Mirar al tiempo: la poética de Daniel Arana

“Mas el tiempo ya tasa
El poder de esta hora;
Madura a su medida,
Escapa entre sus rosas”
(Luis Cernuda)

Cuando Luis Cernuda contempló el agua y el cielo de los jardines del Alcázar de Sevilla, en su poema “Escondido en los muros”, no le pasó inadvertida la presencia intangible, irremediable, del tiempo: el tiempo fugitivo que se deslizaba entre las flores, perfumando de inevitable caducidad aquel instante.

No es fácil verlo. Su contemplación exige soledad y silencio, aunque se trate de un silencio interior. Cernuda lo consiguió en su poesía del mismo modo que lo consigue ahora Daniel Arana (Zaragoza, 1988) en la suya. Su segundo poemario le concede protagonismo al tiempo ya desde el título: Materia de tiempo (Sindicato de Trabajos Imaginarios, 2017). La voz lírica adopta un papel de espectador que la conecta íntimamente con la naturaleza. Como señala María Rodríguez Velasco en su excelente prefacio, la obra presenta “el universo propio del que observa, del que se deja llevar por el instante infinito que surge a partir de una imagen, de una reminiscencia, de la cotidianidad llana y espontánea del día a día”. Esas imágenes cotidianas adquieren un valor sagrado, universal; se enlazan conformando una cadena de breves fogonazos que permiten al lector percibir, casi intactas, cada una de las sensaciones que las han originado. El poeta se mueve en una suerte de impresionismo muy plástico, muy atento al detalle, rebosante de contenido filosófico, como acertadamente señala el poeta Julio García Caparrós, autor del epílogo, al relacionar la poética de Daniel Arana con el pensamiento de Heráclito y con la naturaleza a la que “le gusta ocultarse”.

Cubierta de la obra

El primer poema de Materia de tiempo prepara al lector para esa aura de contemplación, de intimidad con la naturaleza. Por eso el silencio “despliega sus alas” y, una vez dentro de su reino, es posible escuchar esa “música vaga” que constituye un diálogo con los elementos naturales. Una música formada por el canto de los pájaros, por el “murmullo del viento” o el “tumulto de una abeja”. Hay sonidos en Materia del tiempo, sí; pero no enturbian el silencio, sino que parecen confortarlo. Es la vida la que suena: “canta la sombra”, hay “un diálogo secreto / si llueve sobre la lluvia”, el canto de la fuente se convierte para el poeta en “oración”.

La voz lírica es consciente de su existencia en el universo y de sus limitaciones humanas, aquellas que le impiden contemplarlo en su totalidad. Son limitaciones espaciales –“lo que limita la parcela / bajo este cielo de abril”, “Y este lugar, del que no toco / más paisaje que lo que encubro”– y temporales –la visita a esa ermita vacía la que “quizá sólo hemos llegado / tarde, demasiado”. Sin embargo, esto no resulta un obstáculo en el afán del poeta por descubrir esa parte del universo a la que le es imposible acceder: “Intuimos el otro paisaje / cuando delante llueve / sombra”. Al fin y al cabo, el lenguaje de la poesía conlleva una cierta atemporalidad, una confusión cronológica: “Nada de lo que fue, es / todavía”, “Yo no sé si se aparta este tiempo / o perdura todo, más cerca, justo / donde acaba”. Y así la memoria adquiere un papel casi sagrado cuando el poeta reflexiona sobre su existir “de mí ya sin / mí” al abandonar la bahía y dejar algo de sí mismo en ella; una huella, tal vez, como las pisadas que tienen “su pedazo de tiempo” en el bosque, que conforman su historia y la de sus antepasados, los cuales regresan: “Todo nos lleva más cerca / cuando se marchan”, escribe, refiriéndose al hogar y a los paisajes en un poema dedicado a los abuelos.

Un poema de Materia de tiempo

La memoria, la hija más terrible y hermosa del tiempo, constituye la llave para entender la naturaleza: ese “cauce del recuerdo” que permite al poeta “comprender todos los dibujos del agua”. Reflexiona en otro momento: “Por ser algo, nada es / tiempo sin recuerdo”. Y a pesar de todo, a menudo la comprensión es imposible y no existe respuesta para el que escucha; aunque el poeta, consciente de sus limitaciones, no pierde la fe: “En otro tiempo / se nos responderá / si es que estamos / escuchando”. Porque el tiempo es “voluntad de un misterio antiguo” y, aunque se ofrenda como racimo a aquel capaz de mirarlo, dicho misterio permanece, subsiste.

