Feria del Libro 2018

Voy a hacer un alto en el estudio de las oposiciones. Me encantaría que me fuerais a saludar… También estarán allí el resto de bardos para firmar, en conjunto, nuestra Antología.

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Los Bardos, de viva voz en la Casa Encendida

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Mariló Gutiérrez Blesa, Débora Alcaide, Francisco Raposo, J. L. Arnáiz, Alberto Guerra, Rebeca garrido, Alberto Guirao, Andrea Toribio, Marina Casado, Eric Sanabria y Andrés París. La Casa Encendida, Madrid, 12/4/18. Fotografía: Catalina de Vicente

La incesante lluvia madrileña no impidió que, el pasado jueves 12 de abril, la Biblioteca de La Casa Encendida se llenara de poetas, de amigos, de personas dispuestas a escuchar —“escuchar”, esa acción tan denostada hoy en día—. Los Bardos hacíamos la primera aparición oficial para presentar nuestra Antología, de la mano de José María Gutiérrez de la Torre: el hombre que ha transformado nuestras ilusiones en libro. Es José María uno de esos editores idealistas de los que apenas ya se encuentran, de los que creen en las utopías y todavía se emocionan ante el verdadero amor por la literatura, por la cultura. Nosotros tuvimos la suerte de cruzárnoslo en el camino y le debemos su apoyo incondicional a nuestra causa desde el principio. Como él dice siempre —y aquí recomiendo su libro 35 notas del editor y otros escritos—, la figura del editor es mucho más importante de lo que habitualmente se cree en un libro, en un proyecto, en la carrera de un autor. José María —así como Lucía, que ha luchado y trabajado desde la editorial para darnos a conocer— son también parte de este libro. Desde mi papel de antóloga, lo único que exigí a mis compañeros bardos fue un respeto hacia mi trabajo y mi persona. Lo obtuve de los once sobradamente, unido a la ilusión y al agradecimiento, un agradecimiento que es mutuo, porque todos somos padres de este libro.

Como traté de mostrar en la presentación, nuestra antología no es una antología poética más, de las que cada día salen al mercado editorial, sino el resultado de la actividad de un grupo de compañeros, de amigos, que se reunió por vez primera en noviembre de 2015 para homenajear los 50 años de la mítica colección de poesía “El Bardo”. Hemos vivido juntos muchas aventuras desde entonces: literarias y de otra índole. Nos ha unido nuestra pasión lectora y el respeto y conocimiento de una tradición poética que no siempre tiene en la actualidad el lugar que merecería. La idea de un grupo de poetas que se reúne, que apuesta por el contacto humano y por el compañerismo en una época donde las relaciones se reducen muchas veces a la frialdad de las redes sociales parece más un concepto del siglo pasado.

Desde noviembre de 2015, el grupo inicial ha ido variando: algunos se han marchado, por diversos motivos; otros han llegado para convertirse en pilares imprescindibles. Desde hace más de un año, el grupo parece haberse consolidado en las doce personas que ahora formamos parte de él y que estamos juntos en la Antología. Nuestra variedad poética, humana, es la que aporta brillo al conjunto.

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Celebración posterior en la vinoteca Xelavid

Cualquier noche, María Agra-Fagúndez es capaz de aparecer para recordarte, con su alegría envolvente, que la vida es lo mejor que puede pasarte y que la poesía nace de esa magia de la cotidianidad elevada a lo lírico. O Debbie Alcaide, luchadora incansable, caminando desde el abismo oscuro de los monstruos personalizados hasta una ilusión infantil de “sonrisa cupular”, reflexionará contigo sobre la esencia de la amistad. De repente surgirá Rebeca Garrido, hablándote del mundo contemporáneo mientras mezcla con toda naturalidad historias de su huerto y disputas entre Góngora y Quevedo. Todo ello tomando un vino en Xelavid, nuestro “cuartel general”, donde Alberto Guerra va y viene, eleva su “guerrismo” a filosofía; convence, divierte, conmueve. Alberto Guirao, flemático y sonriente, deja posos de su genialidad sin hacer mucho ruido. Se vuelve necesaria la dulzura de Conchy Gutiérrez Blesa, su fe en un mundo de princesas y cisnes sepultado a veces por la mediocridad. O el fervor de J. L. Arnáiz, a caballo siempre entre uno y otro proyecto artístico, ilusionándose y ardiendo con todos, proyectando su lealtad. Andrés París no estará tomando un vino, sino más bien un San Francisco. Se ausentará a veces para convertir la realidad en un nuevo verso y mirarla con líricos, soñadores de utopías. Mientras, la risa contagiosa de Francisco Raposo invadirá las notas de la madrugada. Tras ella, se asoma su personalidad apasionada y perfeccionista. Pero si alguien quiere encontrar una frontera sutil entre barroquismo y modernidad, acudirá sin duda a Eric Sanabria, personalidad tragicómica, idealista empedernido bañado de una aguda ironía. Andrea Toribio, prudente y reflexiva, se convierte sin pretenderlo en la voz de la razón, dejando traslucir en sus intervenciones una erudición lejana a la pose.

