Premio del Certamen de Relato Corto Eugenio Carbajal

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Los fusilamientos de la Moncloa, de Francisco de Goya

Hace unas semanas, la concejala Itziar Vicente me llamaba para anunciarme que mi relato, Goya y la muerte, había resultado ganador del XV Certamen de Relato Corto Eugenio Carbajal del Ayuntamiento de Mieres, Asturias.  Fue una buena noticia en mitad de un torbellino de tinieblas que se agitaba por mi vida en aquellos días. Mi premio aparece ya en la prensa:

Marina Casado gana el XV Certamen “Eugenio Carbajal” de Mieres

Goya y la muerte es un drama ambientado en los años treinta, en una visita de las Misiones Pedagógicas de la II República al pueblo gaditano de Chiclana de la Frontera. Me documenté acerca de este viaje, en el que participaron el poeta Luis Cernuda y el pintor Ramón Gaya. Las Misiones Pedagógicas fueron una iniciativa de la II República consistente en llevar la cultura a zonas rurales desfavorecidas, donde no tenían acceso a ella.

El relato está escrito desde la perspectiva de Cristóbal, un niño de doce años hijo de pescadores, que comprende el sentido del arte en uno de los momentos más trágicos de su corta existencia. El inicio de la Guerra Civil pone un broche de sombra a su infancia.

En el siguiente enlace, dejo el relato completo, cuyos derechos de publicación son propiedad del Ayuntamiento de Mieres:

Leer “Goya y la muerte”

Roald Dahl cumple 100 años

13519450Recuerdo bien el día en que encontré aquel libro en una de las estanterías de la biblioteca del colegio. Tenía siete años y, en aquellos tiempos, prácticamente asaltaba la biblioteca cada poco tiempo para llevarme prestados diez o doce títulos que me duraban dos días, tres a lo sumo. Resultaba frustrante terminarlos tan rápido, pero era una niña con pocos amigos que dedicaba casi la totalidad de su tiempo libre a leer. Lo prefería.

El caso es que un día encontré aquel libro: Las brujas. Publicado en Alfaguara infantil, de tapa blanda, con un dibujo en la portada que mostraba a una mujer de sonrisa inquietante extendiendo los brazos. Un ejemplar muy usado que todavía me parece ver entre mis manos. ¿Su autor? Roald Dahl.

No exagero al afirmar que, aquel día, se me abrió un mundo nuevo. El universo desplegado por la imaginación del escritor era parejo al que yo llevaba dentro de la cabeza. Me aliviaba de la realidad, me satisfacía, me fascinaba: las brujas, aquellos diabólicos seres disfrazados de mujeres corrientes –tan semejantes, en su descripción, a una profesora que tuve después en el instituto-. Recuerdo también la historia, dentro de la misma novela, de una niña que quedó atrapada para siempre en un cuadro e iba haciéndose mayor conforme pasaban los años, hasta que un día simplemente desapareció. Mucho más tarde, escribí un relato inspirado en aquella historia.

Después de Las brujas leí otro famoso título del autor: Charlie y la fábrica de chocolate. El extravagante Willy Wonka y su fantástica fábrica en la que TODO era comestible engarzaron perfectamente con ese mundo que yo siempre inventaba en mis juegos: un mundo en el que todo estaba hecho no de chocolate, sino de helado. Pero la imaginación de Dahl superaba la mía y le daba alas, siempre con su delicioso toque humorístico y con los entrañables monigotes de su eterno ilustrador: el gran Quentin Blake.

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Ilustración de Quentin Blake para Charlie y la fábrica de chocolate

Pasaron también por mis manos la continuación de Charlie y la fábrica de chocolate –titulada Charlie y el gran ascensor de cristal– y James y el melocotón gigante. De El Gran Gigante Bonachón me maravilló el capítulo en el que la protagonista y el gigante marchaban al País de los Sueños, para cazar los sueños dorados con un cazamariposas, siempre evitando las terribles pesadillas. El mundo onírico me ha llamado, desde siempre, la atención, y era como si Dahl lo hubiera intuido.

En realidad, todas sus obras parecían dirigidas a mí, de alguna forma misteriosa. Me di cuenta de que yo misma podría ser un personaje suyo después de leer Matilda, la historia de aquella niña, voraz lectora, que no lograba conectar con el mundo de los adultos. Me he pasado toda la infancia esperando que me aconteciera algún fenómeno fantástico y maravilloso, pero lo más cerca que he estado de lograrlo ha sido leyendo los libros de este autor.

