En recuerdo de María Teresa León

dibujoTodo son palabras y colores dentro de mí que ya no sé muy bien qué representan. Me asusta pensar que invento y no fue así, y lo que descubro, el día de mi muerte lo veré de otro modo, justo en el instante de desvanecerme.

Puede que esté inventando y que pinte sin saberlo y con ansia un muro, como hacen los niños de las calles de Roma donde dejan manos sueltas o bocas o caras espantadas o mensajes de amor entre estrellas. Lo cierto es que todo lo que estoy escribiendo no tiene ni deseo de perfección ni de verdad. Lo que yo vi es el jardín cerrado de lo que yo sentí. A veces me da vergüenza no decir nada mejor o más, no gritar con rabia porque la ira se me quita como si de pronto la lluvia me lavase los recuerdos o alguien me dijera: ¿Para qué la venganza?

Así comienza Memoria de la melancolía, la obra autobiográfica en la que María Teresa León guardó los recuerdos de toda una vida, encerrando sus luces y sus sombras antes de que el olvido extendiera sus aguas heladas sobre ella. La memoria de María Teresa no se perdió; permanece en este libro de infancias, amores apasionados, guerra, exilio. Ella falleció un 13 de diciembre de hace veintiocho años. En su lápida, puede leerse un verso de su marido, Rafael Alberti, perteneciente a Retornos de lo vivo lejano:

Esta mañana, amor, tenemos veinte años.

Viento del Este

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Fotograma de la película Mary Poppins (1964)

Mary Poppins regresó a Londres cuando empezó a soplar el viento del Este. El Almirante Boom, aquel viejo oficial de la Marina retirado, lo anunció desde su azotea-barco. Bert, el simpático hombrecillo que a veces era deshollinador, otras pintor y, algunas otras, incluso vendedor de cometas; intuía también su regreso, con una pasión platónica muy firme, muy entrañable.

Por aquí, siento que cambia también la dirección del viento. Londres nos recibirá con niebla, con fotogramas de película antigua. No negaré que sobrevive dentro de mí la esperanza de bailar por los tejados junto a aquel deshollinador, ahora que en el mundo “todo está roto y baila”, como diría Jim Morrison. Londres, la ciudad habitada por sombras “con un olor a gato”, según Luis Cernuda. Demasiadas referencias para una sola realidad.

Mary Poppins se marchó con el viento del Este. Una bandada de cometas la despedía. Por aquí, también empieza a cambiar el viento y eso me desestabiliza, me bautiza de niebla. La vida y las niñeras mágicas se empeñan en demostrarnos que todas las cosas son transitorias: las personas se vuelan entre cometas, o se vuelven diferentes y extrañas, como si de repente se trasladaran a otra dimensión. Como siempre, persigo el equilibrio y lucho contra los sentimientos que me conducirían al país de los abismos; pero el viento es más fuerte.

Londres es también una ciudad con perfumes de promesa, la ciudad del Trapecista, y una promesa antigua que no se llegó a cumplir. No puedo esperar para saber qué nos depara el viento.

Sabiduría

Algo me queda siempre cuando estoy solo, cuando
emprendiendo el camino del corazón, subiendo
las empinadas cuestas de la memoria, elijo
de un prado lateral borroso, de una triste
sauceda, una vertiente perdida, un separado
río de solitarios rumores o una playa,
elijo lo que más me revive llamándome.”

Rafael Alberti

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1995

Nunca quise crecer. Creo que, por ello, fui una niña bastante sabia, pero demasiado idealista. Al final, no cayó un misterioso meteorito que detuviera el tiempo y que me regalara una infancia infinita.

Hoy soy un año mayor, aunque cada vez creo más en la relatividad del tiempo. Tal vez eso sea consecuencia de la madurez –o inmadurez– a la que me encamino. Los adultos siempre dicen que el tiempo se sucede desenfrenadamente, a un ritmo progresivo y ascendente. Empiezo a comprenderlos y esto me lleva a plantearme si yo misma habré alcanzado la adultez. La pregunta sería si realmente nos hacemos adultos del todo. Yo me siento incapaz.

Estoy aquí, en un extraño limbo. Persiguiendo el equilibrio, como siempre. O como nunca. Porque jamás había sido el equilibrio tan resbaladizo y mi ansiedad por apresarlo tan aguda. Será que a veces se apaga la luz y nos desorientamos. La idea de una humanidad como un enjambre de polillas absurdas, cegadas por la claridad de un farol utópico que en unas ocasiones llamamos amor y en otras adquiere denominaciones más terrenales y precisas, como ambición, fama, futuro.

Sí; futuro. Una luz añorada como futuro; una luz que tratamos de intuir, agitando las alas empañadas de sueños y elevándonos en nuestra naturaleza de polillas gastadas, errabundas, ordinarias. Intentando vislumbrar el futuro, en vano. Y sin embargo es el pasado el que nos define y el que se impone de manera constante en nuestros pensamientos.

Mi recuerdo más antiguo es… Es ridículamente antiguo, tanto que casi pierde su sentido. Soy simplemente yo, mirando por la ventana del dormitorio de mis padres, contemplando los edificios y comprendiendo la muerte. La muerte como consecuencia de la llegada de un Tiranosaurio Rex de la misma altura que esos edificios, devorando a sus víctimas. No existían más muertes, por entonces. Las enfermedades podían curarlas los médicos.

Pensar en la muerte en la frontera de los tres años me convertía en una niña bastante sabia, pero demasiado idealista. Porque después llegaría aquella revelación terrible: que los dinosaurios se habían extinguido hacía millones de años. La muerte nunca volvería a ser lo mismo.

Los recuerdos acuden como fogonazos en todos los cumpleaños; parece algo inevitable. Al de los dinosaurios le sucede otro que me retrotrae unos años más tarde, tal vez tres, en otro día de cumpleaños. Un regalo: esa muñeca llamada “Novia-princesa”, que parecía diseñada especialmente para mí. Con su falda rosa y blanca, su cabello rubio y su corona. Después, aquel otro trece de octubre inolvidable, cuando cumplí diez años y acudieron a mi casa un montón de compañeros del colegio…

img_9491Y de todas aquellas personas, ¿cuántos quedan? ¿No avanzamos de algún modo hacia la soledad? ¿O este pensamiento no es más que un producto de la nostalgia? De la inseparable nostalgia, que diría Alberti: la idea de extrañar paraísos temporales que en su momento nos parecieron rutinarios. A la vida llega mucha gente nueva, pero solo algunos se quedan, quién sabe hasta cuándo. Hoy he soñado con dos personas a las que ya no veo; una se deshizo antes de llegar a su lado. Comprendí que aquellos dos o cuatro años que pasó por mi vida no significaron nada. Un borrón de tiempo; poco más. Una larga cabellera castaña perdida por el calendario de los recuerdos.

Al final no somos nada más que polillas, que cuentos que esperan a ser escritos. No terminamos de comprender que no existen más autores de nuestra propia historia que nosotros mismos, porque las decisiones son llaves en el seno de un laberinto y, como Teseo, a nosotros también nos toca huir del Minotauro del Fracaso. Perdiendo personas, sueños, ilusiones. Ganando experiencias, pequeñas luces dispersas que constituyen la verdadera identidad de esa idea inmensa y omnipresente que en otro tiempo teníamos de la felicidad.