Dalí daliniano

La aportación teórica más importante de Salvador Dalí al Surrealismo fue el método paranoico-crítico, definido por su creador como “un método espontáneo de conocimiento irracional basado en la objetividad crítica y sistemática de las asociaciones e interpretaciones de fenómenos delirantes”. Las palabras del genio, encaminadas a formar un nudo en el cerebro de su receptor, se comprenderán mejor si vemos un ejemplo:

"Afgano invisible con la aparición en la playa del Rostro de García Lorca en la forma de un frutero con tres higos", Salvador Dalí
“Afgano invisible con la aparición en la playa del Rostro de García Lorca en la forma de un frutero con tres higos”, Salvador Dalí

Esta obra, como tantas otras dalinianas, busca activar determinados procesos mentales de quien la está contemplando, jugando a crear imágenes que en realidad no existen, pero que parecen estar ahí. El cuadro muestra, objetivamente, un frutero con tres higos en mitad de un paisaje desértico, formaciones rocosas, remolinos de viento sobre la arena y unos misteriosos elementos azulados que podrían constituir siluetas humanas. Pero lo que nosotros vemos –y, por si no lo viéramos, ya se encarga Dalí de señalarlo en el título- es la imagen de un perro; un perro afgano, más concretamente. Y aún más: un perro afgano con el rostro del poeta Federico García Lorca –esta obra es la única en la que menciona al que fuera su gran amigo, a pesar de ser su rostro un elemento recurrente en sus cuadros de los años veinte y treinta-.

Dalí utilizó su método paranoico-crítico para analizar la célebre obra El ángelus, del pintor realista Jean-François Millet, que también se convierte en elemento recurrente a lo largo de su carrera pictórica. En el cuadro, podemos ver una pareja de campesinos que, según parece indicar el título, han detenido sus labores en el campo para ponerse a rezar por la hora del Ángelus:

"El Ángelus", Jean-François Millet
“El Ángelus”, Jean-François Millet
Una de las numerosas versiones de Dalí de "El Ángelus" de Millet
Una de las numerosas versiones de Dalí de “El Ángelus” de Millet

La interpretación paranoico-crítica de Dalí nos ofrece una respuesta bien distinta. En 1932, recordó repentinamente el cuadro, cuya reproducción había visto cada día en su niñez, colgada en un pasillo del colegio de Figueres al que asistía. Más adelante, investigando, descubrió que, en el lienzo, Millet había borrado lo que en principio iba a ser la tumba de un niño, situada en medio de la pareja de campesinos –el Museo del Louvre lo analizaría más tarde, llegando a la misma conclusión-. El sentido de la obra, contemplado desde esa perspectiva, variaba notablemente. Los campesinos, por tanto, se hallarían orando por su hijo fallecido.

Dalí escribió entre 1932 y 1935 un ensayo titulado “El mito trágico del Ángelus de Millet”, en el que interpreta la obra como una representación de la agresión femenina. La figura de la campesina sería, para él, una mantis religiosa hembra, que se caracterizan por devorar al macho una vez concluida la cópula. La carretilla también refleja esa misma sumisión sexual y el cesto que se sitúa en medio de ambos campesinos, en el lugar donde se supone que tendría que estar el sarcófago, alude al mismo.

El pintor se refirió a esta escena como justificación a su temor aparentemente irracional ante el acto sexual –lo explicó como un “miedo” a ser devorado por la hembra después del acto-. Y parte de la crítica ha vinculado su obsesión por la tumba del niño muerto de Millet con su propio trauma causado por el fallecimiento de su hermano mayor antes de su nacimiento, un niño aparentemente dotado de grandes dones del que heredó el nombre: Salvador. El niño murió con 22 meses en 1903. En su obra Confesiones inconfesables, Dalí afirmó que sus padres habían cometido “un crimen subconsciente”, obligándole a compararse negativamente con un ideal imposible, de quien solo conocía la fotografía que habían colocado encima de la cómoda de su propio dormitorio.

El primer Salvador Dalí, fallecido antes de cumplir los dos años
El primer Salvador Dalí, fallecido antes de cumplir los dos años

Pero lo cierto es que Salvador Dalí II siempre disfrutó alimentando la leyenda sobre de su hermano muerto. Escribe el hispanista Ian Gibson, autor de la biografía más famosa del pintor:

La mayor parte de lo que dice Dalí acerca de su hermano es una pura fantasía, urdida, a nuestro juicio, con el prurito de facilitar a los curiosos una justificación brillante de sus propias excentricidades. (Gibson, Ian. Dalí joven, Dalí genial. 2004: Aguilar. Pág. 32).

