“Ahora que es tarde”: un puente levadizo a la poesía de José Luis Morante

En palabras de Antonio Machado, vivir es “pasar haciendo caminos sobre la mar”. También podríamos aplicarlo a la literatura. Hay caminos más anchos y otros más estrechos; senderos que se interrumpen frente a un árbol hendido por el rayo y otros que continúan, serpenteantes pero firmes, desafiando al tiempo y a cualquier obstáculo que esgrima la existencia misma.

El camino poético de José Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956) es largo y fructífero, cuajado de lecturas que crecen a uno y otro lado, perennes y frondosas, perfilando el trazado. Hoy tenemos la ocasión de adentrarnos por ese camino gracias a la aparición de Ahora que es tarde, una antología que recoge una selección de su obra poética entre 1990 y 2020. El libro, exquisitamente editado por La Garúa, cuenta con un prólogo de Antonio Jiménez Millán titulado “José Luis Morante: poesía y reflexión”, que hace referencia a uno de los rasgos más característicos de su poética: la profundidad, la hondura. Verso a verso, el pensamiento se despliega como la lengua de una mariposa; avanzamos página a página con naturalidad mientras el poeta nos contagia de su minucioso y lírico afán por analizar el mundo que nos rodea y, de paso, nuestro propio paisaje íntimo.

Comienza el sendero en 1990 con un primer libro, Rotonda con estatuas, en el que la soledad engendra la creación y nacen los ejes de su poética que se mantendrán a lo largo del tiempo. La poesía se perfila, en sentido cernudiano, como una suerte de dimensión accesible solo desde el apartamiento consciente: “Cuando no supe de qué hablar con los hombres…”, “Desde mi soledad a ti camino”. Surge ya la contemplación del paisaje urbano desde una perspectiva lírica: “La calle estaba recién puesta, / resplandeciente y dócil”; existe una identificación de poesía y vida: “Me sonaban los pasos a verso en asonante”. Como bien señala Antonio Jiménez Millán, es indudable ya desde este comienzo la deuda con la poética de Ángel González –que puede extenderse a toda la Generación del 50– y que se refleja en una cierta amargura irónica y en la visión del ser amado como una deidad que, con su soplo, es capaz de crear vida. Es necesario ese soplo, ese amor, para diferenciar al hombre de las estatuas. Aparece también en este primer libro la duplicidad del yo materializada en el poema “Heterónomos”, que recuerda inevitablemente a aquel otro poema de Juan Ramón: “Yo no soy yo. / Soy este que va a mi lado sin yo verlo…”. La influencia de Jiménez está presente a lo largo de toda la trayectoria poética de José Luis Morante, quien de hecho es un gran especialista en su obra.

En 1992, la duplicidad del yo evoluciona hasta convertirse en centro de la obra Enemigo leal, que profundiza en una perpetua rebelión íntima. El poeta, despierto, en permanente alerta, reflexiona: “Aun generalizando, todos cabemos dentro / de la especie enemigo”. Esa lucha lo aleja de “los mansos”, “porque limpios de culpa / hacen posible que otros / arrojen la primera piedra”. La enemistad, incluso la íntima, es necesaria como “motivo sagrado para seguir luchando”. Aquellos que escribimos, incluso los que estamos empezando, sabemos que hay otra clase de inevitables enemistades, surgidas de envidias, propias del circuito literario. En este sentido surge el poema “Enemigo leal”, que regresa a la figura de Juan Ramón, generador de pasiones y odios en su tiempo: “Tuvo un amplio elenco de enemigos leales”.

Dos años más tarde llegamos a Población activa, una obra con clara vocación de tiempo detenido. Aquí el presente se inmoviliza y es invadido por bocanadas de pasado: “Nada es eterno, salvo un lunes”, “Hoy tropecé contigo en la penumbra / de una antigua postal”. La contemplación del pasado va definiendo al poeta presente: “Algo me dice que en los gestos de un niño, / poniendo entre las sombras sus zapatos / y unos vasos de agua / para apagar la sed de esperados viajeros / está toda mi vida”. Concibe la vida como una “calle vacía” que “alarga al infinito su trazado”. Una vida que ha de llenar –aquí, otra vez, volvemos a Machado–. Es fundamental la reconciliación íntima que se produce en “Encuentro” –“Miré mi rostro / con curiosa sorpresa”– y “El otro”: “Hablaría del amigo perfecto para el viaje. / Lo impide su manía de guardar la distancia. / Siempre está al otro lado del espejo”.

