Al final del verano

Dunas de Erg Chebbi, Marruecos, agosto de 2019

La luz volverá a sobrecogerme. Esa luz dorada del otoño y sus hojas caídas como lágrimas, como caricias de frío. Más tarde, el dorado se apagará y noviembre encenderá sus faros grises de niebla. La ausencia seguirá abrasando en sus mil formas.

Hoy el verano ya es un sueño antiguo, una película en blanco y negro y un desierto en el que el tiempo no existía. Recuerdo aquel paseo en dromedario por las dunas de Erg Chebbi y el atardecer eclipsado por las nubes; la calidez de la arena, el campamento donde los bereberes efectuaron sus misteriosas danzas al ritmo de los tambores, las estrellas palpitando como relojes. Las gentes del desierto son portadoras de una enigmática serenidad, de un silencio que hace frontera con la sabiduría. La calma de aquellos parajes solo resulta comparable a la inmensidad del mar contemplada desde una playa solitaria.

Marrakech, sin embargo, es una amalgama caótica de coches, chilabas, vendedores ambulantes y especias esparcidas por el aire –¡cuarenta y cinco grados a la sombra!–. Encantadores de serpientes y domadores de monos comparten espacio en la plaza de Jaama el Fna, el centro de la vida pública de la ciudad y, al caer la noche, son sustituidos por puestos donde elaboran zumos naturales. Internarse en el laberíntico zoco de Marrakech es bucear en aquellos cuentos de Las mil y una noches y casi esperar encontrarse la lámpara mágica de Aladino.

En Casablanca añoré una canción, quizá porque durante toda mi vida he deseado conocer a Sam y pedirle que vuelva a tocar su conocida melodía, contemplar a Rick naufragando en un vaso de whisky, decir aquello de “El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”, porque las historias de amor fallidas, idealizadas, guardan un encanto incomprensible para aquellos que prefieren apalancarse en el pragmatismo.

Pero aquella película con la que soñé se grabó, en realidad, en Tánger. Casablanca es una ciudad fría, coronada por la moderna Mezquita de Hassan II y centro de la vida económica de Marruecos. No hay espacio allí para mundos derrumbados o amores caídos.

Por el contrario, las medinas de Fez y Rabat nos arrancan con viveza de nuestra civilización para empujarnos a un pasado misterioso, atravesado de gatos. En Rabat, los gatos conviven con la pintura azul de las calles, con una bohemia incipiente y magnética. Y a veces, el mundo se detiene y desde los minaretes de las mezquitas se extienden los cantos que llaman a la oración.

Veo cruzar todas estas imágenes por mi memoria como la huella de un verano que se ha convertido ya en un recuerdo, igual que los veranos anteriores. Me asalta la nostalgia, me destroza la ausencia. Pronto, la luz dorada del otoño volverá a sobrecogerme y, más tarde, noviembre encenderá sus faros de niebla. El frío, el frío que siempre acaba regresando.

Anuncios

Tiempo

ELVA_117

Agitamos los párpados como si fueran largos edificios soñolientos. Volvemos a aquel último viaje, a aquel último verano. El tiempo es relativo entonces. La realidad se parece más a las breves imágenes que se vislumbran en los sueños hasta desaparecer en un fundido en negro, a pesar de nuestra lucha inútil por retenerlas cuando, por fin, descubrimos que el despertar es inminente.

Mayo despliega sus alas de viento. Escribo poemas sobre Madrid, porque alguien me dijo últimamente que esta ciudad es desoladora y yo no lo comprendo. Mi Madrid es una vieja dama de sonrisa melancólica, acogedora y gris. Nunca he conocido una ciudad tan humana. Quizá es porque tengo todos los recuerdos desperdigados por sus calles y son ellos los que configuran nuestro mapa sentimental.

Hoy se cumplen nueve años de la segunda vez que conocí el vacío de la muerte, aunque aquellas dos primeras veces solo fueran roces en comparación con el verdadero hachazo. Regreso nueve años atrás. Mi abuelo a veces vuelve a atravesar la puerta de casa por las mañanas saludándonos, se vuelve a enfadar cuando no quiero comerme las judías, me da cinco euros para comprar cromos de Pokémon. El tiempo es tan relativo. La realidad no es esta, ni aquella; la única realidad somos nosotros mismos y los recuerdos que nos configuran. Y la incomodidad constante en el presente.

Apenas hay tiempo para escribir. Apenas lo hay para detenerse.

