Alguien más

Hasta las hojas más íntimas
Ojos de la Tormenta estaba enamorado
aun sin saber de quién.

(Luis Cernuda)

azulcinemascope

Hay noches en las que el mundo se parece a una canción de Al Stewart y me presiento cuajada de habitaciones de hoteles y de maletas a medio deshacer, en medio de rascacielos indiferentes y de ciudades sin alma. Si estás a mi lado, esas mismas ciudades se encienden y sonríen con fogonazos de neón y hay voces que gritan a todo color

MANHATTAN

MANHATTAN

MANHATTAN.

Nunca comprendo el motivo pero, en cambio, sé que podríamos pasarnos la noche entera vigilando las tormentas de los transeúntes desde la terraza del piso 72 de aquel rascacielos que todavía ningún arquitecto ha decidido construir.

Me gusta mirarte a los ojos. No los tienes de ningún color o, más bien, los tienes de todos los colores. A veces eres rubio y, poco a poco, tu cabello se va oscureciendo y tu sonrisa no es la misma. Eres muchas personas a la vez, y ninguna. Pero tu forma de mirarme no cambia, y siempre que eso  ocurre me acuerdo de aquellas palabras de Goytisolo, aquellas que decían: “Miras a quien te mira y quisieras tener el poder necesario para ordenar que en ese mismo instante se detuvieran todos los relojes del mundo”.

Luego el viento se deshace a nuestro alrededor y la noche se vuelve la nuit, y los colores cortantes del crepúsculo sucumben a aquel París bohemio que solo existe en imaginaciones sobrecargadas de fogonazos (MANHATTAN MANHATTAN MANHATTAN). Al fin y al cabo, de París únicamente queda un trocito junto al Sacré Coeur: un rinconcillo tamizado de acordeón en el que, mirando a través de unas rejas, se puede contemplar la Tour Eiffel. Porque todos los poetas malditos y las historias de revoluciones viajan en tus pupilas, esas cuyo color me gustaría adivinar. (Por fin logro escuchar “La vie en rose” sin la venenosa dosis de tristeza que me desbordaba las entrañas.)

Pero si tuviera que elegir una canción de amor, ya sabes cuál sería. Me la reservo para el sueño de alguna noche del verano madrileño en la que incluso las estrellas se atrevan a escapar por el lienzo postimpresionista del firmamento. No me preguntes en qué lugar estamos; no soy capaz de distinguirlo. Me siento hechizada por tu voz, que me envuelve y me acuna despacio, como si no fuera más que una niña que tuviera frío. Me coges de la mano, comenzamos a caminar por calles por las que nunca había pasado –tú, y solo tú, conoces todos sus secretos– y, a lo lejos, la ciudad resplandece. Sí: lo has adivinado. Es nuestra canción: aquella de los Moody Blues que se pierde por las lejanísimas fronteras del siglo veinte. Quisiera volver. No; más bien quisiera que volvieses. Aunque no te vea. O mejor aún: quisiera bailar, pero bailar de verdad, despacio, mirándonos a los ojos –a tus ojos desconocidos–. Parece que a todo el mundo se le ha olvidado, ¡y yo que todavía tengo que aprender…! Te estaba esperando; sabía que llegarías, para enseñarme, porque a ti sí te gusta bailar. Moriremos bailando las noches de blanco satén mientras Madrid se consume en su propio fuego de alto voltaje y, al despertar la mañana…

.

¡…No! Has vuelto a cambiar de canción. ¿Es porque está amaneciendo? ¿Porque lentamente regresamos a Al Stewart y a mi Manhattan imposible y a las horas secuestradas en una maleta sin haberme movido de mi habitación? Sí, ya recuerdo cómo empezaba: On a morning from a Bogart movie, in a country when they turn back time… Humphrey nunca fue guapo, ¿verdad? Pero tenía algo en la mirada que… Algo que parecía decir: “Volveré”.

¿Volverás tú también? Sí; sí que lo harás; todavía no me has enseñado a bailar… pero vuelve convertido en ti mismo, para que pueda mirar tu pelo y el verdadero color de tus ojos.

Te vas otra vez, despacio, como arrepintiéndote. La ciudad comienza a desvanecerse de nuevo en el gris de los aires, y una pregunta se queda flotando entre la niebla.

¿Quién eres? 

Marina Casado, Mi nombre de agua

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Jim Morrison: a los 45 años de su muerte

En la madrugada del 3 de julio de 1971, una estrella fugaz llamada Jim Morrison moría en una bañera de París, víctima de sobredosis. Eso nos dice la versión oficial. Alrededor de ella pululan, como elementos propios de novela negra, una novia heroinómana, histérica y controladora; un camello, miembro de la nobleza en decadencia, que era amante de la novia -además de ser la persona que suministró la dosis de droga mortal a otra gran estrella: Janis Joplin-; una amenaza de cárcel desde América; un médico con un historial un tanto turbio que fue el único, además de la novia, que vio el cadáver de Morrison…

La leyenda que gira en torno a la muerte del cantante de The Doors se halla envuelta de una complejidad que roza lo lírico. Por detrás del icono sexual en decadencia se ocultaba un poeta heredero de las enseñanzas suicidas de Rimbaud: una figura que me ha fascinado desde siempre.

