Océanique

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Conil de la Frontera, Cádiz (2017)

El mar es un olvido,
una canción, un labio;
el mar es un amante,
fiel respuesta al deseo.

Luis Cernuda

Hay personas que, como los ríos, cruzan por nuestra vida con el mero propósito, inconsciente, de conducirnos hacia el mar. Una vez creí perderme en la corriente, hallar un asomo de permanencia en su fluir constante. Pero todos los ríos acaban encontrando su desembocadura.

Es su carácter transitorio el que les concede un sentido en nuestras existencias. Su naturaleza de puente, de camino, de viaje. Hay personas que, como los ríos, dependen de la frecuencia de las lluvias, y su caudal pierde consistencia cuando el viento no sopla a su favor. Hay caudales engañosos como astros caídos, ríos que se disfrazan de piedras, personas inconstantes.

Pero el mar, el mar siempre permanece. Sumergido unas veces en su propia serenidad, otras en sus revoltosas tempestades, no hace sino crecer. Visita la orilla y vuelve a alejarse, fugitivo y misántropo, con su promesa dócil de regreso. Recibe el caudal de los ríos y lo acoge entre sus brazos líquidos, con amor y holgura, con sabia benevolencia. Hay personas como mares y hay otras tan inmensas que se parecen más a los océanos.

Qué importan los golpes contra las rocas que la corriente del río selló sobre tu cuerpo durante aquel viaje. Qué importan las sequías, la decepción, la incertidumbre, cuando ya te envuelve el océano y constatas que has alcanzado al fin tu lugar, porque tu propia esencia está hecha de agua salada y tus profundidades son abisales. Hay océanos remotos y viajes interminables. Hay personas de agua dulce, incapaces de desembocar. Criaturas que vomitan sus futuros potenciales, golpeados de rocas, sobre la costa, y continúan fluyendo, iniciando de nuevo el ciclo, sumidas en una feroz ausencia de ambiciones existenciales, en un viaje condenado a repetirse hasta la eternidad.

Pero el océano… El océano siempre permanece.

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Una lágrima al suroeste de Francia

ZARATUSTRA: ¡No pienses que no te veo, ladrón!
EL GATO: ¡Fu! ¡Fu! ¡Fu!
El CAN: ¡Guau!
EL LORO: ¡Viva España!

(Ramón M. del Valle-Inclán, Luces de bohemia).

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Escudo de la Casa Gryffindor, perteneciente al universo creado por J. K. Rowling

De niña, me gustaba ver los aviones del 12 de octubre. Subía a la azotea de mi edificio, donde está el tendedero, y contemplaba la bandada de pájaros metálicos surcando los cielos. Me atraían especialmente aquellos que dejan un reguero de colores a su paso, de dos colores: amarillo y rojo. Tardé años en darme cuenta de que formaban la bandera de España. Cuando pienso en la combinación entre amarillo y rojo, se me viene primero a la cabeza el escudo de Gryffindor, la casa a la que pertenecía Harry Potter en Hogwarts. Esta no pretende ser una confesión antipatriótica; simplemente, jamás le he concedido importancia a las banderas.

En mi casa, cada 12 de octubre, mi padre se levantaba cantando la famosa canción de Paco Ibáñez —versión de la original de Georges Brassens— que ya se ha convertido en himno para todos los heterodoxos; concretamente, la estrofa que comienza: “Cuando la Fiesta Nacional, / yo me quedo en la cama igual”. Siempre ocurría un día antes de mi cumpleaños. Me sentía invadida por una mezcla de emociones que bailaban entre la ilusión por lo que me esperaba al día siguiente —regalos, celebraciones— y la melancolía acuática de constatar que cambiaría de cifra. Lo he dicho muchas veces, pero no me importa reiterarme: mi rechazo ante la idea de crecer me convertía en una niña muy sabia. Los aviones despiertan todos estos recuerdos, pero no me hacen sentir un especial orgullo patrio.

