Al otro lado del espejo

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Relojes blandos, Salvador Dalí

 

Publicado el 19/9/18 en Estrella Digital

Esta última semana, la primera que he ejercido como profesora de pleno derecho, he tenido la sensación de atravesar al otro lado del espejo. Desde la posición privilegiada de la mesa del profesor, me ha parecido verme sentada en un pupitre, dibujando gatos en el cuaderno, ordenando mi colección de bolígrafos de purpurina o colocándome el pelo para que cayera cuidadosamente sobre el ojo derecho, con la inocente idea de que, cuanto menos se me viera la cara, menos se fijaría el profesor en mí. Este afán de camuflaje no provenía de la irresponsabilidad –siempre llevé los deberes hechos–, sino de una timidez crónica que invadió mis años de adolescencia y acabó conduciéndome por las azuladas sendas de la poesía.

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Luis Cernuda nunca fue viejo

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Cernuda en su infancia, en su juventud y en su madurez

Hoy Luis Cernuda habría cumplido 115 años. Lo cierto es que se me hace muy difícil imaginarlo con esa edad, tal vez porque él nunca fue una persona hecha para la vejez. Nadie lo es, podrán argumentar algunos. Pero no todos lo asumimos igual. En el otro extremo se encontraba Alberti, que quería vivir más de cien años y profundizar en el nuevo siglo. Al final, se quedó a las puertas.

Cernuda era distinto. Le angustiaba el paso del tiempo y, sobre todo, las huellas que este dejaba en su cuerpo. Para él, eterno adorador de la belleza física, los signos de la edad debían de constituir un trauma. En su madurez, seguía enamorándose de muchachos jóvenes, casi adolescentes, aunque estos enamoramientos jamás pasaban del plano platónico, porque se sentía indigno de ellos a causa de su edad.

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Cernuda a los sesenta

Nunca llegó a ser viejo. Murió de un infarto en 1963, con 61 años recién cumplidos. Murió como vivió: melancólico, escéptico hacia la humanidad y enamorado de la belleza en todas sus formas. No llegó a ser viejo; sin embargo, se sintió viejo. De hecho, tuvo mentalidad de anciano desde muy pronto; desde los 40 años, cuando miraba el cielo gris de Londres y contemplaba con languidez la aparición de sus primeras canas. Incluso desde mucho antes: desde 1931, cuando escribió aquello de “Estoy cansado de estar vivo”. Sorprende que un joven que en ese momento rozaba la treintena pudiera realizar tamaña confesión. Pero si nos remontamos unos años antes, a su libro de 1927 Perfil del aire, podemos ya encontrar esta disposición de ánimo en versos como “Postrada y fiel huye la edad mudable”. No había cumplido los 25 en el momento de escribirlos y, no obstante, vivía sometido a la congoja de imaginar el fin de la juventud.

A los veintitantos, se enamoró —de nuevo, platónicamente— de Lafcadio Wluiki, el personaje de una obra de André Gide, Les caves du Vatican. Era “Cadio” un adolescente impetuoso, asilvestrado, rebelde, consciente de su descarnada juventud: el prototipo de un Rimbaud descarado y brillante. Cernuda escribió su magnífica “Carta a Lafcadio Wluiki”, donde leemos:

La realidad no es nunca lo suficientemente amplia y diversa para que ella nos baste por sí sola. Es necesario ese margen misterioso, de vagas luces y vagas sombras, delicado, exigente y voraz, que la imaginación proporciona. […]
No será exagerado decir que ese libro satisfizo, en tanto que libro, mi demanda. Un libro. Qué extraño e íntimo hallazgo; parecía esperarlo. Y en ese libro el personaje más fascinador, uno de los personajes más fascinadores que conozco […]
¿Será oportuno añadir que lo he buscado vanamente por esta realidad? Mi mayor deseo sería verle.
Si solo eres héroe de poética verdad […], ¿por qué te busco así, materialmente? Tal vez deseo de confiarse a un semejante, tal vez necesidad de incoherencia; yo nada sé. […]
Pronto te estimé como a ningún amigo.

De aquella fascinación nacieron algunos de los personajes que habitan sus poemas y sus obras prosísticas, como es el caso de Aire, el desafortunado protagonista de su relato “El indolente”, a quien describe de este modo:

Entonces surgió una aparición. Al menos por tal la tuve, porque no parecía criatura de las que vemos a diario, sino emanación o encarnación viva de la tierra que yo estaba contemplando.
Aquella criatura, fuese quien fuese, saltando desnuda entre las peñas, con agilidad de elemento y no de persona humana, se fue acercando poco a poco. Así conocí a Aire.
[…] Había en su pelo esas vetas más claras de la concha llamada carey, tonalidad que denota larga familiaridad con el mar. Su cuerpo me apareció aquella mañana sobre el cielo, fino, resistente y esbelto, tal modelado por las olas, que entienden de eso como escultor ninguno ha habido en la tierra.