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Fotografía: Fernando Alda Campano

Este mosaico de miradas, de mundos, se entrevió el pasado jueves durante la presentación, el recital y el posterior debate sobre la poesía que tuvo lugar con el público, donde se desarrollaron preguntas muy interesantes. El poeta Paco Díez cuestionó sobre la relación entre lírica y narrativa; el filólogo y poeta Sesi García quiso saber cómo manejábamos el ritmo en nuestros versos. Hubo quien prefirió escuchar atentamente. Aquí quiero nombrar a Carmen, mi madre, y Juan, mi hermano, siempre presentes. También a mis dos amigas del alma, Alba y Fátima, que llevan apoyándome —sin ser apasionadas de la poesía— desde mis inicios. A Pedro Unamuno, a Sonia y Eugenio, a Ana Godoy, Pepa, Luis, Francesca. Muy especialmente, a Javier Agra, que leyó un poema de su hija, nuestra María, y a Mariló, que actuó en representación de su hermana Conchy. También a su hermano Juan, a su padre y a Dulce. A Miguel Sáez, el genial ilustrador que ha contribuido a crear la personalidad del libro. A Fernando Alda Campano, autor de la fotografía de contraportada, y a mi querida Catalina, que hizo de fotógrafa, junto a Fernando, durante el acto. Y a tantas y tantas otras personas que nos dedicaron su cariño y su tiempo.

Estoy muy orgullosa de ser barda y de que mis versos permanezcan para la posteridad en este libro, junto a los de mis once compañeros. Porque, como dijo Lorca en unos versos que ya nos representan: “No es el Arte la luz que nos ciega los ojos. / Es primero el amor, la amistad o la esgrima”.

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“De viva voz. Antología del Grupo Poético Los Bardos” (Ediciones de la Torre, 2018)

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Antología de los Bardos

Rompo de nuevo mi silencio opositoril para anunciar con júbilo que ya ha salido a la luz la Antología de mi grupo poético, Los Bardos, con Ediciones de la Torre. Además de figurar entre los poetas antologados (junto a María Agra-Fagúndez, Débora Alcaide, Rebeca Garrido, Alberto Guerra, Alberto Guirao, Conchy Gutiérrez Blesa, J. L. Arnáiz, Andrés París, Francisco Raposo, Eric Sanabria y Andrea Toribio), soy la autora del prólogo y de las semblanzas individuales que acompañan a cada una de las doce muestras poéticas.

El viernes pasado recibimos los primeros ejemplares en nuestro “cuartel general”, la vinoteca Xelavid:

La gran noticia es que el próximo jueves 12 de abril presentaremos la obra oficialmente en Madrid, en La Casa Encendida. Os dejo aquí el cartel del acto:

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Por último, para ir abriendo bocas, termino con los dos vídeos promocionales que tenemos hasta la fecha, donde los autores recitamos “de viva voz” algunos de nuestros textos. ¡Espero veros el jueves en La Casa Encendida!

 

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Solo la luna

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“Ya nadie piensa en ti, Miss X niña.”
(Rafael Alberti)

Detrás de un beso hay siempre
una región inabarcable de soledad.
En cada abrazo, juegan los cuerpos a simular
durante unos instantes que se componen de algo más
que nubes hilvanadas con deseos.
Abrir los ojos es cerrarlos,
y entonces ya no existe un tú y yo: solo la luna.
Solo la soledad desenterrada del viento del oeste,
de las niñas sin nombre –¡ah, Miss X!–
perdidas por los mundos ignotos
de nuestros pensamientos.