El poeta también adquiere un papel fundamental a la hora de traducir, en la medida de lo posible, ese lenguaje de la naturaleza en palabras, como vaticinaron los poetas románticos y más tarde Luis Cernuda. Leemos: “lo que no ha sido tocado / no está fundado”, “Quizá debamos enunciarlo”. Es la voz lírica quien debe fundarlo, crearlo, convertirlo en materia para nuestros ojos. Introduce una pertinente cita de Franz Rosenzweig: “Sin la palabra, el mundo no existiría”. La realidad se conforma como tal a partir de la palabra, que adquiere una innegable divinidad, porque crea y limita simultáneamente: “Pero la palabra […] cegará el nuestro”, dice refiriéndose a su nombre. Por eso el poeta puede ser otro, reinventarse, cuando los marineros cambian su nombre “por otro más sereno”.

La capacidad de observación, de comprensión de la naturaleza, constituye un don propio del poeta, como manifestaron los románticos y Cernuda. Escribe este en Ocnos:

¿Era la música? ¿Era lo inusitado? Ambas sensaciones, la de la música y la de lo inusitado, se unían dejando en mí una huella que el tiempo no ha podido borrar. Entreví entonces la existencia de una realidad diferente de la percibida a diario, y ya oscuramente sentía cómo no bastaba a esa otra realidad el ser diferente, sino que algo alado y divino debía acompañarla y aureolarla, tal el nimbo trémulo que rodea un punto luminoso.

Ese “algo alado y divino” es la poesía, identificada con la música, quizá la misma música vaga que surge en el primer poema de Materia de tiempo, abriendo la puerta a esa “realidad diferente de la percibida a diario”. El precio para desarrollar este don es la soledad, una soledad apacible, digna, como la de la rosa “maltrecha y sola” o la del grano de trigo “que alumbra la intemperie”. Ambos son diferentes y, por eso mismo, bellos, igual que la voz del poeta que asume ese apartamiento de la sociedad para cantar los secretos de la naturaleza. Aunque en la obra se describen pueblos y ciudades, permanecen invadidos de una serena soledad, interrumpida a duras penas por una muchacha en un columpio, unas manos, el eco de unos niños.

El poeta Daniel Arana

Daniel Arana ha mirado con valentía al tiempo, cara a cara, ataviado de soledad y silencio. Su poesía, delicada y precisa, desnuda en un sentido juanrramoniano, es creadora de un mundo que, como exigía Huidobro, no canta a la rosa, sino que la hace florecer, algo que ya consiguió en su primer poemario: Abisal (Sindicato de Trabajos Imaginarios, 2016). Versos breves, sencillos solo en apariencia, juguetones con los encabalgamientos y directos al corazón, en los que se refleja el lector voraz y apasionado que es Daniel, a quien tengo la suerte de conocer personalmente. Y es que Daniel, como los grandes escritores, es lector antes que escritor. Por eso no solo mira al tiempo, sino que se atreve a desafiarlo, porque, como sostuvo Quevedo, los libros –y el amor– contienen el secreto para derrotar a la muerte.   

Recitando en la Biblioteca Nacional

Este año han ocurrido muchas cosas. La mayoría de ellas, buenas. No quería dejar pasar 2018 sin recordar el día 14 de diciembre, cuando participé en la gala celebrada en la Biblioteca Nacional con motivo de la Entrega del Premio Adonáis, de cuya 72ª edición he sido finalista con un poemario, Noche o pájaro azul, que constaba de una segunda parte bastante experimental que podía crear pasiones o rechazos, por lo que me ha sorprendido gratamente haber llegado hasta ahí. Aunque no pasé de finalista, fue un día memorable, en el que pude leer uno de los poemas del libro en el Salón de Actos de la Biblioteca Nacional, frente a los prestigiosos miembros del jurado -Carmelo Guillén Acosta, Joaquín Benito de Lucas, Julio Martínez Mesanza, Eloy Sánchez Rosillo, Enrique García-Máiquez y Aurora Luque-, los editores de Rialp, la directora de la Biblioteca Nacional y un numeroso público. Junto a mi intervención, tuvieron lugar también las de la representante de la ganadora (Marcela Duque), los dos accésit (José Alcaraz y Guillermo Marco) y los demás finalistas (Estefanía Cabello, Israel Álvarez y Aitor Francos).

