Los Bardos, de viva voz en la Casa Encendida

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Mariló Gutiérrez Blesa, Débora Alcaide, Francisco Raposo, J. L. Arnáiz, Alberto Guerra, Rebeca garrido, Alberto Guirao, Andrea Toribio, Marina Casado, Eric Sanabria y Andrés París. La Casa Encendida, Madrid, 12/4/18. Fotografía: Catalina de Vicente

La incesante lluvia madrileña no impidió que, el pasado jueves 12 de abril, la Biblioteca de La Casa Encendida se llenara de poetas, de amigos, de personas dispuestas a escuchar —“escuchar”, esa acción tan denostada hoy en día—. Los Bardos hacíamos la primera aparición oficial para presentar nuestra Antología, de la mano de José María Gutiérrez de la Torre: el hombre que ha transformado nuestras ilusiones en libro. Es José María uno de esos editores idealistas de los que apenas ya se encuentran, de los que creen en las utopías y todavía se emocionan ante el verdadero amor por la literatura, por la cultura. Nosotros tuvimos la suerte de cruzárnoslo en el camino y le debemos su apoyo incondicional a nuestra causa desde el principio. Como él dice siempre —y aquí recomiendo su libro 35 notas del editor y otros escritos—, la figura del editor es mucho más importante de lo que habitualmente se cree en un libro, en un proyecto, en la carrera de un autor. José María —así como Lucía, que ha luchado y trabajado desde la editorial para darnos a conocer— son también parte de este libro. Desde mi papel de antóloga, lo único que exigí a mis compañeros bardos fue un respeto hacia mi trabajo y mi persona. Lo obtuve de los once sobradamente, unido a la ilusión y al agradecimiento, un agradecimiento que es mutuo, porque todos somos padres de este libro.

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Nueva Orleans

 

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Recuerdo cuando fuimos inmortales.
La luz de media tarde
desparramaba sus cabellos de oro
sobre el sofá.
La vecina del cuarto, aquella niña llamada Mara,
canturreaba una canción de plastilina
en los oídos de las hadas
que nunca se atrevieron a buscarnos.
Mara tenía la mirada bovina
y una ancha sonrisa confiada y patética
colgando con lustrosa placidez de las mejillas.
Yo siempre tuve las pupilas demasiado grandes.
Alguien hablaba de Nueva Orleans
y yo veía las trompetas conviviendo
con las luces rojizas de los bares,
sombreros desgastados, calles amargas
perfiladas de risas en el anochecer.

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