Homenaje a Luis Cernuda

luis antología
Luis Cernuda en los años veinte

Hoy se cumplen 116 años del nacimiento de mi ídolo poético. En 1947, escribió el poema “A un poeta futuro”, uno de los más emotivos de su obra. En él, apela a un hipotético poeta futuro a quien él ya no podrá conocer. En diciembre del año pasado, me atreví a escribirle una respuesta. A continuación, reproduzco el poema original de Cernuda y mi humilde pero sentida respuesta:

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Solo la luna

luna

“Ya nadie piensa en ti, Miss X niña.”
(Rafael Alberti)

Detrás de un beso hay siempre
una región inabarcable de soledad.
En cada abrazo, juegan los cuerpos a simular
durante unos instantes que se componen de algo más
que nubes hilvanadas con deseos.
Abrir los ojos es cerrarlos,
y entonces ya no existe un tú y yo: solo la luna.
Solo la soledad desenterrada del viento del oeste,
de las niñas sin nombre –¡ah, Miss X!–
perdidas por los mundos ignotos
de nuestros pensamientos.

 

(De Mi nombre de agua, Ediciones de la Torre, 2016)

Nueva Orleans

 

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Recuerdo cuando fuimos inmortales.
La luz de media tarde
desparramaba sus cabellos de oro
sobre el sofá.
La vecina del cuarto, aquella niña llamada Mara,
canturreaba una canción de plastilina
en los oídos de las hadas
que nunca se atrevieron a buscarnos.
Mara tenía la mirada bovina
y una ancha sonrisa confiada y patética
colgando con lustrosa placidez de las mejillas.
Yo siempre tuve las pupilas demasiado grandes.
Alguien hablaba de Nueva Orleans
y yo veía las trompetas conviviendo
con las luces rojizas de los bares,
sombreros desgastados, calles amargas
perfiladas de risas en el anochecer.

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Convicciones anémona

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L’Anneau D’Or, René Magritte

La seguridad, ese insecto
Que anida en los volantes de la luz.

Luis Cernuda

 

He intentado buscar el equilibrio.

(He escrito tantas veces esto que, realmente, empiezo a creerlo).

Pero siempre responde el invierno. Con sus luces y sus sombras, sus algarabías de penumbra que dibujan lluvias también en mis pupilas.

Hoy miro el abismo, tentada de saltar otra vez; pensando, de nuevo, que no lo dudaría si me dijeran que mañana es el último día sobre la Tierra. Y ahora es cuando puedo reírme de mi pasado, de mi presente y de todos los futuros que lentamente se difuminan entre la niebla de aquello que todavía no puede ser recordado. Que tal vez no se recuerde jamás y muera despacio en el piso 72 de aquel rascacielos del que una vez hablaba.

Donde una vez soñaba. La ciudad se contempla, desde allí, como una diminuta maqueta asediada de luces de neón, de faros de coche que forman ríos delirantes de pequeñas tragedias. Nunca he subido, pero puedo sentirlo. Sentir cómo soñaba. Cómo la realidad se confunde con ese río de llantos deshumanizados que no contempla mi existencia, que se olvida de gritarme.

Así es como sigo soñando. Sola, distante, igual que un astro. Desesperada, como la última luz del otoño. Porque basta tener una convicción para perderla y verla convertirse en una anémona. La marea vuelve a acercarse a la orilla; continúa su ciclo, me pervierte de sombras. Después querremos huir y convertirnos en aire; marcharnos a altamar, desorientarnos.

En todo este tiempo, he perdido una ciudad y el final de una historia. He viajado al país del Trapecista sin toparme con sus ojos, con su guitarra enquistada. He seguido buscando desenlaces y me he encontrado, de repente, con la familiar presencia de unas chimeneas que me hablaban de infancia y cuentos de papel. He hallado luces inmersas en este caos, habitantes de un mundo que también yo habitaba y que creía olvidado. Lo llamaba Ánesthelv. Ahora, cobra tintes de abismo.