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Roald Dahl

Hoy Roald Dahl (1916-1990), el escritor que falleció unos meses después de mi nacimiento, hubiera cumplido 100 años. Igual que Roald Amundsen, el famoso explorador noruego en honor al cual le bautizaron –no olvidemos que Dahl, a pesar de ser británico, tenía padres noruegos-, fue un intrépido aventurero: entre sus peripecias se cuentan enfrentamientos con leones en Tanganica –trabajando en una importante empresa petrolífera-, labores de espía y participación en combates aéreos como miembro de la Royal Air Force. De joven, trabajando para la fábrica de chocolate Cadbury, soñaba con inventar una chocolatina que asombrara al mundo entero –este sueño fue la inspiración para una de sus más famosas novelas-. En 1940, sobrevivió a un accidente de avión en Libia –pilotaba solo-, aunque le costó una fractura de cráneo y una ceguera temporal. Dos años más tarde, iniciaría su carrera de escritor con su primer cuento: Pan comido.

También hizo sus incursiones en el cine: como guionista, adaptó dos obras de Ian Fleming: Chitty Chitty Bang Bang y Solo se vive dos veces, protagonizada por el mítico Agente 007. Escribió el guión de la primera adaptación de Charlie y la fábrica de chocolate, en 1971, donde Willy Wonka era encarnado por el recientemente fallecido Gene Wilder –la versión de 2005 de Tim Burton no resulta ni la mitad de acertada que la original-. Tras su muerte, otras obras suyas se llevaron al cine: Matilda, James y el melocotón gigante o El Gran Gigante Bonachón, que fue adaptada con el aburrido título de Mi amigo el gigante.

41hz6kldocl-_sx324_bo1204203200_Es frecuente etiquetar a Dahl erróneamente como autor de literatura infantil. En primer lugar, no creo que las etiquetas de “literatura infantil” o “literatura juvenil” sean correctas: las obras valiosas, aunque dirigidas en un primer momento a un público infantil, pueden ser disfrutadas del mismo modo por lectores adultos. Así me pasa con los libros de Roald Dahl, a los que vuelvo cada cierto tiempo con la misma regocijada expectación que sentía de niña. Por otra parte, el autor también escribió libros dirigidos expresamente a adultos. Un ejemplo es la novela que me he leído últimamente: Mi tío Oswald, en la que narra las aventuras y desventuras de un donjuán visionario que crea un banco de esperma con el semen de los hombres más famosos de la época: Stravinski, Renoir, Picasso, Joyce, Freud, Einstein, Conan Doyle, Proust… Otros títulos son Relatos de lo inesperado, Boy o Volando solo. En todos ellos conserva, claro está, su particular estilo de escritura: ágil, ameno e imaginativo, con un toque de humor que se vuelve humor negro en estas obras para adultos. Porque él jamás perdió del todo al niño que había sido, y quizá sea esa la perspectiva más sabia de la adultez.

He leído que era un hombre gruñón y caprichoso, pero me hubiera gustado mantener una conversación con él; creo que nos hubiéramos entendido bien. Le habría preguntado de cuál de sus libros salí yo, un año antes de su muerte. Tal vez la mía –la nuestra- pueda considerarse la mayor aventura de todas: sobrevivir en una realidad en la que la imaginación solo se erige como refugio, como paraíso necesario. Los libros de Roald Dahl son umbrales a ese mundo perdido, al libro del cual todos los idealistas nos escapamos en algún trágico momento.

La huella de Galdós en García Lorca (II): Jacinta y Yerma

Se han abordado ya, en un artículo anterior, las semejanzas entre el personaje galdosiano de Doña Perfecta y la Bernarda Alba de García Lorca, relacionados ambos con el prototipo jungiano de “la madre terrible”. Pero la influencia de Galdós en el escritor de la Generación del 27 deja su huella en otras obras, como se demostrará en el presente análisis.

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Versión cinematográfica de Pilar Távora de 1998, protagonizada por Aitana Sánchez-Gijón

En su libro Buñuel, lector de Galdós, Arantxa Aguirre afirma que Jacinta, personaje perteneciente a la novela Fortunata y Jacinta [1886-1887], constituye sin duda el antecedente de la protagonista del drama lorquiano Yerma [1934], cuyo máximo anhelo en la vida es llegar a ser madre. Sin embargo, tanto una como otra se enfrentan a la esterilidad; aunque la diferencia radica en que, en el caso de Jacinta, es ella quien está incapacitada para tener hijos, mientras que Yerma encuentra el obstáculo en la esterilidad de su marido.

