“Querida Ariana”

Hace algo más de una semana, me anunciaban que he sido la ganadora del XXII Certamen Literario de Cartas de Amor del Ayuntamiento de Mijas, Málaga. Hoy publico aquí la carta con la que ganó, cuyos derechos pertenecen al Ayuntamiento de Mijas.

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The Show Must Go On

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The show must go on. 
Inside my heart is breaking,
my make-up may be flaking 
but my smile still stays on. 

(Freddy Mercury)

“Ganarás la luz”, decía aquel verso de ese buhonero de palabras, de ese titiritero de lunas que fue León Felipe. Y hoy más que nunca me empeño en creerlo, en convencerme de que un día podré abrazar la luz. Ni siquiera el dolor más profundo y devastador es capaz de paralizar el universo. Me sorprende a menudo esta cotidianidad inadmisible que nos devora: el estudio apremiante con las oposiciones a la vuelta de la esquina, la política y sus esperpénticos representantes, los crímenes de los que hablan los periódicos, la primavera y el verano y el otoño y otra vez el invierno, con su frío, que no es el mismo frío de siempre, sino otro distinto que se agarra al corazón, al que a veces llamamos con el nombre de “desamparo”. La Navidad y las cenas, las tardes de cine, las rebeldías crujientes del Retiro. El alumbrado navideño y personas felices con renos en la cabeza, riendo, bebiendo, soñando.

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Wild world

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Salamanca, diciembre de 2017

Oh baby, baby, it’s a wild world.
It’s hard to get by just upon a smile.

(Cat Stevens, Wild World)

No se equivocaba Cat Stevens cuando afirmaba que este es un mundo salvaje. Da miedo a veces asomarse fuera del corazón y ver que nieva incesantemente: que la nieve, como un sudario grave y profundo, cubre todos los ojos y los sentimientos, los labios, los recuerdos. Quieren hacernos creer que el amor son solo palabras y que su luz, como la de una estrella fugaz, puede extinguirse de un día a otro con la súbita levedad de un beso. Y yo, que no he dejado de soñar con la luna, aprendo cada hora a distinguir el humo del verdadero amor, porque tengo el privilegio de haber conocido, de conocer, a personas que han sabido quererme, a las que yo he querido y quiero, más allá de las palabras. Cuando quieres a alguien de verdad, su sufrimiento es el tuyo y desearías retorcer el universo hasta recuperar la armonía por ver morir sus lágrimas.

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Mascarada

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René Magritte

No es fácil de comprender, el concepto de la dignidad. Los seres más errados se aferran a ella para justificar sus canalladas, sus desaires, su acuciante e insólita deshumanización. “Es mi dignidad”, arguyen, y al decir esto se contemplan a sí mismos como una suerte de colonos posando sus ojos por vez primera sobre un nuevo continente. La dignidad: un terreno virgen, inexplorado, ideal para plantar la bandera de su insolencia. Y se preguntan cómo habían vivido tanto tiempo sin ella.

Lo que no entienden es que la dignidad es todo lo contrario a repentina: se trata de un rubor imperceptible que nace con uno y permanece para siempre. No brota cual hongo en la estación de las lluvias; no aparece ante el dulce éxtasis del éxito ni es relámpago salvaje en la noche incolora. Muy al contrario: la dignidad se erige como el último bastión de la conciencia cuando todo se ha perdido. Brilla cuando la niebla del fracaso envuelve el presente y no ofrece un refugio, sino la inherencia propia de aquello que siempre ha sido y que será. La derrota es la más digna de las realidades.

Desconfío de aquellos que se acogen repentinamente a algo que llaman dignidad. Criaturas que se han mostrado vulnerables, dóciles y temblorosas, hasta que un giro imprevisto del presente, lo que se conoce como “golpe de suerte”, cumple súbitamente su deseo. Entonces dejan de temblar, miran a su alrededor y suspiran, aliviadas. Por fin pueden quitarse la máscara. Y a esa acción, al abandono del disfraz, lo llaman “dignidad”. Hay algo maquiavélico en su temblor, en la manera de ocultar su verdadero yo mientras permanecen desubicadas, esperando esa vuelta del destino, ese éxito que desterrará la incertidumbre. Porque debajo de la máscara hay solo frío y la certeza remota de su propia congelación. La sensibilidad es otra dimensión permanente, imposible de abandonar. La máscara no concibe el amor: en ella es un sentimiento impostado, igual que ese sucedáneo de dignidad que nace de repente y vuelve a apagarse al cambiar la dirección del viento.

Océanique

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Conil de la Frontera, Cádiz (2017)

El mar es un olvido,
una canción, un labio;
el mar es un amante,
fiel respuesta al deseo.

Luis Cernuda

Hay personas que, como los ríos, cruzan por nuestra vida con el mero propósito, inconsciente, de conducirnos hacia el mar. Una vez creí perderme en la corriente, hallar un asomo de permanencia en su fluir constante. Pero todos los ríos acaban encontrando su desembocadura.

Es su carácter transitorio el que les concede un sentido en nuestras existencias. Su naturaleza de puente, de camino, de viaje. Hay personas que, como los ríos, dependen de la frecuencia de las lluvias, y su caudal pierde consistencia cuando el viento no sopla a su favor. Hay caudales engañosos como astros caídos, ríos que se disfrazan de piedras, personas inconstantes.

Pero el mar, el mar siempre permanece. Sumergido unas veces en su propia serenidad, otras en sus revoltosas tempestades, no hace sino crecer. Visita la orilla y vuelve a alejarse, fugitivo y misántropo, con su promesa dócil de regreso. Recibe el caudal de los ríos y lo acoge entre sus brazos líquidos, con amor y holgura, con sabia benevolencia. Hay personas como mares y hay otras tan inmensas que se parecen más a los océanos.

Qué importan los golpes contra las rocas que la corriente del río selló sobre tu cuerpo durante aquel viaje. Qué importan las sequías, la decepción, la incertidumbre, cuando ya te envuelve el océano y constatas que has alcanzado al fin tu lugar, porque tu propia esencia está hecha de agua salada y tus profundidades son abisales. Hay océanos remotos y viajes interminables. Hay personas de agua dulce, incapaces de desembocar. Criaturas que vomitan sus futuros potenciales, golpeados de rocas, sobre la costa, y continúan fluyendo, iniciando de nuevo el ciclo, sumidas en una feroz ausencia de ambiciones existenciales, en un viaje condenado a repetirse hasta la eternidad.

Pero el océano… El océano siempre permanece.