El azul de Barcelona

"Espejo falso", René Magritte

“Espejo falso”, René Magritte

No había comenzado a deshacer la maleta cuando volvió a escucharse el piano, reproduciendo obsesivamente aquella obra de Tchaikovsky. Como en el pasado, una inexplicable sensación de pavor se extendía por la soledad del dormitorio, y no resistí el impulso de salir de allí.

[…] Subí los crujientes peldaños de madera con pasos firmes, cada vez más rápidos. Reinaba una soledad en la mansión que parecía imposible, contribuyendo a crear un universo atemporal alrededor mío. Resonaban mis pisadas por la escalera, y pronto comencé a oír mi propia respiración acelerada. Me pareció que aquel momento ya lo había vivido antes. Por eso, cuando llegué al descansillo del segundo piso, un relámpago de inspiración cruzó mi memoria, y dirigí la mirada hacia la pared.

Allí permanecía el retrato de Irene Valls, con su perfecto rostro de porcelana y aquella expresión dulce y lejana a un tiempo. Mirarlo me exigía un gran esfuerzo, porque el antiguo miedo no había desaparecido del todo. Más que miedo, se trataba de una sensación indescriptible, a medio camino entre la fascinación y el terror. La misma sensación que puede producir la contemplación –por vez primera- de un cadáver.

Me hallaba tan ensimismado estudiando aquellas facciones del pasado que ni siquiera me di cuenta de que el piano hacía rato que había dejado de sonar. Por eso, cuando un leve crujido resonó muy cerca de mí, el alma me dio un vuelco, y a punto estuve de gritar.

Lo primero con lo qué choqué fueron aquellos ojos. Después reparé en los largos bucles rubios, en la palidez de su piel de cristal y la suave curva que dibujaban sus labios rosados.

-¿Iris?

Aunque no respondió, resultaba evidente que era ella. Iris, vestida con una blusa y una falda de estampado rosa y crema cubriendo la larga silueta de sus piernas. Iris, que olía a jabón y a niebla. Inevitablemente, mi mirada quedó de nuevo atrapada por sus ojos. Y entonces descubrí que el azul de Barcelona, aquel azul que descubrí la primera vez que pisé la ciudad, no había desaparecido. Se hallaba todo allí mismo, encerrado en los ojos de Iris.

(Este texto pertenece a un fragmento del primer capítulo de mi novela inédita El secreto de Iris)

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