.blogspot.com

Es el segundo poemario en el que pretendo centrarme, por ser el más reciente, una de cuyas composiciones le sirvió al poeta para resultar finalista del Premio Poeta de Cabra 2016. Lo primero que encuentro al respecto del libro en Internet es una cuestionable crítica en un blog, Vallenegro, en la que se define como “difícil, terriblemente difícil”. El autor de dicha reseña se queja de tener que dedicarle “un grandísimo esfuerzo que incluso puede generar una cierta decepción”.

Para empezar, considero bastante arriesgado despachar un libro de poesía con el calificativo de “difícil”. ¿Qué habría pasado si la crítica hubiera hecho lo mismo con Poeta en Nueva York de Lorca o La destrucción o el amor de Aleixandre? Por otra parte, el esfuerzo por parte del lector suele ser inherente al género lírico, caracterizado por extremar la función poética del lenguaje. Desgraciadamente, vivimos tiempos en los que se considera poesía a frasecillas ingeniosas o bobas, soeces en algunos casos, para todos los públicos, que en mis años escolares se escribían en las agendas entre clase y clase. Tal banalización del concepto de la poesía ha popularizado el género, pero a la vez le ha restado calidad. En los versos de Andrés París, sin embargo, seguimos encontrando la intrínseca elaboración y la profundidad reflexiva del siglo pasado. No resulta casual que el autor resultara finalista en 2013 de la III Olimpiada filosófica de Madrid con una disertación sobre la realidad. La filosofía, la reflexión, ocupan también su lugar en las páginas de Entre el infinito y el cero. Por todo ello, la decepción no es, en absoluto, el sentimiento que genera el entendimiento de la obra.

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Entre el infinito y el cero plantea el comienzo y el desarrollo de una guerra desde los ojos del protagonista, un muchacho que contempla cómo el mundo que conocía se modifica radicalmente y sus seres queridos cambian del mismo modo o desaparecen, mientras él se resiste inútilmente a este cambio y, al final, acaba por abrazarlo. La guerra, en mi interpretación, constituye la alegoría del paso de la adolescencia a la madurez, necesario y traumático. “Tengo la suerte de no saber / cómo es un campo de batalla, / y la desgracia de saber cómo lo imagino”, escribe el poeta. El campo de batalla, ese mundo adulto, es algo que él contempla todavía desde la distancia, en el que sí participan sus padres, en cuyo contexto él se siente inútil: “Será que mi madre hace demasiado, / mi padre lo que puede, / y yo, sinceramente, incordio”.

El mundo quieto y atemporal de la infancia es representado por la habitación, el cosmos de paz que protege al poeta del exterior, aunque a veces se vuelva jaula o “cámara revólver”. En la guerra a la que se enfrentan, todo tiende a la deshumanización: el poeta se vuelve una “masa de sangre”, hay “pocos hombres”. El padre y la madre representan lo humano, la cara amable y protectora de esa infancia que se desvanece. El adiós del padre —de la seguridad, de la protección— da paso, reveladoramente, al poema “Máquinas”, deshumanizado desde el título. En este sentido, de la primera parte del poemario destaca la prosa poética “Las cartas que me hubiera escrito mi padre”, un ejemplo de genialidad poética. Es reseñable también la aparición, en esta parte, de la figura de la gata como una encarnación de la soledad o un presagio de la muerte que se avecina. Su nombre, Luna, la relaciona con un símbolo de la muerte en el imaginario lorquiano, un poeta cuya influencia recibe, sin duda, Andrés París. La muerte reaparecerá en forma de caballo —de nuevo, Lorca— en la segunda parte.

La lluvia, otro símbolo del cambio, salpica el final de la primera parte en el poema “Tierra”, donde hallamos un guiño al universo modernista de Rubén Darío: “Una sonatina cubre el luto de la princesa”.

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Diseño inédito de Andrés París para la portada de Entre el infinito y el cero

En la segunda parte, el yo poético contempla ya el mundo desde el cristal de su inexperta madurez. En el poema “(Cero)”, se refleja el aprendizaje y el poeta contempla la realidad como “potencia infinita”, aunque confiesa: “la ignorancia me devora”. Este afán de conocimiento incide más adelante, en otro poema: “para llenar el cántaro / con el hondo que no se alcanza”. En “(Al ego absorbente)” percibimos una lucha interna y la resistencia del protagonista a madurar. Reconoce: “Cómo odio a mi yo del pasado”. Unos versos después: “La juventud encarna orgullosa / el espíritu de la contradicción”.

