Luna

Ahora, en esta larga despedida apuñalada de incertidumbres, descubro que jamás te he dedicado un poema. Quizá porque te he sentido tan parte de mí, tan inmóvil en este mundo cambiante, que no soy capaz de imaginar una oscuridad en la que no resalten las diminutas linternas amarillas de tus pupilas. Y ya ves, Luna, incluso hoy se me agota la poesía cuando te recuerdo y pienso que la muerte te ha arrebatado de mi lado, igual que se ha llevado a todos los que he querido, a quienes me han querido a mí, dejando el mundo más frío, más sumido en solitarias tinieblas.

He comprendido, Luna, que la vida es un pulso prolongado con la muerte. Un pulso que hemos perdido antes de comenzar. Un viaje absurdo cuyo fin es aceptar nuestra soledad desbocada y contemplar a los seres queridos como maravillosas aves de paso que depositan su calor para después marcharse. Nadie se queda aquí. La muerte nos configura lentamente, nos dibuja surcos en la frente y en el corazón. Mientras, nos dedicamos a soñar que vivimos.

No tengo todavía un poema para regalarte. Si alguna vez lo escribo, quisiera reflejar en él tu genio de tigresa asilvestrada, la sombra de tu cuerpecillo acechando tras las esquinas, las cicatrices que me has dejado en la piel. Pero también tus besos de lija, el ronroneo que comenzaba cuando mis dedos se deslizaban por tu cuello, por detrás de tus orejas. “Tu gata es una fiera”, me decían; pero ellos no conocían la forma en que me mirabas, el maullido preocupado que me dedicabas cuando me invadía el desconsuelo. Y subías a mis piernas y rozabas la cabecita con mi piel y a veces te quedabas así, pegada tu frente contra mí en un gesto de amor inusitado. ¡Y cómo te enfadabas cuando discutimos en casa!

Nadie, excepto tu familia, conocerá todo eso. Serás un gato más para el mundo, otro animal de compañía que ha pasado por la vida y ha completado su ciclo. Como todos los gatos y los perros que vemos por la calle o en las casas de conocidos. Pero para mí has sido y eres mucho más: una hermana, una criatura que ha demostrado más sensibilidad que la mayoría de los humanos. Inteligente, curiosa, intuitiva, fiel. Caprichosa, iracunda, mimosa, arrogante. Entrañable. Poblada de una sabiduría ancestral, inherente a tu raza, que no aspiro a comprender.

Luna, Luna. Qué haré ahora que te has apagado y no puedo mirar ya tus ojos verdes que me dicen todo con su silencio. A quién le contaré mis diatribas mentales, para quién repetiré los temas de los exámenes. Quién se subirá a mi mesa mientras escribo. Qué triste el mundo sin el sutil crujido de tus uñas contra el parqué. Nadie comprenderá el alcance de tu humanidad y pensarán: es solo otro gato.

En estos dieciséis años, algo más de la mitad de mi vida, me has visto abandonar la adolescencia y entrar, llena de confusión, en el mundo adulto. Has conocido a amores y amistades que se marcharon sin dejar rastro. Te has sentado junto a mi abuelo en el sofá –el mismo sofá que destrozaste– y os habéis regalado vuestra mutua compañía silenciosa. Has viajado a Villafranca, a Chiclana, a Conil; has mordido a mis amigos y no has dejado indiferente a nadie, ni siquiera a los veterinarios, que tenían que sujetarte como si fueras una pantera, en vez de un gato. Has conocido los tiempos felices y has visto desmoronarse nuestro mundo, ayudándonos a sobrevivir entre estas ruinas emocionales, tejiendo una mansa complicidad, ofreciéndonos un refugio familiar, algo que permanece, sereno, a lo que podemos aferrarnos.

Al final, nos has dejado solo tu recuerdo. Pero eso nadie nos lo puede quitar.

Escribir o vivir

Enero me ha traído sombreritos, de nuevo; más libros y el comienzo de otra historia que tiene entre sus personajes a una llama con acento texano bautizada como “Charlie”. ¿Literatura infantil, a estas alturas? En algún lugar tenía que volcar toda la imaginación que me sobra y que, en su día, me empujaba a lanzarme de cabeza a los mundos creados por Roald Dahl. Sigo haciéndolo, en realidad; una nunca abandona del todo la infancia. De lo contrario, haría demasiado frío en el universo. Otra cosa es poder continuar, claro. En mi faceta de narradora todavía soy un poco dispersa: si una historia no me apasiona, la voy abandonando lentamente. Al final, escribir se parece demasiado a vivir. Lo primero no es posible sin lo segundo, pero incluso me atrevería a afirmar que tampoco lo segundo sin lo primero.

En todo caso, enero me ha traído, también, el final de la primera novela de la que puedo sentirme orgullosa. He escrito otras a lo largo de mi vida, pero hoy me parecen tan infantiles. No quiero dejar atrás la poesía, pero ya es hora de adentrarme en un nuevo género.

Y después está Emily Dickinson, a la que he descubierto gracias a mi madre, que se la encargó al rey Baltasar –algún día desarrollaré mi teoría según la cual la mayoría de niños de los noventa somos de Baltasar–. Ahora tengo una bonita edición bilingüe de Visor y una nueva poeta en la que profundizar. No empieza mal, 2020.

Segunda estrella a la derecha

peter pan
Fotograma de la película Peter Pan (Walt Disney, 1953)

Publicado en Estrella Digital el 2/10/18

Hubo un tiempo en el que el tiempo no existía, al menos no con la consistencia presente, con la insultante realidad afilada. Esa época dorada, suave y plena de horizontes es la infancia. Todos hemos soñado en ella y la hemos llorado desde fuera. Se dibuja como una isla extraviada, inaccesible, como un Edén bíblico. Escribió Luis Cernuda:

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.

Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. (Luis Cernuda, Ocnos).

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Veintinueve

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!

Juan Ramón Jiménez

unnamedLos cumpleaños son un invento humano, como el propio tiempo. Celebramos un año más de vida y, paradójicamente, nos hallamos más cerca de la muerte. Es esta una reflexión muy medieval, muy Carpe Diem, aunque yo nunca me he considerado una fiel seguidora de este tópico, porque siempre he pensado demasiado en el futuro. Toda la vida persiguiendo el equilibrio y ahora, por fin, puedo decir que lo he hallado. Por eso, este cumpleaños no es para mí uno más. He superado una meta por la que he luchado mucho tiempo con todas mis fuerzas: ya tengo una plaza fija como profesora de Lengua y Literatura. Tengo un trabajo de por vida, tengo una estabilidad emocional.

Me faltan otras cosas que antes tenía. Me falta algo por lo que daría todo lo que ahora tengo. El equilibrio no es sinónimo de la felicidad. Pero la muerte no la hemos inventado; tal vez nos haya inventado ella a nosotros. Nos deja marchar un tiempo, creernos eternos, soñar; pero al final, acabamos regresando a su nada.

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El caos y la belleza

Publicado el 2/9/2018 en Estrella Digital

Deseaba regresar a Italia. Tenía la memoria plagada de fogonazos de belleza, de recuerdos amables, de idilios inconcretos. La conocí a los quince años. Trece después, he podido volver a pisar las calles de Pisa, de Florencia, de Roma. Lejos de las fronteras de la adolescencia, los lugares pierden parte de su encanto: se vuelven más afilados, más retorcidos, más álgidos. La mirada deja de pasear, flotando; debe agarrarse con fuerza al suelo, vigilar las esquinas de la cotidianidad, rechazar todas las amenazas rutinarias.

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Florencia, agosto de 2018

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