 

(De Mi nombre de agua, Ediciones de la Torre, 2016)

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Nueva Orleans

 

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Recuerdo cuando fuimos inmortales.
La luz de media tarde
desparramaba sus cabellos de oro
sobre el sofá.
La vecina del cuarto, aquella niña llamada Mara,
canturreaba una canción de plastilina
en los oídos de las hadas
que nunca se atrevieron a buscarnos.
Mara tenía la mirada bovina
y una ancha sonrisa confiada y patética
colgando con lustrosa placidez de las mejillas.
Yo siempre tuve las pupilas demasiado grandes.
Alguien hablaba de Nueva Orleans
y yo veía las trompetas conviviendo
con las luces rojizas de los bares,
sombreros desgastados, calles amargas
perfiladas de risas en el anochecer.

Han pasado los años.
Ahora nadie conocerá jamás Nueva Orleans,
asesinada parcialmente por aquel huracán
de principios de siglo.
Dicen que la trompeta de Louis Armstrong
apareció semienterrada en la mandíbula de un río,
que los últimos muertos se reunieron al caer la tarde
para manchar sus voces negras con la sangre del jazz.
Yo no los pude ver, pero sentí una luz de acetileno
naufragando en mis labios.

Recuerdo cuando fuimos inmortales:
Mara, Nueva Orleans y yo.
Corría el año 1995
y mis pupilas todavía vivían
constantemente dilatadas.
Me han contado que Mara se hizo boy-scout
y dejó de cantar para las hadas inexistentes.
Imagino sus ojos de cordero enlutado
contemplando la luna,
la misma luna que en Nueva Orleans
salpicaba las calles amargas de los negros
en el tiempo en que todos éramos inmortales.

 

(De Mi nombre de agua, Ediciones de la Torre: 2016)

 

¡Feliz Día Mundial de la Poesía!

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La Guardarraya, revista literaria

Mis lectores más fieles podrán sorprenderse: ¡vuelvo a escribir tras dos meses de abandono! Lo cierto es que, como algunos sabrán, se convocan oposiciones de Secundaria en 2018 y aquí estoy, un año más, llevando una vida ascética, muy a lo Fray Luis de León: estudio, meditación sobre lo estudiado, fortaleza y acopio de sabiduría. Y así hasta mediados de junio. No obstante, trataré de pasarme por aquí de cuando en cuando, para que mi página no sea absorbida por el universo de nodos y enlaces que constituye el vivisistema de Internet. Además, sucesos muy interesantes, en el terreno literario, están por llegar, y habré de tratarlos.

El caso es que he regresado con buenas noticias: mi participación en el segundo número de La Guardarraya, una nueva revista literaria digital que se edita en Barcelona, dirigida por el escritor salvadoreño Carlos Ernesto García. Tanto los contenidos como la edición son una auténtica maravilla. Y su labor de visibilizar a poetas actuales del ámbito español e hispanoamericano es verdaderamente loable. Por ello, me siento muy honrada de figurar entre los autores de este número.

Concretamente, me dedican cuatro páginas: tres de semblanza y una reservada para dos poemas: uno de Los despertares (Ediciones de la Torre, 2014) y otro de Mi nombre de agua (Ediciones de la Torre, 2016). El autor de la magnífica semblanza sobre mi obra y mi persona no es otro que Andrés París, poeta y bioquímico, a quien agradezco su maestría con la pluma, una vez más.

Dejo aquí la semblanza, extraída de la revista, y previamente, el enlace a la revista completa, para que podáis disfrutar de la excelente literatura que en ella se ofrece. Vaya mi enhorabuena al director de La Guardarraya, al equipo de colaboradores y a todos los autores que me acompañan en este segundo número.

Pincha aquí para acceder al número 2 de La Guardarraya.

(Mi semblanza está en las páginas 44-47)

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Extraído del n. 2 de La Guardarraya, revista literaria digital

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The Show Must Go On

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The show must go on. 
Inside my heart is breaking,
my make-up may be flaking 
but my smile still stays on. 

