Recuerdo de uva y queso

Los Bardos

Cuando desaparece el yugo de la hora en que desalojar la sala, pueden brotar las sensaciones más felices de nuestro cuerpo; también, como es el caso, recordándolas. La casa madrileña de la editorial Huerga y Fierro tiene esta propiedad emergente: ofrecer uvas, queso y una masa tierna de dulce a quien disfrutamos alargando la conversación, a fuego lento hasta la noche, en la fragua de la literatura, con tantos libros y herraduras, armas, en los anaqueles de alrededor.

Andrés París y Marina Casado en la sede madrileña de Huerga y Fierro.

Semanas antes, habíamos asistido a la presentación del libro De las horas sin sol de la autora Marina Casado, que ahora en mi memoria firma a los interesados sucedidos en una cola expectante. La convención de los minutos poéticos no se alargó en exceso y a las ocho, con el despeje del brumoso cielo, una treintena de personas colocaban…

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La feria de San Isidro

pradera goya
La Pradera de San Isidro, Francisco de Goya

Cada año, me gusta dar una vuelta por la Pradera en el día de San Isidro, patrón de los madrileños. Ojeo el panorama, me compro un bocata en una caseta, unas rosquillas del Santo, y paseo entre las atracciones de la feria. Ya no me monto en ellas, pero las contemplo con nostalgia; tampoco voy vestida de chulapa. En mi generación no se lleva mucho.

El sábado pasado, Andrés y yo dejamos de lado el pop para decantarnos por lo clásico y el folclore: una actuación de la banda municipal sinfónica en la Plaza Mayor, donde nos deleitaron con un repertorio de pasodobles y chotis, todo muy vintage. Bajábamos la media de edad, ciertamente, pero a mucha honra. Te puede gustar el rock y el pasodoble: una cosa no quita la otra.

Lo que ya tolero menos es el reguetón, y de eso hay mucho en la Pradera. Podría decirse que ha sepultado al chotis. A partir de las ocho o las nueve de la noche, los pocos organilleros y barquilleros supervivientes de la modernidad desaparecen para dar paso a hordas de adolescentes con flores en el pelo y litronas en la mano. Invaden los jardines de la Pradera cual un ejército de hunos, dejando a su paso vasos de plástico vacíos, botellas quebradas, servilletas sucias. Deberían darles un premio al heroísmo a los equipos de limpieza que al día siguiente tengan que arreglar ese desaguisado. Los invasores son menores de edad, pero beben alcohol como cosacos y nadie parece asustarse. La policía y el SAMUR andan por allí cerca, dibujando un hermoso mosaico de hipocresía social. Lo peor de esto, insisto –más allá de que los chiquillos beban o dejen de beber– es la pocilga en la que queda convertido el césped a su marcha.

pradera botellón
También la Pradera, pero unos siglos más tarde de que Goya pintara su obra…

Bueno, también hay que considerar el reguetón como uno de los elementos más disruptivos para mi salud mental. Que ya sé que el chotis no se lleva en las ferias, pero hay vida más allá de “Despacito” y de Enrique Iglesias. Una feria no es creíble si no ponen a Camela en los coches de choque.

El caso es que anoche, paseando por la feria de San Isidro, constaté que el reguetón ha ganado otra batalla más: ha logrado sustituir a “En una tribu apache”, la canción oficial de la atracción de los toros mecánicos. Parecía imposible, pero ha sucedido. Los niños de los noventa sabrán a qué atracción y a qué canción me refiero. Era una deliciosa expresión de lo cutre, un delirio del arte kitsch. Los feriantes la ponían en bucle y una acababa cantándola después de haber salido de la feria y durante el día siguiente, como si de una inocente resaca se tratase. Ya es una huella del pasado. Los adolescentes caen de los toros y se vuelven a levantar al ritmo de Enrique Iglesias. La decadencia de Occidente podría empezar en este punto exacto.

kanguroSin embargo, quedan reductos del pasado, como la atracción del “Súper Kanguro”, que lleva en pie desde que tengo uso de razón. Ese canguro rosa con chupa azul y medallón gitano en el cuello ha debido de vivir entera la década de los noventa. No entiendo cómo todavía no le han dedicado un capítulo en Cuéntame, a él, que es uno de los testigos más relevantes y menospreciados de nuestro tiempo, que ha visto crecer tantas generaciones. Su presencia en la feria me resulta tranquilizante, y el día en el que desaparezca se apagará una estrella en el Olimpo de lo cutre, un lugar que imagino decorado con esas obras de arte anónimas que cubren las atracciones de las ferias, plagadas de princesas Disney con los ojos rojos y mickey mouses azules, y de repente una caricatura de Clint Eastwood que sería la envidia de cualquier cuadro fauvista. Cerca, en un altar, el tradicional y olvidado gitano con una cabra en un taburete pondría el broche a este entrañable paraíso ferial. Ya nadie piensa en la cabra: se extinguió de forma silenciosa, sin que nos diéramos cuenta. Si hoy la pillaran los de PACMA, el gitano no tendría España para correr.