Comparto aquí algunas fotografías para recordar el evento (doy las gracias a Miguel Mirón, editor adjunto de Rialp, por habérmelas enviado), y un enlace al vídeo del evento (yo recito en el minuto 26).

 

  Pulsa aquí para ver el vídeo del acto (yo recito en el minuto 26)

Una noticia

Hoy quisiera anunciar con mucha ilusión una noticia que he recibido esta semana: soy una de las siete finalistas del prestigioso Premio Adonáis de poesía con mi obra Noche o pájaro azul. El 14 de diciembre conoceremos la identidad del ganador. Pero, pase lo que pase, me siento orgullosa de haber llegado hasta aquí. Aunque lo importante es escribir, es maravilloso también que te valoren. Y por eso, quiero dar las gracias a todos los amigos que siempre me leéis. Y mi enhorabuena al resto de finalistas.

adonáis

 

Antología de los Bardos

Rompo de nuevo mi silencio opositoril para anunciar con júbilo que ya ha salido a la luz la Antología de mi grupo poético, Los Bardos, con Ediciones de la Torre. Además de figurar entre los poetas antologados (junto a María Agra-Fagúndez, Débora Alcaide, Rebeca Garrido, Alberto Guerra, Alberto Guirao, Conchy Gutiérrez Blesa, J. L. Arnáiz, Andrés París, Francisco Raposo, Eric Sanabria y Andrea Toribio), soy la autora del prólogo y de las semblanzas individuales que acompañan a cada una de las doce muestras poéticas.

El viernes pasado recibimos los primeros ejemplares en nuestro “cuartel general”, la vinoteca Xelavid:

Sigue leyendo “Antología de los Bardos”

Andrés París: mirar el mundo con ojos de verso

img_14982b252812529
Andrés París recitando en el Museo de la Ciudad de Móstoles, en una actividad organizada por la Asociación Cultural Naufragio. Fotografía: María del Río-Ángel Aranda (acnaufragio.blogspot.com)

El poeta también se encuentra en la mirada y Andrés París (Madrid, 1995) contempla el mundo con ojos de verso. Observador, atento, brillante; su timidez y discreción habituales dan paso, en el escenario, a un excelente rapsoda que se mueve como pez en el agua y es capaz de despertar emociones en los labios de sus afortunados espectadores. Y es que, además de ser poeta, Andrés ha hecho sus pinitos en el mundo del teatro. Su participación más reciente puede encontrarse en la obra Azul de metileno —basada en El árbol de la ciencia de Pío Baroja—, en la que encarnó al cínico personaje de Julio Aracil. La obra fue estrenada en noviembre de 2016 en el teatro OFF Latina de Madrid. En el terreno interpretativo, también hay que señalar que obtuvo el primer puesto en el popular Slam Poetry de Madrid en 2015, con un poema que desafiaba la habitual mediocridad “antipoética” de estos eventos.

Yo lo descubrí en su faceta de “poeta científico”, una categoría cuya existencia desconocía hasta entonces. A caballo entre las humanidades y las ciencias más puras, es graduado en Bioquímica por la Universidad Autónoma de Madrid y cuenta con una sección propia en la revista científica Principia, donde ya ha publicado dos ingeniosos poemas en los que desmonta el mito de la supuesta incompatibilidad entre ciencias y letras.

12697406_1054013904622088_7653567067011078562_o
De izquierda a derecha: los poetas Aureliano Cañadas, Andrés París y Javier Díaz Gil, junto al editor José María Herranz, durante la presentación de Entre el infinito y el cero en La Casa Encendida

Fue en otoño del año pasado cuando se incorporó al grupo poético de Los Bardos, convirtiéndose así en el segundo miembro más reciente, después de la filóloga J. L. Arnáiz. Sin embargo, debe gran parte de su aprendizaje poético a la tertulia Rascamán, coordinada por el poeta Javier Díaz Gil. Además, ha pertenecido al grupo poético juvenil “Diversos” del centro de Poesía José Hierro —donde coincidió con otra barda, Debbie Alcaide— y de más tertulias literarias, y sus insobornables convicciones morales y artísticas lo han conducido a ser expulsado de alguna otra.

