Al otro lado del espejo

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Relojes blandos, Salvador Dalí

 

Publicado el 19/9/18 en Estrella Digital

Esta última semana, la primera que he ejercido como profesora de pleno derecho, he tenido la sensación de atravesar al otro lado del espejo. Desde la posición privilegiada de la mesa del profesor, me ha parecido verme sentada en un pupitre, dibujando gatos en el cuaderno, ordenando mi colección de bolígrafos de purpurina o colocándome el pelo para que cayera cuidadosamente sobre el ojo derecho, con la inocente idea de que, cuanto menos se me viera la cara, menos se fijaría el profesor en mí. Este afán de camuflaje no provenía de la irresponsabilidad –siempre llevé los deberes hechos–, sino de una timidez crónica que invadió mis años de adolescencia y acabó conduciéndome por las azuladas sendas de la poesía.

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En defensa del casticismo

Artículo publicado en Estrella Digital el 20/8/2018

Cada quince de agosto, mis padres solían llevarme a dar una vuelta por las madrileñas fiestas de La Paloma. Es una tradición familiar que me gusta conservar, aunque deba ser sin ellos. Este año, la programación anunciaba “música castiza” en las Vistillas. Al contrario que a la mayoría de integrantes de mi generación, el adjetivo “castizo” no me causa rechazo, sino más bien lo contrario. Se trataba de chotis, pasodobles y zarzuelas populares. Lo cierto es que el planteamiento era algo cutre, porque se limitaron a poner una grabación muy artificial, en lugar de contratar alguna orquesta en directo. Pero me emocioné igualmente, pues todas esas piezas forman parte de mi propia idiosincrasia y mi limitada biografía está plagada de recuerdos en los que aparecen, de uno u otro modo. Sin embargo, a mi lado había una pareja indignada. Un treintañero que se quejaba del carácter “fascista” de la programación musical y que acabó marchándose bruscamente al sonar el pasodoble “En er mundo”, habiendo alcanzado su límite de indignación. Su postura, que no es única ni exclusiva, me condujo a reflexionar.

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El dinosaurio todavía estaba allí

Rescato este artículo publicado en Estrella Digital el 24/7/2018

valleLa primera vez que vi uno de ellos, tuve la sensación de que alguien había usado una máquina del tiempo o de que allí estaban rodando una película ambientada en la España de la posguerra. Me estoy refiriendo a uno de los carteles con la foto de Francisco Franco junto a la amenaza “El Valle no se toca”. El primero que vi estaba por Serrano, pero han ido brotando como setas emponzoñadas por las calles de Madrid en las últimas semanas, desde que a comienzos de mes Pedro Sánchez anunciara su intención de exhumar los restos del dictador junto a los de José Antonio Primo de Rivera. Algo que, según la información más reciente, parece que se llevará a cabo en agosto.

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Una lágrima al suroeste de Francia

ZARATUSTRA: ¡No pienses que no te veo, ladrón!
EL GATO: ¡Fu! ¡Fu! ¡Fu!
El CAN: ¡Guau!
EL LORO: ¡Viva España!

(Ramón M. del Valle-Inclán, Luces de bohemia).

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Escudo de la Casa Gryffindor, perteneciente al universo creado por J. K. Rowling

De niña, me gustaba ver los aviones del 12 de octubre. Subía a la azotea de mi edificio, donde está el tendedero, y contemplaba la bandada de pájaros metálicos surcando los cielos. Me atraían especialmente aquellos que dejan un reguero de colores a su paso, de dos colores: amarillo y rojo. Tardé años en darme cuenta de que formaban la bandera de España. Cuando pienso en la combinación entre amarillo y rojo, se me viene primero a la cabeza el escudo de Gryffindor, la casa a la que pertenecía Harry Potter en Hogwarts. Esta no pretende ser una confesión antipatriótica; simplemente, jamás le he concedido importancia a las banderas.

En mi casa, cada 12 de octubre, mi padre se levantaba cantando la famosa canción de Paco Ibáñez —versión de la original de Georges Brassens— que ya se ha convertido en himno para todos los heterodoxos; concretamente, la estrofa que comienza: “Cuando la Fiesta Nacional, / yo me quedo en la cama igual”. Siempre ocurría un día antes de mi cumpleaños. Me sentía invadida por una mezcla de emociones que bailaban entre la ilusión por lo que me esperaba al día siguiente —regalos, celebraciones— y la melancolía acuática de constatar que cambiaría de cifra. Lo he dicho muchas veces, pero no me importa reiterarme: mi rechazo ante la idea de crecer me convertía en una niña muy sabia. Los aviones despiertan todos estos recuerdos, pero no me hacen sentir un especial orgullo patrio.