Desde hace un par de semanas, llevamos viviendo la Fiesta Nacional día tras día, hora tras hora. Cada uno la suya. En Cataluña, que ha sido víctima hace dos meses de un atentado terrorífico perpetrado por islamistas radicales, se ha gestado una auténtica revuelta social porque ahora, de repente, lo único que importa es cambiar el nombre al lugar donde viven, levantar fronteras, cueste lo que cueste, independientemente de lo que esté pasando en el planeta. “El mundo se derrumba y nosotros nos independizamos”, sería un bonito lema, parafraseando a Ingrid Bergman en Casablanca. En el resto de la Península, vuela a sus anchas el valleinclanesco loro aquel, escapado de la Cueva de Zaratustra, lanzando su consigna a diestro y siniestro: “¡Viva España!”. Y le responden agitándose cientos de banderas con los colores de Gryffindor que, curiosamente, son los mismos colores que porta la otra bandera. El nacionalismo está cuajado de ironías.

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Barcelona, 2010

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Cádiz, 2015

De ironías y de sinsentidos. Contrariamente a lo que pueden estar pensando algunos lectores, rechazar los símbolos nacionalistas no me convierte en una de esas personas que reniegan de España y que persiguen la más mínima oportunidad para marcharse al extranjero. No; a mí me encanta mi país, mi tierra o como quieran llamarlo; ahí no me meto. Me refiero a ese pedazo de continente que se desprende como una lágrima al suroeste de Francia, en el que, de hecho, incluyo a Portugal. En esta lágrima he nacido y aquí quiero quedarme: por su sol y sus playas, por su música, su literatura, su Historia —que es mezcla de civilizaciones—, sus noches de verano, sus pueblos de piedra recalcitrantes, sus castillos, sus iglesias.

Siento como algo mío no solo la inmensidad verde del Paseo del Prado o la elegancia barroca del Madrid de los Austrias, sino también el viento de levante gaditano, los rebaños de barquichuelas en la Costa Brava, la hospitalidad de los pueblos asturianos y cántabros, sus bosques vírgenes; adoro la alegría de Bilbao y de todas sus gentes, la morcilla de Burgos, el olor a azahar del Barrio de Santa Cruz, la mansedumbre del Mediterráneo en el castigado paisaje de Castellón. Son míos los encinares extremeños, la Sierra de Grazalema, las noches encendidas, sin tiempo, de Salamanca. El Barrio Gótico de Barcelona, los jardines del Palacio de Aranjuez, las rocas de Cercedilla y la Pedriza, la leyenda del Hombre Pez de Liérganes, las dunas de Huelva y los naranjos de la Alhambra.

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San Sebastián, agosto de 2013

Tengo dispersa la sangre, las raíces y los recuerdos a lo largo y ancho de la lágrima que compone esta tierra; sentiría igualmente mío París, Londres o Estambul si llevara en ellos cosidos todos estos jirones de memoria. Porque al final, como dijo Federico Luppi en Martín Hache, eso de la patria es un invento. Tu país es tu familia, tus amigos, tus recuerdos. ¡Qué exilio tan inmenso cuando se pierde a un ser querido! Pareciera como si te convirtieras, de repente, en extranjero de un universo que no te pertenece. Te reafirmas, aún más, en la idea de que las fronteras constituyen meras líneas invisibles perpetradas por el hombre, absurdas y prescindibles. En que merecen más la pena, como himnos, el Imagine de Lennon o el Canto a la libertad de Labordeta.

Hoy, Día de la Hispanidad, festejamos que los primeros colonizadores llegaron a América para arrancar a los indios su cultura y sus costumbres, para esclavizarlos. Españolistas y catalanistas agitan sus banderas de Gryffindor al son de himnos crepusculares. Yo miro los aviones desde la ventana de mi habitación, envuelta en una vaga melancolía ante la constatación de que el mundo se muere de egolatría, de egoísmo, de incapacidad para el diálogo. No solo aquí: en todas partes. Tarareo a Paco Ibáñez mientras lo recuerdo: mañana cambiaré de cifra.

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Luis Cernuda nunca fue viejo

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Cernuda en su infancia, en su juventud y en su madurez

Hoy Luis Cernuda habría cumplido 115 años. Lo cierto es que se me hace muy difícil imaginarlo con esa edad, tal vez porque él nunca fue una persona hecha para la vejez. Nadie lo es, podrán argumentar algunos. Pero no todos lo asumimos igual. En el otro extremo se encontraba Alberti, que quería vivir más de cien años y profundizar en el nuevo siglo. Al final, se quedó a las puertas.

