“Condiciones para el vuelo”, de Joselyn Michelle Almeida

La primera condición para el vuelo es la pregunta. Por eso Eva la formula en uno de los poemas iniciales del libro: “¿Qué cielo a la belleza expulsaría / fuera de sí por querer ser más bella?”. La curiosidad se identifica con la inocencia. Continúa, revelando la identidad del interlocutor: “Si el pecado fue seguir tu lumbre propia, / ¿por qué tú el príncipe de las tinieblas?”. Esta relación entre el pecado, la belleza y el conocimiento surge también en otros poemas como “Malus domestica”, con el símbolo de la manzana, o en “Prueba de fe”: “Manda que le corten la nariz a la mujer / y así desfigurar el rostro bello del pasado”.

La inocencia en sí supone un regreso a lo primigenio, a la naturaleza, con cuyos elementos entra en comunicación constantemente la poeta. Se identifica con el amor, porque ambos, amor y naturaleza, basan su esencia en la libertad. Por ello, las escenas amorosas se hallan en íntima relación con estos elementos naturales: “Vengo a dar albergue a tu beso fugitivo, / […] Ese que ensaya los matices del estío / y bebe relámpagos en la tormenta / haciendo de tu mirada un cielo en espera”. La naturaleza, como el amor, se encuentra amenazada: hay fuerzas que amenazan con romper ese equilibrio, como ocurre en el incendio de “Trastorno planetario” o en la desaparición de las abejas de “Aclaración”, donde concluye la poeta: “Vivimos y nos amamos mientras se pudo”.

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Escribir o vivir

Enero me ha traído sombreritos, de nuevo; más libros y el comienzo de otra historia que tiene entre sus personajes a una llama con acento texano bautizada como “Charlie”. ¿Literatura infantil, a estas alturas? En algún lugar tenía que volcar toda la imaginación que me sobra y que, en su día, me empujaba a lanzarme de cabeza a los mundos creados por Roald Dahl. Sigo haciéndolo, en realidad; una nunca abandona del todo la infancia. De lo contrario, haría demasiado frío en el universo. Otra cosa es poder continuar, claro. En mi faceta de narradora todavía soy un poco dispersa: si una historia no me apasiona, la voy abandonando lentamente. Al final, escribir se parece demasiado a vivir. Lo primero no es posible sin lo segundo, pero incluso me atrevería a afirmar que tampoco lo segundo sin lo primero.

En todo caso, enero me ha traído, también, el final de la primera novela de la que puedo sentirme orgullosa. He escrito otras a lo largo de mi vida, pero hoy me parecen tan infantiles. No quiero dejar atrás la poesía, pero ya es hora de adentrarme en un nuevo género.

Y después está Emily Dickinson, a la que he descubierto gracias a mi madre, que se la encargó al rey Baltasar –algún día desarrollaré mi teoría según la cual la mayoría de niños de los noventa somos de Baltasar–. Ahora tengo una bonita edición bilingüe de Visor y una nueva poeta en la que profundizar. No empieza mal, 2020.

Se cumplen 20 años de la muerte de Rafael Alberti

El 28 de octubre de 1999, yo acababa de cumplir diez años y escuché por la radio la noticia de su muerte. El último de la Generación del 27. Mucho después, supe que Alberti, a los 96 (casi 97) todavía estaba convencido de que vería el nuevo siglo. Lo cierto es que se quedó a las puertas.

Lo elegí a él para escribir mi tesis doctoral. No solo porque me sienta muy identificada con su poética de la nostalgia y porque su Cádiz sea como mi segunda tierra. También porque estoy convencida de que los investigadores contemporáneos se lo debemos, pues, a pesar de que durante la Transición fue muy valorado, actualmente la crítica se está desentendiendo vergonzosamente de él. Le pesa su activismo político que, en una sociedad como la actual, tan amiga de la “neutralidad” (ese “centrismo” político con el que a menudo se disfraza la derecha), no es bienvenido. Como siempre digo, vendría mejor leerlo más y criticarlo menos, porque algunos se sorprenderían.

Mi tesis doctoral dio lugar a un ensayo que podéis encontrar en librerías: La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra (Ediciones de la Torre, 2017).

A propósito, hoy escribo en El País, en forma de homenaje, al Madrid de Alberti. Podéis leerme en “El Madrid insomne de Rafael Alberti”.

Entrevista en “Todo es verso”

Con Vega Alonso y David Foronda en el programa radiofónico “Todo es verso”

Esta semana, acudí a Catodia Podcast para ser entrevistada por Vega Alonso y David Foronda para el programa radiofónico “Todo es verso”. Hablamos sobre poesía y rock, sobre mi último poemario, De las horas sin sol… Incluso me preguntaron acerca del Marinismo y la Heladología. La entrevista no pudo ser más completa ni mis entrevistadores más geniales. Fue un rato estupendo. Aprovecho para recomendaros fervientemente el programa a todos los amantes de la poesía. No os lo podéis perder.

Por último, dejo aquí el enlace a la entrevista, por si os apetece escucharla:

Entrevista a Marina Casado para “Todo es verso”

La poética de la emoción: “A punto de ver”, de José Luis Morante

 

“El haiku teje en silencio, sin dogmas; cuando la poética se aleja de la emoción se refugia en el laboratorio.”

(José Luis Morante)

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Cubierta de A punto de ver (Polibea, 2019)

Termina el curso escolar y las lecturas pendientes que aguardaban el regreso del tiempo libre pueden ser al fin desentrañadas, acogidas por el entusiasmo azul del verano. Así sucede con el libro más reciente de José Luis Morante, A punto de ver, publicado por Polibea en su colección “el levitador”. Un libro sugerente desde la cubierta, protagonizada por una fotografía de Javier Cabañero Valencia que muestra la entrada de un famoso santuario sintoísta de Kioto: un camino crepuscular que nos invita a adentrarnos por el espíritu, a descifrar las esquinas del alma.

El poeta lo consigue a través del haiku, un género de origen japonés cuya brevedad y aparente sencillez lo convierten, por el contrario, en uno de los más complicados, porque su belleza estriba en condensar un mensaje hondo en tres versos. Algo que logra sobradamente José Luis Morante, que en esta obra propone un ejercicio de análisis lírico del mundo externo que conduce también al íntimo, una mirada que se sostiene en un vértice incoloro del tiempo, accesible desde la poesía.

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