Mascarada

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René Magritte

No es fácil de comprender, el concepto de la dignidad. Los seres más errados se aferran a ella para justificar sus canalladas, sus desaires, su acuciante e insólita deshumanización. “Es mi dignidad”, arguyen, y al decir esto se contemplan a sí mismos como una suerte de colonos posando sus ojos por vez primera sobre un nuevo continente. La dignidad: un terreno virgen, inexplorado, ideal para plantar la bandera de su insolencia. Y se preguntan cómo habían vivido tanto tiempo sin ella.

Lo que no entienden es que la dignidad es todo lo contrario a repentina: se trata de un rubor imperceptible que nace con uno y permanece para siempre. No brota cual hongo en la estación de las lluvias; no aparece ante el dulce éxtasis del éxito ni es relámpago salvaje en la noche incolora. Muy al contrario: la dignidad se erige como el último bastión de la conciencia cuando todo se ha perdido. Brilla cuando la niebla del fracaso envuelve el presente y no ofrece un refugio, sino la inherencia propia de aquello que siempre ha sido y que será. La derrota es la más digna de las realidades.

Desconfío de aquellos que se acogen repentinamente a algo que llaman dignidad. Criaturas que se han mostrado vulnerables, dóciles y temblorosas, hasta que un giro imprevisto del presente, lo que se conoce como “golpe de suerte”, cumple súbitamente su deseo. Entonces dejan de temblar, miran a su alrededor y suspiran, aliviadas. Por fin pueden quitarse la máscara. Y a esa acción, al abandono del disfraz, lo llaman “dignidad”. Hay algo maquiavélico en su temblor, en la manera de ocultar su verdadero yo mientras permanecen desubicadas, esperando esa vuelta del destino, ese éxito que desterrará la incertidumbre. Porque debajo de la máscara hay solo frío y la certeza remota de su propia congelación. La sensibilidad es otra dimensión permanente, imposible de abandonar. La máscara no concibe el amor: en ella es un sentimiento impostado, igual que ese sucedáneo de dignidad que nace de repente y vuelve a apagarse al cambiar la dirección del viento.

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Espinas

Emplearé todo el resto de mi vida en contemplar el suelo seriamente

ahora que ya nos importan cada vez menos las hadas,

ahora que ya las luces más complacientes estrangulan de un golpe las primeras sonrisas de los niños

y exaltan a puntapiés el arrullo de las palomas

y abofetean el árbol que se cree imprescindible para el

embellecimiento de un idilio o de una finca.

Mira siempre hacia abajo.

Nada se te ha perdido en el cielo.

 

Rafael Alberti, “La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo”

"El mal de la ausencia", René Magritte
“El mal de la ausencia”, René Magritte

Hay días en los que dejas de creer en la poesía. Días en que te sientes más cínica que romántica y desearías cambiar todos tus versos por una guitarra eléctrica. Marcharte a algún lugar donde nadie te conozca. Rebelarte contra los sueños frustrados, las falsas amistades, la hipocresía, los finales felices inalcanzables, el miedo, los amores no correspondidos y todas aquellas malditas películas de Disney que han dejado un poso de purpurina en tus pupilas que no te deja ver con claridad las cosas que tienes delante. Siempre, siempre se acaba volviendo a Cernuda.

Pruebas médicas interminables, burocracia universitaria, el verano que termina para siempre en tus ojos, la última inocencia que estalla.

Hay días en los que quisieras poseer una coraza de espinas de erizo con la que cubrirte para que nadie pueda hacerte daño. Perderte en el viento del oeste, como aquella Miss X de Alberti que dio tanto de que hablar para después, simplemente, caer en el olvido.

No existe el olvido. ¿O eso sólo se puede aplicar a mí?

Cat Stevens dijo en su canción que este es un mundo salvaje al que es difícil sobrevivir sólo con una sonrisa.

Siempre soñaste con que alguien te dedicara esa canción. Pero no te irías; regresarías con lágrimas, porque allá afuera no existiría un amor tan dulce, desinteresado y eterno.

¡Ay! Ya estás cayendo en el sentimentalismo. ¿Cat Stevens? Mejor Nirvana. No cruces al otro lado del espejo. El viento del oeste no va a acabar desintegrándote, porque siempre habrá alguien que piense en ti, y todavía no se han inventado las corazas de espinas de erizo.

Te queda rugir. Anestesiarte con el rock & roll. Desangrarte en poesía –sí, a pesar de todo- y mirar a los ojos a quien te desprecia o te humilla, y enseñarle los dientes, porque la bondad a veces es vulnerabilidad, sobre todo si no procede y si no es correspondida. Ya has regalado -tirado- demasiada amistad y muchos buenos sentimientos a quien no lo merecía.

Vuélvete llama, arde.

Sólo así…

¿Nirvana…? No; Cat Stevens. Y la poesía: Cernuda, Pizarnik. Y tu amor inviolable y eterno –amor como sentimiento individual- latiendo dentro del corazón, aunque no se abran ya sus puertas. No hace falta cruzar al otro lado del espejo, solo rugir. Detrás de las espinas de tus ojos todo lo que amas y todo lo que eres continuará inmóvil, dulce, palpitante e inocente, como siempre ha sido.