Océanique

IMG_0568
Conil de la Frontera, Cádiz (2017)

El mar es un olvido,
una canción, un labio;
el mar es un amante,
fiel respuesta al deseo.

Luis Cernuda

Hay personas que, como los ríos, cruzan por nuestra vida con el mero propósito, inconsciente, de conducirnos hacia el mar. Una vez creí perderme en la corriente, hallar un asomo de permanencia en su fluir constante. Pero todos los ríos acaban encontrando su desembocadura.

Es su carácter transitorio el que les concede un sentido en nuestras existencias. Su naturaleza de puente, de camino, de viaje. Hay personas que, como los ríos, dependen de la frecuencia de las lluvias, y su caudal pierde consistencia cuando el viento no sopla a su favor. Hay caudales engañosos como astros caídos, ríos que se disfrazan de piedras, personas inconstantes.

Pero el mar, el mar siempre permanece. Sumergido unas veces en su propia serenidad, otras en sus revoltosas tempestades, no hace sino crecer. Visita la orilla y vuelve a alejarse, fugitivo y misántropo, con su promesa dócil de regreso. Recibe el caudal de los ríos y lo acoge entre sus brazos líquidos, con amor y holgura, con sabia benevolencia. Hay personas como mares y hay otras tan inmensas que se parecen más a los océanos.

Qué importan los golpes contra las rocas que la corriente del río selló sobre tu cuerpo durante aquel viaje. Qué importan las sequías, la decepción, la incertidumbre, cuando ya te envuelve el océano y constatas que has alcanzado al fin tu lugar, porque tu propia esencia está hecha de agua salada y tus profundidades son abisales. Hay océanos remotos y viajes interminables. Hay personas de agua dulce, incapaces de desembocar. Criaturas que vomitan sus futuros potenciales, golpeados de rocas, sobre la costa, y continúan fluyendo, iniciando de nuevo el ciclo, sumidas en una feroz ausencia de ambiciones existenciales, en un viaje condenado a repetirse hasta la eternidad.

Pero el océano… El océano siempre permanece.

Anuncios

En recuerdo de María Teresa León

dibujoTodo son palabras y colores dentro de mí que ya no sé muy bien qué representan. Me asusta pensar que invento y no fue así, y lo que descubro, el día de mi muerte lo veré de otro modo, justo en el instante de desvanecerme.

Puede que esté inventando y que pinte sin saberlo y con ansia un muro, como hacen los niños de las calles de Roma donde dejan manos sueltas o bocas o caras espantadas o mensajes de amor entre estrellas. Lo cierto es que todo lo que estoy escribiendo no tiene ni deseo de perfección ni de verdad. Lo que yo vi es el jardín cerrado de lo que yo sentí. A veces me da vergüenza no decir nada mejor o más, no gritar con rabia porque la ira se me quita como si de pronto la lluvia me lavase los recuerdos o alguien me dijera: ¿Para qué la venganza?

Así comienza Memoria de la melancolía, la obra autobiográfica en la que María Teresa León guardó los recuerdos de toda una vida, encerrando sus luces y sus sombras antes de que el olvido extendiera sus aguas heladas sobre ella. La memoria de María Teresa no se perdió; permanece en este libro de infancias, amores apasionados, guerra, exilio. Ella falleció un 13 de diciembre de hace veintiocho años. En su lápida, puede leerse un verso de su marido, Rafael Alberti, perteneciente a Retornos de lo vivo lejano:

Esta mañana, amor, tenemos veinte años.