La pleamar de recuerdos de infancia, de adolescencia, se hace más palpable en Causas y efectos (1997), que abre con el recuerdo conmovedor del padre, que “descubrió en la derrota / una patria feliz, compensatoria”. Se rastrea el inicio de la nostalgia en el colegio (“Así fui acumulando esta nostalgia”): “todo cuanto amaba / quedaba siempre lejos, misterioso, / hacia el lado que acoge los ponientes”. Esta obra es fundamental para perfilar la formación humana de la voz poética: su admiración por la ciencia –reflejada en el luminoso laboratorio, puerta hacia el futuro, de ese “pabellón de usos múltiples” del colegio–, la aparición del deseo mezclado con la pasión por la literatura en la figura de Beatrice, la profesora que “nos dio una razón definitiva / para abrazar la causa de los libros / con la ferocidad de una cruzada”, el descubrimiento del amor físico –“En la sombra, furtivos, / enlazadas las manos, silenciosos, / los dos adolescentes estrenaban / ese fulgor perplejo / de quien se desconoce”. Surgen, como siempre, numerosas referencias culturales: del cine –“Sesión de noche”–, de la pintura –Da Vinci–, de la literatura –el inspector Maigret–; incluso de la música –la “Amanda” de Víctor Jara–. La vida, concluye el poeta, “es una sucesión aleatoria de causas y efectos / sobre las dunas de la realidad”. Y el arte sobrevive al artista, como demuestra en “Ante una biografía”, poema en el que Da Vinci es consciente de su propia intrascendencia frente a su obra, La Gioconda.

El ingenio y la ironía –herencia de la Generación del 50– que ya eran palpables en todas las obras anteriores se iluminan en Un país lejano (1998). La imaginación despliega mundos, personajes y situaciones lejanos a su realidad y con los que, sin embargo, el poeta se siente identificado de algún modo. En ese país lejano imaginado aparece un “yo contradictorio / que no tiene pasado ni futuro”. Se suceden en los versos un francotirador, nómada, el prisionero al que su amor salva de la prisión, el miniaturista que perfila mensajes secretos para su amada, los extranjeros (“la nada que persiguen es la nada”), el último cliente que “narra con acopio de detalles / las rutilantes vidas que no ha sido”. En “Profesor de idiomas” y “Un inexplicable asesinato” el cine vuelve a hacerse vida; la vida, literatura. El humor surge en “Poeta consagrado” (con su “perenne halitosis”) y “Funcionario poeta”, en el que se compara con Superman –y nos arranca una sonrisa a los que compartimos su sino–. Me parece muy reseñable, en esta obra, el poema “El miedo”, uno de los más conmovedores de todo el libro, donde aborda el tiempo desde una perspectiva cíclica.

El viaje también tiene una importancia fundamental en la formación de un poeta. José Luis Morante le dedica un poemario completo en 2001: Largo recorrido, que es un canto a la seducción de la lejanía, a la incertidumbre: “Un territorio abierto a lo posible, / un rostro seductor, la lejanía”. El pasado, tan importante en los anteriores poemarios, se hace a un lado en éste: “Abandonar en tierra con alivio / la gastada maleta del pasado”. Se trata, en esta ocasión, de un homenaje al presente y a las múltiples posibilidades brindadas por el futuro: “El futuro no existe. Lo inventamos”. No obstante, el pasado interrumpe en forma de conciencia, como “ruidos  / misteriosos de todas las ausencias / que nos hablan en críptico lenguaje”. Concluye el poemario en Rivas –“un árbol que resguarda la memoria”–, lugar de residencia del poeta donde se detiene el viaje con sentimientos encontrados: “acumulo renuncias e inquietudes / y despide mi mano el tren vacío / de la vida que parte, no sé dónde”.