Cernuda era distinto. Le angustiaba el paso del tiempo y, sobre todo, las huellas que este dejaba en su cuerpo. Para él, eterno adorador de la belleza física, los signos de la edad debían de constituir un trauma. En su madurez, seguía enamorándose de muchachos jóvenes, casi adolescentes, aunque estos enamoramientos jamás pasaban del plano platónico, porque se sentía indigno de ellos a causa de su edad.

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Cernuda a los sesenta

Nunca llegó a ser viejo. Murió de un infarto en 1963, con 61 años recién cumplidos. Murió como vivió: melancólico, escéptico hacia la humanidad y enamorado de la belleza en todas sus formas. No llegó a ser viejo; sin embargo, se sintió viejo. De hecho, tuvo mentalidad de anciano desde muy pronto; desde los 40 años, cuando miraba el cielo gris de Londres y contemplaba con languidez la aparición de sus primeras canas. Incluso desde mucho antes: desde 1931, cuando escribió aquello de “Estoy cansado de estar vivo”. Sorprende que un joven que en ese momento rozaba la treintena pudiera realizar tamaña confesión. Pero si nos remontamos unos años antes, a su libro de 1927 Perfil del aire, podemos ya encontrar esta disposición de ánimo en versos como “Postrada y fiel huye la edad mudable”. No había cumplido los 25 en el momento de escribirlos y, no obstante, vivía sometido a la congoja de imaginar el fin de la juventud.

A los veintitantos, se enamoró —de nuevo, platónicamente— de Lafcadio Wluiki, el personaje de una obra de André Gide, Les caves du Vatican. Era “Cadio” un adolescente impetuoso, asilvestrado, rebelde, consciente de su descarnada juventud: el prototipo de un Rimbaud descarado y brillante. Cernuda escribió su magnífica “Carta a Lafcadio Wluiki”, donde leemos:

La realidad no es nunca lo suficientemente amplia y diversa para que ella nos baste por sí sola. Es necesario ese margen misterioso, de vagas luces y vagas sombras, delicado, exigente y voraz, que la imaginación proporciona. […]
No será exagerado decir que ese libro satisfizo, en tanto que libro, mi demanda. Un libro. Qué extraño e íntimo hallazgo; parecía esperarlo. Y en ese libro el personaje más fascinador, uno de los personajes más fascinadores que conozco […]
¿Será oportuno añadir que lo he buscado vanamente por esta realidad? Mi mayor deseo sería verle.
Si solo eres héroe de poética verdad […], ¿por qué te busco así, materialmente? Tal vez deseo de confiarse a un semejante, tal vez necesidad de incoherencia; yo nada sé. […]
Pronto te estimé como a ningún amigo.

De aquella fascinación nacieron algunos de los personajes que habitan sus poemas y sus obras prosísticas, como es el caso de Aire, el desafortunado protagonista de su relato “El indolente”, a quien describe de este modo:

Entonces surgió una aparición. Al menos por tal la tuve, porque no parecía criatura de las que vemos a diario, sino emanación o encarnación viva de la tierra que yo estaba contemplando.
Aquella criatura, fuese quien fuese, saltando desnuda entre las peñas, con agilidad de elemento y no de persona humana, se fue acercando poco a poco. Así conocí a Aire.
[…] Había en su pelo esas vetas más claras de la concha llamada carey, tonalidad que denota larga familiaridad con el mar. Su cuerpo me apareció aquella mañana sobre el cielo, fino, resistente y esbelto, tal modelado por las olas, que entienden de eso como escultor ninguno ha habido en la tierra.

A lo largo de toda su vida, su obra, Cernuda buscó a ese ideal rimbaudiano deslumbrante, libre y poseedor de la belleza en el sentido más clásico del término. Tal vez porque esa libertad contrastaba con sus propias limitaciones: su timidez y sus dificultades en el trato social.

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Cernuda siempre buscó el ideal rimbaudiano

Pero, además de su afición a la belleza, ¿cuál es el otro origen de su terror ante el paso del tiempo? En un artículo que escribí hace años acerca del concepto de la adolescencia en Cernuda, cité una confesión del propio poeta, puesta en boca en uno de los personajes de su obra Una comedia inacabada y sin título. Decía “Soy el eterno adolescente”. No se trata de la única ocasión en la que expresa algo parecido. Leemos en sus diarios: “Tonto, imbécil, loco incurable, niño imposible; Luis, no tienes compostura”.

