Homenaje a José Ángel Casado Carvajales en el CEIPSO Tirso de Molina

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Ayer, en el jardín del colegio, junto al madroño plantado en homenaje a José Ángel

Hoy quiero escribir sobre mi padre, José Ángel Casado Carvajales. Mi padre, mi maestro. La persona más sabia y más humilde que he conocido, tal vez porque su humildad formaba parte de su sabiduría. No es fácil dejar huella en un mundo tan frenético y absurdo como el que nos ha tocado vivir, pero él supo hacerlo. Una prueba de ello ha sido el homenaje celebrado ayer en el CEIPSO Tirso de Molina (distrito de Arganzuela), donde ocupó el puesto de director durante los últimos cuatro años y trabajó como maestro otros tantos.

Profesores, alumnos, padres de alumnos, directores, inspectores e incluso policías del distrito asistieron al acto celebrado en el patio del colegio, acompañando a la familia. La ceremonia fue dirigida por Silvia, la jefa de estudios del Centro, y participaron en ella compañeros y alumnos de mi padre, que le dedicaron palabras cariñosas, poemas e incluso canciones.

Hería el sol matutino de junio mientras una niña de cabello moreno se emocionaba relatando anécdotas de aula que perfilaban un retrato preciso de José Ángel como ese maestro bondadoso, comprensivo y sosegado que fue. Escuchando a aquella niña, revivía una vez más mi propia experiencia como alumna suya en quinto y sexto curso de Educación Primaria. Tuve que acostumbrarme, durante los dos cursos, a llamarle “profe” en vez de “Papá”. Él nos enseñaba a hacer manualidades, nos proyectaba documentales sobre la naturaleza. Recuerdo una ocasión en la que toda mi clase acabó llorando tras un documental acerca del peligro de extinción de los osos pardos. Con él, escribí mis primeros versos. Él nos hizo aprender a diferenciar entre una copla y un romance, nos ayudó a componer caligramas y poemas encadenados. Las notas siempre eran lo de menos: jamás fue exigente, en ese sentido. Su objetivo era formar personas buenas, preocupadas por el arte y por el medioambiente, que amaba profundamente. No fue un poeta como tal, aunque escribiera poesía en su juventud, pero poseía una mirada poética hacia el mundo y tenía la capacidad de encontrar belleza en los rincones más imprevistos.

No era una persona ambiciosa. Sí, aspiraba, sin embargo, a la trascendencia: deseaba que su obra, su labor, no se limitaran a su vida, sino que permanecieran en la mente y en los corazones de quienes tuvimos la suerte de compartir con él nuestra existencia, y de aquellos otros que ya solo oirán hablar de su persona. Hay tantas cosas que contar que este texto resulta ridículo en comparación con el torrente de anécdotas, enseñanzas y recuerdos que se agolpan en mi memoria y que iré expresando lentamente, de forma inagotable, a lo largo de mi vida.

Para mí, sus facetas de padre y de maestro fueron las dos caras de una misma moneda. Y digo “maestro”, como a él le enorgullecía considerarse, por encima de otros títulos que también poseía, como el de director o psicopedagogo. Maestro, con todo el romanticismo implícito del término. Era un enamorado de su profesión, que ejerció desde los 19 años hasta los 61 con auténtica dedicación y pasión. Fue director en dos colegios distintos: mucho antes del Tirso de Molina había dirigido, durante un amplio período de tiempo, el C.P. Antonio de Nebrija, que a su llegada era un centro sin recursos, apenas, ubicado en un barrio obrero de la periferia de Madrid: Villaverde Bajo. Mi padre construyó el comedor, el patio y la biblioteca, que abrió también al barrio. Resultó muy emocionante, en el acto de ayer, escuchar a Milagros, una compañera del Tirso que fue una de sus primeras alumnas en el Nebrija. Recordaba, sobre todo, su sonrisa amable, su serenidad y su tolerancia.

Después de los discursos y una magnífica actuación del coro, los familiares, compañeros y alumnos lanzamos globos blancos al aire con una banda sonora inmejorable: el tema “Nights In White Satin”, de los Moody Blues, uno de sus preferidos de todos los tiempos. Los globos se alejaron en el azul de la mañana y recordé su sempiterno deseo de volar como un ave.

A continuación, plantamos un árbol, un madroño, que lleva su nombre. Quien lo conociera, quien supiera de su amor por la naturaleza, podrá imaginarse el significado tan especial que guarda esta acción. Él planto el jardín del Tirso, tan exuberante, tan lleno de flores y de melodías cromáticas. Él creó y trabajó en el huerto del cole, en su huerto, que algunas de sus compañeras siguen cuidando con el mismo mimo con que él lo trató. Su voz, su sonrisa bondadosa, vuela entre las zanahorias, las lechugas, las calabazas que todavía no han brotado.

IMG_8199El homenaje de ayer fue una muestra de que, al final, ha alcanzado esa anhelada trascendencia: su obra y su persona han matado a la propia muerte, han superado a ese fin acelerado y prematuro que le sobrevino hace dos meses y que no le tocaba aún, porque todavía teníamos que aprender mucho de él: de su sabiduría en todos los ámbitos y también de su bondad, su paciencia infinita y su comprensión. Virtudes que lo convirtieron en un gran maestro, en un gran padre.

Hoy no está físicamente, pero para mí, para muchos, no se ha ido: vive en cada amanecer, en cada brote nuevo de un árbol, en la lluvia que tanto amó, en las canciones —¡en tantas canciones…!—, en los versos de sus poetas, en mis propios versos. Su mirada se une a la mía y no me abandona, como él jamás me abandonó. Y vive, claro que vive.

Todavía

Los árboles acostumbrados
a peinar la memoria del ocaso
seguirán alisando el firmamento
desde donde nos mires.

Y continuarán riendo las gaviotas
sobre el lago de aguas somnolientas
en el que al mediodía de los tiempos azules
capturábamos barcos con los ojos.

Es más honda tu voz que este vacío
y llena las heridas de tu ausencia;
es una luz celeste que se enquista
en todas las canciones,  los libros,
los paisajes. Gira el mundo
como una noria moribunda,
igual que cada noche.
Como todas las noches.

Es otra vez tu voz, acostumbrada
a cantar los ocasos despeinados,
la que me reconduce al idealismo
de querer, todavía, ser feliz.

Marina Casado, 9 de junio de 2017

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