Los despertares

Alicia fragmentada

«¿Habré cambiado durante la noche? Vamos a ver: ¿era yo la misma al levantarme esta mañana? Casi creo recordar que me sentía un poco distinta. Pero si no soy la misma, la pregunta siguiente es: ¿quién diablos soy? ¡Ah, ese es el gran enigma!»
Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

 

Alicia ya no es rubia si no se posa el sol en sus cabellos.
La bruma castaña de sus ondas parece triste
en los días tristes, desvanecida
entre las otras muchas brumas castañas
de la estación de metro, Línea 3.
Alicia busca desesperadamente
los flashes sin escrúpulos de las fotografías
para sustituir el sol por sus taladros cegadores
y recrear aquel ámbar dulzón de los tiempos pasados
en sus cabellos. Después mira las fotos un instante
y siempre se sonríe –con su boquita triste
de piñón y carmín- y dice que es Alicia.
Que a pesar de todas las muertes es Alicia.

Alicia nunca deja de afirmar que es Alicia.
Tal vez aún recuerde aquel tétrico bosque
poblado de parlantes cervatillos
donde un día sin tiempo se olvidó de su nombre.
Hay quien dice que desde el día aquel,
Alicia ya no era tan Alicia, que progresivamente
fue dejando de serlo.

Pero Alicia es Alicia porque tiene su nombre.
Porque tiene los flashes de las fotografías
y los caprichos tontos de niña encantadora,
descalza sobre los jardines de asfalto de la ciudad.

Sin embargo, no contempla las fotos nada más que un instante.
Tiene miedo de ver sus ojos rojos envenenados por el flash,
por sus taladros cegadores despuntados de sangre.
Alicia ya no es rubia sin esos ojos rojos acompañándola.
Ella insiste en que un naipe confundió sus pupilas
con una rosa blanca
y equivocadamente las tiñó de carmín
-¿pasaría lo mismo con su boquita triste?
Aun así, no mira sus fotografías más allá de un instante.
Y huye por los bosques sin árboles, sin flores,
de la ciudad insomne; huye descalza y sonriente,
caprichosa, inconstante, borrando soledades
a golpes de planetas; accesible y dispersa,
corriendo siempre para que no se cumpla
su eterno primer miedo:
desembocar en el Espejo.

.

La sonrisa de Cheshire

 

«-¿Cómo sabes que estoy loca? –dijo Alicia.
-Tienes que estarlo –dijo el Gato- o no habrías acudido aquí.»
Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

 

Alicia loca,
fragmentada
y descalza
se pierde sola por la ciudad.
Las luces de neón le envían guiños silenciosos
desde escépticos edificios que han perdido su nombre,
amenazando con contar a los Tres Reyes Magos

que ella no es Alicia.

Alicia entonces tiembla, porque el invierno es frío
y el reloj es muy grande,
y las luces tan blancas
y los semáforos tan tristes
la están desvaneciendo por momentos.
Íntimamente descarnada, se pone los tacones
–que saca de la noche sin fondo de su bolso-
y sigue caminando muy deprisa para volver a casa
antes de que el amanecer despunte
y le repita aquella eterna y sola pesadilla:

que ella no es Alicia.

Una risa imposible sacude las paredes de la noche.
Alicia se estremece
y piensa que tal vez ha regresado sin saberlo a su País
y que por eso está tan sola.
De pronto no recuerda ya su punto de partida:
se detiene en el límite de una ancha rotonda
por la que ya han dejado de circular los automóviles.

Y espera.

Alicia tiene entonces el cabello
desesperadamente oscuro y los ojos llorosos, saltarines:
dos ojos de museo en sus mundos sin lluvia.
-¿Será verdad entonces
que yo no soy Alicia? –se pregunta en voz alta
frente al telón tan fijo de la madrugada.
Una risa burlona resuena irremediablemente en su cabeza.
De manera inconsciente, Alicia mira el firmamento
y descubre, de nuevo, la familiar sonrisa
–en su cuarto creciente- flanqueada de estrellas.
-He perdido el camino –susurra su boquita de piñón,
apretada de penas. La sonrisa en el cielo
se perfila y responde, a través del silencio:

“Todos estamos locos”.

© Los despertares, 2014