“Mar de Varna”, de Álvaro Hernando Freile

No es fácil escribir sobre el último poemario de Álvaro Hernando, Mar de Varna, publicado con Baile del Sol. Desde el comienzo, el lector tiene la impresión de internarse en un universo onírico y complejo, un bello laberinto tejido de metáforas, símbolos. Un espacio que habita dentro de la mente del autor, que conecta con nuestra propia mente, como si siempre hubiéramos sido poseedores de la llave que lo abre. En su introducción, el poeta hace dos afirmaciones fundamentales para comprender su obra. La primera: “Nos identificamos con los que fuimos y con lo que queremos ser, eludiendo quiénes en realidad somos”. La segunda: “Los lugares son tiempos”. Ambas afirmaciones se sostienen mutuamente, porque configuran el espacio en el que brota la poesía. La poesía nace, precisamente, en ese lugar indeterminado, el presente, donde el autor reflexiona sobre su propia identidad contemplando el pasado y el futuro, se enfrenta al olvido y a sus propios demonios: “Soy un ser transitorio, indeterminado por la vida, salvo en el momento en que el mar de Varna me atraviesa”. Pero, ¿qué es el mar de Varna?

Para empezar, es el protagonista de la primera sección de la obra, que, en palabras del autor, está “dedicado a los momentos que nos devuelven la identidad”. Hay, desde el inicio, una batalla contra el olvido. En el primer poema, el lector asiste a una de las imágenes más bellas, oníricas y enigmáticas del libro: “Mientras, todo / se asemeja a un puente con forma de cisne / que reposa tranquilo sobre la sal / de un mar antiguo, muerto junto a nuestros muertos”. No existe el mar, solo su recuerdo, un recuerdo que el poeta teme olvidar. Y sin embargo, existe más que algunas realidades. Es un espacio accesible desde los sueños: “Voy con todo a los sueños, / como si nada hubiera en ellos, / salvo la necesidad de encontrarte. […] / Con todo a los sueños que habitas, / por si hay que quedarse a dormir bajo la tierra / o construir una casa de viento”.

Destaca en esta primera parte una clave de la poética de Álvaro Hernando: la presencia de las aves, del vuelo, de las plumas. Se identifican con la idea misma de poesía. Hay “poemas de estorninos”, “poemas de vencejos”, “poemas que son bandada de aves temerosas”. Los estorninos, especialmente, tienen un significado esencial. A veces, el lenguaje limita la poesía: “Las palabras nos enjaulan / como una enredadera / que anida dentro de la tráquea”.

La segunda sección, “Tapias”, trata “sobre los lugares de tránsito”. Escribe el poeta: “Pensamos el tránsito como un lugar desde el que morar cuando todos los alrededores cambian”. Se refiere al tránsito físico, pero también al psicológico. A las historias inacabadas, al propio tránsito de la vida como camino hacia la muerte. Aparecen personas de su pasado, como el padre llevándolo al colegio, ese colegio que comienza y acaba en una tapia.

Precisamente, el padre protagoniza el poema que da nombre a la tercera sección, “Ab imo pectore”, que trata “sobre quienes nos habitan para siempre”: “Me queda el rostro blanco de mi padre, / como una memoria líquida”. Y lo íntimo se expande a una dimensión más universal: “De la historia no solo habría de aprenderse recordando las piezas, diseccionadas, sino como de una sombra que proyecta cada uno de nuestros movimientos. Son como los lunares, como los tatuajes: están en nosotros. La historia está en nosotros, aunque no necesariamente en nuestra memoria”. También aquellos que se fueron siguen formando parte de la poesía, que, al fin y al cabo, es la propia alma del autor traducida en palabras.

