Veintinueve

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!

Juan Ramón Jiménez

unnamedLos cumpleaños son un invento humano, como el propio tiempo. Celebramos un año más de vida y, paradójicamente, nos hallamos más cerca de la muerte. Es esta una reflexión muy medieval, muy Carpe Diem, aunque yo nunca me he considerado una fiel seguidora de este tópico, porque siempre he pensado demasiado en el futuro. Toda la vida persiguiendo el equilibrio y ahora, por fin, puedo decir que lo he hallado. Por eso, este cumpleaños no es para mí uno más. He superado una meta por la que he luchado mucho tiempo con todas mis fuerzas: ya tengo una plaza fija como profesora de Lengua y Literatura. Tengo un trabajo de por vida, tengo una estabilidad emocional.

Me faltan otras cosas que antes tenía. Me falta algo por lo que daría todo lo que ahora tengo. El equilibrio no es sinónimo de la felicidad. Pero la muerte no la hemos inventado; tal vez nos haya inventado ella a nosotros. Nos deja marchar un tiempo, creernos eternos, soñar; pero al final, acabamos regresando a su nada.

Cuando comprendes esto, empiezas a otorgar el valor que se merece a cada una de las cosas y personas que se cruzan por tu camino. Yo hoy sé quiénes me quieren y a quiénes quiero. Conozco también a aquellos que decían quererme y, a la primera de cambio, desaparecieron. Cuando más los necesitaba. “Las palabras entonces no sirven, son palabras”, que escribía mi admirado Alberti. Tantas promesas que fueron a morir al viento, tantas lealtades de papel. Hace unos años, hubiera perseguido su cariño, hubiese llorado, hubiese luchado por restablecer una relación que, en realidad, se sostenía gracias a mi empeño. Pero hoy, sé quiénes me quieren y a quiénes quiero. Hoy no me esfuerzo por perseguir el cariño de nadie y, a veces -porque sigo siendo una sentimental-, recuerdo los momentos vividos con quienes al final no me querían y siento una punzada aguda de tristeza.

Pero he cumplido veintinueve rodeada de aquellos que, de verdad, son. De aquellos que no se han marchado de mi lado cuando el barco de mi vida zozobraba. Los que no han podido estar, me han mandado sus señales desde la distancia. Y me siento afortunada, a pesar de todo. Porque los tengo a ellos y ellos me tienen a mí. Mi familia y mis amigos, con todo lo que implican esas palabras. Y lo demás, solo ha sido polvo en el viento del camino.

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Homenaje a Luis Cernuda

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Luis Cernuda en los años veinte

Hoy se cumplen 116 años del nacimiento de mi ídolo poético. En 1947, escribió el poema “A un poeta futuro”, uno de los más emotivos de su obra. En él, apela a un hipotético poeta futuro a quien él ya no podrá conocer. En diciembre del año pasado, me atreví a escribirle una respuesta. A continuación, reproduzco el poema original de Cernuda y mi humilde pero sentida respuesta:

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El caos y la belleza

Publicado el 2/9/2018 en Estrella Digital

Deseaba regresar a Italia. Tenía la memoria plagada de fogonazos de belleza, de recuerdos amables, de idilios inconcretos. La conocí a los quince años. Trece después, he podido volver a pisar las calles de Pisa, de Florencia, de Roma. Lejos de las fronteras de la adolescencia, los lugares pierden parte de su encanto: se vuelven más afilados, más retorcidos, más álgidos. La mirada deja de pasear, flotando; debe agarrarse con fuerza al suelo, vigilar las esquinas de la cotidianidad, rechazar todas las amenazas rutinarias.

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Florencia, agosto de 2018

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The Show Must Go On

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The show must go on. 
Inside my heart is breaking,
my make-up may be flaking 
but my smile still stays on. 

(Freddy Mercury)

“Ganarás la luz”, decía aquel verso de ese buhonero de palabras, de ese titiritero de lunas que fue León Felipe. Y hoy más que nunca me empeño en creerlo, en convencerme de que un día podré abrazar la luz. Ni siquiera el dolor más profundo y devastador es capaz de paralizar el universo. Me sorprende a menudo esta cotidianidad inadmisible que nos devora: el estudio apremiante con las oposiciones a la vuelta de la esquina, la política y sus esperpénticos representantes, los crímenes de los que hablan los periódicos, la primavera y el verano y el otoño y otra vez el invierno, con su frío, que no es el mismo frío de siempre, sino otro distinto que se agarra al corazón, al que a veces llamamos con el nombre de “desamparo”. La Navidad y las cenas, las tardes de cine, las rebeldías crujientes del Retiro. El alumbrado navideño y personas felices con renos en la cabeza, riendo, bebiendo, soñando.

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Marionetas

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Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
                                        la memoria.

Ángel González

Llegados a este punto, apenas nos queda algo que esperar del verano. Tal vez, el último baile improvisado. Todo ha quedado demostrado ya: han caído las máscaras, se han hecho patentes los olvidos, han reforzado su brillo las estrellas que eran realmente astros y no efímeros, engañosos aviones. Se ha enquistado el dolor y arde como el metal más candente por detrás de los párpados del sueño.

He dejado de creer en las causas perdidas al erigirme como paradigma de todas ellas. Y otra vez caminaré por el sendero de nubes que me condujera al precipicio. Otra vez seguiré una ciega esperanza, como si todavía las ilusiones constituyeran presencias más reales que la fantasmagórica idea de esperar algo, quién sabe qué: una suerte de destino encallado que nos aguarda, una flor escondida, un beso azul en la esquina del otoño. El destino, el destino inservible.

Es el azar el que nos maneja como marionetas heridas, grotescos títeres que el tiempo ha ido tallando a fuerza de puñaladas, de ausencias, de adioses mudos. De soledad, pero también de recuerdos. Hay que susurrar, decir las verdades muy despacio para que el azar no nos sorprenda, no nos asesine por la espalda. Hay que vivir con el temor al próximo desprendimiento.

Y sin embargo, yo solo consigo mirar hacia atrás.