Los 90 del 27 en el Ateneo de Madrid

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Célebre foto de la Generación del 27 en el tercer centenario de Góngora, en Sevilla, 1927. De izquierda a derecha: Rafael Alberti, Federico García Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, José María Platero, Manuel Blasco Garzón, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego

Nunca ha brillado tanto la poesía en España como en aquellos años de esplendor en los que los poetas de la Generación del 27 enarbolaban sus versos por nuestros cafés, por nuestra Residencia de Estudiantes, por las noches insomnes en las casas de Aleixandre, de Neruda, de Carlos Morla Lynch. La Guerra Civil los separó, pero desde el exilio o desde una España torturada por la dictadura franquista —la España del hacha, que diría el prometeico León Felipe—, cada uno de ellos continuó escribiendo magníficas obras que contribuirían a forjar el esqueleto de la literatura en lengua española. Hubo una excepción, trágica y escalofriante: Federico García Lorca no pudo componer más versos, porque su voz y su vida le fueron arrebatadas en aquel fúnebre agosto de 1936.

No podría comprender hoy la poesía sin la existencia del deseo adolescente cernudiano, sin los mares azules de Alberti, sin el duende de Lorca o los callados enigmas aleixandrinos. La Generación del 27 constituyó un equilibrio perfecto entre la tradición y la vanguardia, y he ahí una de las claves de su esplendor. Y sin embargo, parte de los poetas y poetastros de mi generación se resisten a su influencia por considerarla una poesía caduca, y los clásicos españoles hoy son rechazados en buena parte de los ambientes poéticos juveniles. Apostar por la tradición actualmente es, casi, una forma de vanguardia. Por eso, cuando critican mi poesía por parecerse demasiado a la del 27, me siento halagada. A mucha poesía actual le falta la música; esa música que plasmó Verlaine en sus versos y que enarboló con orgullo Rubén Darío y que recogerían también poetas como Lorca o Alberti.

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Miguel Losada y Alejandro Sanz presentando el homenaje a los 90 años de la Generación del 27 en el Ateneo de Madrid

No debería ser necesario reivindicar la Generación del 27, porque ella brilla por sí misma. Sin embargo, tristemente, se impone hacerlo. Por eso me alegró tanto la última iniciativa de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, consistente en un homenaje por el nonagésimo aniversario de la Generación del 27. Alejandro Sanz y Miguel Losada, dos enamorados y grandes conocedores de estos poetas, representantes de la Sección de Literatura, organizaron un magnífico evento que, asombrosamente, no ha sido recogido por los medios de comunicación, quedando así demostrada la escasa importancia que en España se concede a nuestro patrimonio cultural.

Lo cierto es que fue una velada memorable. Quince poetas actuales, entre los cuales tuve el honor de contarme, recitamos versos de cada uno de los grandes vates del 27. Yo representé a mi adorado Rafael Alberti, cuya figura he reivindicado en mi tesis doctoral y que es la protagonista de un ensayo titulado La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra, que publicaré este mes con Ediciones de la Torre y presentaré el 12 de junio en el Ateneo de Madrid.

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Los participantes del acto

Aquella noche, revivieron los poetas del 27. Resultó emocionante formar parte de este homenaje, deleitarme una vez más con sus obras y aprender de las palabras que les dedicaron los participantes del acto. Se produjo, además, una emotiva anécdota: la asistencia al evento de Alfred Jordan, un antiguo alumno de Luis Cernuda, del último curso en que este dio clases en Norteamérica. Recordaba el ahora veterano profesor el ensimismamiento de Cernuda y sus grandes conocimientos acerca de la literatura española.

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Marina Casado representando a Rafael Alberti

El amor por la poesía se traslucía en todas las voces y miradas, y compartirlo fue una maravillosa experiencia. Dijo Alberti que el canto del poeta “asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres”. También podríamos citar esa hermosa estrofa lorquiana de la “Oda a Salvador Dalí”: “Pero ante todo canto un común pensamiento / que nos une en las horas oscuras y doradas. / No es el Arte la luz que nos ciega los ojos. / Es primero el amor, la amistad o la esgrima”. La amistad. Generación de la amistad, la llamaron también poetas de la talla de Vicente Aleixandre. Anoche nos lo recordó Alejandro Sanz, presidente la Asociación de Amigos del autor de Sombra del paraíso. Y verdaderamente, aquellos grandes amigos y escritores parecían sonreírnos desde la insondable distancia del tiempo.

