Antología de los Bardos

Rompo de nuevo mi silencio opositoril para anunciar con júbilo que ya ha salido a la luz la Antología de mi grupo poético, Los Bardos, con Ediciones de la Torre. Además de figurar entre los poetas antologados (junto a María Agra-Fagúndez, Débora Alcaide, Rebeca Garrido, Alberto Guerra, Alberto Guirao, Conchy Gutiérrez Blesa, J. L. Arnáiz, Andrés París, Francisco Raposo, Eric Sanabria y Andrea Toribio), soy la autora del prólogo y de las semblanzas individuales que acompañan a cada una de las doce muestras poéticas.

El viernes pasado recibimos los primeros ejemplares en nuestro “cuartel general”, la vinoteca Xelavid:

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Homenaje a José Ángel Casado Carvajales en el CEIPSO Tirso de Molina

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Ayer, en el jardín del colegio, junto al madroño plantado en homenaje a José Ángel

Hoy quiero escribir sobre mi padre, José Ángel Casado Carvajales. Mi padre, mi maestro. La persona más sabia y más humilde que he conocido, tal vez porque su humildad formaba parte de su sabiduría. No es fácil dejar huella en un mundo tan frenético y absurdo como el que nos ha tocado vivir, pero él supo hacerlo. Una prueba de ello ha sido el homenaje celebrado ayer en el CEIPSO Tirso de Molina (distrito de Arganzuela), donde ocupó el puesto de director durante los últimos cuatro años y trabajó como maestro otros tantos.

Profesores, alumnos, padres de alumnos, directores, inspectores e incluso policías del distrito asistieron al acto celebrado en el patio del colegio, acompañando a la familia. La ceremonia fue dirigida por Silvia, la jefa de estudios del Centro, y participaron en ella compañeros y alumnos de mi padre, que le dedicaron palabras cariñosas, poemas e incluso canciones.

Hería el sol matutino de junio mientras una niña de cabello moreno se emocionaba relatando anécdotas de aula que perfilaban un retrato preciso de José Ángel como ese maestro bondadoso, comprensivo y sosegado que fue. Escuchando a aquella niña, revivía una vez más mi propia experiencia como alumna suya en quinto y sexto curso de Educación Primaria. Tuve que acostumbrarme, durante los dos cursos, a llamarle “profe” en vez de “Papá”. Él nos enseñaba a hacer manualidades, nos proyectaba documentales sobre la naturaleza. Recuerdo una ocasión en la que toda mi clase acabó llorando tras un documental acerca del peligro de extinción de los osos pardos. Con él, escribí mis primeros versos. Él nos hizo aprender a diferenciar entre una copla y un romance, nos ayudó a componer caligramas y poemas encadenados. Las notas siempre eran lo de menos: jamás fue exigente, en ese sentido. Su objetivo era formar personas buenas, preocupadas por el arte y por el medioambiente, que amaba profundamente. No fue un poeta como tal, aunque escribiera poesía en su juventud, pero poseía una mirada poética hacia el mundo y tenía la capacidad de encontrar belleza en los rincones más imprevistos.

No era una persona ambiciosa. Sí, aspiraba, sin embargo, a la trascendencia: deseaba que su obra, su labor, no se limitaran a su vida, sino que permanecieran en la mente y en los corazones de quienes tuvimos la suerte de compartir con él nuestra existencia, y de aquellos otros que ya solo oirán hablar de su persona. Hay tantas cosas que contar que este texto resulta ridículo en comparación con el torrente de anécdotas, enseñanzas y recuerdos que se agolpan en mi memoria y que iré expresando lentamente, de forma inagotable, a lo largo de mi vida.

Para mí, sus facetas de padre y de maestro fueron las dos caras de una misma moneda. Y digo “maestro”, como a él le enorgullecía considerarse, por encima de otros títulos que también poseía, como el de director o psicopedagogo. Maestro, con todo el romanticismo implícito del término. Era un enamorado de su profesión, que ejerció desde los 19 años hasta los 61 con auténtica dedicación y pasión. Fue director en dos colegios distintos: mucho antes del Tirso de Molina había dirigido, durante un amplio período de tiempo, el C.P. Antonio de Nebrija, que a su llegada era un centro sin recursos, apenas, ubicado en un barrio obrero de la periferia de Madrid: Villaverde Bajo. Mi padre construyó el comedor, el patio y la biblioteca, que abrió también al barrio. Resultó muy emocionante, en el acto de ayer, escuchar a Milagros, una compañera del Tirso que fue una de sus primeras alumnas en el Nebrija. Recordaba, sobre todo, su sonrisa amable, su serenidad y su tolerancia.

