Alicia enamorada
Well, she’s fashionably lean
and she’s fashionably late.
The Doors
Hubo un día en que Alicia pensaba que sus labios
se romperían cuando alguien los besase.
Entonces los pintó de rojo atardecer
–ella insiste en que un naipe
los confundió con una rosa blanca
en los días terribles del Decreto Real de Corazones-.
Ahora colecciona en un cajón
las huellas de sus besos
clasificados limpiamente bajo las iniciales
de los primeros poseedores.
Y los conejos blancos ya no tienen sentido:
la moda es llegar tarde, maldecir en inglés
y patinar sin rumbo fijo sobre los rascacielos.
Alicia se enamora tres veces por semana
y se desgarra el corazón al menos otras doce.
Ciertos días, extraña dulcemente
el final de una historia que nunca sucedió,
cuando sus labios aún eran espejos
y las princesas no dormían para siempre
por una sobredosis de somníferos.
Por un beso de Alicia, un ramo de luceros
y una baraja en la que falta un naipe.
.
La sonrisa de Cheshire
«-¿Cómo sabes que estoy loca? –dijo Alicia.
-Tienes que estarlo –dijo el Gato- o no habrías acudido aquí.»
Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas
Alicia loca,
fragmentada
y descalza
se pierde sola por la ciudad.
Las luces de neón le envían guiños silenciosos
desde escépticos edificios que han perdido su nombre,
amenazando con contar a los Tres Reyes Magos
que ella no es Alicia.
Alicia entonces tiembla, porque el invierno es frío
y el reloj es muy grande,
y las luces tan blancas
y los semáforos tan tristes
la están desvaneciendo por momentos.
Íntimamente descarnada, se pone los tacones
–que saca de la noche sin fondo de su bolso-
y sigue caminando muy deprisa para volver a casa
antes de que el amanecer despunte
y le repita aquella eterna y sola pesadilla:
que ella no es Alicia.
Una risa imposible sacude las paredes de la noche.
Alicia se estremece
y piensa que tal vez ha regresado sin saberlo a su País
y que por eso está tan sola.
De pronto no recuerda ya su punto de partida:
se detiene en el límite de una ancha rotonda
por la que ya han dejado de circular los automóviles.
Y espera.
Alicia tiene entonces el cabello
desesperadamente oscuro y los ojos llorosos, saltarines:
dos ojos de museo en sus mundos sin lluvia.
-¿Será verdad entonces
que yo no soy Alicia? –se pregunta en voz alta
frente al telón tan fijo de la madrugada.
Una risa burlona resuena irremediablemente en su cabeza.
De manera inconsciente, Alicia mira el firmamento
y descubre, de nuevo, la familiar sonrisa
–en su cuarto creciente- flanqueada de estrellas.
La sonrisa en el cielo
se perfila y responde:
“Todos estamos locos”.