Luis Cernuda nunca fue viejo

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Cernuda en su infancia, en su juventud y en su madurez

Hoy Luis Cernuda habría cumplido 115 años. Lo cierto es que se me hace muy difícil imaginarlo con esa edad, tal vez porque él nunca fue una persona hecha para la vejez. Nadie lo es, podrán argumentar algunos. Pero no todos lo asumimos igual. En el otro extremo se encontraba Alberti, que quería vivir más de cien años y profundizar en el nuevo siglo. Al final, se quedó a las puertas.

Cernuda era distinto. Le angustiaba el paso del tiempo y, sobre todo, las huellas que este dejaba en su cuerpo. Para él, eterno adorador de la belleza física, los signos de la edad debían de constituir un trauma. En su madurez, seguía enamorándose de muchachos jóvenes, casi adolescentes, aunque estos enamoramientos jamás pasaban del plano platónico, porque se sentía indigno de ellos a causa de su edad.

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Cernuda a los sesenta

Nunca llegó a ser viejo. Murió de un infarto en 1963, con 61 años recién cumplidos. Murió como vivió: melancólico, escéptico hacia la humanidad y enamorado de la belleza en todas sus formas. No llegó a ser viejo; sin embargo, se sintió viejo. De hecho, tuvo mentalidad de anciano desde muy pronto; desde los 40 años, cuando miraba el cielo gris de Londres y contemplaba con languidez la aparición de sus primeras canas. Incluso desde mucho antes: desde 1931, cuando escribió aquello de “Estoy cansado de estar vivo”. Sorprende que un joven que en ese momento rozaba la treintena pudiera realizar tamaña confesión. Pero si nos remontamos unos años antes, a su libro de 1927 Perfil del aire, podemos ya encontrar esta disposición de ánimo en versos como “Postrada y fiel huye la edad mudable”. No había cumplido los 25 en el momento de escribirlos y, no obstante, vivía sometido a la congoja de imaginar el fin de la juventud.

A los veintitantos, se enamoró —de nuevo, platónicamente— de Lafcadio Wluiki, el personaje de una obra de André Gide, Les caves du Vatican. Era “Cadio” un adolescente impetuoso, asilvestrado, rebelde, consciente de su descarnada juventud: el prototipo de un Rimbaud descarado y brillante. Cernuda escribió su magnífica “Carta a Lafcadio Wluiki”, donde leemos:

La realidad no es nunca lo suficientemente amplia y diversa para que ella nos baste por sí sola. Es necesario ese margen misterioso, de vagas luces y vagas sombras, delicado, exigente y voraz, que la imaginación proporciona. […]
No será exagerado decir que ese libro satisfizo, en tanto que libro, mi demanda. Un libro. Qué extraño e íntimo hallazgo; parecía esperarlo. Y en ese libro el personaje más fascinador, uno de los personajes más fascinadores que conozco […]
¿Será oportuno añadir que lo he buscado vanamente por esta realidad? Mi mayor deseo sería verle.
Si solo eres héroe de poética verdad […], ¿por qué te busco así, materialmente? Tal vez deseo de confiarse a un semejante, tal vez necesidad de incoherencia; yo nada sé. […]
Pronto te estimé como a ningún amigo.

De aquella fascinación nacieron algunos de los personajes que habitan sus poemas y sus obras prosísticas, como es el caso de Aire, el desafortunado protagonista de su relato “El indolente”, a quien describe de este modo:

Entonces surgió una aparición. Al menos por tal la tuve, porque no parecía criatura de las que vemos a diario, sino emanación o encarnación viva de la tierra que yo estaba contemplando.
Aquella criatura, fuese quien fuese, saltando desnuda entre las peñas, con agilidad de elemento y no de persona humana, se fue acercando poco a poco. Así conocí a Aire.
[…] Había en su pelo esas vetas más claras de la concha llamada carey, tonalidad que denota larga familiaridad con el mar. Su cuerpo me apareció aquella mañana sobre el cielo, fino, resistente y esbelto, tal modelado por las olas, que entienden de eso como escultor ninguno ha habido en la tierra.