Después de los discursos y una magnífica actuación del coro, los familiares, compañeros y alumnos lanzamos globos blancos al aire con una banda sonora inmejorable: el tema “Nights In White Satin”, de los Moody Blues, uno de sus preferidos de todos los tiempos. Los globos se alejaron en el azul de la mañana y recordé su sempiterno deseo de volar como un ave.

A continuación, plantamos un árbol, un madroño, que lleva su nombre. Quien lo conociera, quien supiera de su amor por la naturaleza, podrá imaginarse el significado tan especial que guarda esta acción. Él planto el jardín del Tirso, tan exuberante, tan lleno de flores y de melodías cromáticas. Él creó y trabajó en el huerto del cole, en su huerto, que algunas de sus compañeras siguen cuidando con el mismo mimo con que él lo trató. Su voz, su sonrisa bondadosa, vuela entre las zanahorias, las lechugas, las calabazas que todavía no han brotado.

IMG_8199El homenaje de ayer fue una muestra de que, al final, ha alcanzado esa anhelada trascendencia: su obra y su persona han matado a la propia muerte, han superado a ese fin acelerado y prematuro que le sobrevino hace dos meses y que no le tocaba aún, porque todavía teníamos que aprender mucho de él: de su sabiduría en todos los ámbitos y también de su bondad, su paciencia infinita y su comprensión. Virtudes que lo convirtieron en un gran maestro, en un gran padre.

Hoy no está físicamente, pero para mí, para muchos, no se ha ido: vive en cada amanecer, en cada brote nuevo de un árbol, en la lluvia que tanto amó, en las canciones —¡en tantas canciones…!—, en los versos de sus poetas, en mis propios versos. Su mirada se une a la mía y no me abandona, como él jamás me abandonó. Y vive, claro que vive.

Todavía

Los árboles acostumbrados
a peinar la memoria del ocaso
seguirán alisando el firmamento
desde donde nos mires.

Y continuarán riendo las gaviotas
sobre el lago de aguas somnolientas
en el que al mediodía de los tiempos azules
capturábamos barcos con los ojos.

Es más honda tu voz que este vacío
y llena las heridas de tu ausencia;
es una luz celeste que se enquista
en todas las canciones,  los libros,
los paisajes. Gira el mundo
como una noria moribunda,
igual que cada noche.
Como todas las noches.

Es otra vez tu voz, acostumbrada
a cantar los ocasos despeinados,
la que me reconduce al idealismo
de querer, todavía, ser feliz.

Marina Casado, 9 de junio de 2017

Jim Morrison: a los 45 años de su muerte

En la madrugada del 3 de julio de 1971, una estrella fugaz llamada Jim Morrison moría en una bañera de París, víctima de sobredosis. Eso nos dice la versión oficial. Alrededor de ella pululan, como elementos propios de novela negra, una novia heroinómana, histérica y controladora; un camello, miembro de la nobleza en decadencia, que era amante de la novia -además de ser la persona que suministró la dosis de droga mortal a otra gran estrella: Janis Joplin-; una amenaza de cárcel desde América; un médico con un historial un tanto turbio que fue el único, además de la novia, que vio el cadáver de Morrison…

La leyenda que gira en torno a la muerte del cantante de The Doors se halla envuelta de una complejidad que roza lo lírico. Por detrás del icono sexual en decadencia se ocultaba un poeta heredero de las enseñanzas suicidas de Rimbaud: una figura que me ha fascinado desde siempre.

