Los fantasmas de Velintonia

IMG_8683El pasado viernes, tras un día de verano primaveral, amainó la lluvia poco antes de las ocho de la tarde, cuando se volvieron a abrir las puertas del número tres de la antigua calle Velintonia, cuyo nombre oficial es, desde hace años, “calle de Vicente Aleixandre”.

Resulta inexplicable la emoción presentida al avanzar una vez más hacia el jardín, consciente de que ese camino emprendieron, antes que yo, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Luis Cernuda, Rafael Alberti… Ese camino, iluminado con velas, que conduce hacia el inmenso jardín coronado por el cedro libanés que plantó el propio poeta en 1940, cuando hubo de reconstruir la vivienda tras los desastres de la Guerra Civil. El jardín, alegremente invadido por decenas de sillas, me saludó con la familiaridad que solo aparece entre las almas predispuestas a la poesía. Como siempre, supe que, de algún modo, Aleixandre estaba presente, mirándonos con complicidad a través de sus bondadosos ojos azules. El olor a lluvia en el aire, las paredes demacradas y sabias del edificio, la enorme fotografía del poeta sobre el improvisado escenario. De repente, su voz emergiendo de una antigua grabación. Latía la emoción en cada brizna de viento.

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Alejandro Sanz, presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, presentando el acto

Un año más, ha continuado la lucha emprendida por la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre por salvar la casa del poeta, donde vivió desde 1927 hasta su muerte, acaecida en 1984. Desde ese año, el edificio se encuentra en un lamentable estado de abandono, sin que ninguna institución política haya dado un paso efectivo –más allá de compromisos de boquilla y discursos edulcorados- por hacerse cargo de ella. En 2017 se ha celebrado el cuadragésimo aniversario de la entrega del Nobel de Literatura a Aleixandre. Este año, han intervenido personalidades como Mª Amaya Aleixandre, Luis María Anson, Emilio Calderón, José Luis Ferris, Charo López, Alessandro Mistrorigo, Andrés Pociña, Aurora López, Aitor Larrabide, Manuel Rico, Javier Lostalé… Y un grupo de pop sevillano, Maga, que le cantó a la casa del poeta.

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Con Alejandro Sanz y Andrés París en la biblioteca de Aleixandre

El sábado por la mañana, un grupo de afortunados tuvimos ocasión de visitar la casa por dentro, guiados por la voz experta de Alejandro Sanz, que preside la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre. Es Alejandro un buen amigo, enamorado de la Generación del 27, que habla de aquellos poetas como de admirados compañeros cercanos que, simplemente, estuvieran ausentes por unas vacaciones un poco más largas de lo normal. Una tiene la fantástica impresión, conversando con él, de que todavía vivimos en la Edad de Plata. Desde hace ya bastantes años, conduce la Asociación de Amigos con un entusiasmo contagioso, defendiendo con ahínco la memoria de su –de nuestro- adorado Aleixandre, junto a su compañera de la Asociación, Asunción García Iglesias.

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Vicente Aleixandre en la biblioteca

Ardua tarea en una ciudad como Madrid, donde los ayuntamientos –unos y otros- demuestran su compromiso con la cultura celebrando costosas “noches en blanco” que siempre acaban en botellón y no se preocupan por la casa de un Premio Nobel. En una comunidad en la que la Presidenta no declara al edificio Bien de Interés Cultural debido a su “escaso valor arquitectónico”. En un país, en resumen, como España, antaño cuna de grandes escritores, hoy hábitat natural de vocingleros y botarates que tienen a bien desgobernarnos desde su probada ignorancia. A ellos, les recomendaría que leyeran; que se esforzasen por comprender la historia y la cultura de su país o, al menos, por respetar a aquellos que sí las comprendemos.

Un reciente artículo anuncia que Manuela Carmena, nuestra actual alcaldesa, va a estudiar un plan de protección para la casa a petición del PSOE. Alejandro Sanz recibe la noticia con prudencia, amparado en todas las anteriores promesas y disposiciones que, finalmente, no pasaron de palabras. Es inevitable, sin duda, el escepticismo, que quedará neutralizado cuando sean los hechos, las acciones prácticas, los que hablen. No puede vencer la incultura en este país; no, al menos, para siempre.

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El salón.