Gran admirador de Arthur Rimbaud, se halla muy lejos, sin embargo, de poder ser considerado un enfant terrible, puesto que es amante de la calma, la moderación y el pensamiento racional, lo cual no impide un apasionamiento vital que refleja en sus versos, mezclándolos con su particular y quieta melancolía: la melancolía del observador que combina sagacidad y ternura. La influencia de Verlaine se limita, pues, a la precocidad creativa y a un simbolismo muy del gusto del s. XIX.

Este simbolismo se mezcla en su poesía con una suerte de surrealismo muy plástico, muy sinéstesico, generador de un universo de belleza extraña y acristalada que envuelve al lector. El eje incuestionable de su poética es, como ya señalara Javier Díaz Gil, “la creación de imágenes”. Imágenes violentas, chocantes o frágiles; próximas, en algunos casos, a la greguería; poseedoras, todas ellas, de una extrema delicadeza que baila con los cinco sentidos, confundiéndolos.

libro-sonetos-y-velas-vanguardistas

No puedo aportar ejemplos ilustrativos de su obra más reciente, con el fin de respetar el carácter inédito de la misma. Sin embargo, el lector interesado cuenta con la posibilidad de acudir a sus publicaciones en revistas —Cuadernos del matemático, Luces y sombras, Saigón—, a alguna antología —Cuaderno de Bitácora. Antología de la tertulia Rascamán (Poeta de Cabra, 2016), Arrecife de Naufragios (Segunda Antología Saigonista)— y a sus dos poemarios: Sonetos y velas vanguardistas (Círculo Rojo, 2011) y Entre el infinito y el cero (Poeta de Cabra, 2015). El primero constituye un precoz alumbramiento poético, obra de un adolescente —el autor tenía quince años en el momento de la publicación— que ya se anuncia como promesa, introduciendo su original imaginería literaria, enmarcada en un formato clásico de sonetos, coplas, romances. Entrañable e insolente, criticable y digno de admiración.

andr25c325a9s2bpar25c325ads2ben2bla2brep25c325bablica2bde2blas2bletras
Andrés París presentando su segundo poemario en Córdoba. Foto: acnaufragio.blogspot.com

Es el segundo poemario en el que pretendo centrarme, por ser el más reciente, una de cuyas composiciones le sirvió al poeta para resultar finalista del Premio Poeta de Cabra 2016. Lo primero que encuentro al respecto del libro en Internet es una cuestionable crítica en un blog, Vallenegro, en la que se define como “difícil, terriblemente difícil”. El autor de dicha reseña se queja de tener que dedicarle “un grandísimo esfuerzo que incluso puede generar una cierta decepción”.

Para empezar, considero bastante arriesgado despachar un libro de poesía con el calificativo de “difícil”. ¿Qué habría pasado si la crítica hubiera hecho lo mismo con Poeta en Nueva York de Lorca o La destrucción o el amor de Aleixandre? Por otra parte, el esfuerzo por parte del lector suele ser inherente al género lírico, caracterizado por extremar la función poética del lenguaje. Desgraciadamente, vivimos tiempos en los que se considera poesía a frasecillas ingeniosas o bobas, soeces en algunos casos, para todos los públicos, que en mis años escolares se escribían en las agendas entre clase y clase. Tal banalización del concepto de la poesía ha popularizado el género, pero a la vez le ha restado calidad. En los versos de Andrés París, sin embargo, seguimos encontrando la intrínseca elaboración y la profundidad reflexiva del siglo pasado. No resulta casual que el autor resultara finalista en 2013 de la III Olimpiada filosófica de Madrid con una disertación sobre la realidad. La filosofía, la reflexión, ocupan también su lugar en las páginas de Entre el infinito y el cero. Por todo ello, la decepción no es, en absoluto, el sentimiento que genera el entendimiento de la obra.

15-cubiertalibretos152b252812529

Entre el infinito y el cero plantea el comienzo y el desarrollo de una guerra desde los ojos del protagonista, un muchacho que contempla cómo el mundo que conocía se modifica radicalmente y sus seres queridos cambian del mismo modo o desaparecen, mientras él se resiste inútilmente a este cambio y, al final, acaba por abrazarlo. La guerra, en mi interpretación, constituye la alegoría del paso de la adolescencia a la madurez, necesario y traumático. “Tengo la suerte de no saber / cómo es un campo de batalla, / y la desgracia de saber cómo lo imagino”, escribe el poeta. El campo de batalla, ese mundo adulto, es algo que él contempla todavía desde la distancia, en el que sí participan sus padres, en cuyo contexto él se siente inútil: “Será que mi madre hace demasiado, / mi padre lo que puede, / y yo, sinceramente, incordio”.

