Una estrella caída llamada Dean Moriarty

Tuve de pronto la visión de Dean, como un ángel ardiente y tembloroso y terrible que palpitaba hacia mí a través de la carretera, acercándose como una nube, a enorme velocidad, persiguiéndome por la pradera como el Mensajero de la Muerte y echándose sobre mí. Vi su cara extendiéndose sobre las llanuras, un rostro que expresaba una determinación férrea, loca, y los ojos soltando chispas; vi sus alas; vi su destartalado coche soltando chispas y llamas por todas partes; vi el sendero abrasado que dejaba a su paso; hasta lo vi abriéndose camino a través de los sembrados, las ciudades, derribando puentes, secando ríos. Era como la ira dirigiéndose al Oeste. Comprendí que Dean había enloquecido una vez más.

Jack Kerouac, En el camino

 

Dean Moriarty, imagen de la inconstancia, eufórico e impulsivo hasta la violencia, es el verdadero protagonista de En el camino, la obra maestra de Jack Kerouac que debió haberse traducido como En la carretera, puesto que, en mi modesta opinión, se acercaría más al sentido que pretendía darle el autor. La llegada de Dean a la vida del narrador, Sal Paradise –personaje tras el cual se oculta el propio Kerouac- supone el comienzo de todos los alocados viajes que se desarrollan en la novela a lo largo y ancho de los Estados Unidos durante la segunda mitad de la década de los cuarenta. Porque Dean es el espíritu de la carretera: ese impulso aventurero hecho carne, la parte oscura de cada conciencia, el catalizador que logra que un grupo de escritores veinteañeros de clase media, hambrientos de experiencias, escojan una vida nómada en la que a menudo deben recurrir a la mendicidad para seguir adelante. Una elección que sitúa sus existencias al borde de un constante precipicio.

¿Pero quién es Dean Moriarty, más allá de un joven estadounidense que no conoce otros límites que los dictados por sus propios deseos? Su pasado es oscuro: su infancia transcurrió en varios reformatorios debido a su afición por robar coches, y estuvo marcada por la figura de un padre que llevaba su mismo nombre y que tampoco constituía un ejemplo ético: Dean lo define como “un mendigo”, y sabemos que alguna que otra vez ha estado en la cárcel. Su hijo lo busca durante toda la novela, pero su ausencia prevalece hasta el final del último capítulo, en el que Sal Paradise se pregunta una vez más por su paradero.

Neal Cassady y Jack Kerouac, las personas reales que se ocultaban tras los personajes de Dean Moriarty y Sal Paradise, en 1952
Neal Cassady y Jack Kerouac, las personas reales que se ocultaban tras los personajes de Dean Moriarty y Sal Paradise, en 1952

Dean posee una personalidad magnética: su discurso entusiasta, su pasión por la vida, su euforia desatada, son como un virus que se extiende por los corazones de Sal Paradise –Kerouac-, Carlo Marx –Allen Ginsberg- y cualquiera que se cruce en su camino. Su insuperable encanto le hace único también a la hora de seducir mujeres. A lo largo de la novela, se casa tres veces –con Marylou, Camille e Inez- y se enamora apasionadamente en innumerables ocasiones, siempre de un modo inconstante e impulsivo, el mismo que le hace ir pasando de Marylou a Camille, de Camille a Marylou y otra vez a Camille, de Camille a Inez y de Inez a Camille –Marylou queda fuera del juego cuando se casa con otro hombre-, sin decidirse definitivamente por ninguna. Las temporadas en las que logra sentar la cabeza con una determinada mujer, trabajar y llevar una vida más o menos ordenada, se rompen súbitamente cuando siente, de nuevo, la llamada de la carretera, que enseguida contagia a Sal. Este, que se presenta al lector como un muchacho aventurero pero razonable, pierde toda la compostura bajo la influencia de Dean, que es algo así como la parte irracional de su personalidad.

Al comienzo de la novela, Dean es el héroe de toda la pandilla, la que constituiría la llamada “Generación Beat”. Los hombres –entre ellos, Sal Paradise- lo admiran y las mujeres se enamoran a su paso: todos sucumben al hechizo de su encendida personalidad. Sal se esfuerza por seguirlo, por agradarle, busca su atención porque lo idolatra. Poco a poco, va siendo testigo –a la vez que el lector- de la progresiva decadencia de Dean: de sus episodios violentos, sus cada vez más frecuentes arranques de locura, su particular visión del mundo que le acarrea más de un problema con la Justicia… A medida que avanza la historia, los encantos de Dean van perdiendo su efecto en sociedad, donde ya es reconocido casi oficialmente como un pobre loco y a menudo es rechazado por los que antes se llamaran sus amigos. Padece problemas de salud. Solo Sal se mantiene fiel, a pesar de ser consciente de sus debilidades: de idolatrarlo pasa a protegerlo, y es que En el camino es también la evolución de una amistad a lo largo de los años, la de Sal y Dean. Al final de la novela, cuando Sal cae enfermo en México con disentería, Dean lo abandona y regresa solo a Estados Unidos. Es el final de un ciclo.