Atravesamos la puerta verde. En el salón del primer piso, se interna una luz lírica por la ventana. Muy cerca, el dormitorio de Vicente. Allí escribió la mayor parte de su obra, contemplando las ramas del cedro, sentado en la cama: esa cama cuya actual ausencia deposita un vacío cuajado de memoria. Después bajamos al sótano, donde originalmente se hallaban las dependencias del servicio. Hay un rastro de gorriones inmóviles que, atraídos probablemente por la posibilidad de refugiarse del frío de la semana pasada, fueron luego incapaces de salir y se quedaron atrapados en una muerte trágica y poética.

IMG_8702Mientras caminamos por la casa vacía, el recuerdo de Vicente nos sigue muy de cerca, sonriendo discretamente en su experimentado papel de anfitrión. Hay versos flotando en el aire polvoriento; resuenan por las esquinas los acordes fantasmas de un piano y la risa musical, cantarina, de Lorca. En la biblioteca, Miguel Hernández se afana por salvar algunos libros de las bombas y abajo, en el vestíbulo, Luis Cernuda espera, tímidamente, a que Aleixandre lo reciba.

Son escenas intangibles, recuerdos, guiones de sueños deshilachados. La poesía, la memoria, la emoción: realidades que pueden vencer a la muerte y que, sin embargo, son infravaloradas bajo sentencias burdas, carentes de sensibilidad, que aluden a cuestiones tan prosaicas como “el valor arquitectónico”. Ya dijo Larra que “Escribir en España es llorar” y, años, después, fue corregido por Cernuda: “Escribir en España no es llorar, es morir”.

Afortunadamente, todavía quedamos idealistas enamorados de aquellos inmensos fantasmas.

Otros artículos míos al respecto:

Visita al IES Lázaro Cárdenas por el Día del Libro

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Hablando de mis poemarios en la biblioteca del IES Lázaro Cárdenas

El pasado lunes 24 fui la autora invitada en la celebración del Día del Libro del IES Lázaro Cárdenas de Collado Villalba. Resultó un día memorable en el que sentí ronronear mi vocación pedagógica al hablar a los alumnos, reunidos en la biblioteca del centro, de mis dos poemarios, y al recitarles algunos poemas. Me acompañaron en la mesa Sonia Piñeiro, profesora de Lengua y Literatura Española, y José Manuel Querol, profesor y jefe del mismo departamento. Ambos me presentaron con unas hermosas palabras.

La poesía es un género que puede resultar amenazador para los adolescentes, debido a su apartamiento del lenguaje común, pero eso no debe ser impedimento para que los educadores contribuyamos a que se produzca este acercamiento. Tal vez se trate de nuestro mayor reto en la asignatura de Lengua y Literatura Española. Mi verdadera primera toma de contacto con la poesía se la debo a mi padre, José Ángel Casado, que además fue mi maestro en quinto y sexto curso de Educación Primaria. Es importante que alguien nos coja de la mano para adentrarnos, por vez primera, en el complejo y fabuloso mundo de la poesía. Por ello, valoro mucho la valentía de los profesores del IES Lázaro Cárdenas al invitar, precisamente, a una poeta. Y añádase a mi admiración mi agradecimiento a todos ellos.

La satisfactoria experiencia tuvo su broche de oro con una maravillosa comida entre buenos amigos, hablando de literatura y de arte. Gracias a Sonia y a Eugenio, los anfitriones, por su apoyo constante y su cariño, desde que me conocieron por estos submundos digitales. También a José María, mi audaz editor, y a Leticia, que tuvo la amabilidad de tomar unas fotos estupendas que quedarán para la posteridad.

La poesía, la pedagogía, la amistad. Hermosos motivos para continuar siendo una idealista en esta vida a veces terrible.

En el aniversario de Rubén Darío

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Rubén Darío en 1915

Hoy Rubén Darío (1817-1916) hubiera cumplido 150 años y el mundo se debate entre el homenaje a su obra como uno de los pilares básicos de la poesía contemporánea y el extendido rechazo que produce a una parte del panorama literario actual el Modernismo, el movimiento que surgió definitivamente con la publicación, en 1888, de su obra Azul, y que se consolidó en 1896 con Prosas profanas.

Hay que señalar, no obstante, que en América ya existían autores premodernistas antes de 1888, como Vallejo Nájera o José Martí, y en España, Manuel Reina, Salvador Rueda o Amós de Escalante. Pero la primera obra de Darío se impuso como un estandarte celeste sobre todos ellos, marcando las líneas de la nueva estética, la primera en desarrollarse simultáneamente en ambos continentes.