El mundo quieto y atemporal de la infancia es representado por la habitación, el cosmos de paz que protege al poeta del exterior, aunque a veces se vuelva jaula o “cámara revólver”. En la guerra a la que se enfrentan, todo tiende a la deshumanización: el poeta se vuelve una “masa de sangre”, hay “pocos hombres”. El padre y la madre representan lo humano, la cara amable y protectora de esa infancia que se desvanece. El adiós del padre —de la seguridad, de la protección— da paso, reveladoramente, al poema “Máquinas”, deshumanizado desde el título. En este sentido, de la primera parte del poemario destaca la prosa poética “Las cartas que me hubiera escrito mi padre”, un ejemplo de genialidad poética. Es reseñable también la aparición, en esta parte, de la figura de la gata como una encarnación de la soledad o un presagio de la muerte que se avecina. Su nombre, Luna, la relaciona con un símbolo de la muerte en el imaginario lorquiano, un poeta cuya influencia recibe, sin duda, Andrés París. La muerte reaparecerá en forma de caballo —de nuevo, Lorca— en la segunda parte.

La lluvia, otro símbolo del cambio, salpica el final de la primera parte en el poema “Tierra”, donde hallamos un guiño al universo modernista de Rubén Darío: “Una sonatina cubre el luto de la princesa”.

IMG_8593
Diseño inédito de Andrés París para la portada de Entre el infinito y el cero

En la segunda parte, el yo poético contempla ya el mundo desde el cristal de su inexperta madurez. En el poema “(Cero)”, se refleja el aprendizaje y el poeta contempla la realidad como “potencia infinita”, aunque confiesa: “la ignorancia me devora”. Este afán de conocimiento incide más adelante, en otro poema: “para llenar el cántaro / con el hondo que no se alcanza”. En “(Al ego absorbente)” percibimos una lucha interna y la resistencia del protagonista a madurar. Reconoce: “Cómo odio a mi yo del pasado”. Unos versos después: “La juventud encarna orgullosa / el espíritu de la contradicción”.

En “(A un anochecer no cualquiera)”, el poeta contempla desde la distancia el juego de seducción propio de la adultez: “las jóvenes eligen sus vestidos / para el baile perpetuo de los enamorados” y confiesa, situándose al margen: “Yo, necesito a mi Luna”. ¿Qué enigma encierra esta confesión? Podemos deducirlo más adelante.

Andrés firma en Lucena
El poeta firmando en Lucena Entre el infinito y el cero. Foto: acnaufragio.blogspot.com

En “(A los opacos)”, menciona la existencia de una venda que le cubre los ojos que durará hasta “El día que me venga la luz / y me suscite la libertad de movimientos”. La venda se relaciona con el “sendero penumbra” desvanecido, de nuevo, bajo un alumbramiento. Dicha luz o alumbramiento simboliza el amor, igualado a la música en “(A la melodía de la luz)”, que desata al fin la venda de sus ojos. El amor es encarnado por una niña de blanca sonrisa, “demasiado joven y hermosa”. En “(Al leve ascenso)”, encontramos la pista definitiva acerca de su identidad: “Subamos escaleras / tras el rastro de la poesía”. En efecto, esa “luz cristalina” que destierra las tinieblas es la poesía, la inspiración poética, que surge en soledad. Por eso, mientras el resto del mundo participa en el juego del amor, el poeta se pregunta por su Luna, esa soledad vestida de gata que le conduce al alumbramiento poético.

Por tanto, Entre el infinito y el cero constituye una obra en la que el protagonista se enfrenta a la madurez, primero en forma de guerra sangrienta que se suaviza en la segunda parte, donde encuentra al fin el camino para avanzar por ese nuevo mundo, y no es otro que la poesía. En el último poema, contemplamos al poeta, más en paz consigo mismo, en pleno rapto de inspiración, mientras un gato —de nuevo, un felino—hace una casa de papel con los restos de sus poemas.

Sin duda, Andrés París, igual que el protagonista de su segundo libro, ha elegido mirar el universo con ojos de poesía.