A lo largo de toda su vida, su obra, Cernuda buscó a ese ideal rimbaudiano deslumbrante, libre y poseedor de la belleza en el sentido más clásico del término. Tal vez porque esa libertad contrastaba con sus propias limitaciones: su timidez y sus dificultades en el trato social.

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Cernuda siempre buscó el ideal rimbaudiano

Pero, además de su afición a la belleza, ¿cuál es el otro origen de su terror ante el paso del tiempo? En un artículo que escribí hace años acerca del concepto de la adolescencia en Cernuda, cité una confesión del propio poeta, puesta en boca en uno de los personajes de su obra Una comedia inacabada y sin título. Decía “Soy el eterno adolescente”. No se trata de la única ocasión en la que expresa algo parecido. Leemos en sus diarios: “Tonto, imbécil, loco incurable, niño imposible; Luis, no tienes compostura”.

El eterno adolescente, el niño imposible. Los cambios de humor, las célebres “rabietas” cernudianas, avalarían estas confesiones. Me atrevería a afirmar que Cernuda temía la vejez porque, en su interior, se sentía asaeteado aún por las tormentas de la adolescencia. Él, más que otros, no estaba preparado para ser viejo. No lo hubiera sido ni con 100 años, o tal vez lo fue desde siempre, porque la vejez y la juventud son dimensiones que también viajan en el corazón. Porque Alberti, con 80 años, tenía más vitalidad que él con 20.

Probablemente, no le hubiera gustado que homenajeara el 115º aniversario de su nacimiento. “¿Tanto tiempo ha pasado ya?”, me diría, airado. Pero yo siempre lo recordaré como aquel joven que contemplaba, tácito y melancólico, el paso de los días y de los sueños.

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“Las gramáticas del tiempo”, de Fco. Javier Gallego Dueñas

img_74396La gran incógnita del tiempo, que se dilata y se reduce, que vuela o se detiene, ha preocupado al ser humano desde que tenemos conciencia. Los poetas, pensadores extremistas, soñadores inconclusos, han tratado de analizarlo en sus versos. Se asombraba Cernuda, en Desolación de la Quimera, de la supervivencia de su propio deseo cuando ya la edad había hecho mella en su cuerpo. Años más tarde, Gil de Biedma empezó a comprender aquello de que “la vida iba en serio”.

También la poesía contemporánea profundiza en el tema, a pesar de que gran parte de lo que hoy se escribe no pueda calificarse como “poesía” y esté muy lejos de toda profundización. No es el caso del roteño Francisco Javier Gallego Dueñas, que acaba de dar a luz un primer poemario en el que se adentra por los misteriosos y paradójicamente familiares vaivenes del tiempo en una vida cotidiana. Las gramáticas del tiempo, publicado por la nueva y prometedora editorial gaditana Takara, en su colección “Helena”, constituye un refugio contra el tiempo, elaborado de tiempo. Como afirma acertadamente Mercedes Márquez Bernal en el prólogo: “Los días y sus placeres cotidianos nos salvan de un amplio océano donde nos perdemos”.

Comienza la obra con un ejemplo de metapoesía en la que el autor muestra abiertamente sus cartas, implicándose en la escritura hasta el punto de hacerla sangre: “En el poema, / las palabras, los ritmos, / las imágenes van y vienen. / Tú pones la piel”. No es Gallego un poeta que contemple sus propios versos desde la distancia, como la superficie de un mar tranquilo y sosegado presentido desde la orilla. No; entre las olas de palabras, metáforas y luces, nada el poeta. Se ahoga el poeta. Es esta implicación, este compromiso, lo que también compromete o absorbe al lector, que hace suyas las experiencias.

A esta identificación también contribuye el hecho de que dichas experiencias se mueven en la cotidianidad: en la vida apacible de una persona corriente que, en numerosas ocasiones, vuelve la vista atrás con sorpresa por los años transcurridos. El poeta fluye por un túnel de años y, al detenerse, ocasionalmente se angustia: “la sombría sospecha de un pasado, / la inconfundible acidez / que el tiempo deja como un poso”. En estos momentos considera el hecho de cumplir años “la condena”.

