Fortunata, la inocencia

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Ana Belén interpretando a Fortunata en la serie de Mario Camus para TVE

Estos días he vuelto a ver la magnífica serie que Mario Camus dirigió para TVE en 1980 basada en la obra cumbre de Galdós: Fortunata y Jacinta, y de nuevo me ha fascinado. Lo cierto es que en su día leí el libro después de ver la serie y enamorarme por primera vez de las interpretaciones de Ana Belén, Fernando Fernán-Gómez, Manuel Alexandre, Maribel Martín, Mario Pardo… Grandes actores que forman parte de una generación a la que hoy extrañamos. No estoy diciendo que no existan buenos actores españoles jóvenes, que los habrá, pero nada es comparable a esa generación.

En todo caso, traigo esto a colación porque el personaje de Fortunata, interpretado por una jovencísima Ana Belén, me ha hecho reflexionar acerca de un tema que me preocupa desde siempre: la inocencia y todos los peligros que esta entraña. Fortunata, tanto en el libro como en la serie, es sensible, impulsiva e irracional, a veces: la encarnación del pueblo, una criatura forjada a base de infortunios. Pero sorprende descubrir que, al final, ni todos los infortunios del mundo le arrebatan esa inocencia, esa ingenuidad inherente a su persona. Fortunata es buena, aunque no sea consciente de ello y a veces, de hecho, se muestre convencida de lo contrario. Una y otra vez cae en las garras de Juanito Santa Cruz, aunque sus amigos intenten impedírselo, aunque ella misma sepa que la conduce a su destrucción.

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Espinas

Emplearé todo el resto de mi vida en contemplar el suelo seriamente

ahora que ya nos importan cada vez menos las hadas,

ahora que ya las luces más complacientes estrangulan de un golpe las primeras sonrisas de los niños

y exaltan a puntapiés el arrullo de las palomas

y abofetean el árbol que se cree imprescindible para el

embellecimiento de un idilio o de una finca.

Mira siempre hacia abajo.

Nada se te ha perdido en el cielo.

 

Rafael Alberti, “La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo”

"El mal de la ausencia", René Magritte
“El mal de la ausencia”, René Magritte

Hay días en los que dejas de creer en la poesía. Días en que te sientes más cínica que romántica y desearías cambiar todos tus versos por una guitarra eléctrica. Marcharte a algún lugar donde nadie te conozca. Rebelarte contra los sueños frustrados, las falsas amistades, la hipocresía, los finales felices inalcanzables, el miedo, los amores no correspondidos y todas aquellas malditas películas de Disney que han dejado un poso de purpurina en tus pupilas que no te deja ver con claridad las cosas que tienes delante. Siempre, siempre se acaba volviendo a Cernuda.

Pruebas médicas interminables, burocracia universitaria, el verano que termina para siempre en tus ojos, la última inocencia que estalla.

Hay días en los que quisieras poseer una coraza de espinas de erizo con la que cubrirte para que nadie pueda hacerte daño. Perderte en el viento del oeste, como aquella Miss X de Alberti que dio tanto de que hablar para después, simplemente, caer en el olvido.

No existe el olvido. ¿O eso sólo se puede aplicar a mí?

Cat Stevens dijo en su canción que este es un mundo salvaje al que es difícil sobrevivir sólo con una sonrisa.

Siempre soñaste con que alguien te dedicara esa canción. Pero no te irías; regresarías con lágrimas, porque allá afuera no existiría un amor tan dulce, desinteresado y eterno.

¡Ay! Ya estás cayendo en el sentimentalismo. ¿Cat Stevens? Mejor Nirvana. No cruces al otro lado del espejo. El viento del oeste no va a acabar desintegrándote, porque siempre habrá alguien que piense en ti, y todavía no se han inventado las corazas de espinas de erizo.

Te queda rugir. Anestesiarte con el rock & roll. Desangrarte en poesía –sí, a pesar de todo- y mirar a los ojos a quien te desprecia o te humilla, y enseñarle los dientes, porque la bondad a veces es vulnerabilidad, sobre todo si no procede y si no es correspondida. Ya has regalado -tirado- demasiada amistad y muchos buenos sentimientos a quien no lo merecía.

Vuélvete llama, arde.

Sólo así…

¿Nirvana…? No; Cat Stevens. Y la poesía: Cernuda, Pizarnik. Y tu amor inviolable y eterno –amor como sentimiento individual- latiendo dentro del corazón, aunque no se abran ya sus puertas. No hace falta cruzar al otro lado del espejo, solo rugir. Detrás de las espinas de tus ojos todo lo que amas y todo lo que eres continuará inmóvil, dulce, palpitante e inocente, como siempre ha sido.