Homenaje a Luis Cernuda

luis antología
Luis Cernuda en los años veinte

Hoy se cumplen 116 años del nacimiento de mi ídolo poético. En 1947, escribió el poema “A un poeta futuro”, uno de los más emotivos de su obra. En él, apela a un hipotético poeta futuro a quien él ya no podrá conocer. En diciembre del año pasado, me atreví a escribirle una respuesta. A continuación, reproduzco el poema original de Cernuda y mi humilde pero sentida respuesta:

.

Sigue leyendo “Homenaje a Luis Cernuda”

Marionetas

IMG_0632

Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
                                        la memoria.

Ángel González

Llegados a este punto, apenas nos queda algo que esperar del verano. Tal vez, el último baile improvisado. Todo ha quedado demostrado ya: han caído las máscaras, se han hecho patentes los olvidos, han reforzado su brillo las estrellas que eran realmente astros y no efímeros, engañosos aviones. Se ha enquistado el dolor y arde como el metal más candente por detrás de los párpados del sueño.

He dejado de creer en las causas perdidas al erigirme como paradigma de todas ellas. Y otra vez caminaré por el sendero de nubes que me condujera al precipicio. Otra vez seguiré una ciega esperanza, como si todavía las ilusiones constituyeran presencias más reales que la fantasmagórica idea de esperar algo, quién sabe qué: una suerte de destino encallado que nos aguarda, una flor escondida, un beso azul en la esquina del otoño. El destino, el destino inservible.

Es el azar el que nos maneja como marionetas heridas, grotescos títeres que el tiempo ha ido tallando a fuerza de puñaladas, de ausencias, de adioses mudos. De soledad, pero también de recuerdos. Hay que susurrar, decir las verdades muy despacio para que el azar no nos sorprenda, no nos asesine por la espalda. Hay que vivir con el temor al próximo desprendimiento.

Y sin embargo, yo solo consigo mirar hacia atrás.

Todavía

IMG_7009

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. […] Pero terminó la niñez y caí en el mundo.

Luis Cernuda, Ocnos

.

Hace tanto que no escribo. Pero faltaba un último despertar en mi pequeña biografía que convertiría todos los anteriores en inocentes actos de sonambulismo.

Aquí ha regresado la primavera. Los árboles han vuelto a vestirse de pétalos rosas y yo he buscado para nombrarlos, angustiada, palabras que pongan fin a mi desmemoria. Solo puedo recordar algunas. Tenía todavía tanto que aprender.

Las personas estamos hechas de agua, carne, huesos y recuerdos. Hoy los recuerdos se mezclan con la sangre y nos definen, porque el presente está cuajado de espinas e imaginar el futuro es, en parte, morirse de frío. Somos porque fuimos. Pero también porque podemos seguir siendo, porque el calor del sol regresa para iluminarnos las mejillas y jamás lo habíamos sentido tan suave, a la par que tan triste.

Ahora el frío es más intenso y los atardeceres más luminosos, más amables. La lluvia se me clava más pausadamente en la piel, transmitiéndome su telegrafía del suspense. Ya no es solo melancolía derramándose tras un cristal. Ahora detengo mi mirada en los brotes de las plantas y en cada especie diferente de pájaro que se cruza en mi camino. Trato de nombrarlas. Veo cruzar las nubes a sus velocidades de relámpago y comprendo que hemos vivido muy deprisa, sin detenernos a paladear el presente que siempre nos había acariciado. Ahora, cuando nos araña, solo nos resta llorar. La sabiduría, mezclada con el llanto, es lo que queda bajo esa carne arada, bajo esa herida que amenaza con no cerrarse jamás.

Por todo ello, me aferro a los instantes de luz. A la primavera que ha regresado, a los aviones que surcan el cielo llenándome la imaginación de futuros viajes. Al calor, en sus múltiples tonalidades. Pero no quiero olvidar. No quiero quedarme anclada en una sempiterna despedida cuando sé que, en realidad, habitan en mí otras vidas que se entrelazan con la propia. La tristeza hará crecer mis cabellos y algún día sabré reconciliarme con las lágrimas. Seré más triste y más sabia, sentiré más intensamente las caricias de la vida, igual que abril o que el ritmo monocorde de la lluvia. Se han cerrado para siempre las puertas del País de las Maravillas. Este es el despertar definitivo. Pero mientras se mantenga intacta mi identidad, lograré renacer cada día. Encontrándome.