A lo largo de toda su vida, su obra, Cernuda buscó a ese ideal rimbaudiano deslumbrante, libre y poseedor de la belleza en el sentido más clásico del término. Tal vez porque esa libertad contrastaba con sus propias limitaciones: su timidez y sus dificultades en el trato social.

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Cernuda siempre buscó el ideal rimbaudiano

Pero, además de su afición a la belleza, ¿cuál es el otro origen de su terror ante el paso del tiempo? En un artículo que escribí hace años acerca del concepto de la adolescencia en Cernuda, cité una confesión del propio poeta, puesta en boca en uno de los personajes de su obra Una comedia inacabada y sin título. Decía “Soy el eterno adolescente”. No se trata de la única ocasión en la que expresa algo parecido. Leemos en sus diarios: “Tonto, imbécil, loco incurable, niño imposible; Luis, no tienes compostura”.

El eterno adolescente, el niño imposible. Los cambios de humor, las célebres “rabietas” cernudianas, avalarían estas confesiones. Me atrevería a afirmar que Cernuda temía la vejez porque, en su interior, se sentía asaeteado aún por las tormentas de la adolescencia. Él, más que otros, no estaba preparado para ser viejo. No lo hubiera sido ni con 100 años, o tal vez lo fue desde siempre, porque la vejez y la juventud son dimensiones que también viajan en el corazón. Porque Alberti, con 80 años, tenía más vitalidad que él con 20.

Probablemente, no le hubiera gustado que homenajeara el 115º aniversario de su nacimiento. “¿Tanto tiempo ha pasado ya?”, me diría, airado. Pero yo siempre lo recordaré como aquel joven que contemplaba, tácito y melancólico, el paso de los días y de los sueños.

Lisboa en claroscuro

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El nombre de Fernando Pessoa aparece en mi imaginación enquistado de sombras, de claroscuros rítmicos deslizándose a solas por las calles apagadas de un otoño en Lisboa. Llueve. Por alguna razón, el fondo ennegrecido de Pessoa se dibuja manchado de lluvia en este óleo que forma mi sueño. Yo nunca he conocido Lisboa bajo la lluvia.

Lisboa, el verano que la conocí, desenfundaba lenguas de fuego sobre el pavimento. Buscábamos un restaurante por sus calles angostas, desusadas, ornamentales. Calles del Barrio Alto, rotas de tiempo; calles cohibidas, atravesadas repentinamente por el furor metálico de algún tranvía. No recuerdo el restaurante al que llegamos, pero sí el goteo intermitente de los aparatos de aire acondicionado, la ropa colgada de los balcones con acorde decadente, los muros resquebrajados de los edificios, las macetas que pintaban en el aire gris esperanzas de un verde impredecible. Recuerdo las fotografías en la Plaza del Comercio, las heladerías, los juegos interminables de la adolescencia.

Y el sol. Recuerdo el sol incesante sobre la Torre de Belém, dorando las aguas del Tajo que aliviaban nuestros ojos agosteños, igual que si pudiéramos beberlas con la mirada. Mi cabello era más corto, entonces, y el mundo era un lugar amable coronado de sol.

Pero Pessoa, en mis sueños, aparece manchado de lluvia. Se arrastra por las calles de Lisboa al caer la tarde, con una botella en la mano y cuatrocientas historias que no le pertenecen a sí mismo, sino a alguno de sus heterónimos. Lisboa, de noche, es una ciudad acogedora para los fantasmas. Explotan sus melancolías en las notas de un fado que se eleva sobre el aire emocionado, polvoriento. Y Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo de Soares; se cruzan por las callejuelas y se quitan el sombrero a modo de saludo, sin ocultar una mueca burlona; conviviendo por las esquinas de la Historia a duras penas, como fantasmas cualquiera nacidos de unos ojos.

Pessoa es otro espíritu abandonado, anclado en su lluvia sempiterna y en una botella a la que se abraza cuando el tedio de la muerte se vuelve insoportable. Pessoa es otro heterónimo de un autor anónimo, de un dios inexistente, hacedor de hermosas decadencias, y en sus pupilas se dibuja la patética ternura de las camisas colgando de los balcones enrejados, a media tarde.

