Segunda estrella a la derecha

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Fotograma de la película Peter Pan (Walt Disney, 1953)

Publicado en Estrella Digital el 2/10/18

Hubo un tiempo en el que el tiempo no existía, al menos no con la consistencia presente, con la insultante realidad afilada. Esa época dorada, suave y plena de horizontes es la infancia. Todos hemos soñado en ella y la hemos llorado desde fuera. Se dibuja como una isla extraviada, inaccesible, como un Edén bíblico. Escribió Luis Cernuda:

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.

Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. (Luis Cernuda, Ocnos).

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Presentación de “La nostalgia inseparable de Rafael Alberti” en El puerto de Santa María

Diciembre toca a su fin y ha sido un mes muy intenso para mí, en el terreno literario. El pasado jueves 14 viajé a tierras gaditanas, a El Puerto de Santa María, para presentar mi último ensayo en la Fundación Rafael Alberti. Mi conferencia formaba parte de los actos celebrados por el aniversario de Alberti. Este año, Rafael hubiera cumplido 115 años. Fue maravilloso estar allí, en su pueblo natal, en la casa donde vivió, hablando de él y recitando poemas suyos. El público, muy acogedor y entrañable. Enrique Pérez, secretario de la Fundación, me acompañó en la mesa.

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Marionetas

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Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
                                        la memoria.

Ángel González

Llegados a este punto, apenas nos queda algo que esperar del verano. Tal vez, el último baile improvisado. Todo ha quedado demostrado ya: han caído las máscaras, se han hecho patentes los olvidos, han reforzado su brillo las estrellas que eran realmente astros y no efímeros, engañosos aviones. Se ha enquistado el dolor y arde como el metal más candente por detrás de los párpados del sueño.

He dejado de creer en las causas perdidas al erigirme como paradigma de todas ellas. Y otra vez caminaré por el sendero de nubes que me condujera al precipicio. Otra vez seguiré una ciega esperanza, como si todavía las ilusiones constituyeran presencias más reales que la fantasmagórica idea de esperar algo, quién sabe qué: una suerte de destino encallado que nos aguarda, una flor escondida, un beso azul en la esquina del otoño. El destino, el destino inservible.

Es el azar el que nos maneja como marionetas heridas, grotescos títeres que el tiempo ha ido tallando a fuerza de puñaladas, de ausencias, de adioses mudos. De soledad, pero también de recuerdos. Hay que susurrar, decir las verdades muy despacio para que el azar no nos sorprenda, no nos asesine por la espalda. Hay que vivir con el temor al próximo desprendimiento.

Y sin embargo, yo solo consigo mirar hacia atrás.

Con Rafael Alberti en la Feria del Libro de Madrid

El pasado domingo 4 de junio fui a la Feria no como lectora, sino como autora, por cuarto año consecutivo. Estuve firmando ejemplares de mi nueva obra, La nostalgia inseparable de Rafael Alberti, junto con mis dos poemarios. Muchos amigos acudieron a saludarme y a comprarme el libro y fue una bonita ocasión para reencontrarme con algunos a los que no veía desde hace tiempo. Aquí os dejo una sesión fotográfica a cargo de Javier Lozano:

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Si alguien se quedó con ganas de verme en la Feria, todavía queda una ocasión el próximo domingo 11, que además es el último día. Estaré de 18:00 a 21:30 h.:

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Pero el verdadero gran día será el lunes 12, cuando presento la obra en el Ateneo de Madrid junto a mi director de tesis, el catedrático de la UCM J. Ignacio Díez; el escritor y ateneísta Miguel Losada, gran conocedor de la Generación del 27, y José María de la Torre, director de Ediciones de la Torre. Alejandro Sanz, presidente de la Sección de Literatura del Ateneo, presenta el acto, que será gratuito y de entrada libre. Aquí os dejo la invitación:

invitación

Siete

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El Ángelus, Salvador Dalí

Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.

Federico García Lorca

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Remontémonos siete años atrás. El mismo escenario desde distinta perspectiva. La carretera por la que siempre pasaba el autobús que tomaba para ir de Plaza Elíptica a Getafe, a la universidad, contemplada desde un balcón. Yo en ese balcón, pensando en mí misma en aquel autobús, el 441, contemplando el edificio donde jamás quise estar. El edificio con un balcón, con muchos balcones, construidos con el fin de que las personas que deban ir a ese edificio —y es importante aquí el sentido del verbo “deber”— puedan respirar. Y con respirar quiero decir inspirar muy profundamente, intentando aflojar el nudo en el que se ha convertido su pecho. Pero el aire no basta. En realidad, nada hará desaparecer el nudo. El tiempo lo aflojará, pero seguirá existiendo.

No era la misma persona la que cada día miraba los balcones desde el autobús que la que miró los autobuses desde el balcón, una sola vez. Después, la persona del balcón tomó muchos más autobuses y miró los balcones a través de la ventanilla, pero seguía sin ser la misma. El balcón la cambió para siempre. El balcón con sus ladrillos rojizos, con su tejadillo negro para proteger de la lluvia, cuando esta se produjera, a las personas que debían acudir al edificio. El paisaje, la estación, el clima, pueden variar. Pero el nudo siempre es el mismo. Te asfixia. Te nubla. Te cambia.

Hace siete años que contemplé los autobuses desde aquel balcón.  Hace siete años que el teléfono me despertó. Hace siete años que no imaginé que, siete años más tarde, el teléfono volvería a despertarme. No me refiero a una simple llamada de teléfono, no. Ni a un despertar rutinario. Se trata de despertares que te cambian, de llamadas de teléfono que se temen con la certeza de los condenados a la realidad. De las que se esperan toda la noche sin dormir. De las que te hacen desear que la noche no termine. No despiertas porque estuvieras dormida. Despiertas en vigilia, y eso es precisamente lo terrible.

Despertar es comprender que nunca volverás a ser la misma que contemplaba los balcones del edificio rojizo desde el 441. O que el amor no se demuestra con un mensaje de texto de tres palabras: “Lo siento mucho”. El amor hubiera sido una mano que apretara la mía desde aquel balcón, contemplando los autobuses. Despertar es verte obligada a hablar en voz alta cuando estás sola porque no puedes hablarle más a aquella persona a la que quisieras dedicarle tus palabras. Es marcar una línea en la vida y definir todo lo que queda atrás bajo el apelativo de “recuerdos”. Es crecer a marchas forzadas.

Y aquello fue solo un aprendizaje, un sombrío entrenamiento; faltaba el verdadero despertar. Tampoco soy ya la misma que miró desde el balcón hace siete años. Hay nudos que primero nos asfixian y después nos acaban definiendo. Porque la muerte siempre nos cambia.