Y así llegamos a la última sección, “Cicatrices”, que el poeta define como “donde uno puede orientarse a partir del caos, de la duda y de una identidad a la deriva”. No en vano el libro está dedicado “A los perdidos”. ¿Quién no ha estado nunca perdido? ¿Quién podría afirmar que ya no lo está? Solo aquellos que no se han detenido lo suficiente para pensarlo. Se compone esta última sección de prosas poéticas, en las que la tendencia surrealista de todo el poemario se intensifica, especialmente en los magníficos “La cadena trófica” y “Conejos”. Quizá esta imaginería responde al intento de explicar el extrañamiento frente al mundo que lo rodea o a la imposibilidad de autodefinirse: “Vivo en el lugar en que lanzamos plumas al cielo, y decimos entonces que somos dioses que han creado pájaros y que nos pertenecen”, “La nueva normalidad consiste en mirar para otro lado, o en agujerear una montaña, para descubrir si hay una montaña al otro lado”. Contribuye a este extrañamiento la pandemia, que atraviesa varias de las prosas: “El ser humano aprende que deambular es volar dentro de un encierro. El domingo podría ser sábado y no se asusta ante los lunes”. La realidad es “una nueva Venecia que nace hundida en el lodo”. El poeta asume y abraza también su propia oscuridad: “Yo me inventé un abismo. […] Lo beso cada noche. Es un agujero, una cicatriz, un brazo amputado que siempre pica en su fantasma”, “Comprendo que algunos se dediquen entonces a pintar los infiernos”.

Afirmaba al comienzo que no resulta fácil escribir sobre Mar de Varna, y no porque el lector se pierda o no comprenda, sino por la cantidad de símbolos, imágenes y mensajes que proyecta. No se trata de una poesía “de aquí y ahora”, sino que encaja dentro de aquella que agradece dos, tres o cuatro lecturas, en cada una de las cuales van despejándose distintos enigmas. La influencia del simbolismo o del surrealismo es innegable, pero el poeta no corta nunca los lazos con su realidad, con su mundo tangible, lo cual permite que el lector siga orientándose y hasta identificándose con los poemas. A cambio, nos regala una variedad de imágenes y metáforas que contribuyen a hacernos “comprender / desde la palpitación del eco / al centelleo de la belleza”.

Álvaro Hernando es docente, antropólogo, gestor cultural y muchas cosas más. Entre ellas, poeta, como queda demostrado en este libro, que recomiendo a todos los perdidos, pero también a todos los que crean haberse encontrado. Un libro con vocación de viaje, que abre una dimensión que todos albergamos.

Cine y vida: “Planos cortos”, de José Luis Morante

Planos cortos': José Luis Morante presenta su nuevo libro en Rivas - Diario  de Rivas

Hay poesía en el buen cine y, desde hace mucho tiempo, también el séptimo arte se refleja en la poesía. Rafael Alberti, que nació –“¡Respetémoslo!”– con el cine, escribió un entrañable homenaje a los actores de cine mudo bajo el calderoniano título Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Lorca puso a pasear a Buster Keaton en uno de sus “poemas representables” y Cernuda se inspiró en el filme Sombras blancas en los mares del sur para crear una bella composición integrada en Un río, un amor.

Ahora, José Luis Morante (Ávila, 1956) se decanta por el aforismo para deleitar a sus lectores con fogonazos cinematográficos, con la vida dentro y fuera de la gran pantalla desde los ojos de un poeta. Leyéndolos, me vienen inevitablemente a la memoria las inspiradoras observaciones de Jim Morrison, recordado principalmente como el vocalista de The Doors: “Los espectadores de cine son vampiros callados”, “Los primeros cineastas, como los alquimistas, gozaban con una deliberada oscuridad acerca de su oficio para ocultar sus habilidades a los voyeurs profanos”. Morrison había estudiado cinematografía en la UCLA, pero combinaba estos conocimientos con su propia mirada poética, la mirada que también posee Morante.