Y es que Dalí se constituye como la primera víctima de su visión paranoico-crítica. Para la posteridad han quedado sus célebres citas: “La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco”, “Sólo hay dos cosas malas que pueden pasarte en la vida, ser Pablo Picasso o no ser Salvador Dalí“; su aspecto estrafalario, su forma tan peculiar de proyectar la voz.  Sin embargo, su propia persona es la más lograda de sus obras. Aplicó el método paranoico-crítico sobre sí mismo para crear un ser que en realidad no existía, pero que era el que toda la sociedad quería ver. El Dalí de veinte años, aquel que se sentía incapaz de comprar unas entradas de cine a causa de su extrema y enfermiza timidez, representa el frutero con los higos en mitad del desierto. Utilizando su ingenio, el artista jugó con nuestra percepción y nos hizo ver un perro afgano, un genio estrafalario: un Dalí “daliniano”. Para él, todo era un ejercicio de actuación. La sociedad actúa convirtiendo su locura en cordura. Él actuaba fingiéndose loco y, en su fuero interno, riéndose de todos. Por eso dijo: “El payaso no soy yo, sino esa sociedad tan monstruosamente cínica e inconscientemente ingenua que interpreta un papel de seria para disfrazar su locura”.

Hoy se cumplen 25 años de la muerte, en 1989, de este gran pintor, escritor y, en último término, genio de la actuación.

Salvador Dalí en los años 50
Salvador Dalí en los años 50

La fascinación daliniana

Hace más de una semana que pretendía escribir algo sobre la exposición Dalí. Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas, que se ha mostrado en el Museo Reina Sofía de Madrid hasta el 2 de septiembre.

Cartel de la exposición sobre Salvador Dalí en el Reina Sofía
Cartel de la exposición sobre Salvador Dalí en el Reina Sofía

Personalmente, ya me consideraba una gran admiradora de este pintor, pero después de ver la exposición confieso que mi fascinación se ha visto incrementada… No solo por su obra –he tenido ocasión de conocer “en persona” muchos de los cuadros que estaba harta de ver en libros o en Internet-, sino sobre todo por la capacidad daliniana de llegar a todos los estratos sociales.

Gente que jamás había pisado un museo haciendo colas kilométricas en la Plaza del Reina Sofía, dispuestas a pagar ocho euros por conseguir una entrada.

Gente que estuvo a punto de pegarse por defender su puesto en la cola –esto es consecuencia de que el Reina Sofía se encuentre al lado de El Brillante y a la señora Fulanita se le antoje un bocadillo de calamares y deje a la señora Menganita cuidando su puesto, y luego llegue el chavalito de turno quejándose porque eso es tener mucha caradura, y lo que no quiere decir es que, en el fondo, mataría por otro bocadillo de calamares…

Colas en los últimos días de la exposición de Dalí del Reina Sofía
Colas en los últimos días de la exposición de Dalí del Reina Sofía

Y yo pregunto: ¿desde cuándo todo esto por… arte?

Seamos optimistas. No pensemos que se trata de simple postureo, sino de verdadera adoración del personal por Salvador Dalí y su mundo. ¿Dónde se ha visto eso, más allá de mitos como el Guernica o La Gioconda? Dalí ha conseguido que varias decenas de madrileños conozcan, al fin, el museo de arte contemporáneo de su ciudad. Y si no, ojo a algunas conversaciones sorprendidas en la larga espera para la compra de entradas:

Señora 1- Si no conseguimos entradas para Dalí, podemos ver los fondos permanentes del museo, que nunca los he visto…

Señora 2- Uy, no te los recomiendo; son un rollo. Ya sabes: pasillos blancos y largos llenos de cuadros.

Brillante aportación, señora: podríamos encontrar lógico que en un museo de arte pictórico hubiese cuadros… Aunque usted no los frecuente demasiado.

Pero insisto: busquemos el lado positivo. Dalí ya, por lo pronto, ha conseguido que el número de visitas al Reina Sofía se cuadruplique en los meses que ha durado la exposición. Y tal vez algunos de esos visitantes aficionados daliadvenedizos ha descubierto que esos “pasillos blancos con cuadros” tienen un puntito más interesante de lo que podían pensar. Y a lo mejor, solo a lo mejor, se sienten interesados por conocer alguna obra más de la época de Dalí, y así, poco a poco, nace un visitante de museo.

