Adolescencia y nubes en Luis Cernuda

Luis Cernuda en los años veinte

Luis Cernuda en los años veinte

“Soy el eterno adolescente”, escribió Luis Cernuda en 1931, en un fragmento de una obra inédita en vida del poeta que, muchos años más tarde, el estudioso José Luis Cano tituló Una comedia inacabada y sin título. Y con aquellas palabras Cernuda, de algún modo, se describía a sí mismo. Durante toda su existencia, se consideró un adolescente encerrado en un cuerpo que se hallaba sujeto a las vicisitudes del tiempo, un cuerpo que envejecía, al contrario que el alma encerrada en él, que se mantenía joven.

La adolescencia es, para Cernuda, el más alto ideal de ética y estética, la idea misma de perfección. Sus versos se hallan plagados de hermosos jóvenes, esbeltos y de piel bronceada, de cabellos claros y perfil apolíneo, en consonancia con la belleza de la Grecia clásica. El amor aparece unido a esta adoración por la adolescencia. La pasión amorosa es para el poeta, casi siempre, un sentimiento platónico que no se atreve a llevar a un plano más terrenal o carnal. La perfección reside en la contemplación de esa belleza, en su mera cercanía, como podemos comprobar en el conjunto de poemas titulado “Poemas para un cuerpo”, escritos ya durante su exilio mexicano.

Además de esa belleza clásica, el adolescente ideal cernudiano posee dos características conectadas entre sí: la primera es la espontánea manifestación del deseo, porque no está sujeto aún a los terribles condicionamientos sociales, a la hipocresía mundana, sino que se mantiene en un plano de inocente pureza. La segunda, tiene que ver con el modo en que ese deseo toma forma: como un remolino cambiante que provoca constantes altibajos en el ánimo, en el humor. Tal vez, esta segunda característica sea, desde el punto de vista de la Psicología, la más realista. En la mencionada Una comedia inacabada y sin título, uno de los protagonistas, “El Silfo”, la desarrolla:

El adolescente cree definitivos los sentimientos. Un día está triste, ¡qué digo un día!, una mañana, unos minutos está triste porque el sol extiende en la habitación un rayo más luminoso anunciando la primavera; siente una melancolía insoportable, y quiere morir. Otra vez se siente orgulloso porque al pasar junto al agua ha visto dibujado en ella el gracioso reflejo de su figura, y quisiera mantener vivo siempre ese orgullo. Es necesario enseñarle a que se abandone en brazos de la diversidad. Si encuentra jugoso o amargo un fruto no quiere saber que al lado, pendiente de la rama, hay otro fruto aún más tentador porque se desconoce.

Es el cambio, la falta de constancia, lo que define el alma adolescente. El sentimiento no puede ser definitivo y ve disminuida, por tanto, su gravedad, pero este hecho forma parte del encanto natural de la adolescencia y Cernuda lo resuelve alegando por el abandono a la diversidad, es decir, por asumir esa falta de constancia y dejarse llevar por ella, doblarse como un junto bajo el viento, no establecer un único camino, abrir puertas y cosechar experiencias. Esta idea conecta en parte con la filosofía vital de Arthur Rimbaud acerca del “desarreglo sistemático de todos los sentidos”, aunque Rimbaud se situaba en un extremo porque animaba a vivir al límite, siempre al borde del precipicio, y reduciéndolo a aquellas personas con pretensiones de creación literaria, es decir, a los poetas. Cernuda aboga, simplemente, por no cerrarse a una sola perspectiva, no arraigarse a una postura, sino liberar la fuerza del deseo, que es cambio y que es aventura, viaje.

