Viento del Este

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Fotograma de la película Mary Poppins (1964)

Mary Poppins regresó a Londres cuando empezó a soplar el viento del Este. El Almirante Boom, aquel viejo oficial de la Marina retirado, lo anunció desde su azotea-barco. Bert, el simpático hombrecillo que a veces era deshollinador, otras pintor y, algunas otras, incluso vendedor de cometas; intuía también su regreso, con una pasión platónica muy firme, muy entrañable.

Por aquí, siento que cambia también la dirección del viento. Londres nos recibirá con niebla, con fotogramas de película antigua. No negaré que sobrevive dentro de mí la esperanza de bailar por los tejados junto a aquel deshollinador, ahora que en el mundo “todo está roto y baila”, como diría Jim Morrison. Londres, la ciudad habitada por sombras “con un olor a gato”, según Luis Cernuda. Demasiadas referencias para una sola realidad.

Mary Poppins se marchó con el viento del Este. Una bandada de cometas la despedía. Por aquí, también empieza a cambiar el viento y eso me desestabiliza, me bautiza de niebla. La vida y las niñeras mágicas se empeñan en demostrarnos que todas las cosas son transitorias: las personas se vuelan entre cometas, o se vuelven diferentes y extrañas, como si de repente se trasladaran a otra dimensión. Como siempre, persigo el equilibrio y lucho contra los sentimientos que me conducirían al país de los abismos; pero el viento es más fuerte.

Londres es también una ciudad con perfumes de promesa, la ciudad del Trapecista, y una promesa antigua que no se llegó a cumplir. No puedo esperar para saber qué nos depara el viento.

Emigrantes de la Ciudad Sin Nombre

París no era suficiente,
como no lo fue aquella despedida
en la Piazza San Marco de Venecia
–qué importa que esta historia
sea en Technicolor–.

“Tócala otra vez, Charles…”.
                     -Tu lejano recuerdo me viene a buscar…
(Y nunca fue ya más que tu recuerdo.)

Marina Casado, Mi nombre de agua

venecia

Hace tiempo que el Trapecista ya no puede verme. Tal vez él sea en realidad el muerto, pero soy yo quien ha dejado de existir. Miro su rostro aniñado, su cabello oscuro que antaño se derramaba en mechones algodonosos sobre su frente. Ahora, está pulcramente corto; la frente, despejada. Los ojos de color miel parecen más confiados, más serenos. Sus labios se mueven, sugerentes, mientras habla. Su voz también ha cambiado: es más ronca, y no se dirige a mí. Nunca se dirigirá ya a mí. Porque el Trapecista ya no puede verme.

Venecia todavía me sabe a despedida. Quizás el Trapecista comenzara a morir, sin yo saberlo, en esa despedida. Mucho antes de convertirse en el Trapecista. Y cuando lo recuerdo, flotan góndolas por mi memoria que después se convierten en el Big Ben. Y sobre él, mi Trapecista, con sus mechones algodonosos resbalando por la frente. Con su voz melodiosa pronunciando mi nombre y una guitarra, y aquella camiseta que no se quitaba.

Un día, me cogió de la mano para montar juntos en un tren. Pero no sabíamos que, en la Ciudad Sin Nombre, los trenes jamás parten, ni llevan a ningún sitio. Otro día volví a pasear de su mano, pero se disolvió, como siempre, envuelto en el espectro de la Ciudad Sin Nombre, que nos rodeaba.

Me marché de aquella ciudad maldita, pero a veces regreso a través de recuerdos mortecinos y luces que nacen al final del verano. Es la única forma que tengo de volver a mirarlo: a él, a quien fue, antes de dejar de ser. Yo también soy. Soy la única culpable de que aquella ciudad perdiera su nombre, por no haber sido capaz de llegar hasta ella mientras el Trapecista vivía allí. Cuando las góndolas seguían siendo góndolas.

Recibí una carta del Trapecista. Mi amiga Alisa le había escrito previamente, informándole de que yo pronto llegaría a su ciudad. La ciudad que todavía tenía nombre. En la que ya no existían góndolas ni cabellos algodonosos sobre la frente. La ciudad donde él comenzó a vivir después de haber muerto. Pero él, que ya no era él, se alegraba de poder volver a verme. Otra vez el ansiado reencuentro, tantas veces esperado –ni siquiera vivido- en mis sueños.

Despierta, todavía me parecía aguardar la carta del Trapecista. Incluso pensé que yo misma podría escribirle para concertar un encuentro en la ciudad que aún conservaba su nombre. Podría acostumbrarme a su cabello corto y a su voz más ronca.

Entonces recordé que el Trapecista ya no era capaz de verme, porque yo había dejado de existir. Solo la casualidad, ese destello transparente del tiempo, me pondría otra vez frente a él, que dejaría de recordarme como una sombra azul. Porque, tras el olvido, todos nos convertimos en sombras azules.

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Capítulos anteriores:

(I): Trenes en la ciudad sin nombre

(II): Retornos a la Ciudad Sin Nombre

(III): Sueños en la Ciudad Sin Nombre

(IV): La Ciudad Sin Nombre 

(V): Antes de la Ciudad Sin Nombre

(VI): Ruinas de la Ciudad Sin Nombre