Siete

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El Ángelus, Salvador Dalí

Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.

Federico García Lorca

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Remontémonos siete años atrás. El mismo escenario desde distinta perspectiva. La carretera por la que siempre pasaba el autobús que tomaba para ir de Plaza Elíptica a Getafe, a la universidad, contemplada desde un balcón. Yo en ese balcón, pensando en mí misma en aquel autobús, el 441, contemplando el edificio donde jamás quise estar. El edificio con un balcón, con muchos balcones, construidos con el fin de que las personas que deban ir a ese edificio —y es importante aquí el sentido del verbo “deber”— puedan respirar. Y con respirar quiero decir inspirar muy profundamente, intentando aflojar el nudo en el que se ha convertido su pecho. Pero el aire no basta. En realidad, nada hará desaparecer el nudo. El tiempo lo aflojará, pero seguirá existiendo.

No era la misma persona la que cada día miraba los balcones desde el autobús que la que miró los autobuses desde el balcón, una sola vez. Después, la persona del balcón tomó muchos más autobuses y miró los balcones a través de la ventanilla, pero seguía sin ser la misma. El balcón la cambió para siempre. El balcón con sus ladrillos rojizos, con su tejadillo negro para proteger de la lluvia, cuando esta se produjera, a las personas que debían acudir al edificio. El paisaje, la estación, el clima, pueden variar. Pero el nudo siempre es el mismo. Te asfixia. Te nubla. Te cambia.

Hace siete años que contemplé los autobuses desde aquel balcón.  Hace siete años que el teléfono me despertó. Hace siete años que no imaginé que, siete años más tarde, el teléfono volvería a despertarme. No me refiero a una simple llamada de teléfono, no. Ni a un despertar rutinario. Se trata de despertares que te cambian, de llamadas de teléfono que se temen con la certeza de los condenados a la realidad. De las que se esperan toda la noche sin dormir. De las que te hacen desear que la noche no termine. No despiertas porque estuvieras dormida. Despiertas en vigilia, y eso es precisamente lo terrible.

Despertar es comprender que nunca volverás a ser la misma que contemplaba los balcones del edificio rojizo desde el 441. O que el amor no se demuestra con un mensaje de texto de tres palabras: “Lo siento mucho”. El amor hubiera sido una mano que apretara la mía desde aquel balcón, contemplando los autobuses. Despertar es verte obligada a hablar en voz alta cuando estás sola porque no puedes hablarle más a aquella persona a la que quisieras dedicarle tus palabras. Es marcar una línea en la vida y definir todo lo que queda atrás bajo el apelativo de “recuerdos”. Es crecer a marchas forzadas.

Y aquello fue solo un aprendizaje, un sombrío entrenamiento; faltaba el verdadero despertar. Tampoco soy ya la misma que miró desde el balcón hace siete años. Hay nudos que primero nos asfixian y después nos acaban definiendo. Porque la muerte siempre nos cambia.

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Fin de año

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La Caja de Pandora, René Magritte

Era mi dolor tan alto,
que la puerta de la casa
de donde salí llorando
me llegaba a la cintura.

Manuel Altolaguirre

“Era mi dolor tan alto”. Aquel verso, recordado casi de forma inconsciente, se repetía como un mantra en tu memoria en los peores momentos de oscuridad. Una semana más tarde, supiste que nacieron de la pluma de Manuel Altolaguirre. Cinco palabras, simplemente, bastaban para describir tu dolor. Y hay quien dice que Altolaguirre es un poeta menor.

Tras el cristal del dolor, los mundos se aquietan. Todo se enfoca más despacio, más profundamente, casi a cámara lenta. Las tristezas de antes se reblandecen. Aquello que pensabas que más daño podría hacerte adquiere, de repente, aroma de banalidad. Nada importaba tanto como considerabas. Y aquello que no te parabas a considerar, porque su solidez te lo impedía, siempre había sido todo. A pesar de que, por entonces, no lo comprendieras. Y eras tan feliz sin comprenderlo, aunque tal vez lo hubieras podido ser más, de haberlo comprendido.

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El lado oscuro de la mente, Salvador Dalí

El mundo podía romperse allá fuera. El mundo era distinto a tu mundo, a eso que Franco Battiato llamó “centro de gravedad permanente”. Lo que no se rompía, lo que permanecía tras todos los eventos con que la vida pudiera llegar a abofetearte. Eras fuerte y te levantabas, gracias tu centro de gravedad.

El verdadero problema sobreviene cuando es ese centro el que se resquebraja. Entonces, el universo se viste de humo y te encuentras a ti misma tratando de arañarlo. Un humo negro, hijo de las tinieblas, que te arrastra. Y, como en las peores pesadillas, avanzar caminando es solo una utopía.

Tras el cristal de la oscuridad, las personas de tu entorno se convierten en desconocidos. Nadie sabe traducir tu dolor en palabras, en gestos; porque, si algo caracteriza al dolor, es que es de quien lo siente y de nadie más. Tan alto, tan alto… Tan alto, que parece irreal. Hubieras esperado que algunas personas llamaran a la puerta de tu soledad, de tus tinieblas, y te arrancaran de su núcleo. Pero hubo tantas que se quedaron al otro lado.

Ya dijo Gil de Biedma, con esa ironía tan grave y tan desesperada, que la vida va en serio y “uno lo empieza a comprender más tarde”. Ahora lo comprendo yo. Ahora comprendo, en realidad, tantas cosas. La sabiduría oculta en su corazón un torbellino de tristezas encadenadas. Los tópicos –“valora lo que tienes”, “vive el presente”, “permanece unido a tu familia”– se convierten, de repente, en necesidades irrenunciables.

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Estas son las cosas tristes que has aprendido en este año triste, el mismo año en que David Bowie ha viajado sin retorno a las estrellas, acompañado de Alan Rickman, Umberto Eco, Leonard Cohen, Francisco Nieva, Manolo Tena. George Michael, Carrie Fisher… El universo parece haber enloquecido. Y sin embargo, también te has llevado enseñanzas muy valiosas. La primera es que la familia es nuestro mayor tesoro. Que siempre habrá un centro de gravedad, aunque resquebrajado. La segunda es que puede existir luz dentro de la oscuridad. Te has arrastrado hacia la luz, has sangrado, y a veces la luz te ha sonreído. La luz viaja dentro de algunas personas y no es la soledad la que nos salvará de caer para siempre en el agujero negro. Tu niña, herida de muerte, llora dentro de tu corazón y grita que nunca más despertará. Pero es necesario salvarla, salvarte, salvarnos.

Ahora, tras veintisiete años de feliz inconsciencia, adquiere su verdadero sentido aquella cita de El Gatopardo; aquella que decía: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.