En mi primer poemario, Los despertares, Morrison ya aparecía conversando con Alicia, tomando el té con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo. En mi segunda obra, Mi nombre de agua, no podía menos que dedicarle un poema, que es el que a continuación reproduzco:

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Jim Morrison en 1970

Jim Morrison

Te busco en la otra orilla,
a la que todavía no he cruzado.
Y tú en el escenario, como una mancha aguda
de heliotropos sanguinolentos.
Y tú como una sombra,
como una noche negra que persigue su fin,
viajando a la deriva en tu navío de cristal;
asesinando una botella
con tus ojos ensoñadores
del color de diciembre.

Me miras desde camisetas desteñidas
que se sumergen en el metro,
que no entienden de amaneceres en ruinas
mezclados con alcohol y con cabellos rojos;
me miras,
pero no basta con mirar el mundo:
hay que agitarlo violentamente hasta que estalle,
hasta que se desate el trueno,
porque ninguna historia acaba
si no es con la tormenta.

Te busco en la otra orilla.
Al fin he comprendido lo que tú pensaste:
que todos los futuros viven al fondo
de una bañera en la que naufragar a medias,
morir solo una pizca, rendirse y resistir
desde lo alto o desde aquellas galerías
de inframundos cansados de esperarte.

Miro la noche
sin agitarla
y en azoteas de papel maché
refulgen unas notas de tu color chamánico y obsceno;
bailan las madrugadas como inframundos dóciles
que acariciaras con tu voz; sueñan desde la lluvia
multitud de mujeres de rostros arrugados
como la máscara implacable
de aquel viejo piel roja
que se quedó a vivir en tus mejillas.

La misma sangre muerta
que ascendía despacio por tus huesos
y te ahogaba en Venice
y te llenaba de gaviotas el esófago
me amenaza con desbordarse
desde edificios monolíticos
y terrones de azúcar
flotando por la tierra de soledades de café
que habitó en tus cabellos.

No teñiré de rojo mi melena
en una vaga crisis de sonambulismo
para esperar a medias esa muerte truncada
donde se acuna tu recuerdo.
No llamaré a Rimbaud para hacer de mi vida,
de esta vida, una llaga de lluvia
en este mundo estremecido
por la radiografía del relámpago.
Soy la vulgar espectadora
en el cine angustiado de tus versos:
soy quien te olvidará día tras día
mientras invoca la tormenta.

Marina Casado, Mi nombre de agua (Madrid: Ediciones de la Torre, 2016)

Presentación de “Mi nombre de agua”

El examen de oposición que no me permite escribir con más asiduidad resulta ya inminente, así que pronto nos leeremos. Mientas tanto, les vuelvo a dar las gracias a todos los amigos que me hicieron una visita los días que estuve firmando en la Feria del Libro de Madrid -cuando tenga más tiempo, publicaré fotos de esos días-.

Lo más importante: me hace mucha ilusión invitaros a la presentación oficial de Mi nombre de agua en Madrid. Aquí os dejo la información; si venís, podremos charlar y tomar algo después del acto:

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Y si queréis bucear un poco en el contenido del libro, echad un vistazo al booktrailer.

¡Espero veros el viernes 24!

“Mi nombre de agua” (booktrailer)

Ya dije que pronto daría más información sobre mi nuevo poemario, Mi nombre de agua. Pues bien, aquí os presento un viaje audiovisual por sus páginas, gracias al trabajo de edición de Javier Lozano, que además me acompaña en la actuación.

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Si os ha gustado el “argumento”, aprovecho para anunciar que mañana será el último día que estaré firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid:

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Y para los que no podáis acercaros mañana y os haga ilusión tener un ejemplar dedicado, adelanto que ya hay fecha para la presentación oficial: el viernes 24 de junio. Será en el Pabellón de Cristal del Café del Espejo (Paseo de Recoletos 31, Madrid). Se tratará de un acto público al que todos estáis invitados.

Además de en las librerías habituales, podéis comprar mi poemario por Internet en este enlace: http://iriscc.es/es/lirica/733-mi-nombre-de-agua.html

¡Nos leemos pronto!

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El booktrailer de Mi nombre de agua está incluido en el canal de Youtube La Canción Vagabunda, en el que Javier Lozano y yo recitamos e interpretamos poemas de todas las épocas y autores. Os animo a suscribiros, a los amantes de la poesía.