Recordemos quién es Simba

Fotograma de la nueva versión de El Rey León, estrenada en 2019

Lo confieso: tenía unas expectativas muy bajas respecto a la nueva versión de El Rey León, dirigida por John Favreau. Sin duda, eran consecuencia de la decepción causada por anteriores remakes como Dumbo o Maléfica, en los que los guionistas y directores parecen más preocupados por ceñirse a lo políticamente correcto que por preservar la esencia de las películas originales, llegando hasta el punto de destruir completamente la magnífica escena de los elefantes rosas en Dumbo, por ejemplo, que en la versión original era una alegoría al delirium tremens. Porque, ¿cómo va a emborracharse el elefantito? Los niños de hoy no están preparados para escenas de ese calibre, a pesar de que la mayoría empiece a hacer botellón antes de los trece años. Cuánta hipocresía social.

Habrá quien me acuse de conservadora, pero, no nos engañemos: ¿a qué viene toda esta fiebre actual de Disney por resucitar los clásicos con la tecnología contemporánea? Por mucho que a los niños no les desagrade, estos son, en muchos casos, la excusa de sus padres o de sus primos mayores para acudir al cine a ver esa nueva versión del clásico que marcó su infancia. El público principal de todos estos experimentos son, sin duda, las generaciones anteriores: los nostálgicos. Por eso, ¿no sería más lógico centrarse en satisfacer sus expectativas y no alejarse tanto de la versión original?

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El caso de El Rey León me afectaba más que otros, porque ha sido, desde siempre, mi película favorita de Disney –junto con La Bella Durmiente, claro–. Puedo afirmar con orgullo que la vi en el cine cuando se estrenó en 1994. Tenía cuatro años, pero jamás olvidaré el desasosiego que me causó la muerte de Mufasa. He visto tantas veces la película a lo largo de mi vida que conozco de memoria todos los diálogos. Cuando descubrí el primer tráiler de la nueva versión, comenzó a librarse en mi interior una pequeña batalla. Por una parte, me hacía ilusión y me causaba una curiosidad intensa. Por otra, temía que no quedara nada de la esencia primigenia –eso que dicen de “destruirte la infancia”–. Llegué a plantearme si debía verla o no.

Finalmente, he ido al cine y, a pesar de mi escepticismo, he salido con buenas sensaciones, en general. Se me erizó la piel en los primeros minutos, con la fidelidad al clásico en el tema inicial de la banda sonora, que constituye uno de los comienzos más míticos de Disney: “El ciclo de la vida”. Casi lloré de la emoción cuando la cámara se fue acercando progresivamente a la Roca del Clan, con la figura de Mufasa recortada sobre el cielo. En la técnica del realismo por ordenador, todo parece más magnífico. Y ese ha sido, quizá, el gran logro de la nueva versión: la escenografía. Ha habido más aciertos reseñables, como los personajes de Rafiki, Timón y Pumba, que no pierden su esencia –ayuda mucho el hecho de que, en estos tres casos, se ha respetado el doblaje de la película de animación–. Las escenas añadidas, en torno a la vida de Simba en la selva, con Timón y Pumba, no han causado ningún perjuicio; al contrario: aplaudo a los guionistas. Los animalitos que acompañan al trío original resultan entrañables, especialmente los antílopes.

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Scar y Mufasa en la versión de 1994

Sin embargo, el paso de la animación al realismo virtual también ha ocasionado pérdidas. Principalmente, en el carácter de algunos personajes, que ven mermada su expresividad respecto a la caricatura: el joven Simba es menos hippie, Mufasa se deja parte del carisma por el camino –no puedo concebirlo sin el doblaje de Constantino Romero, la verdad–; pero la víctima principal es, desde luego, Scar, al que siempre he considerado el malvado más carismático de Disney. Sus expresiones faciales, el tono de su voz: todo se vuelve más plano; pierde el genial sarcasmo que lo caracterizaba, se convierte en un villano al uso. Su relación con las hienas también cambia: de ser el rey de la oscuridad, respetado y temido, en esta nueva versión casi tiene que pedirles un favor para que lo ayuden a llegar al trono. Vemos cómo Sensi, la cabecilla de las hienas, adquiere un empoderamiento con el que no contaba en la versión original. La consecuencia de estos cambios es que el tema de la BSO “Preparaos”, uno de mis favoritos, prácticamente desaparece. No queda nada de aquellos lúgubres ejércitos de hienas desfilando ante un orgulloso Scar erguido en las alturas, flanqueado por llamas verdosas.

