Buceando en “Los amores autómatas”, de Félix Moyano

“Llevo toda la tarde pensando en salir fuera, / pero tras la ventana se atisba un precipicio”. Desde los primeros versos, en Los amores autómatas (Premio Andaluz de Poesía Villa de Peligros 2019) la voz lírica se sitúa detrás de un cristal y contempla el mundo desde su refugio. Está presente el deseo de salir al exterior, pero se trata de una voluntad estéril: “hay un charco estancado en las yemas de mis dedos / que me impide llamarte”. El mismo poeta se identifica con una “planta de interior” y confiesa: “Yo soy como esas plantas que están dentro, / en cuartos muy oscuros y en pasillos, / sin saber con certeza qué es el tiempo”.

De este modo, los poemas se sitúan en interiores: dentro de una habitación, un patio con rejas, un coche, una cama, un autobús, una ciudad lejos del mar, su propio cuerpo. El mundo, su mundo, se materializa en ese espacio limitado (“Hay bosques en tus brazos”, “anochece en tu cuerpo”). Esta circunstancia conduce a veces a la voz lírica a un aislamiento, una suerte de infierno de soledad: “la cadencia del negro siempre fue irregular. / Se extiende por tu sangre como un oleoducto”, “en jaulas de cristal que tienes dentro, / al fondo de tu estómago, / donde la luz no llega”, “el abismo permanece intacto, / justo en el centro / de tu corazón”. Hay “una sed que late y que golpea mi pecho”: ese deseo cernudiano que débilmente se enfrenta con la realidad, que no alcanza a salir al exterior.

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Mirar al tiempo: la poética de Daniel Arana

“Mas el tiempo ya tasa
El poder de esta hora;
Madura a su medida,
Escapa entre sus rosas”
(Luis Cernuda)

Cuando Luis Cernuda contempló el agua y el cielo de los jardines del Alcázar de Sevilla, en su poema “Escondido en los muros”, no le pasó inadvertida la presencia intangible, irremediable, del tiempo: el tiempo fugitivo que se deslizaba entre las flores, perfumando de inevitable caducidad aquel instante.

No es fácil verlo. Su contemplación exige soledad y silencio, aunque se trate de un silencio interior. Cernuda lo consiguió en su poesía del mismo modo que lo consigue ahora Daniel Arana (Zaragoza, 1988) en la suya. Su segundo poemario le concede protagonismo al tiempo ya desde el título: Materia de tiempo (Sindicato de Trabajos Imaginarios, 2017). La voz lírica adopta un papel de espectador que la conecta íntimamente con la naturaleza. Como señala María Rodríguez Velasco en su excelente prefacio, la obra presenta “el universo propio del que observa, del que se deja llevar por el instante infinito que surge a partir de una imagen, de una reminiscencia, de la cotidianidad llana y espontánea del día a día”. Esas imágenes cotidianas adquieren un valor sagrado, universal; se enlazan conformando una cadena de breves fogonazos que permiten al lector percibir, casi intactas, cada una de las sensaciones que las han originado. El poeta se mueve en una suerte de impresionismo muy plástico, muy atento al detalle, rebosante de contenido filosófico, como acertadamente señala el poeta Julio García Caparrós, autor del epílogo, al relacionar la poética de Daniel Arana con el pensamiento de Heráclito y con la naturaleza a la que “le gusta ocultarse”.

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Recitando en la Biblioteca Nacional

Este año han ocurrido muchas cosas. La mayoría de ellas, buenas. No quería dejar pasar 2018 sin recordar el día 14 de diciembre, cuando participé en la gala celebrada en la Biblioteca Nacional con motivo de la Entrega del Premio Adonáis, de cuya 72ª edición he sido finalista con un poemario, Noche o pájaro azul, que constaba de una segunda parte bastante experimental que podía crear pasiones o rechazos, por lo que me ha sorprendido gratamente haber llegado hasta ahí. Aunque no pasé de finalista, fue un día memorable, en el que pude leer uno de los poemas del libro en el Salón de Actos de la Biblioteca Nacional, frente a los prestigiosos miembros del jurado -Carmelo Guillén Acosta, Joaquín Benito de Lucas, Julio Martínez Mesanza, Eloy Sánchez Rosillo, Enrique García-Máiquez y Aurora Luque-, los editores de Rialp, la directora de la Biblioteca Nacional y un numeroso público. Junto a mi intervención, tuvieron lugar también las de la representante de la ganadora (Marcela Duque), los dos accésit (José Alcaraz y Guillermo Marco) y los demás finalistas (Estefanía Cabello, Israel Álvarez y Aitor Francos).

Comparto aquí algunas fotografías para recordar el evento (doy las gracias a Miguel Mirón, editor adjunto de Rialp, por habérmelas enviado), y un enlace al vídeo del evento (yo recito en el minuto 26).

 

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Una noticia

Hoy quisiera anunciar con mucha ilusión una noticia que he recibido esta semana: soy una de las siete finalistas del prestigioso Premio Adonáis de poesía con mi obra Noche o pájaro azul. El 14 de diciembre conoceremos la identidad del ganador. Pero, pase lo que pase, me siento orgullosa de haber llegado hasta aquí. Aunque lo importante es escribir, es maravilloso también que te valoren. Y por eso, quiero dar las gracias a todos los amigos que siempre me leéis. Y mi enhorabuena al resto de finalistas.

adonáis

 

Antología de los Bardos

Rompo de nuevo mi silencio opositoril para anunciar con júbilo que ya ha salido a la luz la Antología de mi grupo poético, Los Bardos, con Ediciones de la Torre. Además de figurar entre los poetas antologados (junto a María Agra-Fagúndez, Débora Alcaide, Rebeca Garrido, Alberto Guerra, Alberto Guirao, Conchy Gutiérrez Blesa, J. L. Arnáiz, Andrés París, Francisco Raposo, Eric Sanabria y Andrea Toribio), soy la autora del prólogo y de las semblanzas individuales que acompañan a cada una de las doce muestras poéticas.

El viernes pasado recibimos los primeros ejemplares en nuestro “cuartel general”, la vinoteca Xelavid:

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