Desde hace un par de semanas, llevamos viviendo la Fiesta Nacional día tras día, hora tras hora. Cada uno la suya. En Cataluña, que ha sido víctima hace dos meses de un atentado terrorífico perpetrado por islamistas radicales, se ha gestado una auténtica revuelta social porque ahora, de repente, lo único que importa es cambiar el nombre al lugar donde viven, levantar fronteras, cueste lo que cueste, independientemente de lo que esté pasando en el planeta. “El mundo se derrumba y nosotros nos independizamos”, sería un bonito lema, parafraseando a Ingrid Bergman en Casablanca. En el resto de la Península, vuela a sus anchas el valleinclanesco loro aquel, escapado de la Cueva de Zaratustra, lanzando su consigna a diestro y siniestro: “¡Viva España!”. Y le responden agitándose cientos de banderas con los colores de Gryffindor que, curiosamente, son los mismos colores que porta la otra bandera. El nacionalismo está cuajado de ironías.

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Barcelona, 2010
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Cádiz, 2015

De ironías y de sinsentidos. Contrariamente a lo que pueden estar pensando algunos lectores, rechazar los símbolos nacionalistas no me convierte en una de esas personas que reniegan de España y que persiguen la más mínima oportunidad para marcharse al extranjero. No; a mí me encanta mi país, mi tierra o como quieran llamarlo; ahí no me meto. Me refiero a ese pedazo de continente que se desprende como una lágrima al suroeste de Francia, en el que, de hecho, incluyo a Portugal. En esta lágrima he nacido y aquí quiero quedarme: por su sol y sus playas, por su música, su literatura, su Historia —que es mezcla de civilizaciones—, sus noches de verano, sus pueblos de piedra recalcitrantes, sus castillos, sus iglesias.

Siento como algo mío no solo la inmensidad verde del Paseo del Prado o la elegancia barroca del Madrid de los Austrias, sino también el viento de levante gaditano, los rebaños de barquichuelas en la Costa Brava, la hospitalidad de los pueblos asturianos y cántabros, sus bosques vírgenes; adoro la alegría de Bilbao y de todas sus gentes, la morcilla de Burgos, el olor a azahar del Barrio de Santa Cruz, la mansedumbre del Mediterráneo en el castigado paisaje de Castellón. Son míos los encinares extremeños, la Sierra de Grazalema, las noches encendidas, sin tiempo, de Salamanca. El Barrio Gótico de Barcelona, los jardines del Palacio de Aranjuez, las rocas de Cercedilla y la Pedriza, la leyenda del Hombre Pez de Liérganes, las dunas de Huelva y los naranjos de la Alhambra.

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San Sebastián, agosto de 2013

Tengo dispersa la sangre, las raíces y los recuerdos a lo largo y ancho de la lágrima que compone esta tierra; sentiría igualmente mío París, Londres o Estambul si llevara en ellos cosidos todos estos jirones de memoria. Porque al final, como dijo Federico Luppi en Martín Hache, eso de la patria es un invento. Tu país es tu familia, tus amigos, tus recuerdos. ¡Qué exilio tan inmenso cuando se pierde a un ser querido! Pareciera como si te convirtieras, de repente, en extranjero de un universo que no te pertenece. Te reafirmas, aún más, en la idea de que las fronteras constituyen meras líneas invisibles perpetradas por el hombre, absurdas y prescindibles. En que merecen más la pena, como himnos, el Imagine de Lennon o el Canto a la libertad de Labordeta.

Hoy, Día de la Hispanidad, festejamos que los primeros colonizadores llegaron a América para arrancar a los indios su cultura y sus costumbres, para esclavizarlos. Españolistas y catalanistas agitan sus banderas de Gryffindor al son de himnos crepusculares. Yo miro los aviones desde la ventana de mi habitación, envuelta en una vaga melancolía ante la constatación de que el mundo se muere de egolatría, de egoísmo, de incapacidad para el diálogo. No solo aquí: en todas partes. Tarareo a Paco Ibáñez mientras lo recuerdo: mañana cambiaré de cifra.

Los fantasmas de Velintonia

IMG_8683El pasado viernes, tras un día de verano primaveral, amainó la lluvia poco antes de las ocho de la tarde, cuando se volvieron a abrir las puertas del número tres de la antigua calle Velintonia, cuyo nombre oficial es, desde hace años, “calle de Vicente Aleixandre”.

Resulta inexplicable la emoción presentida al avanzar una vez más hacia el jardín, consciente de que ese camino emprendieron, antes que yo, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Luis Cernuda, Rafael Alberti… Ese camino, iluminado con velas, que conduce hacia el inmenso jardín coronado por el cedro libanés que plantó el propio poeta en 1940, cuando hubo de reconstruir la vivienda tras los desastres de la Guerra Civil. El jardín, alegremente invadido por decenas de sillas, me saludó con la familiaridad que solo aparece entre las almas predispuestas a la poesía. Como siempre, supe que, de algún modo, Aleixandre estaba presente, mirándonos con complicidad a través de sus bondadosos ojos azules. El olor a lluvia en el aire, las paredes demacradas y sabias del edificio, la enorme fotografía del poeta sobre el improvisado escenario. De repente, su voz emergiendo de una antigua grabación. Latía la emoción en cada brizna de viento.