He intentado buscar el equilibrio, pero se me escapa entre los dedos como el aire que nunca llegaré a ser.

Slot-machine

El mundo es una slot-machine,
con una ranura en la frente del cielo,
sobre la cabecera del mar.
(Se ha acabado la cuerda,
se ha parado la máquina…).

León Felipe

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Toda la noche
he sentido empotrarse contra mi ventana
enloquecidos, furibundos enjambres de billetes
que llevan en sus goznes
el impúdico sello de Wall Street.
A las cuatro de la mañana
extrañaba las gotas de lluvia
y lloraba por un mendigo
que gusta de posarse sobre la luna
y así acunar despacio sus cuencas muertas,
sus cuencas malheridas,
los restos de sus ojos
que asesinaron doce hombres por la televisión
después de naufragar en un telediario
en el que nadie se conoce.
Marx muere mutilado cada día
en multitudes de llaveros
y de camisetas de compra al por mayor,
pero al caer la tarde,
lo vamos a llorar sobre los cementerios
y a regalarle siemprevivas
que se funden en un enigma
vestido de noviembres.

Cinco de la mañana.
Burbuja financiera en alza.
Siete brokers dormidos
se olvidan de sus huellas dactilares
en la pantalla del ordenador
y por sus labios se desbordan
ríos amargos de humanidad
que alguien cambiará por bonos del tesoro.
Y Rafael Alberti suspira, abandonado;
el comunismo dejó de estar de moda
en los ochenta
y ahora sus poemas
se mueren de pena por las esquinas
y vienen a comer entre mis manos,
como galgos hambrientos,
desesperados y leales.
Arriba, parias de la tierra…

Ya dijo el gran León,
aquel viejo León titiritero y vagabundo,
que todo el mundo se resume en una slot-machine
«con una ranura en la frente del cielo».
Pero se me han gastado las monedas
y ahora tengo que robar o llorar,
o pedirle prestado al mendigo de lunas
un lucero de oro,
de aquellos que naufragan
entre las aguas macilentas de sus cuencas vacías,
para engañar a los guardianes del abismo,
al Dios Mercado y sus cadenas,
a la sonrisa histriónica del Tío Sam
agitándose en las caricaturas
que se visten con traje de chaqueta
y pronuncian discursos
tras la pantalla de la televisión
y se dicen tan españoles como el que más.
«España ha muerto»,
sentenció Luis Cernuda en un lejano año 39
y ninguno quisimos escucharlo,
pues los enjambres de billetes
se escapaban felices
como pequeños ícaros deslumbrados
por la radiante luz del porvenir,
y hoy esos que mataron
por atrapar su desusado vuelo esperan,
como hienas feroces y patéticas,
en despachos con soles de bajo consumo
fundidos por exceso de emoción
y nos apuntan con un rifle para cambiar
una estrella rendida
por un seguro médico
y una inversión a largo plazo.

Las seis de la mañana y todavía no ha llovido.
Y ahora se me han gastado las monedas,
las monedas y las mañanas,
y tal vez los mañanas, que vienen a llorarme
como galgos hambrientos
o Albertis olvidados, rechazados
por las correas sigilosas del futuro.
España muerta, desenterrada,
con su rostro amarillo
devorado por los insectos;
España desahuciada,
contemplando el abismo desde el piso más alto
de un rascacielos engreído.
Estoy en negative equality
y el futuro me niega el préstamo pedido.
Se me han gastado las monedas
y solo puedo preguntarme
qué será de mi sangre y qué será del mundo
o de esa slot-machine que lo ha sustituido
aprovechando que lloramos
con vendas en los ojos.

Y llegarán las siete
y ya nadie recordará cómo dar cuerda
a esta máquina hambrienta de monedas sin alma.
La luna bailará sobre la urbe antes de perecer
y un millar de pequeñas siemprevivas
coronarán los labios
de los que nunca vuelvan.

Marina Casado, Mi nombre de agua

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