En La noche en blanco (2005), el viaje lo realiza la voz poética por su propia conciencia. La vigilia hereda esa pervivencia de la lucha, de la constante alerta, de los primeros libros: “En la torre central guardo vigilias”. En el territorio de la noche se fortalecen las propias convicciones: “A veces el silencio / agranda sus certezas / e impone a cada cosa su sentido”, “He perdido el anhelo difuso de ser otro”. No se resiste a volver al pasado (“Regreso”), ni a analizar su oficio de escritor (“Identidad”), incluso su propia imagen frente a la sociedad –en “Máscara”, que tanto recuerda a la poética de Ángel González: “Su logrado artificio / oculta las estrías. / Se hizo con materiales resistentes. / Con ella se completa su disfraz”. 

Ninguna parte (2013) es un análisis del presente en el que se advierten signos de cansancio, que paradójicamente sirven al poeta para reafirmarse en el mundo. “El picaporte” abre magistralmente el poemario, con un homenaje al padre, “extraviado en la sombra”, que evoca el pasado para resistir: “A veces su mirada resucita”. El propio poeta confiesa, en “Vista cansada”: “Mis ojos envejecen”. Pero más adelante, contempla esta misma idea con humor, cuando enumera sus gafas como una de “las cosas necesarias”: “Las gafas que esclarecen el pasado. / (Mis gafas nunca miran el futuro; / me provoca presbicia)”. Igualmente ocurre en “Otitis”, donde además hace un guiño al “Retrato” machadiano, cuando el tratamiento impuesto por el otorrino es “paciente aprendizaje / y discernir / las voces y los ecos”.

La última parada del camino en Ahora que es tarde ocupa un lugar especial: está reservada al poemario inédito Nadar en seco, que constituye una reflexión íntima sobre su lugar en el mundo, el presente como consecuencia del pasado, la identificación entre poesía y vida: “Es aquí donde estoy, / tras las grietas de un yo parapetado / en la profundidades de sí mismo”. Sigue presente el sentido de alerta, de vigilia constante –“Camino a tientas. / Sé que soy mientras busco”–, porque “Palpita la vejez / cuando no hay sueños”. Aquello que “nada en seco” es “el tiempo que no tuvo”: las posibilidades cegadas por el presente. La poesía continúa erigiéndose como refugio de la realidad: “toco fondo / y me quedo a vivir en el poema”. Y por último, un broche dorado para cerrar la obra, el magnífico “En clave autobiográfica” que comienza con un guiño a Alberti y a Gil de Biedma: “Yo nací (perdonadme) / con la televisión en blanco y negro”. Termina el poema con una reflexión: “El futuro es de otros”.

Sin embargo, me atrevo a afirmar que los versos de este libro resistirán a los embates del tiempo del mismo modo que el fructífero camino literario y crítico de José Luis Morante, que no se detiene aquí, que todavía tiene tanto que ofrecernos. Los treinta años de quehacer poético de esta antología lo revelan como una voz imprescindible del panorama poético actual en la que el pasado, “con su ruido de puente levadizo”, se extiende ante nosotros para ir alcanzando, palabra sobre palabra, el presente.

“Tierra de luz blanda”, de Ezequías Blanco

Cubierta de la obra

En esta obra, publicada en 2020 por la joven editorial Los Libros del Mississippi, nos encontramos ante un nuevo caso de poesía en forma de refugio, de antídoto para el dolor. Un dolor que, como anuncia Enrique Gracia Trinidad en su acertado prólogo –o “proemio con vocación de epílogo”–, sobrecoge. En palabras de Gracia Trinidad, “detrás de un gran libro siempre hay una experiencia vital”.

El autor, Ezequías Blanco, no oculta esta experiencia. Sacude al lector desde el primer poema, que es una radiografía del dolor:

“Sientes que un perro te muerde un rincón
del espíritu que un águila rompe
tu hígado con sus garras
sin que aparezca nadie a rescatarte.
a ti que nunca ofendiste a los dioses
ni te llamaste Prometeo.”

Tras el asombro primero, el castigo injusto y desprevenido, acompañamos a la voz poética por un “exceso de pasillos de esquina” –el hospital– hasta llegar con él a la camilla, donde el dolor sobreviene como “vals de agujas”, para adentrarnos, lentamente, en esa “tierra de luz blanda” que se extiende tras la primera anestesia. Son las imágenes, las metáforas puras, el punto fuerte de la obra. Así, los médicos se convierten en “ángeles custodios”, el gotero “un perro faldero” que “te sigue a todas partes como haciéndote burla” y el tiempo “es una niña rubia con tirabuzones” asesinada lentamente por las agujas del reloj. El poeta debe “masticar las madrugadas húmedas” para soportar el dolor.