Pessoa me vigilaba por las calles de Lisboa, aquel verano que la conocí. A solas con su botella y con su procesión de heterónimos, esperando a que anocheciera porque, de día, brillaba demasiado el sol. Era un tiempo de sol. Pero estoy segura de que, si regresara hoy, Pessoa me aguardaría con toda su lluvia en la mirada para conducirme de la mano a sus tormentos laberínticos atravesados de tranvías.

Adolescencia y nubes en Luis Cernuda

Luis Cernuda en los años veinte
Luis Cernuda en los años veinte

“Soy el eterno adolescente”, escribió Luis Cernuda en 1931, en un fragmento de una obra inédita en vida del poeta que, muchos años más tarde, el estudioso José Luis Cano tituló Una comedia inacabada y sin título. Y con aquellas palabras Cernuda, de algún modo, se describía a sí mismo. Durante toda su existencia, se consideró un adolescente encerrado en un cuerpo que se hallaba sujeto a las vicisitudes del tiempo, un cuerpo que envejecía, al contrario que el alma encerrada en él, que se mantenía joven.

La adolescencia es, para Cernuda, el más alto ideal de ética y estética, la idea misma de perfección. Sus versos se hallan plagados de hermosos jóvenes, esbeltos y de piel bronceada, de cabellos claros y perfil apolíneo, en consonancia con la belleza de la Grecia clásica. El amor aparece unido a esta adoración por la adolescencia. La pasión amorosa es para el poeta, casi siempre, un sentimiento platónico que no se atreve a llevar a un plano más terrenal o carnal. La perfección reside en la contemplación de esa belleza, en su mera cercanía, como podemos comprobar en el conjunto de poemas titulado “Poemas para un cuerpo”, escritos ya durante su exilio mexicano.

Además de esa belleza clásica, el adolescente ideal cernudiano posee dos características conectadas entre sí: la primera es la espontánea manifestación del deseo, porque no está sujeto aún a los terribles condicionamientos sociales, a la hipocresía mundana, sino que se mantiene en un plano de inocente pureza. La segunda, tiene que ver con el modo en que ese deseo toma forma: como un remolino cambiante que provoca constantes altibajos en el ánimo, en el humor. Tal vez, esta segunda característica sea, desde el punto de vista de la Psicología, la más realista. En la mencionada Una comedia inacabada y sin título, uno de los protagonistas, “El Silfo”, la desarrolla:

El adolescente cree definitivos los sentimientos. Un día está triste, ¡qué digo un día!, una mañana, unos minutos está triste porque el sol extiende en la habitación un rayo más luminoso anunciando la primavera; siente una melancolía insoportable, y quiere morir. Otra vez se siente orgulloso porque al pasar junto al agua ha visto dibujado en ella el gracioso reflejo de su figura, y quisiera mantener vivo siempre ese orgullo. Es necesario enseñarle a que se abandone en brazos de la diversidad. Si encuentra jugoso o amargo un fruto no quiere saber que al lado, pendiente de la rama, hay otro fruto aún más tentador porque se desconoce.

Es el cambio, la falta de constancia, lo que define el alma adolescente. El sentimiento no puede ser definitivo y ve disminuida, por tanto, su gravedad, pero este hecho forma parte del encanto natural de la adolescencia y Cernuda lo resuelve alegando por el abandono a la diversidad, es decir, por asumir esa falta de constancia y dejarse llevar por ella, doblarse como un junto bajo el viento, no establecer un único camino, abrir puertas y cosechar experiencias. Esta idea conecta en parte con la filosofía vital de Arthur Rimbaud acerca del “desarreglo sistemático de todos los sentidos”, aunque Rimbaud se situaba en un extremo porque animaba a vivir al límite, siempre al borde del precipicio, y reduciéndolo a aquellas personas con pretensiones de creación literaria, es decir, a los poetas. Cernuda aboga, simplemente, por no cerrarse a una sola perspectiva, no arraigarse a una postura, sino liberar la fuerza del deseo, que es cambio y que es aventura, viaje.