El Modernismo nació rodeado de otros ismos de origen francés: el parnasianismo, el simbolismo, el decadentismo o el impresionismo. Por ello París fue la ciudad cosmopolita, el eje de los versos modernistas. La nueva estética, centrada en lo sensorial, apostó temáticamente por un escapismo hacia épocas y lugares remotos, hacia civilizaciones antiguas, exóticas u orientales. Dibujó amores imposibles y atormentados, bañados por una melancolía de atardeceres náufragos en jardines cuajados de estatuas y de vestidos de tul. Rubén Darío fue el verdadero creador de estas irreales realidades, el creador de versos como estos:

y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.

(“Yo persigo una forma”, Prosas profanas)

O estos otros:

Mar armonioso,
mar maravilloso
de arcadas de diamante que se rompen en vuelos
rítmicos que denuncian algún ímpetu oculto,
espejo de mis vagas ciudades de los cielos,
blanco y azul tumulto
de donde brota un canto
inextinguible,
mar paternal, mar santo,
mi alma siente la influencia de tu alma invisible.

(“Marina”, Cantos de vida y esperanza)

Viajó por primera vez –y no última– a España a finales del siglo XIX, y conoció a una pléyade de jóvenes poetas como Juan Ramón Jiménez, Ramón María del Valle-Inclán, Jacinto Benavente o Francisco Villaespesa –el verdadero representante del Modernismo americano en España–, que rápidamente lo veneraron. Más tarde, conocería en París a Antonio Machado, autor de la excelente obra modernista Soledades, galerías y otros poemas. Tras su primer viaje, la poesía española adoró el Modernismo de Darío.

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Rubén Darío

“Nuestro prodigioso Rubén Darío”: así se refirió al poeta Rafael Alberti en sus memorias, La arboleda perdida, en las que constantemente trae a colación versos y reflexiones, aprendidos de memoria, del gran nicaragüense. Admite que comenzó a apasionarse con su poesía en los tiempos en los que aún no había comenzado a escribir versos, cuando todavía era aprendiz de pintor y pasaba los días vagando por los pasillos del Museo del Prado, entre las penumbras de Velázquez y las explosiones cromáticas de la Escuela Veneciana –Tiziano, Tintoretto, Veronés–. Los colores del Modernismo poético también explotaron en sus pupilas. Y así, consideró a Darío como “el nuevo Garcilaso para la lírica moderna de lengua hispana”. Para Alberti, Rubén sobresalía entre los poetas de su tiempo. Recuerda en La arboleda perdida una anécdota acaecida en Argentina:

Una vez que se habló de dedicar a Rubén Darío algún lugar de la ciudad o levantarle un monumento, yo propuse a algunos poetas amigos que en vez de una seguramente municipal y ridícula estatua se le dedicase uno de aquellos antológicos gomeros de la plaza de Lavalle, grabando el nombre del gran poeta nicaragüense en un simple anillo de bronce que abrazara uno de aquellos troncos.

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Facsímil de la primera edición de Cantos de vida y esperanza (1905)

Darío, a pesar del mármol desplegado por los jardines de sus versos, fue sobre todo y ante todo –como bien intuyó Alberti– el árbol robusto, aferradas sus raíces al suelo fecundo de la literatura del siglo XX; regado por las gotas de sangre indígena que circulaban por sus venas. Fue al final de su trayectoria, en Cantos de vida y esperanza, cuando idealizó a su continente, esa “América nuestra, que tenía poetas desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl”, la América en la que se refiere como “la hija del Sol” en su famoso poema “A Roosevelt”.

Siguió esta trayectoria: del refinamiento elegante y artificioso que contemplaba la ciudad de París como el eje del mundo moderno, a la reivindicación ensalzada de su tierra americana. Fue marcando el avance del Modernismo en América y Europa, alzándose como el “Príncipe de las letras castellanas”. Mantuvo su característica musicalidad en todo momento, el arcoíris de contrastes sensoriales que se paladea entre sus versos, y acabó decadente, brindando con el Marqués de Bradomín en el entierro de Max Estrella, en la imaginación de un Valle-Inclán que, tras abrazar con pasión el Modernismo, empezó a contemplarlo como una huella del pasado:

Levanta su copa y, gustando el aroma del ajenjo, suspira y evoca el cielo lejano de París. Piano y violín atacan un aire de opereta, y la parroquia del Café lleva el compás con las cucharillas en los vasos. Después de beber, los tres desterrados confunden sus voces hablando en francés. Recuerdan y proyectan las luces de la fiesta divina y mortal. ¡París! ¡Cabaretes! ¡Ilusión! Y en el ritmo de las frases, desfila con su pata coja Papá Verlaine.