La semana pasada, tuve el privilegio de asistir a una presentación de Planos cortos. Aforismos y cine (Trea, 2021) en el Café Comercial de Madrid, que contó con las intervenciones de Carlos D’Ors, Javier Recas y el propio autor de la obra: José Luis Morante. Fue una magia especial la que invadió el histórico café, que se tiñó de blanco y negro mientras un jazz imposible cubría mi memoria, y no me hubiese sorprendido que, de repente, hicieran acto de presencia Rita Hayworth o John Wayne y se unieran al público. En un momento, nos habíamos olvidado de aquel enero frío, gracias a los pedazos de cine y vida que nos traía Morante.

Cine y vida son una misma cosa para el autor. Se abrazan, entrelazan sus ramas. No es la visión técnica de un profesional cinematográfico la que nos ofrece, sino la mirada apasionada de alguien cuyos sueños, desde la infancia, han estado ligados al cine de una forma entrañable.

Juan Varo Zafra, en su certero prólogo, diferencia varias categorías de aforismos a lo largo de la obra: los que critican películas, géneros o la propia naturaleza del cine; los vinculados al recuerdo; los que extraen metáforas para explicar la vida y aquellos otros “que recurren al cine como alegoría de vivencias hondas o de juicios universales, con frecuencia de carácter ético”. El abanico es amplio, como vemos, pero todos los aforismos destilan ingenio, humor, un cierto existencialismo, una sabiduría otorgada por la experiencia de vivir… Justamente las características a las que el autor nos tiene acostumbrados en su faceta aforística, pero con el ingrediente adicional de girar en torno al mundo del cine. Un tema atractivo, sin duda, especialmente para aquellos que, como yo, nos consideramos “cinéfilos aficionados” y que hemos sabido disfrutar previamente de los aforismos de Morante. Porque él ya es uno de los grandes aforistas del panorama poético nacional, el fabricante de lo que ha llamado en una obra anterior “migas de voz” y que otros podríamos conocer como “morantismos”, puesto que han logrado conseguir una voz que hoy es claramente reconocible.

Por último, os dejo por aquí algunos de mis aforismos preferidos de la obra, para que no os queden dudas de que disfrutaríais leyéndola:

“Cine: oficio de la luz”.
“En la retina ideal se admite el rebobinado; una misma película con final diferente”.
“Hiperrealista y alternativa, la soledad hilvana largometrajes de elaboración casera, faltos de luz”.
“La pantalla cobija heterónimos del miedo”.
“Corazón y memoria. Nada como el cine para dar vida a los cadáveres del pasado”.
“Los guiones de la realidad parodian sueños”.
“Charlie Chaplin recuerda al profesor jubilado que espera que la vida se repita”.
“El bostezo, ese diagnóstico discreto”.
“Para opinar con libertad, comento fuera. Los actores escuchan”.
“Cine, poesía en los ojos”.

“Tapar los espejos”, de Rosario Troncoso

TAPAR LOS ESPEJOS | 9788412304091 | TRONCOSO GONZALEZ, ROSARIO

Llega a mis manos un nuevo poemario de Rosario Troncoso, una nueva flor en el jardín acuático de su poética. Tapar los espejos, publicado por la editorial asturiana BajAmar en 2021, es un murmullo subterráneo, la huella visible de un dolor, el frío de la ausencia y la fortaleza de una voz poética que duerme bajo el agua y cuenta las espinas de su sangre. Leo Tapar los espejos como la inevitable continuación de En el corazón, escamas, el libro inmediatamente anterior de la autora. La sirena, varada en la tierra, escucha desde su soledad la llamada azul del océano. El mal amor ha herido sus escamas celestes y debe volver a ensayar la libertad, comprender que “después de la pasión no espera nada”, convencerse de promesas a sí misma se hace: “No amarte en vano / ni escribir más tu nombre sobre mi herida”, “Olvidar a quien me ancló en primavera”. El dolor le ha enseñado, aunque todavía sea pronto para la cicatriz: “Aprendí a sellar mis labios y a no perseguir por amor las estelas de los barcos”. Es un proceso pleno de “desidealización”, una conciencia de la diferencia que existe entre sus sueños y la realidad: “Porque yo solo quería amarte sin querer tenerte ni que tú me tuvieras”.