(Freddy Mercury)

“Ganarás la luz”, decía aquel verso de ese buhonero de palabras, de ese titiritero de lunas que fue León Felipe. Y hoy más que nunca me empeño en creerlo, en convencerme de que un día podré abrazar la luz. Ni siquiera el dolor más profundo y devastador es capaz de paralizar el universo. Me sorprende a menudo esta cotidianidad inadmisible que nos devora: el estudio apremiante con las oposiciones a la vuelta de la esquina, la política y sus esperpénticos representantes, los crímenes de los que hablan los periódicos, la primavera y el verano y el otoño y otra vez el invierno, con su frío, que no es el mismo frío de siempre, sino otro distinto que se agarra al corazón, al que a veces llamamos con el nombre de “desamparo”. La Navidad y las cenas, las tardes de cine, las rebeldías crujientes del Retiro. El alumbrado navideño y personas felices con renos en la cabeza, riendo, bebiendo, soñando.

El universo se asemeja cada vez más a ese “Gran Teatro del Mundo” del que habló Calderón de la Barca en el siglo XVII, donde cada ser humano representaba su papel, que no terminaba hasta el final impuesto por la muerte. En aquel auto sacramental, Dios era el espectador e invitaba a la Cena Eucarística a todos aquellos que habían representado bien su personaje. Pero Dios no existe y no hay un más allá detrás de bastidores. Cada uno de nosotros hemos llegado para actuar y marcharnos, con o sin aplausos. Los aplausos, cuando se producen, tampoco duran demasiado, porque la obra continúa y seguimos caminando, aunque los cristales de nuestro propio corazón resquebrajado nos arañen la planta de los pies a cada paso.

Somos los protagonistas de nuestra propia obra. La gente pasa por nuestra vida y a veces compartimos una escena o varias, incluso algún acto completo. Pero los caminos se suelen acabar separando. La soledad es el destino más sólido del teatro.

He deseado tanto que me comprendieran, que se solidarizaran con mi dolor. Me he topado cien veces con la incomprensión, con la ausencia terrible de empatía, con el desprecio de algunos de los que más esperaba. He aprendido que el amor o la amistad no es, para muchos, más que una palabra. He sentido lástima por ellos, porque el amor, la capacidad de encariñarse, nos vuelve vulnerables, pero también humanos. Y esta ingenuidad, la mía, la vengo arrastrando desde hace tantos calendarios que por fin he entendido que no remitirá, porque forma parte de mi esencia. Pero ya no me lamento: la acojo y la abrazo, porque esta gran tragicomedia no sería más que un entremés si en el mundo no existiéramos los idealistas.

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La clave, entonces, estriba en contar con una, dos, tal vez cuatro personas que amen con algo más que palabras. Actores en cuyo guión esté escrito que van a acompañarte en todos los actos. Que luchen como quijotes desasosegantes contra esa soledad inmóvil a la que aboca el teatro. Idealistas, desclasados, locos, que te ayuden a despegar de la oscuridad cuando la idea del amanecer parece una utopía. Y aquí otro secreto: algunos de los personajes que se marchan tras el fin de su actuación no acuden a ninguna cena divina, pero pasan a ocupar el papel de los soles y son la luz que León Felipe nos prometió que ganaríamos. Porque el amor —más allá de los nombres— no conoce distancias ni finales, calendarios o muertes. E irradia su calor incluso desde más allá del tiempo.

No voy a hacer balance de 2017. Pero sí agradeceré al azar ese “poco de azúcar”, que diría Mary Poppins, en forma de dos premios literarios y dos nominaciones, el nacimiento de mi querido ensayo albertiano y sus dos presentaciones —una en el Ateneo y otra en el mar de donde fue desterrado aquel marinero de tiempos—. Los hallazgos de Toledo, la noche inhabitada de Oviedo, la primavera de Aranjuez, el viento enloquecido —y enloquecedor— de Oporto, el fiel azul de Cádiz, que este año tenía sabor de ausencia. Barcelona y sus recuerdos, las segundas oportunidades, la familia de verdad. Los principios, una vez, en diciembre; la seguridad dibujada en unos ojos que llevan escrita la palabra “siempre”. La identidad de mi Alguien Más, al fin al descubierto. La luz, la luz esperando al otro lado de este pozo de sombras. La luz prometida y prometedora.

Que 2018 traiga algún amanecer. Mientras, el mundo puede continuar girando.

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