(Ramón María del Valle-Inclán, Luces de bohemia, 1924)

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Valle-Inclán caricaturizó a Rubén Darío en su esperpéntica obra de 1924 Luces de bohemia

Y aunque algunos, como Alberti, continuaron reconociendo su imprescindible magisterio, lo cierto es que los presupuestos modernistas comenzaron a rechazarse por resultar, para muchos, vacíos y frívolos. Sin embargo, su influencia, más o menos subterránea, pervivió a lo largo del siglo XX –¿alguien puede negar todo lo que le debe la poesía lorquiana, sin ir más lejos?– y permanece viva, aunque a parte de la poesía contemporánea le moleste el preciosismo sensorial, por estar éste lejos de la abstracción intelectual pseudo surrealista y de la llamada “poética de la experiencia”, las dos variantes que se dibujan con mayor precisión en el panorama de nuestros días.

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Sello conmemorativo de Nicaragua del primer centenario de Rubén Darío.

Yo misma no puedo negar el magisterio de Rubén, ni que fue él quien me atrajo primero a la poesía con sus mundos azules encantados, sus princesas de labios de fresa, sus cisnes y sus melodías orientales, las leyendas remotas de jardines y melancolías al amparo del cielo lluvioso de un París que ya jamás contemplaremos. No puedo negar que, a día de hoy, es el poeta –a excepción de Cernuda, quien, por cierto, lo criticó con ironía en sus ensayos– de quien más versos podría recitar de memoria, y no porque me haya esforzado por ello, sino porque dichos versos se me grabaron a fuego en la adolescencia, llenando los míos de alas blancas y valses.

Y ahora, cuando la realidad me abofetea, a veces reniego de esta primera influencia tan determinante, y me afano por otorgar a mis poemas un aire menos encantado, más realista, y vivo con Rubén una relación extraña, a medio camino entre el amor resignado y el odio cariñoso. Porque me es imposible desterrar esa parte de mí que todavía sueña con cuentos de hadas y con pasear bajo la lluvia por las calles de un París imposible, junto a un hombre misterioso con abrigo gris, que después besaría mi sueño entre gatos blancos de angora y jarrones de porcelana china.

Esta reflexión me anima a finalizar mi humilde homenaje con un pequeño poema que escribí en 2014, en uno de esos raptos antimodernistas que a veces, sin mucho éxito, me asaltan:

Fin de un amor

Viejo, tonto Rubén, Rubén de mis amores,
mi Rubén tan querido y tan equivocado:
los cisnes nos conducen a la muerte,
pierden su embrujo triste
bajo el foco infinito de la mediocridad;
la sordidez de los presentes nos obliga a arrancar,
una a una, las plumas de sus alas;
el amor es un sueño que no se acabará de realizar.
No, Rubén, ya no es tiempo de caminar juntos, los dos,
desenvolviendo azules: yo he venido
–citando a José Hierro- para decirte que no volveré nunca
y que ya nunca podré olvidarte.

23 de mayo de 2014

El Día de Difuntos de 2016

Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro: una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.

Mariano José de Larra, “El Día de Difuntos de 1836”

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«Abbey In The Oak Forest», Caspar David Friedrich

Hace 180 años, Fígaro merodeaba entre las lápidas, visibles e invisibles, de la ciudad de Madrid. Hoy lo acompaño, paseando por esta Villa y Corte como lo hiciera en su día Diego de Torres Villarroel junto a Don Francisco de Quevedo. Le recuerdo al Pobrecito Hablador que, aunque él no lo llegara a ver, ya tuvimos constancia de esta muerte colosal hace muchas décadas.

Lo sentenció en 1939 Luis Cernuda:

España ha muerto.

Lo sostuve yo misma 85 años más tarde:

España muerta, desenterrada,
con su rostro amarillo
devorado por los insectos

Hoy, Día de Difuntos de 2016, se van sumando lápidas al inmenso osario español. La última resulta especialmente conmovedora, por cuanto ha significado en la historia de este país. Mírala, Fígaro, conmigo. Espántate conmigo.