El joven poeta Arthur Rimbaud podría ser la inspiración para el personaje de Lafcadio Wluiki
El joven poeta Arthur Rimbaud abogaba por el “desarreglo sistemático de todos los sentidos”

También en Una comedia inacabada y sin título, el personaje de la Gitana le dice en un momento dado al Silfo: “Estás queriendo mucho a quien no lo merece. Tiene el pelo rubio y los ojos que mudan de color como sus sentimientos. Desconfía de esa persona” (490). El objeto de esta descripción es Conrado, el otro protagonista: un adolescente que, al conocer al Silfo, siente una súbita fascinación hacia él que le lleva a seguirlo a cualquier parte. Pero la Gitana le advierte al Silfo que no se fíe de ese sentimiento, porque, al tratarse de un adolescente, no puede ser definitivo. Y esto queda simbolizado por los “ojos que mudan de color”, un rasgo de Conrado que también se menciona al comienzo de la obra, cuando dice El Silfo: “Son cambiantes como ese divino afán que nos persigue y que es la propia vida hostigándonos para levantarla hasta las estrellas”.

En el mismo año, 1931, escribe Cernuda la “Carta a Lafcadio Wluiki”, un personaje perteneciente a la obra Les Caves du Vatican, de André Gide, una lectura que resultó definitiva para el poeta, puesto que gracias a ella asumió por completo su condición homosexual. Y en Lafcadio, aquel joven descarado, cínico y espontáneo, rabiosamente hermoso, encontró el ideal que se repetiría constantemente en su obra, en personajes como Conrado o Aire, el bello y desdichado adolescente malagueño en torno al cual gira la obra de teatro El indolente. Lafcadio, a su vez, parece inspirado por la personalidad real de Arthur Rimbaud, ese enfant terrible. En su Carta a Lafcadio Wluiki, escribe Cernuda:

Hablan en mí diversas voces que gritan, suplican, lloran y sonríen. Mayor fuerza que el huracán cuando se arrastra y clama a lo largo de un bosque tiene la voz total que forman esas diferentes voces interiores. Es la voz de un deseo insaciable que se confunde con la propia vida. […] Unas veces habla de placer, otras de tristeza, otras de tormento; pero siempre es la voz de un mismo afán sin nombre, un divino afán hostigándonos para levantar la vida hasta las estrellas. 

Como vemos, Cernuda usa aquí las mismas palabras que en Una comedia inacabada y sin título, cuando El Silfo identificaba ese mismo “divino afán” con los ojos de color indefinido de Conrado. Ese afán tiene un nombre: deseo.

Luis Cernuda en una azotea de la Calle Mayor, Madrid, 1930
Luis Cernuda en una azotea de la Calle Mayor, Madrid, 1930

De la misma época, se conserva un poema inédito en vida de Cernuda titulado “No es nada”, que dice así:

Algunas veces soy feliz

Algunas veces vagamente

Como las nubes ceden luz

Como un amor dudando nace

Ser feliz es cantar sin voz

Con la aventura entre los dientes

Ser feliz es cerrar los ojos

Sintiendo el mundo que se mece

Algunas veces soy feliz

Algunas veces quiero quiero

Mas sólo a veces.

La idea de asociar los cambios en el ánimo al paso de las nubes, por esa misma inconstancia, la encontramos también en otro poema más conocido, perteneciente a la obra de 1934 Donde habite el olvido. Dicho poema comienza diciendo “Adolescente fui en días idénticos a nubes, / Cosa grácil, visible por penumbra y reflejo”. Años antes, en el poemario de 1929 Un río, un amor, define las nubes como “Frentes melancólicas que sujetan el cielo, tristezas fugitivas”. De nuevo, la idea de inconstancia, de impermanencia, de cambio, que conecta con la adolescencia, con el deseo que Cernuda identifica con el amor.

En la propia biografía del poeta, descubrimos que desde su infancia, y debido a que su padre era militar, cambió constantemente de hogar. Pero en su juventud, continuó viajando por su cuenta, sin establecerse definitivamente en ningún sitio. Solo al final de sus días, allá en su exilio mexicano, pareció detenerse. Sin embargo, la habitación donde transcurrió aquel tramo final de la vida, en la casa de Concha Méndez, estaba decorada sobriamente: Cernuda nunca se molestó en personalizarla. Igual que si esperara, de un momento a otro, recoger sus pocas pertenencias y marcharse, marcharse en pos de ese loco deseo adolescente que nunca pudo abandonarlo.

Lobos y corderos

El rebaño.

Ahora, la moda es llamarlo bullying, pero el acoso escolar ha existido desde que el mundo es mundo. En una clase nunca ha faltado la figura del marginado, que puede serlo, simplemente, por tener aficiones distintas a la mayoría de sus compañeros, o por constituirse como una persona extremadamente tímida e introvertida, con problemas para relacionarse socialmente. Estos niños y adolescentes se convierten en la víctima perfecta para los clásicos abusones que necesitan demostrar su superioridad –una superioridad ficticia- sobre ellos para sentirse realizados y ser aceptados socialmente. Personas que están convencidas de que serán más admiradas cuanto peor traten a aquellos más vulnerables, aquellos que menos amigos tienen o a los que más les cuesta defenderse. Tristemente, en numerosas ocasiones esto se cumple, convirtiéndose el resto de compañeros en un rebaño que sigue ciegamente al abusón y se une a sus burlas.

