Volver al mar. Una lectura de “En el corazón, escamas”, de Rosario Troncoso

Cubierta de la obra. Ilustración de José Enrique Izco

El último poemario de la escritora gaditana Rosario Troncoso es todo un descubrimiento para aquellos que amamos el mar de Cádiz y las historias de sirenas que deben camuflarse en la realidad. En el corazón, escamas, publicado en 2020 con La Quinta Rosa Editorial, puede leerse casi como un cuento en clave lírica acerca de una sirena que no logra escapar de su verdadera naturaleza y que termina asumiéndola, tras mantener un pulso con las imposiciones sociales y gracias al amor o, mejor dicho, a la capacidad de amar, porque la sirena está enamorada del sentimiento mismo del amor, de la libertad, que se funde con el océano.

Hay una valentía ingenua, primigenia, en la voz lírica, desde que comprende que ha vivido demasiado tiempo en la tierra, donde un día fue feliz: “Y mi cuerpo antiguo de pez, desorientado en el tuyo, como un recuerdo ya lejano del leve destello de tiempos vivos”. Necesita que el agua sea más que un “espejismo” para calmar esa “sed antigua” que convive con “añicos de alma y cristales” en la garganta, porque el mundo que ella conocía se resquebraja, se hace trizas. Confiesa: “Emergí y caminé sobre los añicos de todo”.

Desde esos añicos contempla el universo en el que ha (sobre)vivido, poblado de hombres y de “autómatas que no saben del temblor”. No escuchan, como ella, la llamada del océano, del amor, de la libertad; por eso, debe “barrer las escamas del miedo”, “limpiar la sal” y “borrar sospechas”. Ellos no se lo perdonarían.

Pero la sirena sí sabe del temblor, como hija oceánica que es. Acaba rindiéndose al mar, deja de esquivarlo, alimenta los rumores: “Hay quien afirma haber visto a una muchacha desaparecer mar adentro”. Al principio, huyendo del sol, comprendiendo después que eso es imposible. Mientras, la rodea la incomprensión, la vigilancia: “La humanidad con mil ojos fijos de muñeca aplasta como una muchedumbre”.

Ilustración de José Enrique Izco

Como advierte Pilar Cabanes en su acertado prólogo, el tema de la culpa es constante a lo largo de la obra. La mujer sirena emprende la titánica tarea de asumir su propia identidad, su naturaleza acuática frente a esa sociedad reseca e inflexible. No es fácil, especialmente al principio, y se dibujan “peces de dolor en la garganta”. Desea “que todo fuera fácil y distinto. Y que no supiéramos de nuestra limitada y cruel existencia de peces”. Al final, la culpa se convierte en compasión hacia esos pobres humanos “de voz mínima y sombra diluida”.

La obra es un canto a la libertad de amar, de elegir el propio camino, que no suele ser el más fácil. Siempre esquivando, eso sí, a los arponeros que encuentran en la ingenuidad –y en las escamas– las víctimas perfectas. Es lo malo de los seres azules: que a menudo atraen la sombra, precisamente por ese contraste de luces. Pero el amor de la sirena no debe leerse como un amor personalizado, concreto, sino más bien universal: amor a la libertad, a seguir descubriéndonos cada día, a fundirse con la naturaleza y ser uno con el mar. “Quiero yo disolverme en agua, licuar el miedo y deshacerme de mi carne”.

Con una preferencia por la prosa lírica, en este libro Rosario Troncoso va tejiendo un mosaico de azules, de peces, de instantes; va conformando una realidad mágica y alternativa, cuajada de sensibilidad, que convive con esa otra cotidiana e insatisfactoria. El intimismo y la delicadeza, la caricia, son rasgos habituales en su poética y, en esta obra, se entrelazan con metáforas e imágenes que pueden encontrar su origen en el Modernismo. Lo hace mano a mano con las magníficas ilustraciones de José Enrique Izco, que, en un estilo fauvista, compuesto por una paleta de verdes, grises y azules, van haciendo realidad ese entramado de olas y seres marinos inventados por la poeta. Es la combinación entre ambos lo que convierte este libro en una joyita. Y qué mejor que una bocanada de sal y gaviotas para olvidar la realidad que ahora nos atenaza.

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