El eterno adolescente, el niño imposible. Los cambios de humor, las célebres “rabietas” cernudianas, avalarían estas confesiones. Me atrevería a afirmar que Cernuda temía la vejez porque, en su interior, se sentía asaeteado aún por las tormentas de la adolescencia. Él, más que otros, no estaba preparado para ser viejo. No lo hubiera sido ni con 100 años, o tal vez lo fue desde siempre, porque la vejez y la juventud son dimensiones que también viajan en el corazón. Porque Alberti, con 80 años, tenía más vitalidad que él con 20.

Probablemente, no le hubiera gustado que homenajeara el 115º aniversario de su nacimiento. “¿Tanto tiempo ha pasado ya?”, me diría, airado. Pero yo siempre lo recordaré como aquel joven que contemplaba, tácito y melancólico, el paso de los días y de los sueños.

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“Las gramáticas del tiempo”, de Fco. Javier Gallego Dueñas

img_74396La gran incógnita del tiempo, que se dilata y se reduce, que vuela o se detiene, ha preocupado al ser humano desde que tenemos conciencia. Los poetas, pensadores extremistas, soñadores inconclusos, han tratado de analizarlo en sus versos. Se asombraba Cernuda, en Desolación de la Quimera, de la supervivencia de su propio deseo cuando ya la edad había hecho mella en su cuerpo. Años más tarde, Gil de Biedma empezó a comprender aquello de que “la vida iba en serio”.

También la poesía contemporánea profundiza en el tema, a pesar de que gran parte de lo que hoy se escribe no pueda calificarse como “poesía” y esté muy lejos de toda profundización. No es el caso del roteño Francisco Javier Gallego Dueñas, que acaba de dar a luz un primer poemario en el que se adentra por los misteriosos y paradójicamente familiares vaivenes del tiempo en una vida cotidiana. Las gramáticas del tiempo, publicado por la nueva y prometedora editorial gaditana Takara, en su colección “Helena”, constituye un refugio contra el tiempo, elaborado de tiempo. Como afirma acertadamente Mercedes Márquez Bernal en el prólogo: “Los días y sus placeres cotidianos nos salvan de un amplio océano donde nos perdemos”.

Comienza la obra con un ejemplo de metapoesía en la que el autor muestra abiertamente sus cartas, implicándose en la escritura hasta el punto de hacerla sangre: “En el poema, / las palabras, los ritmos, / las imágenes van y vienen. / Tú pones la piel”. No es Gallego un poeta que contemple sus propios versos desde la distancia, como la superficie de un mar tranquilo y sosegado presentido desde la orilla. No; entre las olas de palabras, metáforas y luces, nada el poeta. Se ahoga el poeta. Es esta implicación, este compromiso, lo que también compromete o absorbe al lector, que hace suyas las experiencias.

A esta identificación también contribuye el hecho de que dichas experiencias se mueven en la cotidianidad: en la vida apacible de una persona corriente que, en numerosas ocasiones, vuelve la vista atrás con sorpresa por los años transcurridos. El poeta fluye por un túnel de años y, al detenerse, ocasionalmente se angustia: “la sombría sospecha de un pasado, / la inconfundible acidez / que el tiempo deja como un poso”. En estos momentos considera el hecho de cumplir años “la condena”.

En su mirada angustiada, es consciente de que carga con el peso de toda la humanidad: “Todos tus antepasados pesan / y eres heredero de todos sus pecados”.

Desde una perspectiva madura, contempla la juventud —estación pasada— con indulgencia, subrayando su indiferencia hacia los tiempos pretéritos: “La juventud, a veces, solo aspira / a que el mundo aparezca como nuevo”. Los jóvenes no cargan aún con el peso de la angustia, no son conscientes de ese pecado compartido que sus ascendentes les han brindado. Hay algo grande y magnánimo, humano y valioso, en el envejecimiento, una idea que refleja en “[La persistente impertienencia de los objetos…]”. La necesidad de recordar los orígenes —que la juventud no acaba de comprender— genera un compromiso vital que se mezcla con el compromiso social y político: la lírica como “combate”, la metáfora como “acto de traición”, el verso como “desobediencia”.