En su mirada angustiada, es consciente de que carga con el peso de toda la humanidad: “Todos tus antepasados pesan / y eres heredero de todos sus pecados”.

Desde una perspectiva madura, contempla la juventud —estación pasada— con indulgencia, subrayando su indiferencia hacia los tiempos pretéritos: “La juventud, a veces, solo aspira / a que el mundo aparezca como nuevo”. Los jóvenes no cargan aún con el peso de la angustia, no son conscientes de ese pecado compartido que sus ascendentes les han brindado. Hay algo grande y magnánimo, humano y valioso, en el envejecimiento, una idea que refleja en “[La persistente impertienencia de los objetos…]”. La necesidad de recordar los orígenes —que la juventud no acaba de comprender— genera un compromiso vital que se mezcla con el compromiso social y político: la lírica como “combate”, la metáfora como “acto de traición”, el verso como “desobediencia”.

También vuelve la mirada hacia delante, hacia sus descendientes, que él llama “su legado”. Proyecta una presentida continuidad —“y seguirán las amapolas brotando entre las zarzas”— que recuerda a aquellos versos juanramonianos de “El viaje definitivo”: “Y yo me iré. / Y se quedarán los pájaros cantando”. Tal vez con afable pesimismo, afirma: “Sospechamos entonces que se malgastarán / nuestros ínfimos recursos, / pero perdurarán nuestros defectos”.

La ocasional angustia originada por el paso de los años encuentra un final en el amor, que fluye a lo largo de las experiencias cotidianas reflejadas y acompaña al poeta en toda la obra. El amor es la salvación del mundo, la parálisis del tiempo, como queda reflejado en “Los placeres y los días”: “cuando tú y yo sólo éramos tú y yo / y el mundo podía desaparecer tras la ventana”.

Unida al amor, la filosofía de Heráclito —al que menciona en “La memoria del río”— sobrevuela la obra y es la que borra toda angustia al permitir vivir al poeta, día tras día, un nuevo amanecer, un nuevo enamoramiento: “Celebrar que cada roce de la piel / es el primer roce de mi piel con la tuya”, “seremos nuevos amantes cada día”.

Implícitamente, es posible percibir también la huella de Ángel González, en su manera de elevar lo cotidiano —rasgo compartido por toda la Generación del 50— a una experiencia única, sacralizada. En “Los placeres y los días” y “Rendirme al pecado de tu boca”, el poeta traza una suerte de geografía de la mujer —“la arena cálida de tu piel”, “el estanque de tus ojos”— que puede hallarse en González. Con él comparte también la conciencia de esa herencia depositada en sí mismo por sus ancestros, tan importante en el célebre poema “Para que yo me llame Ángel González”.

Continuando con las referencias, es posible encontrar el espíritu de “A un olmo seco”, de Machado, en “El árbol”; pero el poeta nos ofrece un final feliz, una esperanza victoriosa en la que el árbol sí revive: “Recordarás aquel invierno que parecía / que no iban a salir las flores, / parecía que estaba muerto, / y las flores salieron”. También surge Bécquer, más explícitamente: “los suspiros que son aire y van al aire”, y el mito griego de Edipo: “Sólo soy el padre al que matar”.

La tradición, como vemos, está presente en Las gramáticas del tiempo, pero el poeta no se ancla en el pasado y la combina con las realidades del presente, logrando genialidades como “La intimidad del Whatsapp”, en la que traslada la famosa aplicación a un plano romántico. De este modo, Gallego juega también con el tiempo. En su afición por abarcar pasados, presentes y futuros, crea el concepto de “mapa temporal”: “mentirán los mapas si no hallamos / enmarcados en ellos los recuerdos”.

Se trata de una obra muy personal, íntima y al mismo tiempo universal, que analiza los engranajes del tiempo y a sí mismo en este fluir de años. Sentencia: “Madurar es darte cuenta de que / el traje que habitas es tu propia piel”. Y hay una lucha constante contra la máscara: “renunciar a las obsesiones / es siempre una derrota”.

