Convicciones anémona

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L’Anneau D’Or, René Magritte

La seguridad, ese insecto
Que anida en los volantes de la luz.

Luis Cernuda

 

He intentado buscar el equilibrio.

(He escrito tantas veces esto que, realmente, empiezo a creerlo).

Pero siempre responde el invierno. Con sus luces y sus sombras, sus algarabías de penumbra que dibujan lluvias también en mis pupilas.

Hoy miro el abismo, tentada de saltar otra vez; pensando, de nuevo, que no lo dudaría si me dijeran que mañana es el último día sobre la Tierra. Y ahora es cuando puedo reírme de mi pasado, de mi presente y de todos los futuros que lentamente se difuminan entre la niebla de aquello que todavía no puede ser recordado. Que tal vez no se recuerde jamás y muera despacio en el piso 72 de aquel rascacielos del que una vez hablaba.

Donde una vez soñaba. La ciudad se contempla, desde allí, como una diminuta maqueta asediada de luces de neón, de faros de coche que forman ríos delirantes de pequeñas tragedias. Nunca he subido, pero puedo sentirlo. Sentir cómo soñaba. Cómo la realidad se confunde con ese río de llantos deshumanizados que no contempla mi existencia, que se olvida de gritarme.

Así es como sigo soñando. Sola, distante, igual que un astro. Desesperada, como la última luz del otoño. Porque basta tener una convicción para perderla y verla convertirse en una anémona. La marea vuelve a acercarse a la orilla; continúa su ciclo, me pervierte de sombras. Después querremos huir y convertirnos en aire; marcharnos a altamar, desorientarnos.

En todo este tiempo, he perdido una ciudad y el final de una historia. He viajado al país del Trapecista sin toparme con sus ojos, con su guitarra enquistada. He seguido buscando desenlaces y me he encontrado, de repente, con la familiar presencia de unas chimeneas que me hablaban de infancia y cuentos de papel. He hallado luces inmersas en este caos, habitantes de un mundo que también yo habitaba y que creía olvidado. Lo llamaba Ánesthelv. Ahora, cobra tintes de abismo.

He intentado buscar el equilibrio, pero se me escapa entre los dedos como el aire que nunca llegaré a ser.

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Centro de gravedad

Cerco un centro di gravità permanente
che non mi faccia mai cambiare idea sulle cose,
sulla gente.

Franco Battiato

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Tal vez los abismos estén cosidos a mis ojos y por eso siempre acabo devorada por ellos de una u otra forma. El futuro acecha, inquebrantable e inevitable, como el adiós torcido de este verano que ya comienza a palidecer, a difuminar su silueta. Todo podría ir siempre mejor cuando el estío se despide y comenzamos a hacer balance de los desperfectos de cada crepúsculo; midiéndolos, cotejando cifras invisibles, cortándonos con sus esquirlas de oscuridad. Y a la vez ocurre esa nostalgia que idealiza el lento paso de los días a los que hemos sido sometidos.

Yo solo quería alcanzar el equilibrio. Nada más que eso. Reconciliarme con el futuro y verlo allí esperando –esperándome-, al fondo de mis días, como un perro manso con los ojos de lluvia. En cambio, miro al frente y una manada de caballos se aleja de mí: sus crines cosidas a recuerdos multicolores, a las palabras que me dedican los cientos de voces que quieren guiarme por cientos de caminos diferentes. A mis emociones, siempre tan a flor de piel. Hay tantos caballos, tantos recuerdos, tantas palabras; que no puedo más que abandonarme, a veces, a la marea. Marcharme otra vez a altamar, muy lejos de la orilla; contemplar la tierra como un puñado de siemprevivas desde lo más alto de un suspiro. Palidecer, difuminar inevitablemente mi silueta.

Todo podría ser, pero todo ha sido. Todo es. El equilibrio puede consistir, simplemente, en no perder el centro de gravedad que nos mantiene despiertos, atados a esta realidad tejida de abismos. Cada uno tiene su propio centro de gravedad y eso es lo único cierto del futuro.