También vuelve la mirada hacia delante, hacia sus descendientes, que él llama “su legado”. Proyecta una presentida continuidad —“y seguirán las amapolas brotando entre las zarzas”— que recuerda a aquellos versos juanramonianos de “El viaje definitivo”: “Y yo me iré. / Y se quedarán los pájaros cantando”. Tal vez con afable pesimismo, afirma: “Sospechamos entonces que se malgastarán / nuestros ínfimos recursos, / pero perdurarán nuestros defectos”.

La ocasional angustia originada por el paso de los años encuentra un final en el amor, que fluye a lo largo de las experiencias cotidianas reflejadas y acompaña al poeta en toda la obra. El amor es la salvación del mundo, la parálisis del tiempo, como queda reflejado en “Los placeres y los días”: “cuando tú y yo sólo éramos tú y yo / y el mundo podía desaparecer tras la ventana”.

Unida al amor, la filosofía de Heráclito —al que menciona en “La memoria del río”— sobrevuela la obra y es la que borra toda angustia al permitir vivir al poeta, día tras día, un nuevo amanecer, un nuevo enamoramiento: “Celebrar que cada roce de la piel / es el primer roce de mi piel con la tuya”, “seremos nuevos amantes cada día”.

Implícitamente, es posible percibir también la huella de Ángel González, en su manera de elevar lo cotidiano —rasgo compartido por toda la Generación del 50— a una experiencia única, sacralizada. En “Los placeres y los días” y “Rendirme al pecado de tu boca”, el poeta traza una suerte de geografía de la mujer —“la arena cálida de tu piel”, “el estanque de tus ojos”— que puede hallarse en González. Con él comparte también la conciencia de esa herencia depositada en sí mismo por sus ancestros, tan importante en el célebre poema “Para que yo me llame Ángel González”.

Continuando con las referencias, es posible encontrar el espíritu de “A un olmo seco”, de Machado, en “El árbol”; pero el poeta nos ofrece un final feliz, una esperanza victoriosa en la que el árbol sí revive: “Recordarás aquel invierno que parecía / que no iban a salir las flores, / parecía que estaba muerto, / y las flores salieron”. También surge Bécquer, más explícitamente: “los suspiros que son aire y van al aire”, y el mito griego de Edipo: “Sólo soy el padre al que matar”.

La tradición, como vemos, está presente en Las gramáticas del tiempo, pero el poeta no se ancla en el pasado y la combina con las realidades del presente, logrando genialidades como “La intimidad del Whatsapp”, en la que traslada la famosa aplicación a un plano romántico. De este modo, Gallego juega también con el tiempo. En su afición por abarcar pasados, presentes y futuros, crea el concepto de “mapa temporal”: “mentirán los mapas si no hallamos / enmarcados en ellos los recuerdos”.

Se trata de una obra muy personal, íntima y al mismo tiempo universal, que analiza los engranajes del tiempo y a sí mismo en este fluir de años. Sentencia: “Madurar es darte cuenta de que / el traje que habitas es tu propia piel”. Y hay una lucha constante contra la máscara: “renunciar a las obsesiones / es siempre una derrota”.

Finalmente, el poema que da título a la obra constituye un homenaje al propio tiempo, una reverencia dócil ante el más poderoso de los escribas: “El tiempo escribe con caracteres / […] de arrugas, / sobre el cuaderno de la memoria”. Presiente el poeta una armonía en su actuar que no todos detectamos, y admite: “creemos que comete faltas de ortografía y dicción. / Son nuestros oídos sordos al dictado del tiempo”.

Francisco Javier Gallego Dueñas es licenciado en Historia Medieval y Doctor en Sociología. Fue uno de los miembros fundadores de la revista literaria Voladas, en la que actualmente trabaja como editor. Ha participado en diversas revistas literarias y aparece en las dos Antologías de Escritores Roteños y en el Primer Concurso de Microrrelatos (Sora Ediciones, 2016).

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Marionetas

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Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
                                        la memoria.

Ángel González

Llegados a este punto, apenas nos queda algo que esperar del verano. Tal vez, el último baile improvisado. Todo ha quedado demostrado ya: han caído las máscaras, se han hecho patentes los olvidos, han reforzado su brillo las estrellas que eran realmente astros y no efímeros, engañosos aviones. Se ha enquistado el dolor y arde como el metal más candente por detrás de los párpados del sueño.