La soledad también es a menudo incomprensión: “Ahí fuera hay un clamor que grita que me salve. Que me salve de ti, y de mí”. E inevitablemente surgen sentimientos como la impotencia –“Mi voluntad es una mariposa de aire”– o la culpa: “Conviene tapar los espejos. Que pasen de largo sus pasos. Que no sepa que he vuelto a adorarte y a abrazar sin culpa el dolor que corrompe la memoria”. Esa mariposa de aire es también la voz poética, que en el último poema de la obra, “Vaticinio”, confiesa: “Tengo las alas rotas”.

Estilísticamente, predomina la prosa poética, que se combina con los poemas breves, compuestos de tres versos, de la primera sección. Las imágenes habituales en la poética de Rosario Troncoso vuelven a aparecer en esta obra: la oposición entre la tierra y el mar, la sirena, la playa, los naufragios, el propio cuerpo… Encontramos ese intimismo tan particular en la autora, una dinámica de espejos, una sinceridad salada y desgarradora, en ocasiones, una inocencia pura, casi infantil, que sobrevive a los subterfugios de la realidad.  

Tapar los espejos es la historia de una reconciliación, la más compleja de todas: la que se entabla con una misma. Y así, leemos: “A lo mejor, si lo pido con vehemencia, esa mujer a la que amo, a la que me niego a escuchar, y que arrojé al fondo de mi infierno, regresa y me abraza. La mujer que sangra por mí, que desaparece adrede, y que soy yo”. A lo largo de la obra, el lector comprende que no, que esa mujer no ha desaparecido, sino que sobrevive por debajo de todo el dolor, esperando para volver a alzar la mirada e inundarla con la luz del sol. 

Rosario Troncoso (Cádiz, 1978) es profesora de Lengua Castellana y Literatura, gestora cultural, editora y articulista en prensa. Cuenta ya con diez poemarios publicados a sus espaldas, una larga trayectoria literaria.  

“Las razones del hombre delgado”, de Rafael Soler

Pocas veces la poesía es aún sorpresa, descubrimiento, adentramiento por un túnel. Rafael Soler (Valencia, 1947) lo ha logrado en Las razones del hombre delgado (Nueva York Poetry Press, 2021). Se trata de un poemario sorprendente desde su comienzo, que atrapa al lector con hondas y acertadas reflexiones sobre la muerte y nuestra aceptación: “Porque hay vivos medio muertos, cierto es, pero hay también muertos medio vivos, más allá de su tenaz apocamiento al ser definitivamente instalados en La Casa Helada”. En palabras de Antonio Gamoneda, “una incesante sucesión de asombros”.

Se podrían señalar muchos aspectos acerca de este poemario, desde un punto filológico: el uso libre de los signos de puntuación para conformar un ritmo fluido y perpetuo, las brillantes imágenes, a menudo irracionales o cercanas al surrealismo; el verso corto, preciso y eficaz, el juego con el lenguaje, el ingenio y un cierto “humor sabio”: “No es lo mismo morir / a que te mueran”… Sin embargo, en mi opinión, una crítica meramente filológica desmerecería la verdadera dimensión de la obra.

Es un libro que ahonda en la muerte, un tema ya de por sí misterioso, fascinador y terrible. Pero no lo hace desde la perspectiva a la que los lectores estamos acostumbrados, sino que parece abrir una dimensión alternativa para contemplar el mundo, los seres que lo habitan, su propia vida, desplegando una intimidad fascinante con la muerte, superando los límites impuestos. Una mirada inteligente, extraña, misteriosa, en contrapicado, casi cinematográfica en ocasiones, provista de un cristal oscuro. A veces, el lector siente frío. Otras, se envuelve en una especie de humo subterráneo que emerge de la voz poética. Igual que si el universo se vistiera de niebla para ser contemplado, con una “tos de lluvia” a caballo sobre un ritmo de tambores, sobre algo primigenio y difícil de precisar. Y para mirar a la muerte y cantarla, el autor celebra la vida, el amor, paladea la existencia, “quizá desorientado”. Y desorienta también al lector, pero es necesario perderse y desdibujar las formas para comprender las dimensiones del final. Adentrarse en esa niebla o “bruma elástica”. Entender las sabias razones del “hombre delgado” y acabar preguntándose “¿cuál es el nombre de ese pájaro?”.

