Fin de año

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La Caja de Pandora, René Magritte

Era mi dolor tan alto,
que la puerta de la casa
de donde salí llorando
me llegaba a la cintura.

Manuel Altolaguirre

“Era mi dolor tan alto”. Aquel verso, recordado casi de forma inconsciente, se repetía como un mantra en tu memoria en los peores momentos de oscuridad. Una semana más tarde, supiste que nacieron de la pluma de Manuel Altolaguirre. Cinco palabras, simplemente, bastaban para describir tu dolor. Y hay quien dice que Altolaguirre es un poeta menor.

Tras el cristal del dolor, los mundos se aquietan. Todo se enfoca más despacio, más profundamente, casi a cámara lenta. Las tristezas de antes se reblandecen. Aquello que pensabas que más daño podría hacerte adquiere, de repente, aroma de banalidad. Nada importaba tanto como considerabas. Y aquello que no te parabas a considerar, porque su solidez te lo impedía, siempre había sido todo. A pesar de que, por entonces, no lo comprendieras. Y eras tan feliz sin comprenderlo, aunque tal vez lo hubieras podido ser más, de haberlo comprendido.

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El lado oscuro de la mente, Salvador Dalí

El mundo podía romperse allá fuera. El mundo era distinto a tu mundo, a eso que Franco Battiato llamó “centro de gravedad permanente”. Lo que no se rompía, lo que permanecía tras todos los eventos con que la vida pudiera llegar a abofetearte. Eras fuerte y te levantabas, gracias tu centro de gravedad.

El verdadero problema sobreviene cuando es ese centro el que se resquebraja. Entonces, el universo se viste de humo y te encuentras a ti misma tratando de arañarlo. Un humo negro, hijo de las tinieblas, que te arrastra. Y, como en las peores pesadillas, avanzar caminando es solo una utopía.

Tras el cristal de la oscuridad, las personas de tu entorno se convierten en desconocidos. Nadie sabe traducir tu dolor en palabras, en gestos; porque, si algo caracteriza al dolor, es que es de quien lo siente y de nadie más. Tan alto, tan alto… Tan alto, que parece irreal. Hubieras esperado que algunas personas llamaran a la puerta de tu soledad, de tus tinieblas, y te arrancaran de su núcleo. Pero hubo tantas que se quedaron al otro lado.

Ya dijo Gil de Biedma, con esa ironía tan grave y tan desesperada, que la vida va en serio y “uno lo empieza a comprender más tarde”. Ahora lo comprendo yo. Ahora comprendo, en realidad, tantas cosas. La sabiduría oculta en su corazón un torbellino de tristezas encadenadas. Los tópicos –“valora lo que tienes”, “vive el presente”, “permanece unido a tu familia”– se convierten, de repente, en necesidades irrenunciables.

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Estas son las cosas tristes que has aprendido en este año triste, el mismo año en que David Bowie ha viajado sin retorno a las estrellas, acompañado de Alan Rickman, Umberto Eco, Leonard Cohen, Francisco Nieva, Manolo Tena. George Michael, Carrie Fisher… El universo parece haber enloquecido. Y sin embargo, también te has llevado enseñanzas muy valiosas. La primera es que la familia es nuestro mayor tesoro. Que siempre habrá un centro de gravedad, aunque resquebrajado. La segunda es que puede existir luz dentro de la oscuridad. Te has arrastrado hacia la luz, has sangrado, y a veces la luz te ha sonreído. La luz viaja dentro de algunas personas y no es la soledad la que nos salvará de caer para siempre en el agujero negro. Tu niña, herida de muerte, llora dentro de tu corazón y grita que nunca más despertará. Pero es necesario salvarla, salvarte, salvarnos.

Ahora, tras veintisiete años de feliz inconsciencia, adquiere su verdadero sentido aquella cita de El Gatopardo; aquella que decía: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».

Sabiduría

Algo me queda siempre cuando estoy solo, cuando
emprendiendo el camino del corazón, subiendo
las empinadas cuestas de la memoria, elijo
de un prado lateral borroso, de una triste
sauceda, una vertiente perdida, un separado
río de solitarios rumores o una playa,
elijo lo que más me revive llamándome.”