Neal Cassady -Dean Moriarty- detenido en 1944
Neal Cassady -Dean Moriarty- detenido en 1944

Desde la imagen de Dean en el primer capítulo como “un Gene Autry joven […], un héroe con grandes patillas del nevado Oeste” hay una evolución hasta la imagen del último capítulo: “Y el pobre Dean, enfundado en el apolillado abrigo […], se alejó caminando solo”. En este último capítulo, Moriarty emprende un largo viaje del Oeste al Este de Estados Unidos únicamente para reencontrarse con Sal. Pero este ya tiene una vida hecha y no cede, como en otras ocasiones, a la llamada de Dean, que es la llamada de la locura, la llamada de la carretera.

Dean Moriarty es el personaje detrás del cual se esconde Neal Cassady, el benjamín de la Generación Beat que fue, sin embargo, icono e impulsor de toda ella. Cassady, al igual que Moriarty, llevó una vida de excesos y aventuras y falleció joven, a los 41, a causa de una sobredosis de barbitúricos.

Al concluir la obra maestra de Kerouac, he comprendido por qué se trataba del libro favorito de Jim Morrison, mítico líder de The Doors con pretensiones de poeta beatnik. Morrison tampoco fue capaz de vivir una existencia mínimamente ordenada: igual que Moriarty, sentía de cuando en cuando la llamada de la locura, de la carretera. Se enamoraba apasionadamente y él mismo iba enamorando a todo aquel que le escuchaba. No conocía límites, era espontáneo hasta extremos inquietantes y no respetaba ninguna regla. Con el paso de los años, sus excesos lo convirtieron en un alcohólico que era rechazado por los mismos que antes habían bailado a su alrededor. Una persona desequilibrada, temida por sus cada vez más frecuentes raptos de locura y de violencia, digna de compasión. Jim Morrison viajó hacia una decadencia similar a la de Dean/Neal, pero con una muerte más temprana, acaecida a los 27… Jim y Dean, dos estrellas caídas que no supieron conservar su fulgor.

Jim Morrison, detenido en 1963
Jim Morrison, detenido en 1963
Jim Morrison, detenido en 1970
Jim Morrison, detenido en 1970
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Bilingüismo o estupidez nacional

Hace poco hablaba sobre el término postureo y su aplicación en el ámbito cultureta –que no cultural- en el aniversario del nacimiento de Federico García Lorca. Las fechas señaladas, centenarios, muertes y demás acontecimientos cronológicos son un campo de minas para ponernos estupendos y demostrar al mundo que estamos “en la onda”. Y más con la llegada de Twitter, desde la cual cada día es el Día Mundial de algo –de la Felicidad, de las Sonrisas, de la Música, y de los Unicornios-Rosas-Que-Sobrevuelan-El-Arco-Iris.

"My Little Poney"
“My Little Poney”

Hoy, tal como he escuchado en el telediario –por llamar de alguna forma al espacio televisivo de TVE de las 15:00-, es el “Día E”. Al contrario de lo que puede parecernos, no se trata de una fecha bélica señalada –como pudiera ser el “Día D” o del Desembarco de Normandía. Lo de “E” es por “Español” -¡viva la creatividad!-, y se trata de una jornada creada por el Instituto Cervantes que homenajea nuestro maravilloso idioma:

El Instituto Cervantes celebra en todo el mundo El Día E, la fiesta de todos los que hablamos español

El Instituto Cervantes celebra hoy en su sede central y en todos los centros repartidos por el mundo el Día E, una jornada en la que festeja la fuerza de un idioma que hablan 500 millones de personas. El español es la segunda lengua del mundo en número de hablantes nativos, el segundo idioma de comunicación internacional y el tercero más utilizado en Internet. 

Así se anuncia el día de hoy en la página web del Instituto Cervantes, adjuntando programación de conferencias, encuentros, concursos y demás actividades culturales lúdico-festivas. Bien lo merece, siendo un idioma que “hablan 500 millones de personas”.