Ambos personajes se sienten insatisfechos en su matrimonio. Parte de la crítica ha afirmado que la esterilidad de Jacinta es expresada por Galdós como el signo evidente de su fracaso matrimonial –el hecho de que Juanito Santa Cruz ame a Fortunata-: la consecuencia, más que la causa, dentro de un contexto metafórico. En Yerma, es el marido –Juan; de nuevo se repite el nombre del varón, como en el caso de Doña Perfecta y La casa de Bernarda Alba– el que impide que ella alcance su sueño de ser madre. La esterilidad también podría ser consecuencia metafórica del fracaso matrimonial, puesto que a quien ama realmente Yerma no es a su marido, sino a su amigo de juventud: Víctor. Y sin embargo, tanto una como otra se resisten a rebelarse por sus profundas convicciones morales: Jacinta no abandona a Juanito, a pesar de saber que la está engañando con otra mujer, y Yerma se mantiene fiel a su marido, aunque podría cumplir su sueño de tener hijos con otro hombre. Ambas situaciones se desbordan al final, cuando el instinto de la maternidad sobrepasa el amor hacia el marido o las convicciones sociales: Jacinta consigue mostrar indiferencia hacia Juanito y dedicarse en cuerpo y alma a su hijo adoptivo, el hijo de Fortunata, y Yerma termina asesinando a su marido, y con él a la posibilidad de ser madre algún día –en este caso, el final es más dramático y no ofrece ningún atisbo de esperanza-. En cualquier caso, tanto Jacinta como Yerma necesitan experimentar la maternidad para sentirse completas como mujeres.

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Escena de la serie televisiva basada en Fortunata y Jacinta dirigida por Mario Camus en 1980. Maribel Martín a la derecha, en el papel de Jacinta

A la hora de reflejar la angustia que cada una de las mujeres siente hacia el hijo que no han tenido y que siempre desean tener, tanto Galdós como Lorca se refieren a él como una presencia irreal pero, no obstante, vívida. Así, Jacinta a menudo sueña con que una criatura mama de sus senos y tiene una pesadilla en la que sostiene entre sus brazos a un niño-hombre que desea ser amamantado:

Al arrullo de esta música cayó la dama en sueño profundísimo, uno de esos sueños intensos y breves en que el cerebro finge la realidad con un relieve y un histrionismo admirables. […] Hallábase Jacinta en un sitio que era su casa y no era su casa… […] Estaba sentada en un puff y por las rodillas se le subía un muchacho lindísimo, que primero le cogía la cara, después le metía la mano en el pecho. […] después dio cabezadas contra el seno. Viendo que nada conseguía, se puso serio, tan extraordinariamente serio, que parecía un hombre. […] Jacinta, al fin, metió la mano en su seno, sacó lo que el muchacho deseaba y le miró. […] Toda la cara parecía una estatua. El contacto que Jacinta sintió en parte tan delicada de su epidermis era el roce espeluznante del yeso [289-291].

En la obra de Lorca, cuando Yerma habla de su hijo “imposible” a la Vieja, se refiere a él como “este fantasma sentado año tras año encima de mi corazón”. De nuevo, una presencia irreal pero a la vez real, que la atormenta. Y respecto al acto de amamantar al niño, tan relevante en el sueño de Jacinta, también aparece en Yerma cuando ella dice:

Yo tengo la idea de que las recién paridas están como iluminadas por dentro, y los niños se duermen horas y horas sobre ellas oyendo ese arroyo de leche tibia que les va llenando los pechos para que ellos mamen, para que ellos jueguen, hasta que no quieran más, hasta que retiren la cabeza “… otro poquito más, niño… “, y se les llene la cara y el pecho de gota blancas. [García Lorca, 1971: 1273].

En una y otra obra, Jacinta y Yerma canalizan su angustia por medio de la imaginación, o del sueño. Galdós demuestra, en este punto, un interés por el tema del subconsciente que lo sitúa como un precedente del Surrealismo antes de la aparición de dicho movimiento. Un movimiento que abrazó Lorca como vía de escape ante una crisis personal.

La huella de Galdós en García Lorca (I): Doña Perfecta y Bernarda Alba

La huella de Galdós en García Lorca (I): Doña Perfecta y Bernarda Alba

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Federico García Lorca

Si existe un escritor de la Generación del 27 en el que se pueda apreciar una evidente y directa influencia de la obra galdosiana, es sin duda Federico García Lorca (1898-1936). En sus obras dramáticas, Lorca se preocupó por reflejar el universo femenino de su época, en ahondar en la psicología de las mujeres; un rasgo que también destaca en las novelas de Galdós. Siempre se ha hablado de la sensibilidad de Benito Pérez Galdós (1843-1920) a la hora de plasmar el intrincado mundo íntimo de las mujeres; de su capacidad para construir personajes femeninos y de la atención que dedica, por ejemplo, a detalles como la ropa y el calzado –atenciones que, tradicionalmente, se han asociado más a la narrativa femenina–. Galdós ha sido el padre de personajes tan determinantes en nuestra historia literaria como la valiente y obstinada Fortunata, la sufrida Jacinta, la soñadora Isidora Rufete, la frívola pero franca Condesa Lucrecia o las imposiblemente buenas Marianela y Benina.

