La transparencia, Dios, la transparencia

Artículo publicado en Estrella Digital el 3/8/2018

Estábamos acostumbrados los españoles a la corrupción política de tinte económico: la trama Gürtel, la Púnica, la Palau… Una tarjetita black por aquí, una burbuja inmobiliaria por allá. Nos podía asombrar que el PSOE siguiera ganando en Andalucía a pesar de la gravedad del caso ERE en la Junta, pero ahí estaba también Mariano Rajoy en el Gobierno, con medio partido corrupto. La costumbre nos condujo a la resignación. Miguel Hernández ya no hubiera podido escribir aquello de “No soy de un pueblo de bueyes” en estos tiempos.

Pero cuando la corrupción económica era ya el pan nuestro de cada día, se extendió a un nuevo ámbito: el académico. Este último año, la castigada sociedad española ha sido testigo del desmedido intelecto de ciertos políticos del Partido Popular que acumulan másteres, cursillos y títulos de todas clases que, según afirman, han obtenido en períodos de tiempo cuasi milagrosos o a través de trabajos que están hechos del mismo material que el traje nuevo del emperador de aquel cuento de Hans Christian Andersen.

Podemos pensar, pues, que Cristina Cifuentes o Pablo Casado –con quien, desafortunadamente, comparto apellido– son inteligencias preclaras que han conseguido lo que ningún universitario hasta la fecha o que, tal vez, los duendecillos de aquel cuento de los Hermanos Grimm se han trasladado de la zapatería a los despachos de dichos políticos y de noche, mientras todos duermen, ellos se dedican a redactar trabajos de fin de máster y a adelantar asignaturas. Qué perspectiva tan maravillosa. Como estudiante, propondría en este caso que Cristina y Pablo nos prestaran a todos los servicios de los duendes, aunque creo que los pobrecillos acabarían pluriempleados.

La tercera opción, tras la inteligencia sobrehumana y la ayuda de criaturas fantásticas, es la de que nos estén engañando. Todo apunta a que esta posibilidad resulta la más convincente de las tres –y mira que la idea de los duendes me hacía gracia–. Es comprensible hasta cierto punto que los políticos contemporáneos se esfuercen por presentarnos un currículo inflado de títulos y menciones, hallándonos inmersos en una sociedad que posee los parados más ilustres. Médicos trabajando en centros comerciales, doctores en humanidades probando suerte en el McDonalds o exiliándose, sumándose a eso que llaman “la fuga de cerebros”. El nivel está muy alto y lo saben, y lo temen. Temen presentarse como opción electoral ante personas que, posiblemente, los superan en logros académicos. Y en vez de reaccionar con humildad, se abrazan con saña a la mentira. A veces, les funciona. Porque, como dijo el buen Marsillach, “la honradez recompensada, siempre, en España”. Y nótese la ironía.

La idea de la clase política “ilustre” no es nueva: Manuel Azaña ya proclamaba que la situación ideal sería aquella en la que los políticos fueran intelectuales, porque en nuestro país faltaban muchas lecturas y mucho conocimiento. Lo que vivimos en la actualidad es la parodia grotesca de esa idea: la corrupción extendida incluso a la esfera de la universidad pública, que nos conduce a ser escépticos también en este terreno. Los que nos hemos pasado la vida estudiando y sacrificándonos para completar nuestra formación somos conscientes de cuan grave es la ofensa hacia la sociedad que ahora se practica. Ya no solo se comercia con dinero, sino también con conocimientos. En mi opinión, parece que se ríen de nosotros, con una carcajada grande, reluciente e insufrible. Se ríen de los fines de semana sin poder salir por terminar un trabajo, de aquellos que trabajan todo el día y por la noche sacan fuerzas para estudiar, de sacrificar un verano por aprobar las recuperaciones, de olvidar las vacaciones en pos de pagar la carrera…

Vivimos en una sociedad corrupta, empañada de mentiras, hipocresía, oprobio, a todos los niveles. Esto nos conduce a sobrevalorar la más mínima muestra de sinceridad –islas en medio de un vasto océano– y a que, levantando las manos hacia un cielo sordo, clamemos con aquel verso de Juan Ramón: “La transparencia, Dios, la transparencia”.

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