Darío y la música

Rubén Darío

Muchas veces me han hecho la misma pregunta: ¿cómo me empezó a gustar la poesía? Mi padre tuvo casi toda la culpa, allanándome el terreno desde que tengo uso de razón, leyéndome a los clásicos y empujándome a escribir mis primeros y pueriles versos.

Pero faltaba un punto de conexión, esa chispa o alumbramiento después de la cual nada es lo mismo, porque en el corazón se asienta, de repente, la semilla terrible y maravillosa de la poesía. Dicho alumbramiento llegó cuando tenía catorce años, gracias a un libro de texto de Lengua y Literatura de Cuarto de la ESO. Recuerdo de memoria el comienzo de aquel poema:

Era un aire suave, de pausados giros;
el hada Harmonía ritmaba sus vuelos;
e iban frases vagas y tenues suspiros

entre los sollozos de los violoncelos.
Sobre la terraza, junto a los ramajes,
diríase un trémolo de liras eolias
cuando acariciaban los sedosos trajes
sobre el tallo erguidas las blancas magnolias.

Era Rubén Darío, apareciéndose ante mí con su cohorte de princesas, de cisnes y pavos reales, de fiestas galantes y jardines de otros tiempos. Fue el puente entre mi universo “princesil” –alimentado por Disney desde que el mundo es mundo– y la gran literatura. Justo lo que necesitaba en aquel momento. Rubén, el malogrado Rubén, había llegado para quedarse. Después de la reidora marquesa Eulalia vinieron los cisnes con sus cuellos interrogativos, la desdichada princesa de la boca de fresa y Carolina, dormida bajo el cielo de París.

Mis primeros versos nacieron, sin duda, bajo el auspicio del Modernismo, un poso del que poco a poco me voy desprendiendo, aunque nunca llegue a hacerlo del todo porque, en el fondo, soy fiel a su preciosismo, a la deliciosa acumulación de adjetivos, al juego oblicuo de las sinestesias. Mi adorada Generación del 27 también le debe mucho. ¿Cómo escapar de Darío?

Hoy hubiera cumplido 153 años. Su poesía está pasada de moda, dicen. Ya nadie quiere ser modernista. Hasta Valle-Inclán se rió de Rubén en Luces de bohemia, aunque fuera con ternura. Toda la ternura que Valle podía tener, claro.

Yo quiero reivindicar su música, la música que les falta a tantos poetas actuales y que diferencia la poesía inmóvil de la verdadera lírica. Los que empezamos en el Modernismo podremos, paradójicamente, estar un poco pasados de moda, pero siempre nos acompañará la música.

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