Nueva Orleans
Recuerdo cuando fuimos inmortales.
La luz de media tarde
desparramaba sus cabellos de oro
sobre el sofá.
La vecina del cuarto, aquella niña llamada Mara,
canturreaba una canción de plastilina
en los oídos de las hadas
que nunca se atrevieron a buscarnos.
Mara tenía la mirada bovina
y una ancha sonrisa confiada y patética
colgando con lustrosa placidez de las mejillas.
Yo siempre tuve las pupilas demasiado grandes.
Alguien hablaba de Nueva Orleans
e imaginaba las trompetas conviviendo
con las luces rojizas de los bares,
sombreros desgastados, calles amargas
perfiladas de risas en el anochecer.
Han pasado los años.
Ahora nadie conocerá jamás Nueva Orleans,
asesinada parcialmente por aquel huracán
de principios de siglo.
Dicen que la trompeta de Louis Armstrong
apareció semienterrada en la mandíbula de un río,
que los últimos muertos se reunieron al caer la tarde
para manchar sus voces negras con la sangre del jazz.
Yo no los pude ver, pero sentí una luz de acetileno
naufragando en mis labios.
Recuerdo cuando fuimos inmortales:
Mara, Nueva Orleans y yo.
Corría el año 1995
y mis pupilas todavía vivían
constantemente dilatadas.
Me han contado que Mara se hizo boy-scout
y dejó de cantar para las hadas inexistentes.
Imagino sus ojos de cordero enlutado
contemplando la luna,
la misma luna que en Nueva Orleans
salpicaba las calles amargas de los negros
en el tiempo en que todos éramos inmortales.
Dos jinetes
There must be some kind of way outta here
(Bob Dylan)
Ciudades mareadas,
carreteras besando los neumáticos
igual que amantes esparcidos
bajo la sombra.
La noche siembra luces como pájaros muertos
o brillantes cadáveres que perfuman de euforia
nuestra caduca juventud.
Veo edificios largos de penas sucesivas,
rascacielos afónicos
que enjuagan el sudor de las estrellas
y multitudes naufragando
en historias anónimas
por detrás de millares de ventanas.
Y escucho a Dylan preguntarse
si existe alguna forma de escaparnos de aquí.
Juegas a no mirarme y enfilas la autopista
mientras mi llanto arroja las farolas
en un caleidoscopio.
Somos la fauna descarnada de ciudad,
las huecas muchedumbres
emigrando sin rumbo, como huestes cansadas
y excesivas, hacia la tierra de la madrugada.