De entre todas las propuestas poéticas contemporáneas, la de Rafael Soler brilla por su originalidad, su atractiva extrañeza, su desafío filosófico. Este libro evidencia la madurez de un poeta y narrador español consagrado más allá de nuestras fronteras, con una frondosa trayectoria a sus espaldas.

Belleza entre las ruinas. «No», de Francisco José Martínez Morán

NO. MARTÍNEZ MORÁN, FRANCISCO JOSÉ. Libro en papel. 9788418935145 Cervantes  y Compañía Libros

Estas Navidades, he tenido ocasión de leer No, el poemario con el que Francisco José Martínez Morán ha obtenido el I Premio Internacional de Poesía Francisco Brines, publicado con Pre-Textos. Al autor lo conocía ya por otro libro suyo, Los cuadernos del frío (BajAmar, 2021), en el que pude ya apreciar su estilo condensado y directo, reflexivo y afín a la quietud. Un estilo que le ha servido para obtener importantes reconocimientos con libros anteriores, como el Premio de Poesía Joven Félix Grande y el Premio Hiperión.

De No, destacaría la magnífica capacidad del poeta para imprimir un ritmo, una melodía a su poesía, a pesar de que estemos hablando de una poesía experiencial. Una cosa no quita la otra y así debería ocurrir siempre. Estamos tristemente acostumbrados en la poesía contemporánea a que, si la poesía es sobria o de estilo narrativo o experiencial, el papel del ritmo quede relegado a un lugar muy secundario o directamente inexistente. A pesar de ser el eje del género lírico. Y ojo, digo “ritmo” y no “rima”. Porque el verso libre, bien utilizado, debe resultar tan melódico como la rima.

La poética de Martínez Morán lo cumple. Posee un ritmo corto y elegante, condensado, en consonancia con la temática y con la perspectiva. Versos cortos, muy definidos y depurados en los que se aprecia una gran elaboración. Palabras que no sobran ni faltan. Sin huecos, sin extrañezas. El poeta pasea por su realidad y la fotografía con palabras; quizá por eso está tan presente la luz en la obra, así como su contraste: la sombra. Es un libro de claroscuros, que pasa por una claridad guilleniana, pero no se queda en mera contemplación, sino que reflexiona sobre las alas rotas de ese mundo. Hay una decepción latente, una frustración: “pero no hay fuerza humana que soporte / el peso de este mundo tan vacío, / el pálido inventario de unos días / sin otro fin que el tedio y sus parientes”. Confiesa el poeta: “¿Qué puedo yo enseñaros, salvo calma, / paciencia, lucidez y decepción?”. Quizá en esos versos se condense la esencia de su poética, porque para mostrar esa decepción, lo hace desde la calma, desde una quietud desusada y lírica en la que detiene el universo y lo mira a lo lejos. También responde a los grandes pensadores, como Horacio, Séneca o Marco Aurelio: “Intento la armonía, pero sé / de sobra que lo humano la rechaza: / vuelvo el rostro y está abrasado el mundo”.

Y sin embargo, es capaz de encontrar la belleza entre esas ruinas. Una belleza luminosa y fugitiva: “Pero ojalá tu luz, / tu luz en el silencio y el tumulto; / tu luz, sólo tu luz / contra toda luz falsa, / contra el miedo y el hábito del miedo, / contra la humana forma del delirio”. Y hallar belleza en el incendio es la tarea, al fin, del poeta.