Fuera de la cama, ese lugar donde “todo tal vez terminará salvándose”, contempla los árboles, que le dan fuerza, y a sus seres queridos, los “duendecillos” o “elfos” que lo visitan, procedentes de un mundo que era suyo y ahora resulta ajeno. La noche se erige como reducto de la belleza:

“Anochece fuera y las estrellas
apuntan ya las sensaciones
de la primavera donde los cuerpos
fluyen y vuelan con sus alas
líquidas. Tu alma sale
por la ventana para ver
cómo la luna se embellece
y cómo se peinan los pájaros
sin espejos y a ciegas.”

Después, cuando la voz poética abandona el hospital, la noche, sin embargo, trae consigo el recuerdo del sufrimiento vivido –“La noche baja en su descenso / con cadenas atadas a los pies”–. Y una parte del alma que salía por la ventana de la habitación del hospital se ha quedado para siempre en esa habitación. Mientras tanto, el cuerpo va evolucionando a lo largo de la obra, transformado por la enfermedad. Comienza siendo “templo” para convertirse en “sustancia dolorosa cosida con agujas y grapada”, “un lugar de paso”, “desolada herida sin nombre y sin abrigo”. Y entonces: “a la hora en la que nadie halla tu cuerpo […] oyes una voz”.

El final de la pesadilla llega cuando el poeta comprende que nada le pertenece, ni siquiera esa herida que es su cuerpo. El sufrimiento ha traído consigo una madurez aprehendida: “Eres mucho más fuerte que antes / y tu valor ha crecido / al regresar al corazón oscuro del tiempo / donde comenzó el ansia del hombre / y su deseo inmenso de camino”. Vuelve a ser un niño y a soñar la vida, aunque los sueños lo hayan acompañado incluso en los instantes más sombríos. Porque “sueñan los hombres para que no se borre el mundo”, para sobrevivir en esa “tierra de luz blanda” que lo ha enseñado a amar el mundo con más consciencia. Y que es origen de esta obra conmovedora que nos conduce en un viaje desde la oscuridad hasta la luz.

“La taza rota”, de Florencia Madeo Facente

La poesía se concibe como una forma distinta de enfocar la realidad, de desgranarla despacio y analizarla, a veces desde filtros muy particulares, que no pueden ser comprendidos del modo habitual. En La taza rota (Liliputienses, 2020), la joven poeta Florencia Madeo Facente (Buenos Aires, 1992) contempla el mundo que la rodea y lo traduce a una hilera de imágenes, a menudo enigmáticas, que no se alejan, sin embargo, de la claridad. Algo así como una sencillez envuelta en un aura onírica, un aura especialmente presente en algunas composiciones como “La extinción”, a través de imágenes persistentes: “La calesita es su música, la calesita es su música. / Sigo la música hasta encontrarla. / Si fuera solo por mí, no la encontraría jamás”.

Dos elementos contribuyen a crear este efecto. El primero es el ritmo, atravesado por frecuentes repeticiones y paralelismos: “Un candado asesinó a la ama de llaves. / Un candado asesinó a la ama de llaves”. En el magnífico poema que abre la obra, ese “Allá vivías vos” que persiste como una obsesión dentro de un sueño:

“Primero el dolor de la muerte de mis animales
antes, unos círculos se abrieron en una pileta a oscuras
como una canción de cuna en un hospital
que abandonó su fuerza y soltó su piedra.
Un cableado eléctrico rodea todas las casas del mundo.
Los sapos rodean un sol de noche, hipnotizados.
Allá vivías vos, era una isla de vidrio como ojos sobre una almohada.
Allá vivías vos.”

El segundo elemento es la imagen, la metáfora. La poeta demuestra gran maestría en el uso de este recurso, que le sirve para no quedarse en la superficie de la experiencia, sino ahondar también en el lirismo: “Lo que pasa en primavera es que está siempre amaneciendo”, “La tormenta es un gigante tirando árboles. Emociona también su contemplación del pasado: “A veces las cosas pasan demasiado cerca / y el pasado parece un funeral sin llanto. / No te olvides de dejar la ventana abierta / para que no regrese”.