He dejado de creer en las causas perdidas al erigirme como paradigma de todas ellas. Y otra vez caminaré por el sendero de nubes que me condujera al precipicio. Otra vez seguiré una ciega esperanza, como si todavía las ilusiones constituyeran presencias más reales que la fantasmagórica idea de esperar algo, quién sabe qué: una suerte de destino encallado que nos aguarda, una flor escondida, un beso azul en la esquina del otoño. El destino, el destino inservible.

Es el azar el que nos maneja como marionetas heridas, grotescos títeres que el tiempo ha ido tallando a fuerza de puñaladas, de ausencias, de adioses mudos. De soledad, pero también de recuerdos. Hay que susurrar, decir las verdades muy despacio para que el azar no nos sorprenda, no nos asesine por la espalda. Hay que vivir con el temor al próximo desprendimiento.

Y sin embargo, yo solo consigo mirar hacia atrás.

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1967, el año que marcó la historia de la música

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Concentración hippie en San Francisco durante el Verano del Amor (1967)

En cuestiones de música, confieso que siento debilidad por la década de los sesenta. Partiendo de esta consideración, no se puede obviar que 1967 fue El Año, por muchas razones que cobran forma de grandes canciones y álbumes y de las que hablaré brevemente en este artículo.

Puede resultar extraño para algunos lectores que me decante por los sesenta cuando yo nací en los albores de los noventa; pero con la música ocurre como con la literatura: ¿por qué recurrir a un best seller de Dan Brown si puedes acceder a un Dostoyevski? Pues bien: ¿qué razones me llevarían a contentarme con Ed Sheeran o Lady Gaga, si puedo rescatar un disco de los Beatles? Algunos, en el terreno musical, también nos rendimos ante el magisterio de los clásicos. Y la música de los sesenta contiene la dosis exacta de sentimentalidad mezclada con ritmo. Un requiebro nostálgico y hondo en medio del terreno de lo “bailable”, como podría ser los dos inicios de estrofa en “Good Vibrations” (The Beach Boys), que contrastan exquisitamente con el estribillo. Comparada con la de los sesenta, la música actual me resulta previsible y anodina —aunque exista alguna que otra honrosa excepción—. En los setenta, la música perruna de discoteca eran los Bee Gees. ¡Los Bee Gees! Ahora soportamos a Juan Magán, Enrique Iglesias y Shakira. ¿Qué nos ha pasado?

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Portada del álbum The Voice Of Scott McKenzie, publicado en 1967, que incluye su gran éxito “San Francisco”

Hace medio siglo, en junio de 1967, Scott McKenzie convocaba en San Francisco a los hippies de medio mundo instándolos a que llevaran flores en el cabello —Be Sure To Wear Flowers In Your Hair—. La famosa canción fue obra de John Phillips, el ya por entonces celebérrimo vocalista de The Mamas & The Papas, que colaboró con la industria discográfica de Los Ángeles para sembrar el inicio de lo que se ha conocido históricamente como el Verano del Amor (Summer of Love). Este no debe entenderse más que como un intento de comercialización del movimiento contracultural que se venía gestando en San Francisco —concretamente, en el barrio de Haight-Ashbury— desde hacía aproximadamente un año. Influyeron varias cuestiones: el legado de los beatnik, los bajos precios de los alquileres en Haight-Asbury, la legalidad del LSD en California hasta octubre de 1966, la oposición de los pacifistas a la cruenta Guerra de Vietnam. El resultado se concretó en oleadas de jóvenes que se asentaban en San Francisco con la aspiración de vivir enfrentados al sistema, experimentando con la psicodelia aportada por las drogas y con nuevas formas de sexualidad. Lo que empezó como una revolucionaria y alocada propuesta se iría internando después por caminos más oscuros y peligrosos que conducían, en muchos casos, a la muerte.

