Presentación de “La nostalgia inseparable de Rafael Alberti” en El puerto de Santa María

Diciembre toca a su fin y ha sido un mes muy intenso para mí, en el terreno literario. El pasado jueves 14 viajé a tierras gaditanas, a El Puerto de Santa María, para presentar mi último ensayo en la Fundación Rafael Alberti. Mi conferencia formaba parte de los actos celebrados por el aniversario de Alberti. Este año, Rafael hubiera cumplido 115 años. Fue maravilloso estar allí, en su pueblo natal, en la casa donde vivió, hablando de él y recitando poemas suyos. El público, muy acogedor y entrañable. Enrique Pérez, secretario de la Fundación, me acompañó en la mesa.

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Rafael y el levante

con rafa

Alguien reía junto a la orilla.
En una playa que se escapaba al tiempo
donde a lo lejos,
tímidamente suspendidas sobre el acantilado,
se levantaban mis miradas.
Lo veía jugar, incandescente,
rodeado de azules y blancos gaditanos,
y en sus ojos de cielo
descansaba la espuma del Atlántico.
Sus temblores de niño de principios de siglo
hablaban ya de versos tachonados de nube,
de enigmas vanguardistas, de ángeles sombríos,
de sangre de acuarela derramada en sonetos
y en palomas ligeras, filarmónicas,
que confundían dulcemente la noche y la mañana.
Y aquella playa era su playa.
La Andalucía rota de cante jondo y de luceros
desgarraba la realidad como en un sueño,
dibujándolo a él en cada sacudida:
a él y a aquella infancia ciega
que respirase para siempre en cada verso.

El levante es locura disfrazada de viento:
azules que se mezclan con épocas remotas
y con atardeceres de poesía que nunca contemplé,
donde jugar en una playa
era apenas el único horizonte recordado.

Volvería una y otra vez sobre tus aires, Cádiz;
regresaría para desvanecer crepúsculos y lágrimas,
colorear inviernos,
imprimir lunas en forma de baladas
y soñar con aquella silueta de contrapuntos italianos
que me regala una mirada pícara
antes de desteñirse nuevamente
bajo el pincel del tiempo.

Marina Casado, Mi nombre de agua

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En el Sur

El pasado lunes me despedí de Madrid temporalmente y partí hacia el suroeste, hacia tierras extremeñas, perfumadas de encinas y de guitarras emocionadas. Villafranca de los Barros… Lo llamo “mi pueblo”, pero en realidad es el de mi madre, porque yo nací en Madrid. Sin embargo, después de toda la vida yendo en verano o en Semana Santa y de conocer todas las tradiciones, dichos populares, leyendas urbanas y demás asuntos regionales -además de ser capaz de reproducir el acento local con un 10 % de margen de error-, puedo considerarme una especie de “hija adoptiva” de Villafranca.

En el cartel de entrada, pone “Villafranca de los Barros, ciudad de la música”, porque, según parece, tiene una amplia tradiciòn musical. Mas tradicionales me parecen, sin embargo, las bollas con huevo, las perrunillas y las flores, todos ellos dulces típicos -lo confieso, soy una golosa. Y para los amantes del vino, el pueblo es famoso por Viña Canchal, vino de tierra de barros, muy célebre y, según dicen, la quintaesencia de su género.

Al pueblo no le falta de nada, excepto amigos… (villafranqueses que leáis esto, ¡manifestaos!). Se producen, además, unas situaciones muy divertidas, como la que reproduzco a continuación:

SEÑORA 1– ¿Vive aquí el Vueltina?

SEÑORA 2– Si, aquí, a dar una vueltina…

SEÑORA 1– ¡No! Que si vive aquí el Alehandro, el Vueltina…

En la Carrera Grande de Villafranca de los Barros, Badajoz
En la Carrera Grande de Villafranca de los Barros, Badajoz

Escribo estas palabras desde el porche de la casa de Conil donde me alojaré hasta el 15 de agosto con mi familia. El viento de levante me azota los cabellos y me incita a cometer un asesinato o a comenzar una religión, como diria Jim Morrison. El levante, en Cádiz, es la locura andaluza hecha viento. Rafael Alberti, en La arboleda perdida, tiene un estudio muy clarividente al respecto…

Conil de la Frontera, situado en plena Costa de la Luz, a unos 50 km. de Cádiz, es un pueblo costero de azules y blancos gaditanos. Tiene una playa inmensa, que no ha perdido del todo su toque salvaje, y calles estrechas y empinadas que por la noche desprenden un aroma mágico a esa planta que en Andalucía llaman “dama de noche”. Conil puede ser una guitarra doliente o unas palmas alegres, una bandada de flamencos o un firmamento que se deshace para en el mes de agosto desprenderse en decenas de estrellas fugaces, popularmente conocidas como las Lágrimas de San Lorenzo.

Conil es uno de los principales motivos por los que fui capaz de ahondar en el alma de Rafael Alberti, de identificarme con su mar, con sus azules y sus blancos de cal y océano, con esa pequeña e inocente vena cáustica que genera el viento de levante. Alberti era de El Puerto de Santa María, cierto, pero conocer cualquier pueblo de Cadiz es deslumbrarte primero y enamorarte después, y creer que te has enamorado de una persona que allí conociste, pero más tarde, cuando las personas se marchan, te descubres en los inviernos soñando con regresar, aunque sepas que solo queda la tierra. Entonces es cuando te das cuenta de que tienes la mitad de tu corazón inundado por las olas del mar de Cádiz…

Frente a la playa de Conil, agosto de 2012
Frente a la playa de Conil, agosto de 2012

Llevo viniendo a Conil desde hace unos seis veranos, quizá más. En alojamientos más o menos pintorescos, aunque el de este año, en cuanto a diseño, se lleva la palma. ¿Un dormitorio con acceso a un salón secreto? ¿Otro dormitorio al cual se accede desde una de las dos cocinas? O un armario imposible de abrir, porque los que colocaron los muebles no debían ser ingenieros, precisamente…

"Epic fail" en diseño arquitectonico...
“Epic fail” en diseño arquitectonico…