Pero, en contraste con ese lirismo, también unas botellas de zumo que se acaban o una pantalla de móvil rota suponen el pretexto para hablar del paso del tiempo. Asimila las cosas inalcanzables al fondo de los videojuegos, La poeta es consciente de esta dualidad que se refleja en su propio ser y la exterioriza en “Cumplir 25 años”: “Hay igual distancia entre los veinte y los treinta, / sé que puedo ser un puente en destrucción / o todo lo contrario”. Tal vez ese carácter transitorio es el que hace del viaje una constante en la obra, con la distancia implícita en la que puede nacer el amor: “Cuando allá, del otro lado del océano, / eran las cinco de la tarde, / recordabas decirme por teléfono / buenas noches”.

No se limita a mirar en su interior; también hay una preocupación social, por la naturaleza, por los animales en peligro de extinción, como el leopardo nublado, las personas que duermen en la calle, la cultura del hiyab. Estas imperfecciones de la realidad, que conforman esa “taza rota”, pasan por los filtros de la poeta, por sus ojos de mujer-niña, son traducidas a su particular idioma poético. Porque, como afirma la propia poeta, “Ahora los poemas parecen pequeños telegramas / entre nosotros mismos, símbolos que desencriptamos”.

Luna

Ahora, en esta larga despedida apuñalada de incertidumbres, descubro que jamás te he dedicado un poema. Quizá porque te he sentido tan parte de mí, tan inmóvil en este mundo cambiante, que no soy capaz de imaginar una oscuridad en la que no resalten las diminutas linternas amarillas de tus pupilas. Y ya ves, Luna, incluso hoy se me agota la poesía cuando te recuerdo y pienso que la muerte te ha arrebatado de mi lado, igual que se ha llevado a todos los que he querido, a quienes me han querido a mí, dejando el mundo más frío, más sumido en solitarias tinieblas.

He comprendido, Luna, que la vida es un pulso prolongado con la muerte. Un pulso que hemos perdido antes de comenzar. Un viaje absurdo cuyo fin es aceptar nuestra soledad desbocada y contemplar a los seres queridos como maravillosas aves de paso que depositan su calor para después marcharse. Nadie se queda aquí. La muerte nos configura lentamente, nos dibuja surcos en la frente y en el corazón. Mientras, nos dedicamos a soñar que vivimos.

No tengo todavía un poema para regalarte. Si alguna vez lo escribo, quisiera reflejar en él tu genio de tigresa asilvestrada, la sombra de tu cuerpecillo acechando tras las esquinas, las cicatrices que me has dejado en la piel. Pero también tus besos de lija, el ronroneo que comenzaba cuando mis dedos se deslizaban por tu cuello, por detrás de tus orejas. “Tu gata es una fiera”, me decían; pero ellos no conocían la forma en que me mirabas, el maullido preocupado que me dedicabas cuando me invadía el desconsuelo. Y subías a mis piernas y rozabas la cabecita con mi piel y a veces te quedabas así, pegada tu frente contra mí en un gesto de amor inusitado. ¡Y cómo te enfadabas cuando discutimos en casa!

Nadie, excepto tu familia, conocerá todo eso. Serás un gato más para el mundo, otro animal de compañía que ha pasado por la vida y ha completado su ciclo. Como todos los gatos y los perros que vemos por la calle o en las casas de conocidos. Pero para mí has sido y eres mucho más: una hermana, una criatura que ha demostrado más sensibilidad que la mayoría de los humanos. Inteligente, curiosa, intuitiva, fiel. Caprichosa, iracunda, mimosa, arrogante. Entrañable. Poblada de una sabiduría ancestral, inherente a tu raza, que no aspiro a comprender.

Luna, Luna. Qué haré ahora que te has apagado y no puedo mirar ya tus ojos verdes que me dicen todo con su silencio. A quién le contaré mis diatribas mentales, para quién repetiré los temas de los exámenes. Quién se subirá a mi mesa mientras escribo. Qué triste el mundo sin el sutil crujido de tus uñas contra el parqué. Nadie comprenderá el alcance de tu humanidad y pensarán: es solo otro gato.

