Fortunata, la inocencia

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Ana Belén interpretando a Fortunata en la serie de Mario Camus para TVE

Estos días he vuelto a ver la magnífica serie que Mario Camus dirigió para TVE en 1980 basada en la obra cumbre de Galdós: Fortunata y Jacinta, y de nuevo me ha fascinado. Lo cierto es que en su día leí el libro después de ver la serie y enamorarme por primera vez de las interpretaciones de Ana Belén, Fernando Fernán-Gómez, Manuel Alexandre, Maribel Martín, Mario Pardo… Grandes actores que forman parte de una generación a la que hoy extrañamos. No estoy diciendo que no existan buenos actores españoles jóvenes, que los habrá, pero nada es comparable a esa generación.

En todo caso, traigo esto a colación porque el personaje de Fortunata, interpretado por una jovencísima Ana Belén, me ha hecho reflexionar acerca de un tema que me preocupa desde siempre: la inocencia y todos los peligros que esta entraña. Fortunata, tanto en el libro como en la serie, es sensible, impulsiva e irracional, a veces: la encarnación del pueblo, una criatura forjada a base de infortunios. Pero sorprende descubrir que, al final, ni todos los infortunios del mundo le arrebatan esa inocencia, esa ingenuidad inherente a su persona. Fortunata es buena, aunque no sea consciente de ello y a veces, de hecho, se muestre convencida de lo contrario. Una y otra vez cae en las garras de Juanito Santa Cruz, aunque sus amigos intenten impedírselo, aunque ella misma sepa que la conduce a su destrucción.

No por nada se llama a Galdós “retratista de almas”. Cuántas fortunatas y cuántos santacruces habrá en el mundo, y con cuántos nos habremos cruzado. La inocencia es extremadamente fácil de pisotear, pero existe en ella una pureza que impide que desaparezca del todo.

No creo que la inocencia esté reñida con la inteligencia. El clásico dicho de “de tan bueno, es tonto” no puede traducirse en una menor capacidad intelectual. El problema de los inocentes es que no acabamos de creer en la maldad humana. Buscamos una justificación porque, simplemente, no nos planteamos que las personas puedan ser malas por naturaleza. Tampoco pienso que se pueda ser malo o bueno de una pieza, sino que todos estamos hechos de luces y sombras.

Lo que sí existe es gente más avispada a la hora de percibir cuándo se la van a jugar y gente a la que, por mucho que se la jueguen, no aprende (y no hablo del terreno sentimental en exclusiva, sino de las relaciones sociales, en general). Yo pertenezco al segundo grupo, por mucho que me empeñe en que los avatares de la vida me han ido fortaleciendo. ¿Vulnerabilidad? Sin duda.  

Florecer

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Florencia, agosto de 2018

Cuando en el futuro recuerde 2018, lo haré pensando en el año en el que, por fin, brotaron todas las semillas que había plantado a lo largo de mi vida, desde aquellos “PA+” de Primaria, pasando por la carrera, másteres y doctorados, hasta llegar a las temibles oposiciones a las que no fui capaz de vencer en una ocasión. Fue en 2016. Sentí aquel suspenso como el fracaso de toda mi vida académica, pero reuní la fuerza suficiente para levantarme de mis cenizas y continuar, con más empeño si cabe. Dos años más tarde, he comprendido que aquel suspenso solo fue un bache en el camino, un camino cuyo devenir no era capaz de comprender, por entonces.

Cuando en julio de este año llegó el aprobado, con forma de plaza fija, entendí por fin ese tópico tan manido que dice que “todo esfuerzo tiene su fruto”. El mío había florecido. Ahora, puedo dedicarme a la que considero que es mi vocación: la docencia. Por eso, recordaré 2018 como el año que me enseñó que todo es posible, si nos empeñamos.

La alegría llegó después de un torrente de sombras en mi existencia: el pozo más oscuro en el que jamás podría haber caído. Por eso, la alegría se alzó aún más luminosa, con la promesa de una nueva vida que me acercaría a ese tan ansiado equilibrio. Porque 2018 también ha sido el primer año completo de ausencia.

A pesar de ello, me he sentido muy arropada por aquellos que siempre han estado conmigo. Otros, los que hablaban mucho y me querían tanto y cuánto, se han alejado definitivamente, volviendo a demostrar que, como decía Rafael Alberti, “las palabras entonces no sirven: son palabras”. En la amistad, en el amor, cuentan solo los actos.

Cuando nos vamos haciendo mayores, aprendemos poco a poco que existir es convivir en paz con la tristeza. Permitir que brote varias veces al día, como un repentino pinchazo en la sien y un buen puñado de lágrimas, pero no dejar que empañe los momentos de felicidad, porque estos también existen. Somos lo que somos ahora y lo que hemos sido, pero también lo que otros han sido. Llevamos en nuestro cuerpo y en nuestra alma nuestros sueños y afectos, pero también los de nuestros desaparecidos. Tenemos la voluntaria responsabilidad de no dejar que mueran, porque uno solo muere cuando lo dejan de pensar.