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Benito Pérez Galdós

La crítica ha coincidido en señalar que tanto Galdós como Lorca se criaron entre mujeres, un hecho que posiblemente contribuyera a formar esa asombrosa sensibilidad hacia el universo femenino. A ambos les interesa mucho, además, representar a la mujer como víctima de la sociedad de sus respectivas épocas, unas épocas en las que todavía era considerada como “el sexo débil”. Ya se han mencionado varios de los numerosos personajes femeninos creados por Galdós y, si se atiende a la obra dramática de Lorca, destaca el gran número de personajes protagonistas –o coprotagonistas- mujeres: Mariana Pineda, la Zapatera, la Novia de Bodas de sangre, Yerma, Belisa, Doña Rosita… Y concretamente, en La casa de Bernarda Alba solo aparecen mujeres, a pesar de que el personaje de Pepe el Romano –que nunca llega a aparecer- actúa como impulsor de la trama.

El hispanista Ian Gibson señala la evidente similitud entre el personaje lorquiano de Bernarda Alba y la Doña Perfecta de Galdós, protagonista de la novela de 1876 que lleva su nombre.

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Irene Gutiérrez Caba en el papel de Bernarda Alba en la adaptación cinematográfica de Mario Camus en 1987

Lorca escribió La casa de Bernarda Alba hacia 1936, sesenta años más tarde de ser publicada Doña Perfecta. Sin embargo, podemos apreciar rasgos comunes entre ambos personajes, que Ana Ibáñez Moreno relacionó con el arquetipo de “la madre terrible” apuntado por Jung –relacionando la figura de la madre con determinadas diosas de la India y México que eran crueles y despóticas con sus hijos.

Aunque, para crear a Bernarda Alba, Lorca posiblemente se inspiró en una vecina suya de Asquerosa –hoy Valderrubio-, Francisca Alba; su biógrafo, Ian Gibson, señala que con toda seguridad conocía la obra de Galdós, y concretamente la novela Doña Perfecta, por los rasgos que ambos personajes comparten. Efectivamente, tanto una como otra ejercen una autoridad despótica contra sus hijas –una, Rosarito, en caso de Perfecta; y cinco, en caso de Bernarda-, que son figuras femeninas dóciles, resignadas y que acatan sus órdenes sin rechistar. En ambas novelas destaca también la ausencia de la figura del padre, porque tanto Perfecta como Bernarda son viudas. Aunque en Doña Perfecta aparecen hombres, es la figura de la “madre terrible” la que hace y deshace, permite y prohíbe, decide o rechaza; la que mueve los hilos de todo el pueblo, Orbajosa, porque la autoridad de Perfecta se impone incluso sobre la de los políticos. En el caso de Bernarda, es ella quien mantiene alejadas a sus cinco hijas de los hombres, quien decide sobre sus vidas y sus destinos, a pesar de que las mujeres ya tienen edad de decidir sobre sí mismas. El fanatismo religioso de ambos personajes salta también a la vista. Y por último, se produce una correspondencia entre el motivo de rebelión de Rosarito –hija de Perfecta- y el de Adela –hija de Bernarda-, y ese motivo no es otro que el amor hacia un hombre, curiosamente llamado Pepe en ambas novelas. El amor supera el miedo o el respeto que las jóvenes sienten hacia su respectiva madre, les devuelve las ganas de vivir y genera en ellas la conciencia de prisioneras y el deseo de escapar. Pero en ambos casos, la madre acaba cortando de raíz esa ilusión: Doña Perfecta ordena asesinar a Pepe Rey, y Bernarda Alba simula haber matado de un tiro a Pepe el Romano. El resultado en ambos casos es trágico para las hijas, incapaces de volver a la anterior situación: Rosarito se vuelve loca y Adela se suicida.

La diferencia más obvia entre Doña Perfecta y Bernarda Alba es el disfraz de mujer santa y buena que envuelve a Perfecta, y del que poco a poco se irá despojando, y la evidente mezquindad desnuda de Bernarda, que es algo así como la “cara oscura” de Doña Perfecta.

La huella de Galdós en García Lorca (II): Jacinta y Yerma