“Aquí yace el Partido Socialista Obrero Español (1879-2016)”

Tú no llegaste a conocerlo, Fígaro; aquel tiro en la sien te arrebató de este mundo años antes de su fundación. De que Pablo Iglesias –el auténtico Pablo Iglesias– construyera, sobre bases marxistas y socialistas, un partido por y para la clase obrera. En 1918, Fígaro, ese mismo partido, todavía con Iglesias a la cabeza, se declaró en su programa a favor del laicismo y de la educación gratuita, de la supresión del presupuesto del clero y de la confiscación de sus bienes.

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Pablo Iglesias, fundador del PSOE

Después, durante la II República –ese sueño perdido–, brillaron en el seno del PSOE tantos nombres convertidos en astros: el flamígero Francisco Largo Caballero, el intelectual Fernando de los Ríos, íntimo amigo de los García Lorca; Juan Negrín. Ay, Negrín, aquel médico valiente que se hizo cargo del timón cuando la tempestad arreciaba, que resistió con arrojo hasta el trágico final. Un final en el que mi abuelo, en su pueblo, tuvo que deshacerse del carnet del partido antes de ser descubierto por los rebeldes.

Mira todos aquellos nombres legendarios, Fígaro, reflejando aún los fulgores de su pasión en el mármol frío de esta lápida. Ya por aquel entonces se hallaba el PSOE dividido en dos bandos: la izquierda radical de Largo Caballero y la más moderada del inflado y pacífico Indalecio Prieto. Con el tiempo, todo se iría escorando hacia la derecha, como arrastrado por la resaca del océano en un día ventoso. Pero no nos adelantemos…

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Cartel del PSOE en las elecciones generales de 1982

Tras una noche de cuarenta años, despertó una mañana España a la democracia. Poco tiempo después, en 1979, el PSOE abandonó el marxismo como base ideológica, para modernizarse. Por aquel entonces, un joven sevillano con chaqueta de pana movilizaba al país con pasión y bravura. Se llamaba Felipe González y dotó de nuevo aliento a la izquierda española. O eso creíamos, Fígaro. Porque hoy, aquel joven “progre” y apasionado es un millonario que da paseos en su yate mientras planea nuevas declaraciones públicas propias de la derecha más conservadora, que mueve los hilos de la política nacional a través de llamadas determinantes y conversaciones secretas. El Vito Corleone de la política española es ese mismo hombre que admiraban mis padres, mi tío y mis abuelos, que yo veía en la televisión antes de ir al colegio, discutiendo con aquel bigote viviente apellidado Aznar.

Puedo decir con orgullo, Fígaro, que la primera vez que voté en unas elecciones fue a Zapatero. Aquel joven de ojos verdes y sonrisa bondadosa, dialogante y conciliador, que devolvió la esperanza al socialismo. Sí; lo voté y ganó. Y tras una primera legislatura brillante en cuanto a políticas sociales, irrumpió la terrible crisis europea en la segunda.

Después dejó de estar de moda ser socialista. Una casi se arrepentía al confesarlo públicamente. Considerarte socialista era casi declarar que votabas al PP. Y más cuando llegó Pablo Iglesias II, con su pose ensayada de mesías pseudo intelectual y sus ambiciones maquiavélicas. Lo cierto es que el PSOE, ese partido que partió de bases marxistas, nos decepcionó cuando, tras la abdicación de Juan Carlos I, no movió un dedo para promover una modificación en la Constitución que permitiera plantear un referéndum. Pero, claro; la cuestión republicana está por detrás de la crisis. O eso dicen algunos, sin comprender que, en la política, todo se encuentra entretejido en una tela de araña y un hilo puede desestructurar el conjunto.

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En las últimas elecciones yo no voté al PSOE. Y no me arrepiento, Fígaro, porque los recientes acontecimientos de la política nacional me confirman que, con ese voto, habría contribuido a investir al anodino Rajoy como Presidente del Gobierno. Porque los que lo han permitido no son el PSOE; son otra cosa. No queda en ellos el más mínimo reflejo de los hombres que han luchado por el progreso de este país a lo largo de 137 años. Pedro Sánchez, por mucho escepticismo que nos genere, ha sido el único que se ha mantenido fiel a sus principios. A los principios socialistas. A no encumbrar en el poder a un partido corrupto y ladrón que parece reírse del concepto de la democracia. Y ya solo por eso, Pedro Sánchez merece nuestro respeto.