"Dalí Atomicus", Phiippe Halsman, 1948
“Dalí Atomicus”, Philippe Halsman, 1948

La ironía es que yo, que sí soy daliniana convencida, casi me quedo sin ver la exposición por esperar a los últimos días, pensando ingenuamente que las colas kilométricas se reducirían una vez pasada la fiebre de las primeras semanas. Tras dos intentonas fallidas, a la tercera conseguí una entrada, que en ese momento me pareció tan valiosa como uno de los cinco Billetes Dorados que aparecían en las chocolatinas de Willy Wonka

La exposición estaba muy bien montada, para qué negarlo. Aunque es cierto que las obras más impresionantes eran de la colección permanente del Reina Sofía, salvando alguna excepción, como el archiconocido lienzo “La persistencia de la memoria”, traído del MoMA. Tengo que decir que no me lo esperaba tan pequeñito…

"La persistencia de la memoria" o "Los relojes, Salvador Dalí
“La persistencia de la memoria” o “Los relojes”, Salvador Dalí

Y si en la cola de fuera había una variada fauna de personajes… lo de dentro resultaba fascinante. Escenas tan chocantes y dignas de estudio como ver a una pareja de chonis admirando una copia del “Angelus” de Millet firmada por Dalí. Porque “Tía, está mazo de guapo”. Una vigilante que tenía que ir parando a la gente a la entrada de algunas salas para que no nos aplastáramos entre todos y pudiéramos contemplar las obras lo más decentemente posible. Una señora –la famosa del bocadillo de calamares- que me trató de convencer de que las monumentales faltas de ortografía que se veían en las cartas escritas por Dalí eran debido a que el artista estaba acostumbrado a escribir en catalán y claro, al escribir en castellano… se hacía un lío. Sí, señora, espero que no vaya por ahí diciendo muy alto que los catalanes no saben escribir. Para decir eso, mejor no diga nada. Además, si Dalí escribía con faltas era por su torpeza en ese ámbito –catalán o no catalán-, un poco por torpeza y otro poco por aprovechar esa torpeza y darle la vuelta a su conveniencia, para que todos vieran lo provocador que resultaba escribir “Ola”, sin “h”, como saludo.

"Putrefacto" dibujado por Dalí, dirigido a Pepín Bello, con la dedicatoria "¡Ola Pepin"
“Putrefacto” dibujado por Dalí, dirigido a Pepín Bello, con la dedicatoria “¡Ola Pepin”

Es curioso lo que todos sabemos de Dalí, aunque no sepamos nada. De repente, cualquiera podría impartir un máster sobre el pintor. Como aquel otro hombrecillo que iba acercándose a cada grupito de personas y contándoles supuestas anécdotas dalinianas para que comprobáramos lo experto que era, como  decir que Dalí iba afirmando que si pintaba cuadros pequeños era para que no costaran luego tanto dinero. Personaje, este del campechano experto, muy mítico, un clásico de toda exposición que se precie. ¿Cómo identificarlos? Suele tratarse de un padre de familia, generalmente con gafas –para darle ese toquecillo pseudointelectual-, acompañado casi en el 90 % de las ocasiones por el hijo o la hija. Simpático y dicharachero, con pinta de ejecutivo agresivo, aficionado al arte en sus ratos libres –por desgracia, los chascarrillos los suelen extraer de Google.

El campechano experto no dudará en acercarse a ti si te escucha comentar una obra, para corregirte o para ampliar la información, siempre con una gran sonrisa que te hará pensar: “qué simpático, el señor”. Y todo esto, de forma altruista y desinteresada. Qué majo, qué salao. Eso sí: no le des coba porque entonces ya no podrás quitártelo de encima. Es como abrir la caja de Pandora.

Salvador Dalí
Salvador Dalí

Ay, Salvador Dalí de voz aceitunada… Con lo elitista que eras tú, si vieras ahora a toda esta gente paseando por tu colección como si se tratara del Parque de Atracciones… ¿Te escandalizarías? O, tal vez… ¿te harías el escandalizado? Quizá, Dalí, nos engañaste a todos, y dentro de esa supuesta exclusividad tuya encerrabas un deseo enorme de llegar a toda la masa, a toda la sociedad. Pues bien: lo conseguiste. Y yo me inclino… Eras un genio, y no solo de la pintura. Qué útil te fue esa faceta de loco, ¿verdad…?