Este tiempo

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Fotograma de Casablanca (Michael Curtiz, 1942)

El espléndido palacio de papel de los peregrinajes infantiles.

Alejandra Pizarnik

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“La vida te da sorpresas; sorpresas te da la vida”, que cantaba Rubén Blanes. Últimamente, esta canción viaja constantemente en mi cabeza, prendida a una retahíla de recuerdos azules. Han pasado tantos años desde que Pedro Navaja cruzó aquella avenida. Hay vidas que se trastocan de forma tan vertiginosa que empiezan a asemejarse al argumento de algunas de esas películas españolas que son demasiado dramáticas para resultar creíbles, y me viene a la cabeza Alas de mariposa, de Juanma Bajo Ulloa. Pedro Navaja y su diente de oro. Yo era muy niña, por entonces. Canturreaba distraídamente al abrigo de las noches de verano en el patio de la urbanización. Eran los tiempos en los que la piscina permanecía abierta hasta las doce de la noche, sin socorrista. Bucear con gafas de agua era entonces sumergirte en una película en blanco y negro. Las historias de amor eran más creíbles antes del Technicolor. Pero Casablanca, en el presente, puede seguir emocionando, porque un beso sigue siendo un beso, un suspiro sigue siendo un suspiro; aunque se disfrace de “ciudad de las estrellas”. Siempre pensé que me enamoraría de un pianista; tal vez porque inconscientemente buscaba un final dramático y un local al que saber regresar después de muchos años. El amor no debería pasar del blanco y negro. El auténtico drama es la vida, con todas sus espinas, y para eso no es necesario acudir a las películas; pero nos gusta emocionarnos con Ingrid y Humphrey, aunque ya no sean Ingrid y Humphrey. Siempre nos quedará… No siempre. Tal vez no siempre. Pero sí siempre mientras sepamos recordar. Al final, la filosofía que nos ocupa consiste en recordar y dejarnos llevar, apresando las luces del presente mientras la realidad huracanada nos empuja. Ninguna luz es eterna. La vida te da sorpresas, sí. Casi nunca buenas. Pero alguna vez también extrañaremos este tiempo.

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Alguien más

Hasta las hojas más íntimas
Ojos de la Tormenta estaba enamorado
aun sin saber de quién.

(Luis Cernuda)

azulcinemascope

Hay noches en las que el mundo se parece a una canción de Al Stewart y me presiento cuajada de habitaciones de hoteles y de maletas a medio deshacer, en medio de rascacielos indiferentes y de ciudades sin alma. Si estás a mi lado, esas mismas ciudades se encienden y sonríen con fogonazos de neón y hay voces que gritan a todo color

MANHATTAN

MANHATTAN

MANHATTAN.

Nunca comprendo el motivo pero, en cambio, sé que podríamos pasarnos la noche entera vigilando las tormentas de los transeúntes desde la terraza del piso 72 de aquel rascacielos que todavía ningún arquitecto ha decidido construir.

Me gusta mirarte a los ojos. No los tienes de ningún color o, más bien, los tienes de todos los colores. A veces eres rubio y, poco a poco, tu cabello se va oscureciendo y tu sonrisa no es la misma. Eres muchas personas a la vez, y ninguna. Pero tu forma de mirarme no cambia, y siempre que eso  ocurre me acuerdo de aquellas palabras de Goytisolo, aquellas que decían: “Miras a quien te mira y quisieras tener el poder necesario para ordenar que en ese mismo instante se detuvieran todos los relojes del mundo”.

Luego el viento se deshace a nuestro alrededor y la noche se vuelve la nuit, y los colores cortantes del crepúsculo sucumben a aquel París bohemio que solo existe en imaginaciones sobrecargadas de fogonazos (MANHATTAN MANHATTAN MANHATTAN). Al fin y al cabo, de París únicamente queda un trocito junto al Sacré Coeur: un rinconcillo tamizado de acordeón en el que, mirando a través de unas rejas, se puede contemplar la Tour Eiffel. Porque todos los poetas malditos y las historias de revoluciones viajan en tus pupilas, esas cuyo color me gustaría adivinar. (Por fin logro escuchar “La vie en rose” sin la venenosa dosis de tristeza que me desbordaba las entrañas.)

Pero si tuviera que elegir una canción de amor, ya sabes cuál sería. Me la reservo para el sueño de alguna noche del verano madrileño en la que incluso las estrellas se atrevan a escapar por el lienzo postimpresionista del firmamento. No me preguntes en qué lugar estamos; no soy capaz de distinguirlo. Me siento hechizada por tu voz, que me envuelve y me acuna despacio, como si no fuera más que una niña que tuviera frío. Me coges de la mano, comenzamos a caminar por calles por las que nunca había pasado –tú, y solo tú, conoces todos sus secretos– y, a lo lejos, la ciudad resplandece. Sí: lo has adivinado. Es nuestra canción: aquella de los Moody Blues que se pierde por las lejanísimas fronteras del siglo veinte. Quisiera volver. No; más bien quisiera que volvieses. Aunque no te vea. O mejor aún: quisiera bailar, pero bailar de verdad, despacio, mirándonos a los ojos –a tus ojos desconocidos–. Parece que a todo el mundo se le ha olvidado, ¡y yo que todavía tengo que aprender…! Te estaba esperando; sabía que llegarías, para enseñarme, porque a ti sí te gusta bailar. Moriremos bailando las noches de blanco satén mientras Madrid se consume en su propio fuego de alto voltaje y, al despertar la mañana…

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¡…No! Has vuelto a cambiar de canción. ¿Es porque está amaneciendo? ¿Porque lentamente regresamos a Al Stewart y a mi Manhattan imposible y a las horas secuestradas en una maleta sin haberme movido de mi habitación? Sí, ya recuerdo cómo empezaba: On a morning from a Bogart movie, in a country when they turn back time… Humphrey nunca fue guapo, ¿verdad? Pero tenía algo en la mirada que… Algo que parecía decir: “Volveré”.

¿Volverás tú también? Sí; sí que lo harás; todavía no me has enseñado a bailar… pero vuelve convertido en ti mismo, para que pueda mirar tu pelo y el verdadero color de tus ojos.

Te vas otra vez, despacio, como arrepintiéndote. La ciudad comienza a desvanecerse de nuevo en el gris de los aires, y una pregunta se queda flotando entre la niebla.

¿Quién eres? 

Marina Casado, Mi nombre de agua

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