Javier Krahe: el último vuelo del “cuervo ingenuo”

Hoy a todos se nos llena la boca hablando de Joaquín Sabina, nuestro cantautor oficial y oficioso, aquel que entonó su oda de amor-odio al Madrid que lo acogió a finales de los setenta, se unió a “los de la ceja” a comienzos del siglo XXI y poco después se arrepintió públicamente de eso mismo, porque la moda de Zapatero ya se había pasado y no puede tolerarse que un poeta de la calle tan golfo y tan elegantemente decadente se quede atrás en un tema que está tan en boga como es echar la culpa a Zapatero de todo, incluso del meteorito que acabó con los dinosaurios. Es Sabina un tipo independiente, especialista en eso de “la bohemia”, que debió existir allá por el s XIX y últimamente ha sido relegado al repertorio artístico de estos elevados poetas contemporáneos que la explotan de lo lindo mientras dirigen sus fondos a Suiza.

Javier Krahe, Joaquín Sabina y Alberto Pérez a comienzos de los ochenta

Pero hoy no quiero centrarme en Joaquín Sabina, quien –como ya habrán notado los más avezados lectores- no es precisamente santo de mi devoción, sino en su maestro: el gran Javier Krahe, cuya repentina muerte nos sorprendía a todos anteayer, y utilizo el verbo “sorprender” no como término políticamente correcto, sino en su sentido más literal, ya que, a sus 71 años, Krahe gozaba de buena salud y un ánimo vigorizante, daba conciertos y recitales y se reía del mundo, como ha venido haciendo desde 1980, cuando publicó su primer disco: Valle de lágrimas.

Fue solo un año después cuando vio la luz aquel otro que le lanzaría a la fama: La Mandrágora, grabado junto a Joaquín Sabina y Alberto Pérez, compañeros habituales de recitales y conciertos en locales de aquellos días, como aquel que dio nombre al álbum, situado en el barrio madrileño de Malasaña. El propio Sabina no ha dejado de reconocer que Krahe, cinco años mayor que él, era su referente y siempre lo sería. Lo que no ha admitido en tantas ocasiones es que fue Krahe el compositor de algunos de sus más famosos temas. Y lejos de dejarse esclavizar por “la pose”, como él, Krahe siempre fue insobornable, fiel a sí mismo, y no permitió que su fama le condujera a grandes salas de concierto, sino que continuó decantándose por los pequeños locales y cafés literarios y musicales, como el madrileño Café Central, donde grabó su último disco, En el Café Central de Madrid, publicado en 2014.

Javier Krahe en el banquillo en 2012, qcusado de “ofensa al sentimiento religioso”

Fue un auténtico contestatario; no sólo de boquilla, como Sabina. En 1986, se convirtió en el primer artista censurado de la democracia cuando fue prohibido su tema “Cuervo ingenuo”, una sátira a las contradicciones del discurso de Felipe González, el por entonces presidente del Gobierno de España. En 1978, grabó un video humorístico y anticlerical titulado “Cómo cocinar un cristo para dos personas”, emitido en 2004 y que lo condujo a juicio en 2012 cuando el Centro Jurídico Tomás Moro lo denunció por “ofensa a los sentimientos religiosos”. Por suerte, el cantautor fue absuelto y el caso archivado ese mismo año. Pero, a la vista de los últimos acontecimientos internacionales, la anécdota me hace replantearme la veracidad discursiva de esos políticos españoles abanderados de la democracia que en 2014 empuñaban con orgullo la consabida consigna del “Je suis Charlie”, con toda su carga de defensa de la libertad de expresión. Empeño que, en contraste con la presión que ejercieron en su día contra Krahe, pudiera interpretarse como vana hipocresía. Porque lo que es válido para una religión, lo es para todas. Pero ya dijo el propio Krahe, muy oportunamente y contemporizando a Neruda, aquello de “Me gustas, democracia, porque estás como ausente”.

La ironía fue su arma de combate. Poseía una capacidad asombrosa para bailar con las palabras, para la burla juguetona e inteligente, y es que sus grandes referentes fueron dos míticas figuras de la canción de autor como Georges Brassens y Leonard Cohen, de los que aprendió en Canadá, país en el que estuvo viviendo unos años antes de iniciar su carrera musical en España. Previamente, Javier había sido un niño de familia acomodada, residente en el barrio de Salamanca, uno de los más elegantes de la capital española, y había acudido al Colegio del Pilar, donde coincidió con la flor y nata de la burguesía del momento. Pero ya por entonces llevaba en la sangre una vaga nota de rebeldía que, años más tarde, estallaría en forma de letras canallas y melodías sencillas, populares. Su voz, honda y conmovedora,  contrastaba tanto con esa figura delgaducha, de mirada azul y sentimental, de barba negra que tornaría a plateada mientras la democracia española crecía sin llegar a madurar y él continuaba siendo el azote de todos aquellos demócratas de pose, el juglar contemporáneo de nuestra sociedad que, a pesar de su mordacidad, jamás dejaba la elegancia de lado.

