Mascarada

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René Magritte

No es fácil de comprender, el concepto de la dignidad. Los seres más errados se aferran a ella para justificar sus canalladas, sus desaires, su acuciante e insólita deshumanización. “Es mi dignidad”, arguyen, y al decir esto se contemplan a sí mismos como una suerte de colonos posando sus ojos por vez primera sobre un nuevo continente. La dignidad: un terreno virgen, inexplorado, ideal para plantar la bandera de su insolencia. Y se preguntan cómo habían vivido tanto tiempo sin ella.

Lo que no entienden es que la dignidad es todo lo contrario a repentina: se trata de un rubor imperceptible que nace con uno y permanece para siempre. No brota cual hongo en la estación de las lluvias; no aparece ante el dulce éxtasis del éxito ni es relámpago salvaje en la noche incolora. Muy al contrario: la dignidad se erige como el último bastión de la conciencia cuando todo se ha perdido. Brilla cuando la niebla del fracaso envuelve el presente y no ofrece un refugio, sino la inherencia propia de aquello que siempre ha sido y que será. La derrota es la más digna de las realidades.

Desconfío de aquellos que se acogen repentinamente a algo que llaman dignidad. Criaturas que se han mostrado vulnerables, dóciles y temblorosas, hasta que un giro imprevisto del presente, lo que se conoce como “golpe de suerte”, cumple súbitamente su deseo. Entonces dejan de temblar, miran a su alrededor y suspiran, aliviadas. Por fin pueden quitarse la máscara. Y a esa acción, al abandono del disfraz, lo llaman “dignidad”. Hay algo maquiavélico en su temblor, en la manera de ocultar su verdadero yo mientras permanecen desubicadas, esperando esa vuelta del destino, ese éxito que desterrará la incertidumbre. Porque debajo de la máscara hay solo frío y la certeza remota de su propia congelación. La sensibilidad es otra dimensión permanente, imposible de abandonar. La máscara no concibe el amor: en ella es un sentimiento impostado, igual que ese sucedáneo de dignidad que nace de repente y vuelve a apagarse al cambiar la dirección del viento.

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El fracaso sentimental como móvil criminal en Patricia Highsmith

La escritora Patricia Highsmith
La escritora Patricia Highsmith

En el 20º aniversario del fallecimiento de Patricia Highsmith, una de las maestras por excelencia de la novela negra norteamericana, recupero el extracto de un trabajo que expuse en el IX Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca, publicado en 2014. 

Dentro del género negro de la novela, Patricia Highsmith (1921-1995) ha alcanzado un lugar de culto gracias a su capacidad para ahondar en la psique de los personajes y situar al lector dentro de un complejo entramado de pensamientos, impulsos y reflexiones. Los personajes de las novelas de Highsmith son de todo menos simples: como ocurre en la realidad, ninguno queda encasillado en el papel de bueno o de malo, sino que se van definiendo y configurando mediante una serie de acciones que quedan justificadas por la concatenación de pensamientos, traumas o experiencias que tiene lugar en la mente de dichos personajes. Esta idea queda explicada en su primera novela, una de las más famosas: Extraños en un tren (1950), cuando el perturbado personaje de Charles Anthony Bruno afirma:

Cualquier persona es capaz de asesinar. Es puramente cuestión de circunstancias, sin que tenga absolutamente nada que ver con el temperamento. La gente llega hasta un límite determinado… y sólo hace falta algo, cualquier insignificancia, que les empuje a dar el salto (Highsmith, 2004: 34).

No se puede hablar de identificación como tal del lector con el asesino: la propia autora confiesa que sus malvados a menudo resultan repugnantes para el lector, pero que ella siempre ha tratado de otorgarles rasgos de simpatía que creen un poco de contraste en su personalidad y los humanicen:

Pienso que todos mis héroes criminales son bastante simpáticos (…). Pienso que también es posible hacer que un héroe-psicópata sea totalmente repugnante y, pese a ello, resulte fascinante precisamente por su depravación (Highsmith, 1987: 48-49).

Introduciendo ciertos rasgos positivos en la personalidad de sus asesinos, lo que sí logra Highsmith es que el lector lo perdone, que consiga ponerse en su lugar, aunque sin llegar a identificarse con él. En general, el procedimiento que más utiliza es el de despertar la compasión del lector hacia dicho personaje, mostrándole parte de su pasado o desplegando su su dramática situación en el presente, que gira en torno a un fracaso: un fracaso que suele estar inmerso en el terreno de lo sentimental. Los asesinos o criminales de las novelas de Highsmith, incluso los que no llegan a asesinar, pero se plantean la idea, son personajes frustrados sentimentalmente. Es esa frustración, la sensación de haberlo perdido todo, la que les conduce a una evolución negativa de su personalidad, que roza la locura. Los personajes abandonan la razón y se dejan llevar por impulsos, en la mayoría de los casos. O también puede tratarse de seres desequilibrados emocionalmente, que han llegado a ese desequilibrio por traumas infantiles o juveniles que les han producido frustración, o que les han hecho sentirse fracasados, de algún modo.

La escritora Patricia Highsmith
La escritora Patricia Highsmith era una amante de los gatos

El sentimiento de frustración, originado por motivos sentimentales, es una constante en los personajes de Patricia Highsmith, y se trata de la condición que los conduce hacia el crimen o, de no producirse éste, al menos sí los impulsa a albergar pensamientos en ese sentido, o los acerca a un ambiente en el que está presente el crimen.

Las relaciones sentimentales que aparecen en la obra de Patricia Highsmith no suelen acabar bien, ya sea porque la pareja no se entienda o, en el caso de que exista armonía entre ellos, el asesinato se interponga, y uno de los dos pierda la vida. Muchos de los personajes se caracterizan, además, por poseer una orientación sexual ambigua y, de hecho, la homosexualidad como tal está presente de una u otra forma en gran parte de la obra de Highsmith.

En mayor o menor medida, se trata de un reflejo de la propia vida de la autora, lesbiana, y a quien las relaciones sentimentales no le solían durar demasiado. Este escepticismo hacia la concepción de pareja se va formando en Highsmith desde su más temprana infancia, cuando se siente afectada por la falta de cariño y la insatisfacción presentes en las relaciones de los adultos de su entorno.

Pat se pasó la vida insistiendo en que el matrimonio turbulento salpicado de problemas de su madre con Stanley Highsmith había hecho de su infancia “un pequeño infierno”. Al alimentar esta opinión, se olvidó, igual que cuando echaba la cuenta de sus amargos fracasos amorosos, de fijarse en el lado positivo de las circunstancias en las que había vivido (Schenkar, 2010: 132).

Esta perspectiva de Joan Schenkar, una biógrafa de Highsmith, deja entrever que, por encima de la mayor o menor insatisfacción de su madre en su matrimonio, existía en Patricia una visión pesimista acerca de la pareja. En cualquier caso, todas las relaciones sentimentales de sus personajes tienen como eje la frustración.

Información extraída de: 

  • CASADO, Marina (2014). “El fracaso sentimental como móvil criminal en cuatro novelas de Patricia Highsmith”, en La (re)invención del género negro / ed. Alex Martín Escribà, Javier Sánchez Zapatero (Andavira, 2014).

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BIBLIOGRAFÍA

  • HIGHSMITH, P. (1987). Suspense. Cómo se escribe una novela de intriga. Anagrama: Barcelona.
  • HIGHSMITH, P. (2004c). Extraños en un tren. Diario El País: Madrid.
  • SCHENKAR, J. (2010). Patricia Highsmith. Circe: Barcelona.