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Alejandro Sanz, presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, presentando el acto

Un año más, ha continuado la lucha emprendida por la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre por salvar la casa del poeta, donde vivió desde 1927 hasta su muerte, acaecida en 1984. Desde ese año, el edificio se encuentra en un lamentable estado de abandono, sin que ninguna institución política haya dado un paso efectivo –más allá de compromisos de boquilla y discursos edulcorados- por hacerse cargo de ella. En 2017 se ha celebrado el cuadragésimo aniversario de la entrega del Nobel de Literatura a Aleixandre. Este año, han intervenido personalidades como Mª Amaya Aleixandre, Luis María Anson, Emilio Calderón, José Luis Ferris, Charo López, Alessandro Mistrorigo, Andrés Pociña, Aurora López, Aitor Larrabide, Manuel Rico, Javier Lostalé… Y un grupo de pop sevillano, Maga, que le cantó a la casa del poeta.

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Con Alejandro Sanz y Andrés París en la biblioteca de Aleixandre

El sábado por la mañana, un grupo de afortunados tuvimos ocasión de visitar la casa por dentro, guiados por la voz experta de Alejandro Sanz, que preside la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre. Es Alejandro un buen amigo, enamorado de la Generación del 27, que habla de aquellos poetas como de admirados compañeros cercanos que, simplemente, estuvieran ausentes por unas vacaciones un poco más largas de lo normal. Una tiene la fantástica impresión, conversando con él, de que todavía vivimos en la Edad de Plata. Desde hace ya bastantes años, conduce la Asociación de Amigos con un entusiasmo contagioso, defendiendo con ahínco la memoria de su –de nuestro- adorado Aleixandre, junto a su compañera de la Asociación, Asunción García Iglesias.

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Vicente Aleixandre en la biblioteca

Ardua tarea en una ciudad como Madrid, donde los ayuntamientos –unos y otros- demuestran su compromiso con la cultura celebrando costosas “noches en blanco” que siempre acaban en botellón y no se preocupan por la casa de un Premio Nobel. En una comunidad en la que la Presidenta no declara al edificio Bien de Interés Cultural debido a su “escaso valor arquitectónico”. En un país, en resumen, como España, antaño cuna de grandes escritores, hoy hábitat natural de vocingleros y botarates que tienen a bien desgobernarnos desde su probada ignorancia. A ellos, les recomendaría que leyeran; que se esforzasen por comprender la historia y la cultura de su país o, al menos, por respetar a aquellos que sí las comprendemos.

Un reciente artículo anuncia que Manuela Carmena, nuestra actual alcaldesa, va a estudiar un plan de protección para la casa a petición del PSOE. Alejandro Sanz recibe la noticia con prudencia, amparado en todas las anteriores promesas y disposiciones que, finalmente, no pasaron de palabras. Es inevitable, sin duda, el escepticismo, que quedará neutralizado cuando sean los hechos, las acciones prácticas, los que hablen. No puede vencer la incultura en este país; no, al menos, para siempre.

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El salón.

Atravesamos la puerta verde. En el salón del primer piso, se interna una luz lírica por la ventana. Muy cerca, el dormitorio de Vicente. Allí escribió la mayor parte de su obra, contemplando las ramas del cedro, sentado en la cama: esa cama cuya actual ausencia deposita un vacío cuajado de memoria. Después bajamos al sótano, donde originalmente se hallaban las dependencias del servicio. Hay un rastro de gorriones inmóviles que, atraídos probablemente por la posibilidad de refugiarse del frío de la semana pasada, fueron luego incapaces de salir y se quedaron atrapados en una muerte trágica y poética.

IMG_8702Mientras caminamos por la casa vacía, el recuerdo de Vicente nos sigue muy de cerca, sonriendo discretamente en su experimentado papel de anfitrión. Hay versos flotando en el aire polvoriento; resuenan por las esquinas los acordes fantasmas de un piano y la risa musical, cantarina, de Lorca. En la biblioteca, Miguel Hernández se afana por salvar algunos libros de las bombas y abajo, en el vestíbulo, Luis Cernuda espera, tímidamente, a que Aleixandre lo reciba.

Son escenas intangibles, recuerdos, guiones de sueños deshilachados. La poesía, la memoria, la emoción: realidades que pueden vencer a la muerte y que, sin embargo, son infravaloradas bajo sentencias burdas, carentes de sensibilidad, que aluden a cuestiones tan prosaicas como “el valor arquitectónico”. Ya dijo Larra que “Escribir en España es llorar” y, años, después, fue corregido por Cernuda: “Escribir en España no es llorar, es morir”.

Afortunadamente, todavía quedamos idealistas enamorados de aquellos inmensos fantasmas.

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