En “(A un anochecer no cualquiera)”, el poeta contempla desde la distancia el juego de seducción propio de la adultez: “las jóvenes eligen sus vestidos / para el baile perpetuo de los enamorados” y confiesa, situándose al margen: “Yo, necesito a mi Luna”. ¿Qué enigma encierra esta confesión? Podemos deducirlo más adelante.

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El poeta firmando en Lucena Entre el infinito y el cero. Foto: acnaufragio.blogspot.com

En “(A los opacos)”, menciona la existencia de una venda que le cubre los ojos que durará hasta “El día que me venga la luz / y me suscite la libertad de movimientos”. La venda se relaciona con el “sendero penumbra” desvanecido, de nuevo, bajo un alumbramiento. Dicha luz o alumbramiento simboliza el amor, igualado a la música en “(A la melodía de la luz)”, que desata al fin la venda de sus ojos. El amor es encarnado por una niña de blanca sonrisa, “demasiado joven y hermosa”. En “(Al leve ascenso)”, encontramos la pista definitiva acerca de su identidad: “Subamos escaleras / tras el rastro de la poesía”. En efecto, esa “luz cristalina” que destierra las tinieblas es la poesía, la inspiración poética, que surge en soledad. Por eso, mientras el resto del mundo participa en el juego del amor, el poeta se pregunta por su Luna, esa soledad vestida de gata que le conduce al alumbramiento poético.

Por tanto, Entre el infinito y el cero constituye una obra en la que el protagonista se enfrenta a la madurez, primero en forma de guerra sangrienta que se suaviza en la segunda parte, donde encuentra al fin el camino para avanzar por ese nuevo mundo, y no es otro que la poesía. En el último poema, contemplamos al poeta, más en paz consigo mismo, en pleno rapto de inspiración, mientras un gato —de nuevo, un felino—hace una casa de papel con los restos de sus poemas.

Sin duda, Andrés París, igual que el protagonista de su segundo libro, ha elegido mirar el universo con ojos de poesía.

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Presentación de “La nostalgia inseparable de Rafael Alberti” en el Ateneo de Madrid

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José María de la Torre, Marina Casado, J. Ignacio Díez y Alejandro Sanz durante la presentación. Foto de Javier Velasco Oliaga

El pasado lunes 12 de junio celebramos la presentación de mi nueva obra, La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra (Ediciones de la Torre, 2017). Fue en el Ateneo de Madrid, un lugar emblemático en la historia literaria de la ciudad. Me acompañaron en la mesa Alejandro Sanz, presidente de la Sección de Literatura del Ateneo y de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre; J. Ignacio Díez, catedrático de Literatura de la Universidad Complutense y José María G. de la Torre, director de Ediciones de la Torre.

El ensayo es el resultado de la adaptación, a libro, de mi tesis doctoral, defendida en diciembre de 2015 y por la cual obtuve la calificación de “Sobresaliente Cum Laude”. Se trata de la revisión de la obra poética —y gran parte de la teatral— de Rafael Alberti, desde el punto de vista de la oscuridad y del exilio íntimo: los dos ejes centrales que vertebran su poética y que, desde mi punto de vista, no han sido atendidos suficientemente por la crítica.

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Foto de Javier Velasco Oliaga

Alberti es más que Marinero en tierra; es más que aquel fulgor de extroversión y alegría que ha quedado en el recuerdo de tantos; más que un activo militante del Partido Comunista que se debatió siempre entre el clavel (el lirismo) y la espada (el compromiso). Su primer poema fue una consecuencia directa de la necesidad de expresar sus sentimientos tras la muerte de su padre en 1920, cuando él tenía 17 años. Su poesía nace, por tanto, de la oscuridad. Desde ese momento, toda su poética puede estructurarse en torno a una serie de crisis existenciales en las que desembocaba la pérdida de sucesivos paraísos que no eran espaciales, sino temporales. La evocación de un pasado más feliz teñía el presente de un sentimiento de nostalgia, lo que él llamó “nostalgia inseparable” en un poema de su obra Baladas y canciones del Paraná.

El resultado es una progresiva pérdida de la propia identidad. El poeta se busca a lo largo de toda su obra y esta búsqueda resulta infructuosa, por lo que se convierte en un exiliado íntimo, un exiliado de su presente.