Rafael Alberti

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1995

Nunca quise crecer. Creo que, por ello, fui una niña bastante sabia, pero demasiado idealista. Al final, no cayó un misterioso meteorito que detuviera el tiempo y que me regalara una infancia infinita.

Hoy soy un año mayor, aunque cada vez creo más en la relatividad del tiempo. Tal vez eso sea consecuencia de la madurez –o inmadurez– a la que me encamino. Los adultos siempre dicen que el tiempo se sucede desenfrenadamente, a un ritmo progresivo y ascendente. Empiezo a comprenderlos y esto me lleva a plantearme si yo misma habré alcanzado la adultez. La pregunta sería si realmente nos hacemos adultos del todo. Yo me siento incapaz.

Estoy aquí, en un extraño limbo. Persiguiendo el equilibrio, como siempre. O como nunca. Porque jamás había sido el equilibrio tan resbaladizo y mi ansiedad por apresarlo tan aguda. Será que a veces se apaga la luz y nos desorientamos. La idea de una humanidad como un enjambre de polillas absurdas, cegadas por la claridad de un farol utópico que en unas ocasiones llamamos amor y en otras adquiere denominaciones más terrenales y precisas, como ambición, fama, futuro.

Sí; futuro. Una luz añorada como futuro; una luz que tratamos de intuir, agitando las alas empañadas de sueños y elevándonos en nuestra naturaleza de polillas gastadas, errabundas, ordinarias. Intentando vislumbrar el futuro, en vano. Y sin embargo es el pasado el que nos define y el que se impone de manera constante en nuestros pensamientos.

Mi recuerdo más antiguo es… Es ridículamente antiguo, tanto que casi pierde su sentido. Soy simplemente yo, mirando por la ventana del dormitorio de mis padres, contemplando los edificios y comprendiendo la muerte. La muerte como consecuencia de la llegada de un Tiranosaurio Rex de la misma altura que esos edificios, devorando a sus víctimas. No existían más muertes, por entonces. Las enfermedades podían curarlas los médicos.

Pensar en la muerte en la frontera de los tres años me convertía en una niña bastante sabia, pero demasiado idealista. Porque después llegaría aquella revelación terrible: que los dinosaurios se habían extinguido hacía millones de años. La muerte nunca volvería a ser lo mismo.

Los recuerdos acuden como fogonazos en todos los cumpleaños; parece algo inevitable. Al de los dinosaurios le sucede otro que me retrotrae unos años más tarde, tal vez tres, en otro día de cumpleaños. Un regalo: esa muñeca llamada “Novia-princesa”, que parecía diseñada especialmente para mí. Con su falda rosa y blanca, su cabello rubio y su corona. Después, aquel otro trece de octubre inolvidable, cuando cumplí diez años y acudieron a mi casa un montón de compañeros del colegio…

img_9491Y de todas aquellas personas, ¿cuántos quedan? ¿No avanzamos de algún modo hacia la soledad? ¿O este pensamiento no es más que un producto de la nostalgia? De la inseparable nostalgia, que diría Alberti: la idea de extrañar paraísos temporales que en su momento nos parecieron rutinarios. A la vida llega mucha gente nueva, pero solo algunos se quedan, quién sabe hasta cuándo. Hoy he soñado con dos personas a las que ya no veo; una se deshizo antes de llegar a su lado. Comprendí que aquellos dos o cuatro años que pasó por mi vida no significaron nada. Un borrón de tiempo; poco más. Una larga cabellera castaña perdida por el calendario de los recuerdos.

Al final no somos nada más que polillas, que cuentos que esperan a ser escritos. No terminamos de comprender que no existen más autores de nuestra propia historia que nosotros mismos, porque las decisiones son llaves en el seno de un laberinto y, como Teseo, a nosotros también nos toca huir del Minotauro del Fracaso. Perdiendo personas, sueños, ilusiones. Ganando experiencias, pequeñas luces dispersas que constituyen la verdadera identidad de esa idea inmensa y omnipresente que en otro tiempo teníamos de la felicidad.