Lo que queda del PSOE no se encuentra en Susana Díaz ni en el taimado Felipe González; no. Permanece en algún que otro político decente, como Borrell; en los casi todos los avances de este país; en la lápida fría que ahora contemplamos y que contribuye a reforzar esa otra más grande, la que alberga la democracia. Y en nuestros corazones, porque uno puede ser socialista de Fernando de los Ríos y de Juan Negrín y no sentirse representado por el partido que ha guardado silencio mientras Mariano Rajoy, el Rey de los Ladrones, subía los peldaños de la Presidencia del Gobierno. Sí, Fígaro. Recordando a Don Miguel –al que acabamos de sorprender merodeando entre las tumbas-, he de decir que a mí también me duele España.

 

Slot-machine

El mundo es una slot-machine,
con una ranura en la frente del cielo,
sobre la cabecera del mar.
(Se ha acabado la cuerda,
se ha parado la máquina…).

León Felipe

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Toda la noche
he sentido empotrarse contra mi ventana
enloquecidos, furibundos enjambres de billetes
que llevan en sus goznes
el impúdico sello de Wall Street.
A las cuatro de la mañana
extrañaba las gotas de lluvia
y lloraba por un mendigo
que gusta de posarse sobre la luna
y así acunar despacio sus cuencas muertas,
sus cuencas malheridas,
los restos de sus ojos
que asesinaron doce hombres por la televisión
después de naufragar en un telediario
en el que nadie se conoce.
Marx muere mutilado cada día
en multitudes de llaveros
y de camisetas de compra al por mayor,
pero al caer la tarde,
lo vamos a llorar sobre los cementerios
y a regalarle siemprevivas
que se funden en un enigma
vestido de noviembres.

Cinco de la mañana.
Burbuja financiera en alza.
Siete brokers dormidos
se olvidan de sus huellas dactilares
en la pantalla del ordenador
y por sus labios se desbordan
ríos amargos de humanidad
que alguien cambiará por bonos del tesoro.
Y Rafael Alberti suspira, abandonado;
el comunismo dejó de estar de moda
en los ochenta
y ahora sus poemas
se mueren de pena por las esquinas
y vienen a comer entre mis manos,
como galgos hambrientos,
desesperados y leales.
Arriba, parias de la tierra…

Ya dijo el gran León,
aquel viejo León titiritero y vagabundo,
que todo el mundo se resume en una slot-machine
«con una ranura en la frente del cielo».
Pero se me han gastado las monedas
y ahora tengo que robar o llorar,
o pedirle prestado al mendigo de lunas
un lucero de oro,
de aquellos que naufragan
entre las aguas macilentas de sus cuencas vacías,
para engañar a los guardianes del abismo,
al Dios Mercado y sus cadenas,
a la sonrisa histriónica del Tío Sam
agitándose en las caricaturas
que se visten con traje de chaqueta
y pronuncian discursos
tras la pantalla de la televisión
y se dicen tan españoles como el que más.
«España ha muerto»,
sentenció Luis Cernuda en un lejano año 39
y ninguno quisimos escucharlo,
pues los enjambres de billetes
se escapaban felices
como pequeños ícaros deslumbrados
por la radiante luz del porvenir,
y hoy esos que mataron
por atrapar su desusado vuelo esperan,
como hienas feroces y patéticas,
en despachos con soles de bajo consumo
fundidos por exceso de emoción
y nos apuntan con un rifle para cambiar
una estrella rendida
por un seguro médico
y una inversión a largo plazo.

Las seis de la mañana y todavía no ha llovido.
Y ahora se me han gastado las monedas,
las monedas y las mañanas,
y tal vez los mañanas, que vienen a llorarme
como galgos hambrientos
o Albertis olvidados, rechazados
por las correas sigilosas del futuro.
España muerta, desenterrada,
con su rostro amarillo
devorado por los insectos;
España desahuciada,
contemplando el abismo desde el piso más alto
de un rascacielos engreído.
Estoy en negative equality
y el futuro me niega el préstamo pedido.
Se me han gastado las monedas
y solo puedo preguntarme
qué será de mi sangre y qué será del mundo
o de esa slot-machine que lo ha sustituido
aprovechando que lloramos
con vendas en los ojos.

Y llegarán las siete
y ya nadie recordará cómo dar cuerda
a esta máquina hambrienta de monedas sin alma.
La luna bailará sobre la urbe antes de perecer
y un millar de pequeñas siemprevivas
coronarán los labios
de los que nunca vuelvan.

Marina Casado, Mi nombre de agua

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