El acto comenzó con la presentación de Alejandro Sanz, que reivindicó con sumo acierto la importancia de la Generación del 27 en la historia de la literatura hispánica y la necesidad de que los nuevos investigadores revisen la obra de los clásicos, esos que a veces son rechazados por algunos poetastros contemporáneos. A continuación, José María de la Torre, quien fuera amigo del poeta, narró algunas anécdotas vividas con él y señaló la importancia de su figura en el panorama literario. Ignacio Díez, en una valiente y aplaudida intervención, defendió la integridad ideológica de Alberti, su compromiso, y criticó a aquellos que utilizan el argumento político para no considerarlo un gran poeta.

Tras mi intervención, tuvo lugar la proyección de un vídeo que elaboré hace años como homenaje a la Generación del 27, que mezclaba una versión musical de la famosa “Balada para los poetas andaluces de hoy” -con la voz del propio Alberti, acompañado de Rosa León- y fotografías de escritores de dicha generación, junto a algunos otros próximos.

Fue una tarde emocionante y memorable. Asistieron familiares, amigos incondicionales, inesperados conocidos y numerosos desconocidos atraídos por el tema. Todos contribuyeron a dejarme un poquito de esa luz que, igual que Alberti, persigo con desesperación en estos tiempos sombríos.

Finalizo con una selección de fotos tomadas, en su mayoría, por los poetas Andrés París y Gelu Vlasin:

Ya sabéis que podéis encontrar mi ensayo La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra (Ediciones de la Torre, 2017) en la web de Amazon.

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Con Rafael Alberti en la Feria del Libro de Madrid (II)

El pasado domingo 11 de junio regresé a la Feria del Libro para firmar mis obras. Era el último día y un apretado calor veraniego envolvía el ambiente. Firmé numerosos ejemplares de mi nuevo ensayo albertiano y también varios de los dos poemarios, Los despertares y Mi nombre de agua. Muchas gracias a todos los que os pasasteis. Os dejo aquí una selección de fotografías realizadas por Javier Lozano:

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Después de las firmas, tuvo lugar la primera reunión de los Bardos, mi grupo poético, con José María de la Torre, director de Ediciones de la Torre; para preparar un proyecto que se convertirá en el acontecimiento literario de 2018. Pronto iré dando más detalles…

 

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Homenaje a José Ángel Casado Carvajales en el CEIPSO Tirso de Molina

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Ayer, en el jardín del colegio, junto al madroño plantado en homenaje a José Ángel

Hoy quiero escribir sobre mi padre, José Ángel Casado Carvajales. Mi padre, mi maestro. La persona más sabia y más humilde que he conocido, tal vez porque su humildad formaba parte de su sabiduría. No es fácil dejar huella en un mundo tan frenético y absurdo como el que nos ha tocado vivir, pero él supo hacerlo. Una prueba de ello ha sido el homenaje celebrado ayer en el CEIPSO Tirso de Molina (distrito de Arganzuela), donde ocupó el puesto de director durante los últimos cuatro años y trabajó como maestro otros tantos.

Profesores, alumnos, padres de alumnos, directores, inspectores e incluso policías del distrito asistieron al acto celebrado en el patio del colegio, acompañando a la familia. La ceremonia fue dirigida por Silvia, la jefa de estudios del Centro, y participaron en ella compañeros y alumnos de mi padre, que le dedicaron palabras cariñosas, poemas e incluso canciones.

Hería el sol matutino de junio mientras una niña de cabello moreno se emocionaba relatando anécdotas de aula que perfilaban un retrato preciso de José Ángel como ese maestro bondadoso, comprensivo y sosegado que fue. Escuchando a aquella niña, revivía una vez más mi propia experiencia como alumna suya en quinto y sexto curso de Educación Primaria. Tuve que acostumbrarme, durante los dos cursos, a llamarle “profe” en vez de “Papá”. Él nos enseñaba a hacer manualidades, nos proyectaba documentales sobre la naturaleza. Recuerdo una ocasión en la que toda mi clase acabó llorando tras un documental acerca del peligro de extinción de los osos pardos. Con él, escribí mis primeros versos. Él nos hizo aprender a diferenciar entre una copla y un romance, nos ayudó a componer caligramas y poemas encadenados. Las notas siempre eran lo de menos: jamás fue exigente, en ese sentido. Su objetivo era formar personas buenas, preocupadas por el arte y por el medioambiente, que amaba profundamente. No fue un poeta como tal, aunque escribiera poesía en su juventud, pero poseía una mirada poética hacia el mundo y tenía la capacidad de encontrar belleza en los rincones más imprevistos.