Rafael y el levante

con rafa

Alguien reía junto a la orilla.
En una playa que se escapaba al tiempo
donde a lo lejos,
tímidamente suspendidas sobre el acantilado,
se levantaban mis miradas.
Lo veía jugar, incandescente,
rodeado de azules y blancos gaditanos,
y en sus ojos de cielo
descansaba la espuma del Atlántico.
Sus temblores de niño de principios de siglo
hablaban ya de versos tachonados de nube,
de enigmas vanguardistas, de ángeles sombríos,
de sangre de acuarela derramada en sonetos
y en palomas ligeras, filarmónicas,
que confundían dulcemente la noche y la mañana.
Y aquella playa era su playa.
La Andalucía rota de cante jondo y de luceros
desgarraba la realidad como en un sueño,
dibujándolo a él en cada sacudida:
a él y a aquella infancia ciega
que respirase para siempre en cada verso.

El levante es locura disfrazada de viento:
azules que se mezclan con épocas remotas
y con atardeceres de poesía que nunca contemplé,
donde jugar en una playa
era apenas el único horizonte recordado.

Volvería una y otra vez sobre tus aires, Cádiz;
regresaría para desvanecer crepúsculos y lágrimas,
colorear inviernos,
imprimir lunas en forma de baladas
y soñar con aquella silueta de contrapuntos italianos
que me regala una mirada pícara
antes de desteñirse nuevamente
bajo el pincel del tiempo.

Marina Casado, Mi nombre de agua

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El tiempo

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad.

Luis Cernuda, Ocnos

columpio copiaTuve conciencia del tiempo muy pronto. Recuerdo que, mientras los niños de mi edad se morían de ganas por crecer y alcanzar ese concepto imposible llamado independencia, yo lloraba y le confesaba a mi madre que no quería hacerme mayor, que deseaba ser niña para siempre. Y así, soñaba que un día, un buen día, se abalanzaría sobre la Tierra un meteorito de las dimensiones de aquel que provocó la extinción de los dinosaurios; un meteorito que detendría para siempre el tiempo, y yo sería una niña hasta la eternidad.

Mi primer reloj fue uno de pulsera roja que me regalaron mis abuelos. El segundero era un caballito blanco que trotaba incansablemente por la esfera. Yo sentía en su trote destellos inexorables de tiempo. Quería que este me acabara convirtiendo en princesa, actriz de cine o escritora. Finalmente, el tiempo me regaló uno de los tres deseos.

A partir de los veinte años, dicen, la vida transcurre como un rápido torbellino sin que te des cuenta. He de corroborar esa teoría, pero también aquella afirmación de Carlos Gardel, “que veinte años no es nada”. Hace veinte años me mudé a la casa donde ahora vivo. Se puede decir que ante mí se abría la época más feliz de la infancia, con sus rincones agridulces, por supuesto. Recuerdo dos niñas de mi edad junto a la piscina. Nada más verlas, supe que una sería mi amiga y la otra algo parecido a mi enemiga, entendiendo ese concepto desde la perspectiva azul de la inocencia.

El tiempo me ha robado personas e ilusiones y me ha concedido algún que otro sueño. Ahora saludo a los viejos amigos y a los viejos enemigos con el mismo “hola” desteñido, y me guardo todas las historias antiguas por detrás de los labios.

Ahora, escucho a la gente de mi edad arrepentirse por haber deseado que acabara su infancia. Yo, al menos, no tengo esa punzada en la conciencia: debía de ser una niña muy sabia, si es que esa paradoja es posible. Aunque de poco me ha servido desear, porque aquel meteorito esperado jamás hizo acto de presencia.

Recuerdo que un día, un mal día, el caballito de mi reloj se detuvo. Pero el tiempo, obstinado, continuó corriendo.

Lobos y corderos

El rebaño.

Ahora, la moda es llamarlo bullying, pero el acoso escolar ha existido desde que el mundo es mundo. En una clase nunca ha faltado la figura del marginado, que puede serlo, simplemente, por tener aficiones distintas a la mayoría de sus compañeros, o por constituirse como una persona extremadamente tímida e introvertida, con problemas para relacionarse socialmente. Estos niños y adolescentes se convierten en la víctima perfecta para los clásicos abusones que necesitan demostrar su superioridad –una superioridad ficticia- sobre ellos para sentirse realizados y ser aceptados socialmente. Personas que están convencidas de que serán más admiradas cuanto peor traten a aquellos más vulnerables, aquellos que menos amigos tienen o a los que más les cuesta defenderse. Tristemente, en numerosas ocasiones esto se cumple, convirtiéndose el resto de compañeros en un rebaño que sigue ciegamente al abusón y se une a sus burlas.