Dejo aquí la lista de los participantes del acto y de los poetas del 27 a los que representamos, por orden alfabético:

RAFAEL ALBERTI – Marina Casado
VICENTE ALEIXANDRE – Javier Lostalé
DÁMASO ALONSO  – José Cereijo
MANUEL ALTOLAGUIRRE – Ángel Rodríguez Abad
MAURICIO BACARISSE – Manuel Neila
JOSÉ BERGAMÍN – Jon Andión
LUIS CERNUDA – José Luis Gómez Toré
JUAN CHABÁS – David Felipe Arranz
GERARDO DIEGO – Jesús Urceloy
JUAN JOSÉ DOMENCHINA – Luis Luna
JORGE GUILLÉN – Francisco Caro
FEDERICO GARCÍA LORCA – Miguel Losada
JUAN LARREA – Juan Carlos Mestre
EMILIO PRADOS – Alejandro Sanz
PEDRO SALINAS – Rosana Acquaroni

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Y por último, todas las fotos de los participantes, cortesía de Alejandro Sanz:

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Fin de año

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La Caja de Pandora, René Magritte

Era mi dolor tan alto,
que la puerta de la casa
de donde salí llorando
me llegaba a la cintura.

Manuel Altolaguirre

“Era mi dolor tan alto”. Aquel verso, recordado casi de forma inconsciente, se repetía como un mantra en tu memoria en los peores momentos de oscuridad. Una semana más tarde, supiste que nacieron de la pluma de Manuel Altolaguirre. Cinco palabras, simplemente, bastaban para describir tu dolor. Y hay quien dice que Altolaguirre es un poeta menor.

Tras el cristal del dolor, los mundos se aquietan. Todo se enfoca más despacio, más profundamente, casi a cámara lenta. Las tristezas de antes se reblandecen. Aquello que pensabas que más daño podría hacerte adquiere, de repente, aroma de banalidad. Nada importaba tanto como considerabas. Y aquello que no te parabas a considerar, porque su solidez te lo impedía, siempre había sido todo. A pesar de que, por entonces, no lo comprendieras. Y eras tan feliz sin comprenderlo, aunque tal vez lo hubieras podido ser más, de haberlo comprendido.

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El lado oscuro de la mente, Salvador Dalí

El mundo podía romperse allá fuera. El mundo era distinto a tu mundo, a eso que Franco Battiato llamó “centro de gravedad permanente”. Lo que no se rompía, lo que permanecía tras todos los eventos con que la vida pudiera llegar a abofetearte. Eras fuerte y te levantabas, gracias tu centro de gravedad.

El verdadero problema sobreviene cuando es ese centro el que se resquebraja. Entonces, el universo se viste de humo y te encuentras a ti misma tratando de arañarlo. Un humo negro, hijo de las tinieblas, que te arrastra. Y, como en las peores pesadillas, avanzar caminando es solo una utopía.

Tras el cristal de la oscuridad, las personas de tu entorno se convierten en desconocidos. Nadie sabe traducir tu dolor en palabras, en gestos; porque, si algo caracteriza al dolor, es que es de quien lo siente y de nadie más. Tan alto, tan alto… Tan alto, que parece irreal. Hubieras esperado que algunas personas llamaran a la puerta de tu soledad, de tus tinieblas, y te arrancaran de su núcleo. Pero hubo tantas que se quedaron al otro lado.

Ya dijo Gil de Biedma, con esa ironía tan grave y tan desesperada, que la vida va en serio y “uno lo empieza a comprender más tarde”. Ahora lo comprendo yo. Ahora comprendo, en realidad, tantas cosas. La sabiduría oculta en su corazón un torbellino de tristezas encadenadas. Los tópicos –“valora lo que tienes”, “vive el presente”, “permanece unido a tu familia”– se convierten, de repente, en necesidades irrenunciables.

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Estas son las cosas tristes que has aprendido en este año triste, el mismo año en que David Bowie ha viajado sin retorno a las estrellas, acompañado de Alan Rickman, Umberto Eco, Leonard Cohen, Francisco Nieva, Manolo Tena. George Michael, Carrie Fisher… El universo parece haber enloquecido. Y sin embargo, también te has llevado enseñanzas muy valiosas. La primera es que la familia es nuestro mayor tesoro. Que siempre habrá un centro de gravedad, aunque resquebrajado. La segunda es que puede existir luz dentro de la oscuridad. Te has arrastrado hacia la luz, has sangrado, y a veces la luz te ha sonreído. La luz viaja dentro de algunas personas y no es la soledad la que nos salvará de caer para siempre en el agujero negro. Tu niña, herida de muerte, llora dentro de tu corazón y grita que nunca más despertará. Pero es necesario salvarla, salvarte, salvarnos.

Ahora, tras veintisiete años de feliz inconsciencia, adquiere su verdadero sentido aquella cita de El Gatopardo; aquella que decía: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.