No era una persona ambiciosa. Sí, aspiraba, sin embargo, a la trascendencia: deseaba que su obra, su labor, no se limitaran a su vida, sino que permanecieran en la mente y en los corazones de quienes tuvimos la suerte de compartir con él nuestra existencia, y de aquellos otros que ya solo oirán hablar de su persona. Hay tantas cosas que contar que este texto resulta ridículo en comparación con el torrente de anécdotas, enseñanzas y recuerdos que se agolpan en mi memoria y que iré expresando lentamente, de forma inagotable, a lo largo de mi vida.

Para mí, sus facetas de padre y de maestro fueron las dos caras de una misma moneda. Y digo “maestro”, como a él le enorgullecía considerarse, por encima de otros títulos que también poseía, como el de director o psicopedagogo. Maestro, con todo el romanticismo implícito del término. Era un enamorado de su profesión, que ejerció desde los 19 años hasta los 61 con auténtica dedicación y pasión. Fue director en dos colegios distintos: mucho antes del Tirso de Molina había dirigido, durante un amplio período de tiempo, el C.P. Antonio de Nebrija, que a su llegada era un centro sin recursos, apenas, ubicado en un barrio obrero de la periferia de Madrid: Villaverde Bajo. Mi padre construyó el comedor, el patio y la biblioteca, que abrió también al barrio. Resultó muy emocionante, en el acto de ayer, escuchar a Milagros, una compañera del Tirso que fue una de sus primeras alumnas en el Nebrija. Recordaba, sobre todo, su sonrisa amable, su serenidad y su tolerancia.

Después de los discursos y una magnífica actuación del coro, los familiares, compañeros y alumnos lanzamos globos blancos al aire con una banda sonora inmejorable: el tema “Nights In White Satin”, de los Moody Blues, uno de sus preferidos de todos los tiempos. Los globos se alejaron en el azul de la mañana y recordé su sempiterno deseo de volar como un ave.

A continuación, plantamos un árbol, un madroño, que lleva su nombre. Quien lo conociera, quien supiera de su amor por la naturaleza, podrá imaginarse el significado tan especial que guarda esta acción. Él planto el jardín del Tirso, tan exuberante, tan lleno de flores y de melodías cromáticas. Él creó y trabajó en el huerto del cole, en su huerto, que algunas de sus compañeras siguen cuidando con el mismo mimo con que él lo trató. Su voz, su sonrisa bondadosa, vuela entre las zanahorias, las lechugas, las calabazas que todavía no han brotado.

IMG_8199El homenaje de ayer fue una muestra de que, al final, ha alcanzado esa anhelada trascendencia: su obra y su persona han matado a la propia muerte, han superado a ese fin acelerado y prematuro que le sobrevino hace dos meses y que no le tocaba aún, porque todavía teníamos que aprender mucho de él: de su sabiduría en todos los ámbitos y también de su bondad, su paciencia infinita y su comprensión. Virtudes que lo convirtieron en un gran maestro, en un gran padre.

Hoy no está físicamente, pero para mí, para muchos, no se ha ido: vive en cada amanecer, en cada brote nuevo de un árbol, en la lluvia que tanto amó, en las canciones —¡en tantas canciones…!—, en los versos de sus poetas, en mis propios versos. Su mirada se une a la mía y no me abandona, como él jamás me abandonó. Y vive, claro que vive.

Todavía

Los árboles acostumbrados
a peinar la memoria del ocaso
seguirán alisando el firmamento
desde donde nos mires.

Y continuarán riendo las gaviotas
sobre el lago de aguas somnolientas
en el que al mediodía de los tiempos azules
capturábamos barcos con los ojos.

Es más honda tu voz que este vacío
y llena las heridas de tu ausencia;
es una luz celeste que se enquista
en todas las canciones,  los libros,
los paisajes. Gira el mundo
como una noria moribunda,
igual que cada noche.
Como todas las noches.

Es otra vez tu voz, acostumbrada
a cantar los ocasos despeinados,
la que me reconduce al idealismo
de querer, todavía, ser feliz.

Marina Casado, 9 de junio de 2017

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