Recuerdo a una compañera de los tiempos en los que cursaba la Educación Primaria. No era una niña demasiado inteligente ni buena en los estudios, pero disfrutaba humillando públicamente a otras niñas que no conocían el idioma español porque acababan de emigrar de otros países, o aquellas que eran más introvertidas a causa de una situación familiar complicada. Yo jamás me quedé de brazos cruzados: defendí a aquellas compañeras más vulnerables a pesar de situarme en el punto de mira de la abusona, que gozaba de popularidad en la clase. En esos tiempos, tenía mi grupo de amistades y no me sentía atacada por nadie. Lo fácil hubiera sido unirme a los insultos de aquella chica y reírle las gracias, demostrándole complicidad. Preferí jugarme mi posición social en la clase y hacerle frente, poniéndome de parte de las desfavorecidas. Y por supuesto, mi acción me cobró factura, porque unas cuantas de las compañeras que tan amigas mías decían ser se alejaron de mí para confabularse con la abusona, que desde entonces me convirtió en el nuevo blanco de sus burlas. Realmente, no me importó, porque aquellas niñas demostraron no tener ninguna personalidad, y a mi lado permanecieron las que de verdad sentían aprecio por mí.

En mis años de estudiante de ESO, yo no era demasiado popular y no se me daba muy bien relacionarme con mis compañeros, sobre todo debido a mi timidez. Circunstancia que fue aprovechada por algún que otro abusón que me señaló como el bicho raro, la antipática, la repelente. Me hubiera gustado, en aquellos tiempos, que alguien diera la cara por mí como yo en su día la di por otros, pero es difícil dejar de seguir al rebaño y jugarte tu posición social por actuar contra la injusticia. Al final, fui yo quien tuvo que aprender a defenderse, a superar la timidez y a demostrar que no era ningún bicho raro, que podía tener amigos igual que el resto, y ser admirada y apreciada.

No es cierto que todos los niños y adolescentes víctimas de algún tipo de acoso escolar sufren consecuencias psicológicas de por vida y se convierten en adultos inseguros y con muchos problemas a la hora de salir al mundo. Esto solo se produce en casos extremos, sobre todo cuando ha existido violencia física. Generalmente, el apoyo y la confianza de la familia suelen ser motivación suficiente para que el niño consiga superar por sí mismo la situación.

La opinión siempre se centra en el futuro de las personas víctimas de acoso escolar, pero… ¿qué hay de los acosadores? En muchos casos, la madurez les hace recapacitar y arrepentirse de sus acciones, pero también están aquellos que nunca consiguen alcanzar el suficiente grado de empatía para darse cuenta, y continúan inmersos en una infantil concepción del mundo en la que las personas se siguen dividiendo entre “populares” y “marginados”, como si la sociedad fuera una clase inmensa y ellos necesitaran demostrar su ridícula fortaleza. La inmadurez, la falta de sensibilidad, la intolerancia y la incapacidad de comprender que existan otras filosofías vitales distintas a la suya son, casi siempre, el origen de estos comportamientos. A veces, también aparecen los celos de por medio: la idea de odiar algo simplemente porque ellos no se ven capaces de alcanzarlo. Seguramente, aquella niña de la que se burlaba en sus años escolares, ahora sea una mujer hecha y derecha, probablemente más inteligente que él, que lo contempla con indulgencia y lástima. Y en ese momento, el abusón se convierte en la auténtica víctima: víctima de su propia estrechez de miras.

Si en el mundo de los niños es difícil encontrar apoyos, no digamos en el universo de los adultos. A menudo, las personas se siguen comportando como un rebaño y, aunque perciben la injusticia, no hacen nada para evitarla. En muchas ocasiones, lo que se juegan no es ya la posición social en una clase, sino cosas más determinantes, como un trabajo. No podemos juzgar a nadie, porque no sabemos lo que haríamos si nosotros estuviéramos en su situación. Pero a veces, lavarse las manos y hacer la vista gorda ante un ataque daña más que el ataque en sí mismo.

En conclusión, no podemos olvidar que, como dijo Henri Barbusse, “cada hombre está irremediablemente solo consigo mismo”.