“Condiciones para el vuelo”, de Joselyn Michelle Almeida

La primera condición para el vuelo es la pregunta. Por eso Eva la formula en uno de los poemas iniciales del libro: “¿Qué cielo a la belleza expulsaría / fuera de sí por querer ser más bella?”. La curiosidad se identifica con la inocencia. Continúa, revelando la identidad del interlocutor: “Si el pecado fue seguir tu lumbre propia, / ¿por qué tú el príncipe de las tinieblas?”. Esta relación entre el pecado, la belleza y el conocimiento surge también en otros poemas como “Malus domestica”, con el símbolo de la manzana, o en “Prueba de fe”: “Manda que le corten la nariz a la mujer / y así desfigurar el rostro bello del pasado”.

La inocencia en sí supone un regreso a lo primigenio, a la naturaleza, con cuyos elementos entra en comunicación constantemente la poeta. Se identifica con el amor, porque ambos, amor y naturaleza, basan su esencia en la libertad. Por ello, las escenas amorosas se hallan en íntima relación con estos elementos naturales: “Vengo a dar albergue a tu beso fugitivo, / […] Ese que ensaya los matices del estío / y bebe relámpagos en la tormenta / haciendo de tu mirada un cielo en espera”. La naturaleza, como el amor, se encuentra amenazada: hay fuerzas que amenazan con romper ese equilibrio, como ocurre en el incendio de “Trastorno planetario” o en la desaparición de las abejas de “Aclaración”, donde concluye la poeta: “Vivimos y nos amamos mientras se pudo”.

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“11 aforistas a contrapié”: la realidad hecha mosaico

“Como dinosaurio inadvertido, una amanecida la perplejidad estaba ahí. Un misterioso virus confinó en casa miedos e incertidumbres y despobló aceras con efectividad arbitraria”.

Podría ser el comienzo de un relato –con guiño a Monterroso incluido–, pero es la “Nota final” de la antología 11 aforistas a contrapié, en la que José Luis Morante, responsable de la edición, selección y prólogo, describe las circunstancias en las que se fraguó la obra. Una pandemia y el salvavidas emocional de la cultura: la música, los libros, nos permitieron olvidarnos por momentos de que vivíamos una película de ciencia ficción –o “ciencia-aflicción”, que diría Ángel González– que no se ha terminado. Y mientras el mundo se derrumbaba, José Luis Morante reunió pequeños fragmentos de realidad poetizada en este libro que José María Cumbreño, director de Liliputienses, ha editado con mucho mimo. El resultado es un mosaico de miradas y colores que, juntos, iluminan este presente desconcertante.

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Un deudor de los clásicos: “Ecos del desasosiego”, de Antonio Mata Huete

La poesía contemporánea ha desterrado, en gran parte, el lenguaje preciosista; ha huido de la adjetivación que nos dejó como herencia el Modernismo y, en determinados casos, ha caído en una simplicidad que deja de lado, incluso, las figuras retóricas más esenciales. En este contexto, sorprende encontrar un poemario como el de Antonio Mata Huete, escritor y periodista toledano con una trayectoria literaria consolidada en poesía y novela.

Ecos del desasosiego (Los Libros del Mississippi, 2020) sorprende por su lealtad a los clásicos y la impronta innegable del Modernismo y el Simbolismo en sus imágenes, en sus bellas metáforas cuajadas de plasticidad. Esta idea se refleja desde los primeros versos del libro: “Ya no quedan clavos candentes / Que inflamen la piel en los sueños”.

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Buceando en “Los amores autómatas”, de Félix Moyano

“Llevo toda la tarde pensando en salir fuera, / pero tras la ventana se atisba un precipicio”. Desde los primeros versos, en Los amores autómatas (Premio Andaluz de Poesía Villa de Peligros 2019) la voz lírica se sitúa detrás de un cristal y contempla el mundo desde su refugio. Está presente el deseo de salir al exterior, pero se trata de una voluntad estéril: “hay un charco estancado en las yemas de mis dedos / que me impide llamarte”. El mismo poeta se identifica con una “planta de interior” y confiesa: “Yo soy como esas plantas que están dentro, / en cuartos muy oscuros y en pasillos, / sin saber con certeza qué es el tiempo”.

De este modo, los poemas se sitúan en interiores: dentro de una habitación, un patio con rejas, un coche, una cama, un autobús, una ciudad lejos del mar, su propio cuerpo. El mundo, su mundo, se materializa en ese espacio limitado (“Hay bosques en tus brazos”, “anochece en tu cuerpo”). Esta circunstancia conduce a veces a la voz lírica a un aislamiento, una suerte de infierno de soledad: “la cadencia del negro siempre fue irregular. / Se extiende por tu sangre como un oleoducto”, “en jaulas de cristal que tienes dentro, / al fondo de tu estómago, / donde la luz no llega”, “el abismo permanece intacto, / justo en el centro / de tu corazón”. Hay “una sed que late y que golpea mi pecho”: ese deseo cernudiano que débilmente se enfrenta con la realidad, que no alcanza a salir al exterior.

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Vencer a la muerte. “Luz del instante”, de César Rodríguez de Sepúlveda

La íntima proximidad de la muerte es uno de los temas centrales de Luz del instante (Ompress Poetas, 2020), el primer poemario del profesor César Rodríguez de Sepúlveda (Madrid, 1968). Dividido en tres secciones, arroja al lector por un recorrido plagado de narratividad que no desdeña el ornamento lírico, más bien al contrario, en un tiempo en el que la lírica –en el sentido más puro del término– sufre el rechazo de muchos autores.

La primera sección, “La del alba sería”, constituye una conmovedora y triste despedida de la niñez. Los recuerdos se suceden, como el de la primera vez que el niño ve ante sí un cadáver, en el poema “Un santo de verdad”, y nos ofrece una mirada atónita e inocente que le hace pensar en vampiros. En esta sección se encuentra el que, en mi opinión, es uno de los mejores poemas de la obra: “Desahuciados del alba”, que sintetiza ese final de la infancia, representada como un tiovivo, que termina con la llegada del primer reloj:

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