“Todos los febreros cada dieciocho”, de Fer Gutiérrez. La herida abierta

Lo peor de la muerte no es la muerte en sí misma, sino el vacío que deja a su paso. En él profundiza el primer poemario del badalonés Fer Gutiérrez: Todos los febreros cada dieciocho, publicado en 2020 por La Garúa.

Febrero se convierte, para el poeta, en un mes marcado por la muerte, origen de la ausencia, sempiterno en el recuerdo: “Muero todos los febreros / cada dieciocho / al despertar / de cada muerte / he aprendido a hacer un silencio en la piel / a dejar escapar un pedazo de mí / sin preguntar”. Y febrero, con su “silencio de nieve”, se extiende a lo largo del calendario y de los años: “febrero a todas horas / […] aunque la vida no se detenga”, “No importa si nieva / el frío ya era”. La ausencia eterniza el invierno, incide en una “herida desnuda” que no termina de cerrarse: “morir de ausencia / un año y otro / sin tiempo para la cicatriz”.

Abundan en la obra símbolos como el espejo, que profundiza en esa soledad: “quedarse solo frente al espejo”, “todo ese silencio anudado al espejo”, “Mirarme en tu espejo / al apagarse la luz / fue mi primer gesto de soledad”. Otro es el del cuchillo o el puñal, que se alza como metáfora de la ausencia: “Tu habitación es un cuchillo / algún día / dejará de clavar su soledad”.

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Volver al mar. Una lectura de “En el corazón, escamas”, de Rosario Troncoso

Cubierta de la obra. Ilustración de José Enrique Izco

El último poemario de la escritora gaditana Rosario Troncoso es todo un descubrimiento para aquellos que amamos el mar de Cádiz y las historias de sirenas que deben camuflarse en la realidad. En el corazón, escamas, publicado en 2020 con La Quinta Rosa Editorial, puede leerse casi como un cuento en clave lírica acerca de una sirena que no logra escapar de su verdadera naturaleza y que termina asumiéndola, tras mantener un pulso con las imposiciones sociales y gracias al amor o, mejor dicho, a la capacidad de amar, porque la sirena está enamorada del sentimiento mismo del amor, de la libertad, que se funde con el océano.

Hay una valentía ingenua, primigenia, en la voz lírica, desde que comprende que ha vivido demasiado tiempo en la tierra, donde un día fue feliz: “Y mi cuerpo antiguo de pez, desorientado en el tuyo, como un recuerdo ya lejano del leve destello de tiempos vivos”. Necesita que el agua sea más que un “espejismo” para calmar esa “sed antigua” que convive con “añicos de alma y cristales” en la garganta, porque el mundo que ella conocía se resquebraja, se hace trizas. Confiesa: “Emergí y caminé sobre los añicos de todo”.

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“Condiciones para el vuelo”, de Joselyn Michelle Almeida

La primera condición para el vuelo es la pregunta. Por eso Eva la formula en uno de los poemas iniciales del libro: “¿Qué cielo a la belleza expulsaría / fuera de sí por querer ser más bella?”. La curiosidad se identifica con la inocencia. Continúa, revelando la identidad del interlocutor: “Si el pecado fue seguir tu lumbre propia, / ¿por qué tú el príncipe de las tinieblas?”. Esta relación entre el pecado, la belleza y el conocimiento surge también en otros poemas como “Malus domestica”, con el símbolo de la manzana, o en “Prueba de fe”: “Manda que le corten la nariz a la mujer / y así desfigurar el rostro bello del pasado”.

La inocencia en sí supone un regreso a lo primigenio, a la naturaleza, con cuyos elementos entra en comunicación constantemente la poeta. Se identifica con el amor, porque ambos, amor y naturaleza, basan su esencia en la libertad. Por ello, las escenas amorosas se hallan en íntima relación con estos elementos naturales: “Vengo a dar albergue a tu beso fugitivo, / […] Ese que ensaya los matices del estío / y bebe relámpagos en la tormenta / haciendo de tu mirada un cielo en espera”. La naturaleza, como el amor, se encuentra amenazada: hay fuerzas que amenazan con romper ese equilibrio, como ocurre en el incendio de “Trastorno planetario” o en la desaparición de las abejas de “Aclaración”, donde concluye la poeta: “Vivimos y nos amamos mientras se pudo”.

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“11 aforistas a contrapié”: la realidad hecha mosaico

“Como dinosaurio inadvertido, una amanecida la perplejidad estaba ahí. Un misterioso virus confinó en casa miedos e incertidumbres y despobló aceras con efectividad arbitraria”.

Podría ser el comienzo de un relato –con guiño a Monterroso incluido–, pero es la “Nota final” de la antología 11 aforistas a contrapié, en la que José Luis Morante, responsable de la edición, selección y prólogo, describe las circunstancias en las que se fraguó la obra. Una pandemia y el salvavidas emocional de la cultura: la música, los libros, nos permitieron olvidarnos por momentos de que vivíamos una película de ciencia ficción –o “ciencia-aflicción”, que diría Ángel González– que no se ha terminado. Y mientras el mundo se derrumbaba, José Luis Morante reunió pequeños fragmentos de realidad poetizada en este libro que José María Cumbreño, director de Liliputienses, ha editado con mucho mimo. El resultado es un mosaico de miradas y colores que, juntos, iluminan este presente desconcertante.

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Un deudor de los clásicos: “Ecos del desasosiego”, de Antonio Mata Huete

La poesía contemporánea ha desterrado, en gran parte, el lenguaje preciosista; ha huido de la adjetivación que nos dejó como herencia el Modernismo y, en determinados casos, ha caído en una simplicidad que deja de lado, incluso, las figuras retóricas más esenciales. En este contexto, sorprende encontrar un poemario como el de Antonio Mata Huete, escritor y periodista toledano con una trayectoria literaria consolidada en poesía y novela.

Ecos del desasosiego (Los Libros del Mississippi, 2020) sorprende por su lealtad a los clásicos y la impronta innegable del Modernismo y el Simbolismo en sus imágenes, en sus bellas metáforas cuajadas de plasticidad. Esta idea se refleja desde los primeros versos del libro: “Ya no quedan clavos candentes / Que inflamen la piel en los sueños”.

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