Finalmente, el poema que da título a la obra constituye un homenaje al propio tiempo, una reverencia dócil ante el más poderoso de los escribas: “El tiempo escribe con caracteres / […] de arrugas, / sobre el cuaderno de la memoria”. Presiente el poeta una armonía en su actuar que no todos detectamos, y admite: “creemos que comete faltas de ortografía y dicción. / Son nuestros oídos sordos al dictado del tiempo”.

Francisco Javier Gallego Dueñas es licenciado en Historia Medieval y Doctor en Sociología. Fue uno de los miembros fundadores de la revista literaria Voladas, en la que actualmente trabaja como editor. Ha participado en diversas revistas literarias y aparece en las dos Antologías de Escritores Roteños y en el Primer Concurso de Microrrelatos (Sora Ediciones, 2016).

Siete

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El Ángelus, Salvador Dalí

Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.

Federico García Lorca

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Remontémonos siete años atrás. El mismo escenario desde distinta perspectiva. La carretera por la que siempre pasaba el autobús que tomaba para ir de Plaza Elíptica a Getafe, a la universidad, contemplada desde un balcón. Yo en ese balcón, pensando en mí misma en aquel autobús, el 441, contemplando el edificio donde jamás quise estar. El edificio con un balcón, con muchos balcones, construidos con el fin de que las personas que deban ir a ese edificio —y es importante aquí el sentido del verbo “deber”— puedan respirar. Y con respirar quiero decir inspirar muy profundamente, intentando aflojar el nudo en el que se ha convertido su pecho. Pero el aire no basta. En realidad, nada hará desaparecer el nudo. El tiempo lo aflojará, pero seguirá existiendo.

No era la misma persona la que cada día miraba los balcones desde el autobús que la que miró los autobuses desde el balcón, una sola vez. Después, la persona del balcón tomó muchos más autobuses y miró los balcones a través de la ventanilla, pero seguía sin ser la misma. El balcón la cambió para siempre. El balcón con sus ladrillos rojizos, con su tejadillo negro para proteger de la lluvia, cuando esta se produjera, a las personas que debían acudir al edificio. El paisaje, la estación, el clima, pueden variar. Pero el nudo siempre es el mismo. Te asfixia. Te nubla. Te cambia.

Hace siete años que contemplé los autobuses desde aquel balcón.  Hace siete años que el teléfono me despertó. Hace siete años que no imaginé que, siete años más tarde, el teléfono volvería a despertarme. No me refiero a una simple llamada de teléfono, no. Ni a un despertar rutinario. Se trata de despertares que te cambian, de llamadas de teléfono que se temen con la certeza de los condenados a la realidad. De las que se esperan toda la noche sin dormir. De las que te hacen desear que la noche no termine. No despiertas porque estuvieras dormida. Despiertas en vigilia, y eso es precisamente lo terrible.

Despertar es comprender que nunca volverás a ser la misma que contemplaba los balcones del edificio rojizo desde el 441. O que el amor no se demuestra con un mensaje de texto de tres palabras: “Lo siento mucho”. El amor hubiera sido una mano que apretara la mía desde aquel balcón, contemplando los autobuses. Despertar es verte obligada a hablar en voz alta cuando estás sola porque no puedes hablarle más a aquella persona a la que quisieras dedicarle tus palabras. Es marcar una línea en la vida y definir todo lo que queda atrás bajo el apelativo de “recuerdos”. Es crecer a marchas forzadas.

Y aquello fue solo un aprendizaje, un sombrío entrenamiento; faltaba el verdadero despertar. Tampoco soy ya la misma que miró desde el balcón hace siete años. Hay nudos que primero nos asfixian y después nos acaban definiendo. Porque la muerte siempre nos cambia.

Todavía

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Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. […] Pero terminó la niñez y caí en el mundo.

Luis Cernuda, Ocnos

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Hace tanto que no escribo. Pero faltaba un último despertar en mi pequeña biografía que convertiría todos los anteriores en inocentes actos de sonambulismo.

Aquí ha regresado la primavera. Los árboles han vuelto a vestirse de pétalos rosas y yo he buscado para nombrarlos, angustiada, palabras que pongan fin a mi desmemoria. Solo puedo recordar algunas. Tenía todavía tanto que aprender.

