De las horas sin sol

Publicar un libro de poesía tiene algo muy espiritual, porque es como si de repente se materializara una parte de nuestra alma. En el caso de mi tercer poemario, De las horas sin sol, esta sensación se incrementa, ya que se trata de una obra muy personal, que plasma mi geografía emocional en un momento muy concreto de mi vida.

Este libro habla sobre la muerte, la memoria, la ausencia y el amor: los temas de siempre, barnizados por la nostalgia. Es una obra más oscura que las anteriores, gestada en un eclipse. Sin embargo, la luz sigue ahí, aunque de forma distinta.

Con él quedé finalista en 2017 del Premio Valparaíso de Poesía.

Gracias a Antonio y Charo, de Huerga y Fierro, por depositar su confianza en mí con esta edición tan magnífica. Gracias a mi prologuista, Andrés París, el mejor intérprete de las luces y sombras que me habitan. Gracias a mi familia, siempre, y a los amigos que se han quedado conmigo.

Estoy deseando que lo leáis. Me encantaría también veros en la presentación, el 5 de abril a las 20:00 h., en la sede de Huerga y Fierro (C/ Sebastián Elcano, 9, Madrid).

Feria del Libro 2018

Voy a hacer un alto en el estudio de las oposiciones. Me encantaría que me fuerais a saludar… También estarán allí el resto de bardos para firmar, en conjunto, nuestra Antología.

feria 18 cartel

Solo la luna

luna

“Ya nadie piensa en ti, Miss X niña.”
(Rafael Alberti)

Detrás de un beso hay siempre
una región inabarcable de soledad.
En cada abrazo, juegan los cuerpos a simular
durante unos instantes que se componen de algo más
que nubes hilvanadas con deseos.
Abrir los ojos es cerrarlos,
y entonces ya no existe un tú y yo: solo la luna.
Solo la soledad desenterrada del viento del oeste,
de las niñas sin nombre –¡ah, Miss X!–
perdidas por los mundos ignotos
de nuestros pensamientos.

 

(De Mi nombre de agua, Ediciones de la Torre, 2016)

Nueva Orleans

 

new orleans

Recuerdo cuando fuimos inmortales.
La luz de media tarde
desparramaba sus cabellos de oro
sobre el sofá.
La vecina del cuarto, aquella niña llamada Mara,
canturreaba una canción de plastilina
en los oídos de las hadas
que nunca se atrevieron a buscarnos.
Mara tenía la mirada bovina
y una ancha sonrisa confiada y patética
colgando con lustrosa placidez de las mejillas.
Yo siempre tuve las pupilas demasiado grandes.
Alguien hablaba de Nueva Orleans
y yo veía las trompetas conviviendo
con las luces rojizas de los bares,
sombreros desgastados, calles amargas
perfiladas de risas en el anochecer.

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