Los años veinte

Va a ser muy raro, no poder hablar de “los años veinte” sin especificar “del siglo XX”. Porque ya vivimos en el XXI. Con esto de los siglos me pasa como con las pesetas y los euros: que todavía no me he adaptado del todo. A veces, me sorprendo calculando cuántas pesetas serán tantos euros o pensando en los poetas de la Generación del 27 como escritores de mi siglo. Mi siglo. Pero es que mi siglo siempre será el XX…

Cuando tenía 19 años, me corté el pelo a lo garçon. Llevaba boinas y sombreritos y me hubiera comprado un cigarrillo largo si no fuera porque nunca he fumado. Ahora tengo 30 y entramos en 2020. Me han cambiado un “2” por otro. No me atrevo a cortarme el pelo, no sea que, mientras me crece o no me crece, decida que ya no tengo edad para dejármelo largo.

Divagaciones… Hay cosas que nunca cambiarán. A mí me gusta reunirme con mis amigos poetas en cafés madrileños que pueden pasar por literarios. Soy como el protagonista de esa comedia de Woody Allen, Midnight in Paris, un nostálgico de épocas pasadas. En realidad, me doy cuenta de que todos nuestros problemas –al menos, los míos– vienen del paso del tiempo. Creo que me obsesiona. Y sin embargo, la literatura nos empuja a abandonar las líneas cronológicas y mirar la historia de una forma global, como si todos los acontecimientos y personajes convivieran en una misma explanada. Eso explica, por ejemplo, que considere más amigo a Luis Cernuda, que murió en 1963, que a algunas personas de mi presente. Mirándolo de esta forma, los cambios de cifra no asustan tanto.

Felices años veinte.

Carlos Gardel: 80 años no es nada

El músico y actor Carlos Gardel

“Pero ¡qué le vas a hacer! La vida es así, como dice un tango que oímos la otra noche en Eritaña”.

(Carta de Luis Cernuda a Higinio Capote, años veinte)

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Qué tendrá el tango argentino que me vuelca de un golpe el corazón. Despierta una furia apasionada y precisa, degolladoramente sentimental, en sus arremetidas de acordeón -¿existe acaso un instrumento más romántico que el acordeón?-. Hoy se cumplen ocho décadas de la trágica muerte del rey indiscutible del tango: Carlos Gardel.

La imagen que ha quedado de él para la posteridad es la de un hombre risueño, de cabello negrísimo y lustroso, pegado al cuero cabelludo, en correspondencia con la moda de los años veinte; ataviado con un traje impecable y, en muchas ocasiones, un sombrero hongo. Carismático y seductor: el clásico dandi argentino con una nota de sentimentalidad en su figura.

Lo curioso es que Gardel, paradigma de la cultura bonaerense, no nació en la Argentina, aunque se nacionalizó en 1923. Sus primeros años de vida constituyen un auténtico enigma a día de hoy, existiendo dos principales hipótesis, ninguna de las cuales lo sitúa como porteño de nacimiento. Según la primera, nació en Toulouse, Francia, en 1890. La segunda teoría sostiene que fue dado a luz siete años antes en la ciudad uruguaya de Tucuarembó. Cada una de ellas posee una serie de fundamentos y puntos de apoyo que les otorgan perfecta coherencia. Lo que ambas parecen aceptar es que vivió desde niño en su “Buenos Aires querido”, en viviendas de condiciones paupérrimas en el popular barrio de San Nicolás, y que tuvo problemas con la justicia.

Carlos Gardel, el Rey indiscutible del tango

Ciertamente, Carlos Gardel se hizo a sí mismo, emergiendo desde su pobreza hasta sembrar un auténtico fenómeno de idolatría y convertirse en un símbolo cultural gracias a su maestría en el tango, un género que se comenzó a popularizar tras la Primera Guerra Mundial. Gardel levantó pasiones, además de en Buenos Aires, en Uruguay, Francia y España. Incluso el poeta español Luis Cernuda se estremeció con sus tangos y lloró con aquel titulado “No te quiero más”, cuya letra reproduce en una de las cartas enviadas a su amigo Higinio Capote.

Siendo su nacimiento un misterio, su muerte representó, sin embargo, un drama a nivel mundial. Ocurrió el 24 de junio de 1935, en un accidente aéreo en Medellín, Colombia. Junto a él fallecieron el letrista de tangos Alfredo Le Pera, su secretario Corpas Moreno y el guitarrista Guillermo Barbieri. Su cuerpo fue repatriado a Buenos Aires.

Una vez escribí que el acordeón es “tristeza aderezada de domingos”. Hay algo profundamente trágico en la acelerada existencia de Carlos Gardel, para quien fue “un soplo la vida”, igual que en la famosa letra de su tango. La misma melancolía elegante que parece traspasar los violines que habitan en esa joya del género que constituye el tema “Por una cabeza”, cuya música fue compuesta por Gardel en 1935.

Pero el tiempo, finalmente, no ha borrado su “caminito”: la “guitarra criolla” de su voz permanecerá para siempre en el imaginario cultural latino, y a ese verso de su célebre tango “Volver”, en el que afirma que “veinte años no es nada”, deberíamos añadirle seis décadas más. Porque decir tango es decir Gardel, y quién no experimenta un escalofrío al escuchar su voz aflautada sobre un fondo crepuscular de acordeones…