Hay otras escenas míticas que se han echado de menos, como los monótonos cantos de Zazú, cuando Scar lo hace prisionero, o las enseñanzas de Rafiki respecto a aprender del pasado, en vez de huir de él. Solo menciono, por supuesto, aquellas que hubieran podido incluirse dentro de este nuevo “realismo”, pues hay otras –por ejemplo, la torre de animales al final del tema “Yo voy a ser el Rey León”– que no habrían resultado procedentes. En conclusión: me alegro de haber conocido la nueva versión y la recomendaría a todos los nostálgicos, aunque soy consciente de que es un asunto delicado y puedo entender a aquellos que la critican. Al fin y al cabo, la obra maestra es la original de 1994, uno de los filmes con más hondura y sensibilidad de Disney, que nos propone reflexionar sobre la propia identidad y el recuerdo de los seres queridos, aquellos que, como nos enseñó Mufasa, nos observan desde las estrellas y nos aconsejan desde dentro de nuestro corazón. Lo importante, siempre, es no olvidar quiénes somos. Y Simba, en 2019, sigue recordándolo.  

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Fotograma de la versión original de 1994
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El deslucido regreso de Mary Poppins

Cartel de la película El regreso de Mary Poppins (2018)

En sus intentos contemporáneos por revivir viejos clásicos, Disney la ha tomado en esta ocasión con una de mis películas favoritas de todos los tiempos: Mary Poppins, estrenada en España en 1965 y dirigida por Robert Stevenson. En su día, la obra provocó una notable polémica a causa de que a P. L. Travers, la autora de cuyos libros sirvieron de inspiración a Disney, no le agradó la adaptación cinematográfica. Por eso, a pesar del éxito de la película, no pudo grabarse una secuela, como le hubiera gustado al director. Cincuenta y tres años más tarde, con Travers bajo tierra desde hace dieciocho, llega por fin a todas las pantallas El regreso de Mary Poppins, dirigida por Rob Marshall. Así, a destiempo y por sorpresa, cuando la entrega original se había convertido en un clásico venerado e intocable. Un panorama con barra libre para el escepticismo.

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Segunda estrella a la derecha

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Fotograma de la película Peter Pan (Walt Disney, 1953)

Publicado en Estrella Digital el 2/10/18

Hubo un tiempo en el que el tiempo no existía, al menos no con la consistencia presente, con la insultante realidad afilada. Esa época dorada, suave y plena de horizontes es la infancia. Todos hemos soñado en ella y la hemos llorado desde fuera. Se dibuja como una isla extraviada, inaccesible, como un Edén bíblico. Escribió Luis Cernuda:

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.

Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. (Luis Cernuda, Ocnos).

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Presentación de “La nostalgia inseparable de Rafael Alberti” en El puerto de Santa María

Diciembre toca a su fin y ha sido un mes muy intenso para mí, en el terreno literario. El pasado jueves 14 viajé a tierras gaditanas, a El Puerto de Santa María, para presentar mi último ensayo en la Fundación Rafael Alberti. Mi conferencia formaba parte de los actos celebrados por el aniversario de Alberti. Este año, Rafael hubiera cumplido 115 años. Fue maravilloso estar allí, en su pueblo natal, en la casa donde vivió, hablando de él y recitando poemas suyos. El público, muy acogedor y entrañable. Enrique Pérez, secretario de la Fundación, me acompañó en la mesa.

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Marionetas

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Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
                                        la memoria.

Ángel González

Llegados a este punto, apenas nos queda algo que esperar del verano. Tal vez, el último baile improvisado. Todo ha quedado demostrado ya: han caído las máscaras, se han hecho patentes los olvidos, han reforzado su brillo las estrellas que eran realmente astros y no efímeros, engañosos aviones. Se ha enquistado el dolor y arde como el metal más candente por detrás de los párpados del sueño.

He dejado de creer en las causas perdidas al erigirme como paradigma de todas ellas. Y otra vez caminaré por el sendero de nubes que me condujera al precipicio. Otra vez seguiré una ciega esperanza, como si todavía las ilusiones constituyeran presencias más reales que la fantasmagórica idea de esperar algo, quién sabe qué: una suerte de destino encallado que nos aguarda, una flor escondida, un beso azul en la esquina del otoño. El destino, el destino inservible.

Es el azar el que nos maneja como marionetas heridas, grotescos títeres que el tiempo ha ido tallando a fuerza de puñaladas, de ausencias, de adioses mudos. De soledad, pero también de recuerdos. Hay que susurrar, decir las verdades muy despacio para que el azar no nos sorprenda, no nos asesine por la espalda. Hay que vivir con el temor al próximo desprendimiento.

Y sin embargo, yo solo consigo mirar hacia atrás.