La modernidad también trae cosas buenas, como las rosquillas de fresa. Andrés dice que superan a las de limón.

Tiempo

ELVA_117

Agitamos los párpados como si fueran largos edificios soñolientos. Volvemos a aquel último viaje, a aquel último verano. El tiempo es relativo entonces. La realidad se parece más a las breves imágenes que se vislumbran en los sueños hasta desaparecer en un fundido en negro, a pesar de nuestra lucha inútil por retenerlas cuando, por fin, descubrimos que el despertar es inminente.

Mayo despliega sus alas de viento. Escribo poemas sobre Madrid, porque alguien me dijo últimamente que esta ciudad es desoladora y yo no lo comprendo. Mi Madrid es una vieja dama de sonrisa melancólica, acogedora y gris. Nunca he conocido una ciudad tan humana. Quizá es porque tengo todos los recuerdos desperdigados por sus calles y son ellos los que configuran nuestro mapa sentimental.

Hoy se cumplen nueve años de la segunda vez que conocí el vacío de la muerte, aunque aquellas dos primeras veces solo fueran roces en comparación con el verdadero hachazo. Regreso nueve años atrás. Mi abuelo a veces vuelve a atravesar la puerta de casa por las mañanas saludándonos, se vuelve a enfadar cuando no quiero comerme las judías, me da cinco euros para comprar cromos de Pokémon. El tiempo es tan relativo. La realidad no es esta, ni aquella; la única realidad somos nosotros mismos y los recuerdos que nos configuran. Y la incomodidad constante en el presente.

Apenas hay tiempo para escribir. Apenas lo hay para detenerse.

Poesía, amistad y naturaleza en el ELVA

Los Bardos

Foto de familia del ELVA. En Gáldar, Gran Canaria

La poesía es algo más que una torre de marfil desde la que aposentarse y contemplar el mundo. También es conocer, compartir, vivir. Esta semana, he vivido junto a cinco compañeros bardos (Andrés París, Eric Sanabria, Alberto Guirao, Julia L. Arnaiz y Olira Blesa) una experiencia inolvidable en un marco natural que no podría ser más poético e inspirador. Hemos participado como invitados en la segunda edición del ELVA (Encuentro de Letras y Versos del Atlántico), cuyos actos se han desarrollado en diversos puntos de la serranía de Gran Canaria: Gáldar, Barranco Hondo de Abajo, Caideros y Juncalillo.

Marina Casado, Andrés París, Julia L. Arnaiz y Vasco Macedo ante un fondo de niebla

La mañana del viernes 12 de abril, una densa niebla nos recibió a nuestra llegada a Juncalillo, a la casa cueva donde nos alojaríamos…

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De las horas sin sol

Publicar un libro de poesía tiene algo muy espiritual, porque es como si de repente se materializara una parte de nuestra alma. En el caso de mi tercer poemario, De las horas sin sol, esta sensación se incrementa, ya que se trata de una obra muy personal, que plasma mi geografía emocional en un momento muy concreto de mi vida.

Este libro habla sobre la muerte, la memoria, la ausencia y el amor: los temas de siempre, barnizados por la nostalgia. Es una obra más oscura que las anteriores, gestada en un eclipse. Sin embargo, la luz sigue ahí, aunque de forma distinta.

Con él quedé finalista en 2017 del Premio Valparaíso de Poesía.

Gracias a Antonio y Charo, de Huerga y Fierro, por depositar su confianza en mí con esta edición tan magnífica. Gracias a mi prologuista, Andrés París, el mejor intérprete de las luces y sombras que me habitan. Gracias a mi familia, siempre, y a los amigos que se han quedado conmigo.

Estoy deseando que lo leáis. Me encantaría también veros en la presentación, el 5 de abril a las 20:00 h., en la sede de Huerga y Fierro (C/ Sebastián Elcano, 9, Madrid).