En mi primer poemario, Los despertares, Morrison ya aparecía conversando con Alicia, tomando el té con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo. En mi segunda obra, Mi nombre de agua, no podía menos que dedicarle un poema, que es el que a continuación reproduzco:

2014-12-23-jimmorrisonhuffington
Jim Morrison en 1970

Jim Morrison

Te busco en la otra orilla,
a la que todavía no he cruzado.
Y tú en el escenario, como una mancha aguda
de heliotropos sanguinolentos.
Y tú como una sombra,
como una noche negra que persigue su fin,
viajando a la deriva en tu navío de cristal;
asesinando una botella
con tus ojos ensoñadores
del color de diciembre.

Me miras desde camisetas desteñidas
que se sumergen en el metro,
que no entienden de amaneceres en ruinas
mezclados con alcohol y con cabellos rojos;
me miras,
pero no basta con mirar el mundo:
hay que agitarlo violentamente hasta que estalle,
hasta que se desate el trueno,
porque ninguna historia acaba
si no es con la tormenta.

Te busco en la otra orilla.
Al fin he comprendido lo que tú pensaste:
que todos los futuros viven al fondo
de una bañera en la que naufragar a medias,
morir solo una pizca, rendirse y resistir
desde lo alto o desde aquellas galerías
de inframundos cansados de esperarte.

Miro la noche
sin agitarla
y en azoteas de papel maché
refulgen unas notas de tu color chamánico y obsceno;
bailan las madrugadas como inframundos dóciles
que acariciaras con tu voz; sueñan desde la lluvia
multitud de mujeres de rostros arrugados
como la máscara implacable
de aquel viejo piel roja
que se quedó a vivir en tus mejillas.

La misma sangre muerta
que ascendía despacio por tus huesos
y te ahogaba en Venice
y te llenaba de gaviotas el esófago
me amenaza con desbordarse
desde edificios monolíticos
y terrones de azúcar
flotando por la tierra de soledades de café
que habitó en tus cabellos.

No teñiré de rojo mi melena
en una vaga crisis de sonambulismo
para esperar a medias esa muerte truncada
donde se acuna tu recuerdo.
No llamaré a Rimbaud para hacer de mi vida,
de esta vida, una llaga de lluvia
en este mundo estremecido
por la radiografía del relámpago.
Soy la vulgar espectadora
en el cine angustiado de tus versos:
soy quien te olvidará día tras día
mientras invoca la tormenta.

Marina Casado, Mi nombre de agua (Madrid: Ediciones de la Torre, 2016)

El Club de los 27: ¿casualidades o causalidades?

Ayer fue 3 de julio. El 3 de julio constituye una fecha maldita en la Historia del Rock. Un 3 de julio de 1969 comenzaría lo que se ha llegado a llamar “El Club de los 27”. La funesta esencia de dicho grupo podría resumirse con una cita famosa de Brian Jones:

“Sí, quiero ser famoso. Y no, no quiero cumplir treinta años.”

Brian Jones, líder de The Rolling Stones hasta 1969
Brian Jones, líder de The Rolling Stones hasta 1969

Brian Jones fue, precisamente, quien inauguró la maldición. Cofundador y líder de la banda The Rolling Stones, fue hallado muerto en su piscina, en Sussex, el 3 de julio de 1969. Tenía 27 años. La autopsia reveló que había podido sufrir un ataque de asma –pues era asmático- mientras nadaba, razón del ahogamiento. Sin embargo, no se aseguró. Por entonces, Jones había abandonado a los Rolling desde hacía algunos meses, por desavenencias con el resto de integrantes de la banda. Hay especulaciones que hablan de homicidio.

Un año más tarde, en 1970, nos encontramos con otros dos repentinos y extraños fallecimientos en el mundo del rock: Jimi Hendrix, el 18 de septiembre, y Janis Joplin, el 4 de octubre. Ambos tenían 27 años.

Jimi Hendrix con Janis Joplin y una tercera persona de espaldas
Jimi Hendrix con Janis Joplin y una tercera persona de espaldas

Tras las muertes de Hendrix y Joplin, Jim Morrison, vocalista de The Doors, ya había hecho gala de su humor negro comentando que “él sería el Número Tres” –cuando lo dijo no debió contar a Brian Jones. La maldición de los 27 se lo llevaría en julio de 1971, concretamente, el día 3. Se cumplían dos años exactos del fallecimiento de Jones. Jim no haría los 28 hasta diciembre. En su caso, se habla de infarto provocado por una sobredosis, pero nada resulta claro. No se hizo autopsia al cadáver, que fue visto por muy pocas personas; conseguridad solo se puede afirmar que su novia, Pamela Courson, además de un médico francés conocido de Pamela y Jean de Breteuil, amante de Pamela. Rápidamente, y antes de que terceras personas –incluidos sus padres- pudieran tener ocasión de despedirse de él, Jim Morrison fue enterrado en el cementerio parisino de Père-Lachaise.