Las personas estamos hechas de agua, carne, huesos y recuerdos. Hoy los recuerdos se mezclan con la sangre y nos definen, porque el presente está cuajado de espinas e imaginar el futuro es, en parte, morirse de frío. Somos porque fuimos. Pero también porque podemos seguir siendo, porque el calor del sol regresa para iluminarnos las mejillas y jamás lo habíamos sentido tan suave, a la par que tan triste.

Ahora el frío es más intenso y los atardeceres más luminosos, más amables. La lluvia se me clava más pausadamente en la piel, transmitiéndome su telegrafía del suspense. Ya no es solo melancolía derramándose tras un cristal. Ahora detengo mi mirada en los brotes de las plantas y en cada especie diferente de pájaro que se cruza en mi camino. Trato de nombrarlas. Veo cruzar las nubes a sus velocidades de relámpago y comprendo que hemos vivido muy deprisa, sin detenernos a paladear el presente que siempre nos había acariciado. Ahora, cuando nos araña, solo nos resta llorar. La sabiduría, mezclada con el llanto, es lo que queda bajo esa carne arada, bajo esa herida que amenaza con no cerrarse jamás.

Por todo ello, me aferro a los instantes de luz. A la primavera que ha regresado, a los aviones que surcan el cielo llenándome la imaginación de futuros viajes. Al calor, en sus múltiples tonalidades. Pero no quiero olvidar. No quiero quedarme anclada en una sempiterna despedida cuando sé que, en realidad, habitan en mí otras vidas que se entrelazan con la propia. La tristeza hará crecer mis cabellos y algún día sabré reconciliarme con las lágrimas. Seré más triste y más sabia, sentiré más intensamente las caricias de la vida, igual que abril o que el ritmo monocorde de la lluvia. Se han cerrado para siempre las puertas del País de las Maravillas. Este es el despertar definitivo. Pero mientras se mantenga intacta mi identidad, lograré renacer cada día. Encontrándome.

El tiempo

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad.

Luis Cernuda, Ocnos

columpio copiaTuve conciencia del tiempo muy pronto. Recuerdo que, mientras los niños de mi edad se morían de ganas por crecer y alcanzar ese concepto imposible llamado independencia, yo lloraba y le confesaba a mi madre que no quería hacerme mayor, que deseaba ser niña para siempre. Y así, soñaba que un día, un buen día, se abalanzaría sobre la Tierra un meteorito de las dimensiones de aquel que provocó la extinción de los dinosaurios; un meteorito que detendría para siempre el tiempo, y yo sería una niña hasta la eternidad.

Mi primer reloj fue uno de pulsera roja que me regalaron mis abuelos. El segundero era un caballito blanco que trotaba incansablemente por la esfera. Yo sentía en su trote destellos inexorables de tiempo. Quería que este me acabara convirtiendo en princesa, actriz de cine o escritora. Finalmente, el tiempo me regaló uno de los tres deseos.

A partir de los veinte años, dicen, la vida transcurre como un rápido torbellino sin que te des cuenta. He de corroborar esa teoría, pero también aquella afirmación de Carlos Gardel, “que veinte años no es nada”. Hace veinte años me mudé a la casa donde ahora vivo. Se puede decir que ante mí se abría la época más feliz de la infancia, con sus rincones agridulces, por supuesto. Recuerdo dos niñas de mi edad junto a la piscina. Nada más verlas, supe que una sería mi amiga y la otra algo parecido a mi enemiga, entendiendo ese concepto desde la perspectiva azul de la inocencia.

El tiempo me ha robado personas e ilusiones y me ha concedido algún que otro sueño. Ahora saludo a los viejos amigos y a los viejos enemigos con el mismo “hola” desteñido, y me guardo todas las historias antiguas por detrás de los labios.

Ahora, escucho a la gente de mi edad arrepentirse por haber deseado que acabara su infancia. Yo, al menos, no tengo esa punzada en la conciencia: debía de ser una niña muy sabia, si es que esa paradoja es posible. Aunque de poco me ha servido desear, porque aquel meteorito esperado jamás hizo acto de presencia.

Recuerdo que un día, un mal día, el caballito de mi reloj se detuvo. Pero el tiempo, obstinado, continuó corriendo.