Y ahora solo queda afrontar el nuevo año con valor e ilusión. Valor, porque la incertidumbre del futuro a menudo esconde puñales entre la niebla, puñales que son inherentes a la vida misma. Ilusión, porque junto a esos puñales aparecerán momentos y personas inolvidables. En el terreno literario, por ejemplo, se anuncian ya algunas nuevas ilusionantes, que se volverán corpóreas en este 2019. El año que se va ha dejado, en ese ámbito, un par de reconocimientos a mi obra y una bonita antología poética en la que mis versos permanecerán siempre junto a los de los Bardos.

Quedan todavía muchos sueños por cumplir. Feliz fin de año y gracias por acompañarme en este viaje con vuestra lectura.

La utopía de la amistad

Publicado en Estrella Digital el 23/10/2018

“la caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira.”

(Luis Cernuda)

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Fotograma de Tod y Toby (The Hound And The Fox), Disney, 1981

La amistad, como los “te quiero”, está infravalorada hoy en día. Obtenemos o repartimos el título de “amigo” con la misma facilidad con la que nos pedimos otra caña en el bar. La complicidad transitoria se confunde con el afecto, pero este no se alcanza de manera tan sencilla. Tal vez, no se alcanza nunca. La amistad, tal como nos la han pintado en la cultura popular, es simple y llanamente otra forma de utopía.

Existe un mito social muy asentado que sitúa la amistad en la cúspide de las prioridades. De esta idea nacen lugares comunes como que “los amigos son la familia que elegimos” o que “la amistad es más auténtica e imperecedera que el amor”. Todos hemos tenido un “amigo” al que se le dejó de ver el pelo cuando conoció a su pareja. Escuchamos entonces sentencias del tipo: “Está descuidando a sus amigos”, “Si su novia lo deja, se va a ver muy solo”, etc. Probablemente, quienes enarbolen estos comentarios no han sentido nunca en sus propias carnes el huracán del amor, la enajenación que de él se deriva, la posterior complicidad que conduce a mirar el mundo desde una perspectiva compartida. Aunque después, a lo peor, se rompa. El amor puede romperse, pero no es cierto que la amistad sea más imperecedera; únicamente, menos apasionada. Esa persona absorbida por su noviazgo, en caso de no haber “descuidado a sus amigos”, podría verse igualmente sola. Porque la amistad –repito– es una utopía.

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Veintinueve

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!

Juan Ramón Jiménez

unnamedLos cumpleaños son un invento humano, como el propio tiempo. Celebramos un año más de vida y, paradójicamente, nos hallamos más cerca de la muerte. Es esta una reflexión muy medieval, muy Carpe Diem, aunque yo nunca me he considerado una fiel seguidora de este tópico, porque siempre he pensado demasiado en el futuro. Toda la vida persiguiendo el equilibrio y ahora, por fin, puedo decir que lo he hallado. Por eso, este cumpleaños no es para mí uno más. He superado una meta por la que he luchado mucho tiempo con todas mis fuerzas: ya tengo una plaza fija como profesora de Lengua y Literatura. Tengo un trabajo de por vida, tengo una estabilidad emocional.

Me faltan otras cosas que antes tenía. Me falta algo por lo que daría todo lo que ahora tengo. El equilibrio no es sinónimo de la felicidad. Pero la muerte no la hemos inventado; tal vez nos haya inventado ella a nosotros. Nos deja marchar un tiempo, creernos eternos, soñar; pero al final, acabamos regresando a su nada.

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Los Bardos, de viva voz en la Casa Encendida

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Mariló Gutiérrez Blesa, Débora Alcaide, Francisco Raposo, J. L. Arnáiz, Alberto Guerra, Rebeca garrido, Alberto Guirao, Andrea Toribio, Marina Casado, Eric Sanabria y Andrés París. La Casa Encendida, Madrid, 12/4/18. Fotografía: Catalina de Vicente

La incesante lluvia madrileña no impidió que, el pasado jueves 12 de abril, la Biblioteca de La Casa Encendida se llenara de poetas, de amigos, de personas dispuestas a escuchar —“escuchar”, esa acción tan denostada hoy en día—. Los Bardos hacíamos la primera aparición oficial para presentar nuestra Antología, de la mano de José María Gutiérrez de la Torre: el hombre que ha transformado nuestras ilusiones en libro. Es José María uno de esos editores idealistas de los que apenas ya se encuentran, de los que creen en las utopías y todavía se emocionan ante el verdadero amor por la literatura, por la cultura. Nosotros tuvimos la suerte de cruzárnoslo en el camino y le debemos su apoyo incondicional a nuestra causa desde el principio. Como él dice siempre —y aquí recomiendo su libro 35 notas del editor y otros escritos—, la figura del editor es mucho más importante de lo que habitualmente se cree en un libro, en un proyecto, en la carrera de un autor. José María —así como Lucía, que ha luchado y trabajado desde la editorial para darnos a conocer— son también parte de este libro. Desde mi papel de antóloga, lo único que exigí a mis compañeros bardos fue un respeto hacia mi trabajo y mi persona. Lo obtuve de los once sobradamente, unido a la ilusión y al agradecimiento, un agradecimiento que es mutuo, porque todos somos padres de este libro.

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