Jim Morrison, líder de The Doors
Jim Morrison, líder de The Doors

El último gran rockero en dejarse llevar por la maldición de los 27 –sin contar a Amy Winehouse, cuya música no puede considerarse dentro de este género, por mucho que hayan tratado de incluirla en el “Club”- fue Kurt Cobain, líder de Nirvana. El 8 de abril de 1994, Cobain fue hallado muerto en su casa –la autopsia reveló que el fallecimiento se produjo tres días antes-, junto a una escopeta y una nota de suicidio dirigida a su mujer, Courtney Love, y a su hija Frances. Sin embargo, se ha especulado mucho sobre un posible asesinato de su mujer, aprovechando las tendencias suicidas de Kurt, y existen pruebas que apoyan esta hipótesis. A pesar de todo, la muerte de Cobain ocurrió 20 años después de la anterior y el cantante no conoció a Jones, Hendrix, Joplin o Morrison, por lo que lo dejaremos como un caso aislado en el tiempo, para abordarlo de forma independiente en otra ocasión.

Kurt Cobain, líder de Nirvana
Kurt Cobain, líder de Nirvana

Pero regresemos a antes de 1994, concretamente, al año 1974, para encontrarnos con una nueva e ignorada integrante “a medias” del “Club de los 27”. Digo “a medias” porque, aunque ella no era rockera ni pertenecía a ninguna banda, sí estaba muy vinculada a ese mundo por haber sido la eterna novia de Jim Morrison, y la única –junto al médico amigo suyo y a su amante- en ver su cadáver. Me estoy refiriendo a Pamela Courson, fallecida el 25 de abril de 1974, a los 27 años, supuestamente por una sobredosis de heroína, en una fiesta que estaba celebrando en su casa de Los Ángeles. Los testigos afirman que, antes de retirarse a su habitación, donde moriría, la joven dijo que “Jim llevaba demasiado tiempo esperándola”. No olvidemos, además, que antes de morir, Morrison declaró en su testamento a Pamela como su única heredera.

Jim Morrison y Pamela Courson
Jim Morrison y Pamela Courson

Existen ciertas vinculaciones entre las muertes de Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison. Os expongo algunas:

1) Jones había dejado a los Rolling poco antes de morir, debido a enemistades con el resto de la banda. Morrison también había abandonado a los Doors, retirándose a París junto a Pamela para explotar su faceta de poeta maldito –él siempre se consideró poeta, antes que cantante. También se habían producido discusiones en el seno de los Doors en la última época, principalmente por el carácter desequilibrado que a Jim le producía el excesivo consumo de alucinógenos, y su alcoholismo. Brian Jones también vivió permanentemente colocado sus últimos meses. Por su parte, Jimi Hendrix, también muy enganchado a las drogas, comunicó extraoficialmente, días antes de su muerte, que tenía pensado abandonar a su manager.

2) Cuando en 1969 Brian Jones les comunicó al resto de Rolling que abandonaba la banda, les habló de que tenía proyectos con Jimi Hendrix. Así lo relata su antiguo compañero, Keith Richards, en el libro According to the Rolling Stones.

Brian Jones y Jimi Hendrix
Brian Jones y Jimi Hendrix

3) A partir de los cuadernos de Jim Morrison, existe la posibilidad de que este se hubiera entrevistado con Brian Jones meses antes de la muerte del Rolling en 1969. Brian Jones era el ídolo reconocido de Jim Morrison. Ambos murieron un 3 de julio.

4) En 1968, un año antes de la muerte de JonesJim Morrison participó en la grabación de un disco de Jimi Hendrix titulado Bleeding Heart.

Portada de "Bleeding Heart" de Jimi Hendrix
Portada de “Bleeding Heart” de Jimi Hendrix

5) Jean de Breteuil, el traficante que suministró la dosis de heroína mortal a Janis Joplin, fue amante de Pamela Courson antes de que ella empezara a salir con Jim, y durante su noviazgo. Breteuil también le proporcionaba droga habitualmente a Pamela y a Jim. La noche en que Jim Morrison murió, fue la primera persona –sin contar al médico- en ser informada por Pamela. Breteuil se marchó rápidamente de París, y murió poco después.

6) Jim Morrison hizo testamento en febrero de 1969, pocos meses antes de la muerte de Brian Jones. En él, dejaba como única heredera a Pamela Courson y, sólo en caso de que ella falleciera, a su hermano Andrew Morrison.

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Las coincidencias aquí expuestas son solo una pequeña parte de las que existen. Unidas, podrían trazar una curiosa red que nos llevaría a plantearnos hasta qué punto el “Club de los 27” -el original, sin contar a Kurt Cobain- constituyó una serie de funestas casualidades. Sin duda, todo esto podría inspirar una interesante investigación…