Cartel del "Día E" del Instituto Cervantes
Cartel del “Día E” del Instituto Cervantes
Actividades en el Instituto Cervantes por la celebración del "Día E"
Actividades en el Instituto Cervantes por la celebración del “Día E”

Me parece estupenda la iniciativa del Cervantes; ojalá se hicieran más cosas así, pero trasladado al contexto social que nos envuelve, resulta un poco chocante… y casi diría “hipócrita”. O por expresarlo de otro modo: un ejemplo más de postureo.

Porque mientras el Cervantes exhibe su pasión por el español, los colegios y los institutos se matan por instaurar el bilingüismo en las aulas. Y nos encontramos con artículos tan indignantes como éste, del Huffington Post:

Las asignaturas pendientes de la enseñanza bilingüe en España

La enseñanza bilingüe se extiende cada vez más en España. Algunos datos lo confirman: este curso ha llegado a 377 centros educativos en la Comunidad de Madrid, en Andalucía son ya más de 800 y en 2015 se espera que la mitad de los colegios públicos madrileños y al menos un tercio de los institutos sean bilingües. Se pretende, así, potenciar la enseñanza de idiomas -especialmente de inglés-, pero el sistema se está encontrando con un problema duro: escasean los profesores con nivel suficiente para dar sus clases en otro idioma.

Así comienza el artículo del Huffington. En párrafos sucesivos, se extiende sobre la polémica de qué es mejor: profesores especializados en una materia que no dominen el inglés o personas bilingües que no dominen una materia, pero puedan explicarla de modo superficial. ¿Cuáles creéis que son los más aceptados?

Bilingües, por supuesto. ¿A quién le importa que los chavales aprendan ciencia, si pueden convertirse en unos perfectos angloparlantes –incultos, eso sí-? Así que la solución para la crisis no es estudiar una carrera universitaria, sino irnos todos a Inglaterra o a Norteamérica y hacernos bilingües. Y luego volver a España en busca de trabajo.

Viñeta extraída de cehsarajevosfp.blogspot.com
Viñeta extraída de cehsarajevosfp.blogspot.com

Y qué decir de la Literatura Española, impartida en inglés. “Mr. Quijote of The Mancha” sonaría mucho más glamuroso. Y Lorca se moriría de la risa con sus Gypsy Ballads –que viene siendo algo así como “Baladas Gitanas”; muy grande.

Estúpidos. Eso es lo que somos, por infravalorar un idioma tan rico como el español, cuando en Estados Unidos un 16 % de la población es hispanohablante y, sin embargo, no se reconoce la cooficialidad de la lengua. Los yanquis no tienen ningún problema en marginar el español, y en España somos tan masoquistas que contribuimos a ello.

Por no hablar de la confusión que supone para los niños equiparar la lengua materna con una segunda lengua, logrando que, en muchos casos, no aprendan bien ninguna de las dos.

Y que conste que no estoy en contra de la multiculturalidad, ni de la apertura idiomática, y soy consciente de la importancia que tiene el dominio del idioma inglés en el mundo, y por ello considero que hay que fomentarlo. Pero de fomentarlo a cargarnos nuestra propia lengua existe un trecho. Sí estoy en contra de toda esta moda del bilingüismo en la “aldea global”. No perdamos nuestra personalidad, por favor, ni la variedad de matices del idioma español, o la riqueza presente en nuestra literatura –presente no solo en España, sino también en Hispanoamérica.

Cada vez que leo una de esas desternillantes noticias sobre exigencias de bilingüismo en la Educación española, me acuerdo de aquel poemilla cómico de Rafael Alberti:

SONSONETE DE LA COCACOLA

Me basta ver la coca-cola,

ese vómito invasor,

para morirme de dolor

lejos de mi tierra española.

 

Cuando bebida tan extraña

veo orinar de una botella,

grito alto: ¡Me cago en ella!

¿Qué hago yo aquí lejos de España?

 

Y si en la farra disoluta

llego a beberla alguna vez,

grito más alto: ¡Hijo de puta!

¿Qué hago tan lejos de Jerez?

 

Me basta ver la coca-cola,

ese pis norteamericano,

para correr fusil en mano

a salvar mi tierra española.

Famoso cartel del Tío Sam, de J. M. Flagg, reclutando soldados para la Primera y Segunda Guerra Mundial
Famoso cartel del Tío Sam, de J. M. Flagg, reclutando soldados para la Primera y Segunda Guerra Mundial