En estos dieciséis años, algo más de la mitad de mi vida, me has visto abandonar la adolescencia y entrar, llena de confusión, en el mundo adulto. Has conocido a amores y amistades que se marcharon sin dejar rastro. Te has sentado junto a mi abuelo en el sofá –el mismo sofá que destrozaste– y os habéis regalado vuestra mutua compañía silenciosa. Has viajado a Villafranca, a Chiclana, a Conil; has mordido a mis amigos y no has dejado indiferente a nadie, ni siquiera a los veterinarios, que tenían que sujetarte como si fueras una pantera, en vez de un gato. Has conocido los tiempos felices y has visto desmoronarse nuestro mundo, ayudándonos a sobrevivir entre estas ruinas emocionales, tejiendo una mansa complicidad, ofreciéndonos un refugio familiar, algo que permanece, sereno, a lo que podemos aferrarnos.

Al final, nos has dejado solo tu recuerdo. Pero eso nadie nos lo puede quitar.

Mirar al tiempo: la poética de Daniel Arana

“Mas el tiempo ya tasa
El poder de esta hora;
Madura a su medida,
Escapa entre sus rosas”
(Luis Cernuda)

Cuando Luis Cernuda contempló el agua y el cielo de los jardines del Alcázar de Sevilla, en su poema “Escondido en los muros”, no le pasó inadvertida la presencia intangible, irremediable, del tiempo: el tiempo fugitivo que se deslizaba entre las flores, perfumando de inevitable caducidad aquel instante.

No es fácil verlo. Su contemplación exige soledad y silencio, aunque se trate de un silencio interior. Cernuda lo consiguió en su poesía del mismo modo que lo consigue ahora Daniel Arana (Zaragoza, 1988) en la suya. Su segundo poemario le concede protagonismo al tiempo ya desde el título: Materia de tiempo (Sindicato de Trabajos Imaginarios, 2017). La voz lírica adopta un papel de espectador que la conecta íntimamente con la naturaleza. Como señala María Rodríguez Velasco en su excelente prefacio, la obra presenta “el universo propio del que observa, del que se deja llevar por el instante infinito que surge a partir de una imagen, de una reminiscencia, de la cotidianidad llana y espontánea del día a día”. Esas imágenes cotidianas adquieren un valor sagrado, universal; se enlazan conformando una cadena de breves fogonazos que permiten al lector percibir, casi intactas, cada una de las sensaciones que las han originado. El poeta se mueve en una suerte de impresionismo muy plástico, muy atento al detalle, rebosante de contenido filosófico, como acertadamente señala el poeta Julio García Caparrós, autor del epílogo, al relacionar la poética de Daniel Arana con el pensamiento de Heráclito y con la naturaleza a la que “le gusta ocultarse”.

Cubierta de la obra

El primer poema de Materia de tiempo prepara al lector para esa aura de contemplación, de intimidad con la naturaleza. Por eso el silencio “despliega sus alas” y, una vez dentro de su reino, es posible escuchar esa “música vaga” que constituye un diálogo con los elementos naturales. Una música formada por el canto de los pájaros, por el “murmullo del viento” o el “tumulto de una abeja”. Hay sonidos en Materia del tiempo, sí; pero no enturbian el silencio, sino que parecen confortarlo. Es la vida la que suena: “canta la sombra”, hay “un diálogo secreto / si llueve sobre la lluvia”, el canto de la fuente se convierte para el poeta en “oración”.

La voz lírica es consciente de su existencia en el universo y de sus limitaciones humanas, aquellas que le impiden contemplarlo en su totalidad. Son limitaciones espaciales –“lo que limita la parcela / bajo este cielo de abril”, “Y este lugar, del que no toco / más paisaje que lo que encubro”– y temporales –la visita a esa ermita vacía la que “quizá sólo hemos llegado / tarde, demasiado”. Sin embargo, esto no resulta un obstáculo en el afán del poeta por descubrir esa parte del universo a la que le es imposible acceder: “Intuimos el otro paisaje / cuando delante llueve / sombra”. Al fin y al cabo, el lenguaje de la poesía conlleva una cierta atemporalidad, una confusión cronológica: “Nada de lo que fue, es / todavía”, “Yo no sé si se aparta este tiempo / o perdura todo, más cerca, justo / donde acaba”. Y así la memoria adquiere un papel casi sagrado cuando el poeta reflexiona sobre su existir “de mí ya sin / mí” al abandonar la bahía y dejar algo de sí mismo en ella; una huella, tal vez, como las pisadas que tienen “su pedazo de tiempo” en el bosque, que conforman su historia y la de sus antepasados, los cuales regresan: “Todo nos lleva más cerca / cuando se marchan”, escribe, refiriéndose al hogar y a los paisajes en un poema dedicado a los abuelos.

