El enigma Unamuno

La controvertida figura de Miguel de Unamuno ha vuelto al candelero desde que, en 2019, se estrenara la última película de Alejandro Amenábar: Mientras dure la guerra, ambientada en la Salamanca de 1936, que fue una de las primeras conquistas del bando sublevado en la Guerra Civil. Se centra en los últimos meses de vida del escritor bilbaíno, que se presenta al espectador como una persona contradictoria y confusa, errado admirador de los sublevados en un primer momento, detractor constante de unos y otros. El problema a la hora de afrontar la biografía de una persona tan compleja como Unamuno es que la hazaña exige no pocos testimonios, pruebas y estudios pormenorizados de la evolución de su pensamiento para no caer en la simplificación, como, en mi modesta opinión, ocurre en la película, en la que un espectador que no disponga de un conocimiento más o menos amplio del pensamiento unamuniano puede sacar la sucinta conclusión de que Unamuno fue un fascista arrepentido en el último momento. Tal vez aquí también influya el empeño de Amenábar, como de tantos otros creadores contemporáneos, por equiparar ambos bandos, ponerlos a la misma altura, cuando la realidad puede resumirse en un gobierno legítimo y democrático –la República– y una sublevación violenta, dirigida por los sectores más conservadores de la sociedad, que inició la Guerra Civil.

Pero no es mi intención ahora la de incidir en ese tema, en la necesidad de que en España se apruebe una Ley de Memoria Histórica que reparta justicia y cierre heridas. Intentaré, en cambio, expresar mi sorpresa ante el estreno, en 2020, del documental Palabras para un fin del mundo, dirigido por Manuel Menchón y centrado también en esos últimos meses de Unamuno, pero fruto de una pormenorizada investigación que incluye multitud de testimonios, documentos de la época, cartas… Miguel de Unamuno ya no aparece como un personaje inexplicable y deshilachado, sino como un héroe trágico que de todo dudaba y contra todo se rebelaba, guiado por la angustiosa obsesión de llegar a la verdad.

Tras el documental, su director Manuel Menchón y Luis García Jambrina, profesor de Literatura Española en la Universidad de Salamanca, han escrito mano a mano un ensayo que amplía las hipótesis y las reflexiones presentadas en el filme para adentrarse en la polémica suscitada. La doble muerte de Unamuno, publicada recientemente en la editorial Capitán Swing, es la prueba de que se puede ser riguroso sin caer en el excesivo academicismo, y nos sumerge en un apasionante y ameno viaje por esos últimos momentos de la vida de Unamuno; pero no se queda en la superficie, sino que analiza también la complicada personalidad del bilbaíno y profundiza en la trayectoria de las personas que resultaron importantes en ese final, de un modo u otro, como es el caso del joven falangista Bartolomé Aragón, único testigo en el momento de su muerte, cuyo relato oficial cae en numerosas contradicciones.

El acertado título de la obra hace referencia a una doble muerte: la física y la simbólica. Tras la primera, acaecida el 31 de diciembre de 1936, la Falange se apropió de la figura de Unamuno y lo enterraron con honores de falangista, a pesar de que él siempre rechazó sus postulados, puesto que iban en contra de la libertad de pensamiento. Para muchos republicanos, ya estaba muerto antes del 31 de diciembre: lo estaba desde que apoyó al bando sublevado a comienzos de la Guerra Civil. Realmente, la decepción de Unamuno para con la II República –los “hunos”– lo condujo a la equivocada postura de contemplar a los sublevados como una esperanza para el país, pero pronto fue consciente de su error: los “hotros” resultaron peores que los “hunos”. El ensayo profundiza en esa idea y en algunos detalles relevantes, como las cinco mil pesetas que supuestamente donó al bando sublevado, que exageró la cantidad –se hablaba de quince mil en la prensa–. Además, para los autores, es muy probable que la donación no fuera voluntaria, precisamente.

Más allá de la abundancia de testimonios y del preciso perfil de la figura de Unamuno que se presenta en el ensayo, hay un punto que lo hace todavía más interesante. Sin caer en acusaciones y moviéndose siempre en el terreno de la hipótesis, los autores nos ofrecen una serie de circunstancias sospechosas en torno a su muerte. En primer lugar, las contradicciones en el relato de su único testigo, Bartolomé Aragón. En segundo lugar, el extraño diagnóstico del doctor Núñez, el médico que lo examinó inmediatamente después de su muerte, que pudo tratar de dar una pista para que, en el futuro, a alguien le chocara e investigase. Por último, la urgencia que demostraron familiares y miembros de la Falange por enterrarlo cuanto antes. Inevitablemente, surge la pregunta: ¿la muerte de Unamuno fue natural o provocada?

Por muchos motivos, La doble muerte de Unamuno –así como el documental que la complementa– es una obra fundamental para los admiradores del torturado y quijotesco don Miguel, que nos permite comprenderlo un poco mejor, aunque en torno a su figura pervivan innumerables incógnitas.