El joven poeta Arthur Rimbaud podría ser la inspiración para el personaje de Lafcadio Wluiki

El joven poeta Arthur Rimbaud abogaba por el “desarreglo sistemático de todos los sentidos”

También en Una comedia inacabada y sin título, el personaje de la Gitana le dice en un momento dado al Silfo: “Estás queriendo mucho a quien no lo merece. Tiene el pelo rubio y los ojos que mudan de color como sus sentimientos. Desconfía de esa persona” (490). El objeto de esta descripción es Conrado, el otro protagonista: un adolescente que, al conocer al Silfo, siente una súbita fascinación hacia él que le lleva a seguirlo a cualquier parte. Pero la Gitana le advierte al Silfo que no se fíe de ese sentimiento, porque, al tratarse de un adolescente, no puede ser definitivo. Y esto queda simbolizado por los “ojos que mudan de color”, un rasgo de Conrado que también se menciona al comienzo de la obra, cuando dice El Silfo: “Son cambiantes como ese divino afán que nos persigue y que es la propia vida hostigándonos para levantarla hasta las estrellas”.

En el mismo año, 1931, escribe Cernuda la “Carta a Lafcadio Wluiki”, un personaje perteneciente a la obra Les Caves du Vatican, de André Gide, una lectura que resultó definitiva para el poeta, puesto que gracias a ella asumió por completo su condición homosexual. Y en Lafcadio, aquel joven descarado, cínico y espontáneo, rabiosamente hermoso, encontró el ideal que se repetiría constantemente en su obra, en personajes como Conrado o Aire, el bello y desdichado adolescente malagueño en torno al cual gira la obra de teatro El indolente. Lafcadio, a su vez, parece inspirado por la personalidad real de Arthur Rimbaud, ese enfant terrible. En su Carta a Lafcadio Wluiki, escribe Cernuda:

Hablan en mí diversas voces que gritan, suplican, lloran y sonríen. Mayor fuerza que el huracán cuando se arrastra y clama a lo largo de un bosque tiene la voz total que forman esas diferentes voces interiores. Es la voz de un deseo insaciable que se confunde con la propia vida. […] Unas veces habla de placer, otras de tristeza, otras de tormento; pero siempre es la voz de un mismo afán sin nombre, un divino afán hostigándonos para levantar la vida hasta las estrellas. 

Como vemos, Cernuda usa aquí las mismas palabras que en Una comedia inacabada y sin título, cuando El Silfo identificaba ese mismo “divino afán” con los ojos de color indefinido de Conrado. Ese afán tiene un nombre: deseo.

Luis Cernuda en una azotea de la Calle Mayor, Madrid, 1930

Luis Cernuda en una azotea de la Calle Mayor, Madrid, 1930

De la misma época, se conserva un poema inédito en vida de Cernuda titulado “No es nada”, que dice así:

Algunas veces soy feliz

Algunas veces vagamente

Como las nubes ceden luz

Como un amor dudando nace

Ser feliz es cantar sin voz

Con la aventura entre los dientes

Ser feliz es cerrar los ojos

Sintiendo el mundo que se mece

Algunas veces soy feliz

Algunas veces quiero quiero

Mas sólo a veces.

La idea de asociar los cambios en el ánimo al paso de las nubes, por esa misma inconstancia, la encontramos también en otro poema más conocido, perteneciente a la obra de 1934 Donde habite el olvido. Dicho poema comienza diciendo “Adolescente fui en días idénticos a nubes, / Cosa grácil, visible por penumbra y reflejo”. Años antes, en el poemario de 1929 Un río, un amor, define las nubes como “Frentes melancólicas que sujetan el cielo, tristezas fugitivas”. De nuevo, la idea de inconstancia, de impermanencia, de cambio, que conecta con la adolescencia, con el deseo que Cernuda identifica con el amor.

En la propia biografía del poeta, descubrimos que desde su infancia, y debido a que su padre era militar, cambió constantemente de hogar. Pero en su juventud, continuó viajando por su cuenta, sin establecerse definitivamente en ningún sitio. Solo al final de sus días, allá en su exilio mexicano, pareció detenerse. Sin embargo, la habitación donde transcurrió aquel tramo final de la vida, en la casa de Concha Méndez, estaba decorada sobriamente: Cernuda nunca se molestó en personalizarla. Igual que si esperara, de un momento a otro, recoger sus pocas pertenencias y marcharse, marcharse en pos de ese loco deseo adolescente que nunca pudo abandonarlo.

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