Un poema de Materia de tiempo

La memoria, la hija más terrible y hermosa del tiempo, constituye la llave para entender la naturaleza: ese “cauce del recuerdo” que permite al poeta “comprender todos los dibujos del agua”. Reflexiona en otro momento: “Por ser algo, nada es / tiempo sin recuerdo”. Y a pesar de todo, a menudo la comprensión es imposible y no existe respuesta para el que escucha; aunque el poeta, consciente de sus limitaciones, no pierde la fe: “En otro tiempo / se nos responderá / si es que estamos / escuchando”. Porque el tiempo es “voluntad de un misterio antiguo” y, aunque se ofrenda como racimo a aquel capaz de mirarlo, dicho misterio permanece, subsiste.

El poeta también adquiere un papel fundamental a la hora de traducir, en la medida de lo posible, ese lenguaje de la naturaleza en palabras, como vaticinaron los poetas románticos y más tarde Luis Cernuda. Leemos: “lo que no ha sido tocado / no está fundado”, “Quizá debamos enunciarlo”. Es la voz lírica quien debe fundarlo, crearlo, convertirlo en materia para nuestros ojos. Introduce una pertinente cita de Franz Rosenzweig: “Sin la palabra, el mundo no existiría”. La realidad se conforma como tal a partir de la palabra, que adquiere una innegable divinidad, porque crea y limita simultáneamente: “Pero la palabra […] cegará el nuestro”, dice refiriéndose a su nombre. Por eso el poeta puede ser otro, reinventarse, cuando los marineros cambian su nombre “por otro más sereno”.

La capacidad de observación, de comprensión de la naturaleza, constituye un don propio del poeta, como manifestaron los románticos y Cernuda. Escribe este en Ocnos:

¿Era la música? ¿Era lo inusitado? Ambas sensaciones, la de la música y la de lo inusitado, se unían dejando en mí una huella que el tiempo no ha podido borrar. Entreví entonces la existencia de una realidad diferente de la percibida a diario, y ya oscuramente sentía cómo no bastaba a esa otra realidad el ser diferente, sino que algo alado y divino debía acompañarla y aureolarla, tal el nimbo trémulo que rodea un punto luminoso.

Ese “algo alado y divino” es la poesía, identificada con la música, quizá la misma música vaga que surge en el primer poema de Materia de tiempo, abriendo la puerta a esa “realidad diferente de la percibida a diario”. El precio para desarrollar este don es la soledad, una soledad apacible, digna, como la de la rosa “maltrecha y sola” o la del grano de trigo “que alumbra la intemperie”. Ambos son diferentes y, por eso mismo, bellos, igual que la voz del poeta que asume ese apartamiento de la sociedad para cantar los secretos de la naturaleza. Aunque en la obra se describen pueblos y ciudades, permanecen invadidos de una serena soledad, interrumpida a duras penas por una muchacha en un columpio, unas manos, el eco de unos niños.

El poeta Daniel Arana

Daniel Arana ha mirado con valentía al tiempo, cara a cara, ataviado de soledad y silencio. Su poesía, delicada y precisa, desnuda en un sentido juanrramoniano, es creadora de un mundo que, como exigía Huidobro, no canta a la rosa, sino que la hace florecer, algo que ya consiguió en su primer poemario: Abisal (Sindicato de Trabajos Imaginarios, 2016). Versos breves, sencillos solo en apariencia, juguetones con los encabalgamientos y directos al corazón, en los que se refleja el lector voraz y apasionado que es Daniel, a quien tengo la suerte de conocer personalmente. Y es que Daniel, como los grandes escritores, es lector antes que escritor. Por eso no solo mira al tiempo, sino que se atreve a desafiarlo, porque, como sostuvo Quevedo, los libros –y el amor– contienen el secreto para derrotar a la muerte.