Javier Krahe en sus últimos años

Yo lo conocí hace muchos años, perdido por algún disco de cantautores de los que hay por casa, entonando uno de los temas que lo hicieron célebre allá por 1988: “La hoguera”, un canto definitivo contra la pena de muerte. Después de que en 1975 Aute estremeciera a los españoles con su conmovedora “Al alba”, Krahe aportó el punto de humor inteligente y los hizo reírse ironizando con penas como la silla eléctrica, la guillotina o el garrote vil, dejando que el propio receptor interpretara la falta de sentido y la crueldad vacía que habitaban en una realidad como la pena de muerte. Y es que nadie más hubiera sido capaz de reírse de algo así sin resultar grotesco. Me pregunto qué canción entonaría ante su propio fallecimiento, porque –eso es seguro- Krahe sería capaz de burlarse incluso de eso, concediendo una nota melancólica naufragando dichosa entre torrentes de humor…

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Adiós a Lou Reed

El músico Lou Reed
El músico Lou Reed

Ojalá hubiera nacido hace mil años,
ojalá hubiese navegado por los mares oscuros
en un gran clipper,
yendo de acá para allá
con un traje y una gorra de marinero,
lejos de la gran ciudad
donde un hombre no puede ser libre
de todos los demonios de esta urbe,
de él mismo y de los que le rodean…
Oh, creo que no sé…

Así trataba de escapar Lou Reed, en 1967, en su canción “Heroin”. ¿Escapar de qué, para qué? La música, como un arte más, puede tener dos objetivos principales: huir de la realidad o luchar contra ella. En la década de los sesenta, Lou Reed huía, acompañado por todas aquellas decenas de rockeros, de hippies, de provocadores de la contracultura. Eran los tiempos en los que el LSD conducía a John Lennon a divagar para siempre por los campos de fresa, eran los “días extraños” de Jim Morrison y los gritos últimos de Jack Kerouac, el poeta cabecilla de la llamada Generación Beat. La lejana Guerra de Vietnam dejaba en el viento y en los periódicos regueros inagotables de sangre, y las drogas se constituyeron como vía para escapar de esa sangrienta realidad, como las “puertas de la percepción” de las que habló William Blake y que le sirvieron a Jim Morrison para darle nombre a su banda. Huir también era un modo de luchar.

The Velvet Underground & Nico, 1967. Lou Reed al frente
The Velvet Underground & Nico, 1967. Lou Reed al frente

Por entonces, en Los Ángeles, Lou Reed cantaba junto a John Cale, Sterling Morrison y Maureen Tucker en la banda The Velvet Underground, que apostaba por un rock psicodélico: melodías distorsionadas, dulces, pálidas, con las que abordaban temas sórdidos como la droga o el sadomasoquismo. En 1966, el artista pop Andy Warhol los fichó para su Factory, y desde entonces se convirtió en su productor, añadiendo al grupo un nuevo miembro más de su cosecha: la cantante y modelo alemana Christa Paffgen, Nico, que le daría una nota de glamour a la banda con su voz oscura y humeante. A Lou Reed y John Cale no les hizo ninguna gracia la nueva incorporación, pero esta sirvió para grabar el álbum más célebre de la banda: The Velvet Underground & Nico, que incluiría temas tan celebrados por la crítica como este “Sunday Morning”:

La colaboración con Andy Warhol y Nico engendró un único disco, después del cual los miembros originales de la banda decidieron continuar sin ellos su carrera. Pero The Velvet Underground no duraría mucho más. Nunca fue un grupo comercial, tenía un público muy concreto, fue casi una experiencia alucinógena, musicalmente hablando. Lou Reed abandonó en 1970 para grabar su primer disco en solitario dos años después, llamado simplemente Lou Reed.

En solitario, Lou Reed continuó “caminando por el lado salvaje“, como en su canción, enfrentando temas desasosegantes y sórdidos, naufragando en heroína. Su álbum Berlín narraba una trágica historia de amor entre dos drogadictos, abordando la violencia, la prostitución y las drogas, el suicidio. Por estos años, compuso uno de sus temas más alabados, “Perfect Day“, concebido como una elegía a la heroína, a la que Reed era adicto. En sus propias palabras: “Sabía que no escribía para la mayoría. Escribía sobre el dolor y las cosas que herían”.

Su relación con la literatura revolucionaria resultó una constante vital, como desarrollé en el artículo “Arte pop y literatura en The Velvet Underground“. Sus letras se inspiraban en las obras de poetas como Jean Genet o Allen Ginsberg, perteneciente a la Generación Beat.

La década de los ochenta supuso un renacimiento para él. Después de abandonar las drogas, empezó a componer letras con las que ya no pretendía escapar de la realidad oscura, sino encararla, criticarla, denunciarla. Ese fue el álbum New York, uno de los más exitosos, en los que arremetía directamente contra personajes de la sociedad como Jesse Jackson, el Papa Juan Pablo II o Kurt Waldheim. Reed dio voz a los más desfavorecidos de la sociedad americana y clamó por justicia.

El músico Lou Reed
El músico Lou Reed

Como un silencioso tributo a la canción de The Velvet Underground, Lou Reed ha muerto un domingo, no sabemos si por la mañana. A sus 71 años, era considerado como el padre del rock alternativo y una especie de hombre renacentista del rock, pues no solo cantaba y componía, también pintaba, actuaba en la gran pantalla y dirigía guiones de televisión. Lo que pocos saben es que, siendo niño, sus padres lo sometieron a una lobotomía preventiva para atajar su desacato a las normas y su inconformidad con el orden establecido. Él mismo reconoció: “No me gustaba el colegio, no me gustaban los grupos de gente, no me gustaba la autoridad. Estaba hecho para el rock and roll”.

El domingo 27 de octubre de 2013, perdimos una parte de la Historia del rock. Se apagó dulcemente, envuelta en una melodía confusa y distorsionada, como las canciones de la Velvet Underground