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Brian Jones y Jimi Hendrix durante el Monterey Pop Festival de 1967

El culto al amor libre, la protesta ante la Guerra de Vietnam y la oposición al sistema capitalista del colectivo hippie constituyeron el caldo de cultivo para el Verano del Amor que gestaron artificialmente Phillips y sus amigos y que acabaría arrasando con la comunidad que se había formado en Haight-Asbury, como bien explica Diego A. Manrique en un artículo de hace un año en El País. En la práctica, se trató de una concentración masiva de hippies y de curiosos en el área de San Francisco. La industria musical californiana dio luz, ese verano, al primer festival al aire libre de la historia del rock: el Monterey Pop Festival, celebrado entre el 16 y el 18 de junio. En él actuaron leyendas como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Otis Redding, Eric Burdon y The Animals, The Byrds, Jefferson Airplane, The Who, Grateful Dead, Buffalo Springfield, The Rolling Stones…

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Jefferson Airplane actuando durante el Monterey Pop Festival de 1967

El rock psicodélico fue, en mi opinión, la mejor aportación del movimiento hippie a la historia de la cultura. En 1967, se formaron grupos de la talla de Fleetwood Mac, Steppenwolf o Status Quo, y fue el año en que se lanzaron álbumes  y sencillos imprescindibles para el género, que demuestran mi teoría acerca de que, en el terreno musical, fue El Año. Concluyo este artículo con una lista que incluye algunos de los álbumes y sencillos más famosos:

Enero: Between The Buttons (The Rolling Stones)

Febrero: The Doors (The Doors), Younger Than Yesterday (The Byrds), Surrealistic Pillow (Jefferson Airplane), “Happy Together” (The Turtles)

Marzo: The Velvet Underground & Nico (The Velvet Underground), I Never Loved A Man The Way I Love You (Aretha Franklin), Mellow Yellow (Donovan), “A Whiter Shade Of Pale” (Procol Harum)

Mayo: Are You Experienced? (Jimi Hendrix), “Waterloo Sunset” (The Kinks)

Junio: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (The Beatles), David Bowie (David Bowie)

Julio: Bee Gees’ 1st (Bee Gees), Flowers (The Rolling Stones), Little Games (The Yardbirds), “Brown Eyed Girl” (Van Morrison)

Agosto: The Piper At The Gates Of Dawn (Pink Floyd)

Octubre: “Love Is All Around” (The Troggs)

Noviembre: Forever Changes (Love), Disraeli Gears (Cream), Buffalo Springfield Again (Buffalo Springfield)

Diciembre: Strange Days (The Doors), Their Satanic Majesties Request (The Rolling Stones), Days Of Future Passed (The Moody Blues), Magical Mystery Tour (The Beatles), The Who Sell Out (The Who), John Wesley Harding (Bob Dylan)

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Los fantasmas de Velintonia

IMG_8683El pasado viernes, tras un día de verano primaveral, amainó la lluvia poco antes de las ocho de la tarde, cuando se volvieron a abrir las puertas del número tres de la antigua calle Velintonia, cuyo nombre oficial es, desde hace años, “calle de Vicente Aleixandre”.

Resulta inexplicable la emoción presentida al avanzar una vez más hacia el jardín, consciente de que ese camino emprendieron, antes que yo, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Luis Cernuda, Rafael Alberti… Ese camino, iluminado con velas, que conduce hacia el inmenso jardín coronado por el cedro libanés que plantó el propio poeta en 1940, cuando hubo de reconstruir la vivienda tras los desastres de la Guerra Civil. El jardín, alegremente invadido por decenas de sillas, me saludó con la familiaridad que solo aparece entre las almas predispuestas a la poesía. Como siempre, supe que, de algún modo, Aleixandre estaba presente, mirándonos con complicidad a través de sus bondadosos ojos azules. El olor a lluvia en el aire, las paredes demacradas y sabias del edificio, la enorme fotografía del poeta sobre el improvisado escenario. De repente, su voz emergiendo de una antigua grabación. Latía la emoción en cada brizna de viento.

