“La taza rota”, de Florencia Madeo Facente

La poesía se concibe como una forma distinta de enfocar la realidad, de desgranarla despacio y analizarla, a veces desde filtros muy particulares, que no pueden ser comprendidos del modo habitual. En La taza rota (Liliputienses, 2020), la joven poeta Florencia Madeo Facente (Buenos Aires, 1992) contempla el mundo que la rodea y lo traduce a una hilera de imágenes, a menudo enigmáticas, que no se alejan, sin embargo, de la claridad. Algo así como una sencillez envuelta en un aura onírica, un aura especialmente presente en algunas composiciones como “La extinción”, a través de imágenes persistentes: “La calesita es su música, la calesita es su música. / Sigo la música hasta encontrarla. / Si fuera solo por mí, no la encontraría jamás”.

Dos elementos contribuyen a crear este efecto. El primero es el ritmo, atravesado por frecuentes repeticiones y paralelismos: “Un candado asesinó a la ama de llaves. / Un candado asesinó a la ama de llaves”. En el magnífico poema que abre la obra, ese “Allá vivías vos” que persiste como una obsesión dentro de un sueño:

“Primero el dolor de la muerte de mis animales
antes, unos círculos se abrieron en una pileta a oscuras
como una canción de cuna en un hospital
que abandonó su fuerza y soltó su piedra.
Un cableado eléctrico rodea todas las casas del mundo.
Los sapos rodean un sol de noche, hipnotizados.
Allá vivías vos, era una isla de vidrio como ojos sobre una almohada.
Allá vivías vos.”

El segundo elemento es la imagen, la metáfora. La poeta demuestra gran maestría en el uso de este recurso, que le sirve para no quedarse en la superficie de la experiencia, sino ahondar también en el lirismo: “Lo que pasa en primavera es que está siempre amaneciendo”, “La tormenta es un gigante tirando árboles. Emociona también su contemplación del pasado: “A veces las cosas pasan demasiado cerca / y el pasado parece un funeral sin llanto. / No te olvides de dejar la ventana abierta / para que no regrese”.

Pero, en contraste con ese lirismo, también unas botellas de zumo que se acaban o una pantalla de móvil rota suponen el pretexto para hablar del paso del tiempo. Asimila las cosas inalcanzables al fondo de los videojuegos, La poeta es consciente de esta dualidad que se refleja en su propio ser y la exterioriza en “Cumplir 25 años”: “Hay igual distancia entre los veinte y los treinta, / sé que puedo ser un puente en destrucción / o todo lo contrario”. Tal vez ese carácter transitorio es el que hace del viaje una constante en la obra, con la distancia implícita en la que puede nacer el amor: “Cuando allá, del otro lado del océano, / eran las cinco de la tarde, / recordabas decirme por teléfono / buenas noches”.

No se limita a mirar en su interior; también hay una preocupación social, por la naturaleza, por los animales en peligro de extinción, como el leopardo nublado, las personas que duermen en la calle, la cultura del hiyab. Estas imperfecciones de la realidad, que conforman esa “taza rota”, pasan por los filtros de la poeta, por sus ojos de mujer-niña, son traducidas a su particular idioma poético. Porque, como afirma la propia poeta, “Ahora los poemas parecen pequeños telegramas / entre nosotros mismos, símbolos que desencriptamos”.