Recuerdo a una compañera de los tiempos en los que cursaba la Educación Primaria. No era una niña demasiado inteligente ni buena en los estudios, pero disfrutaba humillando públicamente a otras niñas que no conocían el idioma español porque acababan de emigrar de otros países, o aquellas que eran más introvertidas a causa de una situación familiar complicada. Yo jamás me quedé de brazos cruzados: defendí a aquellas compañeras más vulnerables a pesar de situarme en el punto de mira de la abusona, que gozaba de popularidad en la clase. En esos tiempos, tenía mi grupo de amistades y no me sentía atacada por nadie. Lo fácil hubiera sido unirme a los insultos de aquella chica y reírle las gracias, demostrándole complicidad. Preferí jugarme mi posición social en la clase y hacerle frente, poniéndome de parte de las desfavorecidas. Y por supuesto, mi acción me cobró factura, porque unas cuantas de las compañeras que tan amigas mías decían ser se alejaron de mí para confabularse con la abusona, que desde entonces me convirtió en el nuevo blanco de sus burlas. Realmente, no me importó, porque aquellas niñas demostraron no tener ninguna personalidad, y a mi lado permanecieron las que de verdad sentían aprecio por mí.

En mis años de estudiante de ESO, yo no era demasiado popular y no se me daba muy bien relacionarme con mis compañeros, sobre todo debido a mi timidez. Circunstancia que fue aprovechada por algún que otro abusón que me señaló como el bicho raro, la antipática, la repelente. Me hubiera gustado, en aquellos tiempos, que alguien diera la cara por mí como yo en su día la di por otros, pero es difícil dejar de seguir al rebaño y jugarte tu posición social por actuar contra la injusticia. Al final, fui yo quien tuvo que aprender a defenderse, a superar la timidez y a demostrar que no era ningún bicho raro, que podía tener amigos igual que el resto, y ser admirada y apreciada.

No es cierto que todos los niños y adolescentes víctimas de algún tipo de acoso escolar sufren consecuencias psicológicas de por vida y se convierten en adultos inseguros y con muchos problemas a la hora de salir al mundo. Esto solo se produce en casos extremos, sobre todo cuando ha existido violencia física. Generalmente, el apoyo y la confianza de la familia suelen ser motivación suficiente para que el niño consiga superar por sí mismo la situación.

La opinión siempre se centra en el futuro de las personas víctimas de acoso escolar, pero… ¿qué hay de los acosadores? En muchos casos, la madurez les hace recapacitar y arrepentirse de sus acciones, pero también están aquellos que nunca consiguen alcanzar el suficiente grado de empatía para darse cuenta, y continúan inmersos en una infantil concepción del mundo en la que las personas se siguen dividiendo entre “populares” y “marginados”, como si la sociedad fuera una clase inmensa y ellos necesitaran demostrar su ridícula fortaleza. La inmadurez, la falta de sensibilidad, la intolerancia y la incapacidad de comprender que existan otras filosofías vitales distintas a la suya son, casi siempre, el origen de estos comportamientos. A veces, también aparecen los celos de por medio: la idea de odiar algo simplemente porque ellos no se ven capaces de alcanzarlo. Seguramente, aquella niña de la que se burlaba en sus años escolares, ahora sea una mujer hecha y derecha, probablemente más inteligente que él, que lo contempla con indulgencia y lástima. Y en ese momento, el abusón se convierte en la auténtica víctima: víctima de su propia estrechez de miras.

Si en el mundo de los niños es difícil encontrar apoyos, no digamos en el universo de los adultos. A menudo, las personas se siguen comportando como un rebaño y, aunque perciben la injusticia, no hacen nada para evitarla. En muchas ocasiones, lo que se juegan no es ya la posición social en una clase, sino cosas más determinantes, como un trabajo. No podemos juzgar a nadie, porque no sabemos lo que haríamos si nosotros estuviéramos en su situación. Pero a veces, lavarse las manos y hacer la vista gorda ante un ataque daña más que el ataque en sí mismo.

En conclusión, no podemos olvidar que, como dijo Henri Barbusse, “cada hombre está irremediablemente solo consigo mismo”.