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Alejandro Sanz, presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, presentando el acto

Un año más, ha continuado la lucha emprendida por la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre por salvar la casa del poeta, donde vivió desde 1927 hasta su muerte, acaecida en 1984. Desde ese año, el edificio se encuentra en un lamentable estado de abandono, sin que ninguna institución política haya dado un paso efectivo –más allá de compromisos de boquilla y discursos edulcorados- por hacerse cargo de ella. En 2017 se ha celebrado el cuadragésimo aniversario de la entrega del Nobel de Literatura a Aleixandre. Este año, han intervenido personalidades como Mª Amaya Aleixandre, Luis María Anson, Emilio Calderón, José Luis Ferris, Charo López, Alessandro Mistrorigo, Andrés Pociña, Aurora López, Aitor Larrabide, Manuel Rico, Javier Lostalé… Y un grupo de pop sevillano, Maga, que le cantó a la casa del poeta.

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Con Alejandro Sanz y Andrés París en la biblioteca de Aleixandre

El sábado por la mañana, un grupo de afortunados tuvimos ocasión de visitar la casa por dentro, guiados por la voz experta de Alejandro Sanz, que preside la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre. Es Alejandro un buen amigo, enamorado de la Generación del 27, que habla de aquellos poetas como de admirados compañeros cercanos que, simplemente, estuvieran ausentes por unas vacaciones un poco más largas de lo normal. Una tiene la fantástica impresión, conversando con él, de que todavía vivimos en la Edad de Plata. Desde hace ya bastantes años, conduce la Asociación de Amigos con un entusiasmo contagioso, defendiendo con ahínco la memoria de su –de nuestro- adorado Aleixandre, junto a su compañera de la Asociación, Asunción García Iglesias.

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Vicente Aleixandre en la biblioteca

Ardua tarea en una ciudad como Madrid, donde los ayuntamientos –unos y otros- demuestran su compromiso con la cultura celebrando costosas “noches en blanco” que siempre acaban en botellón y no se preocupan por la casa de un Premio Nobel. En una comunidad en la que la Presidenta no declara al edificio Bien de Interés Cultural debido a su “escaso valor arquitectónico”. En un país, en resumen, como España, antaño cuna de grandes escritores, hoy hábitat natural de vocingleros y botarates que tienen a bien desgobernarnos desde su probada ignorancia. A ellos, les recomendaría que leyeran; que se esforzasen por comprender la historia y la cultura de su país o, al menos, por respetar a aquellos que sí las comprendemos.

Un reciente artículo anuncia que Manuela Carmena, nuestra actual alcaldesa, va a estudiar un plan de protección para la casa a petición del PSOE. Alejandro Sanz recibe la noticia con prudencia, amparado en todas las anteriores promesas y disposiciones que, finalmente, no pasaron de palabras. Es inevitable, sin duda, el escepticismo, que quedará neutralizado cuando sean los hechos, las acciones prácticas, los que hablen. No puede vencer la incultura en este país; no, al menos, para siempre.

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El salón.

Atravesamos la puerta verde. En el salón del primer piso, se interna una luz lírica por la ventana. Muy cerca, el dormitorio de Vicente. Allí escribió la mayor parte de su obra, contemplando las ramas del cedro, sentado en la cama: esa cama cuya actual ausencia deposita un vacío cuajado de memoria. Después bajamos al sótano, donde originalmente se hallaban las dependencias del servicio. Hay un rastro de gorriones inmóviles que, atraídos probablemente por la posibilidad de refugiarse del frío de la semana pasada, fueron luego incapaces de salir y se quedaron atrapados en una muerte trágica y poética.

IMG_8702Mientras caminamos por la casa vacía, el recuerdo de Vicente nos sigue muy de cerca, sonriendo discretamente en su experimentado papel de anfitrión. Hay versos flotando en el aire polvoriento; resuenan por las esquinas los acordes fantasmas de un piano y la risa musical, cantarina, de Lorca. En la biblioteca, Miguel Hernández se afana por salvar algunos libros de las bombas y abajo, en el vestíbulo, Luis Cernuda espera, tímidamente, a que Aleixandre lo reciba.

Son escenas intangibles, recuerdos, guiones de sueños deshilachados. La poesía, la memoria, la emoción: realidades que pueden vencer a la muerte y que, sin embargo, son infravaloradas bajo sentencias burdas, carentes de sensibilidad, que aluden a cuestiones tan prosaicas como “el valor arquitectónico”. Ya dijo Larra que “Escribir en España es llorar” y, años, después, fue corregido por Cernuda: “Escribir en España no es llorar, es morir”.

Afortunadamente, todavía quedamos idealistas enamorados de aquellos inmensos fantasmas.

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