Mascarada

275316eaf5424a045708ad0e413f804b
René Magritte

No es fácil de comprender, el concepto de la dignidad. Los seres más errados se aferran a ella para justificar sus canalladas, sus desaires, su acuciante e insólita deshumanización. “Es mi dignidad”, arguyen, y al decir esto se contemplan a sí mismos como una suerte de colonos posando sus ojos por vez primera sobre un nuevo continente. La dignidad: un terreno virgen, inexplorado, ideal para plantar la bandera de su insolencia. Y se preguntan cómo habían vivido tanto tiempo sin ella.

Lo que no entienden es que la dignidad es todo lo contrario a repentina: se trata de un rubor imperceptible que nace con uno y permanece para siempre. No brota cual hongo en la estación de las lluvias; no aparece ante el dulce éxtasis del éxito ni es relámpago salvaje en la noche incolora. Muy al contrario: la dignidad se erige como el último bastión de la conciencia cuando todo se ha perdido. Brilla cuando la niebla del fracaso envuelve el presente y no ofrece un refugio, sino la inherencia propia de aquello que siempre ha sido y que será. La derrota es la más digna de las realidades.

Desconfío de aquellos que se acogen repentinamente a algo que llaman dignidad. Criaturas que se han mostrado vulnerables, dóciles y temblorosas, hasta que un giro imprevisto del presente, lo que se conoce como “golpe de suerte”, cumple súbitamente su deseo. Entonces dejan de temblar, miran a su alrededor y suspiran, aliviadas. Por fin pueden quitarse la máscara. Y a esa acción, al abandono del disfraz, lo llaman “dignidad”. Hay algo maquiavélico en su temblor, en la manera de ocultar su verdadero yo mientras permanecen desubicadas, esperando esa vuelta del destino, ese éxito que desterrará la incertidumbre. Porque debajo de la máscara hay solo frío y la certeza remota de su propia congelación. La sensibilidad es otra dimensión permanente, imposible de abandonar. La máscara no concibe el amor: en ella es un sentimiento impostado, igual que ese sucedáneo de dignidad que nace de repente y vuelve a apagarse al cambiar la dirección del viento.

Anuncios

Más reflexiones (a horas intempestivas)

Hoy no tengo excusa para el insomnio. Al menos, la excusa no tiene forma de polilla que me agobia con sus chasquiditos en la oscuridad… Las aventuras nocturnas de Marina VS La Polilla… Pero esa es otra historia.

"Sol ardiente de junio", Frederic Leighton
“Sol ardiente de junio”, Frederic Leighton

Proceso del insomnio -veraniego- y cómo reconocerlo:

Es curioso. Al acostarte, ya hay algo que te indica que no vas a poder dormirte. Una idea, o ideas, que te obsesionan. Y vueltas. Y ataques sucesivos al vaso de agua, que nunca está suficientemente fría. Se acaba… Te levantas a por más. Calor, calor. Abres la ventana y vuelves a cerrarla -ventajas de vivir frente a la M-30: es como si los coches pasaran frente a tus narices. Adoptas una posición y esperas. Y cuando crees que has esperado suficiente, y te das cuenta de que sigues despierta, te da por mirar el reloj y… ¡sorpresa! ¡Ya han pasado dos horas!

Dos horas dando vueltas. Debería existir una tecla para desconectar el cerebro.

Hoy me ha dado por pensar en la maldad humana… ¿existe? Creo que sí, por mucho que me cueste aceptarlo, porque no lo entienda.

Otras veces, nos limitamos a juzgar mal. Prefiero ser ingenua a ser malpensada… pero a menudo, resulta inevitable.

Por último, está la gente que se pierde… Perderse lentamente es mirar el abismo. Como en ese cuadro de Caspar David Friedrich, Viajero frente a un mar de nubes, con el que siempre ilustran el período del Romanticismo en los libros de Lengua y Literatura del instituto -viva la originalidad. Es terrible ser testigo del naufragio de alguien y sentir que no puedes hacer nada para evitarlo.

"Viajero frente a un mar de nubes", Caspar David Friedrich
“Viajero frente a un mar de nubes”, Caspar David Friedrich

Yo también me encuentro a veces un poco perdida, aunque digan que lo de perderse es algo que caduca al terminar la adolescencia. Pero no creo estar mirando el abismo: para eso todavía queda. Soy, más bien, como la chica de la canción de The Doors, “You are lost, little girl”.

Ya he divagado lo suficiente… Haré un segundo round contra el insomnio, con este último pensamiento en la cabeza:

El amor nos vuelve vulnerables -para bien o para mal.