La influencia de Rimbaud en Van Morrison

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El poeta Arthur Rimbaud

Las grandes estrellas del rock son, en parte, herederas de la rebeldía marginal de los poetas simbolistas franceses. Entre ellos, la figura de Arthur Rimbaud (1854-1891) se erige como el referente supremo, por su modo de enfocar la existencia, de supeditarla al arte, de desangrarse en su poética y vivir por y para ella, aunque esta elección le supusiera adentrarse conscientemente por un sendero autodestructivo y trágico. Rimbaud, apodado l’Enfant Terrible, escribió la totalidad de su fascinante y precoz obra poética antes de cumplir los diecinueve años, edad a la que abandonó la escritura, demostrando que su inspiración era más instintiva que formal. Para él, la poesía no constituía un entretenimiento estético o una vía de escape, sino aquello a lo que debía dedicar su esfuerzo vital.

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Van Morrison, el “León de Belfast”

A la hora de citar a los grandes rockeros influidos por el poeta, surge inmediatamente la figura de Jim Morrison, de la que tanto he hablado. Otro Morrison, distinto al líder de The Doors, también bebió de Rimbaud para escribir sus letras. Me refiero al cantautor norirlandés Van Morrison, popular en las décadas de los sesenta y los setenta por mezclar en su música géneros como el jazz, el country y el blues. Siendo aún líder de la banda Them, alcanzó la fama en 1965 con el tema “Gloria”, que después popularizarían otros artistas como The Doors o Patti Smith. Ese mismo año comenzó su carrera en solitario, llegando a publicar hasta la fecha treinta y nueve álbumes, entre los directos y los de estudio. Hay entre ellos un tema que, ya desde el título, constituye un homenaje explícito a Rimbaud: “Tore Down a la Rimbaud” –“Derribo a la Rimbaud”-, que forma parte del álbum de 1985 A Sense of Wonder –“Un sentido de la maravilla”-. El propio Van Morrison confesó que, en el momento de escribir la letra, atravesaba un período de sequía creativa y, sólo después de leer en una biografía de Rimbaud que este poeta había dejado definitivamente la poesía a muy temprana edad, se sintió inspirado para escribir “Tore Down a la Rimbaud”. Leamos la traducción:

Me mostró las imágenes en la galería,
me mostró las novelas en el estante.
Puse mis manos sobre la mesa,
me otorgó el conocimiento acerca de mí mismo.
Me mostró visiones, me mostró las pesadillas,
me dio los sueños que nunca terminan.
Me mostró la luz del túnel
cuando se hizo la oscuridad en todo mi alrededor.

Y yo estaba allí, simplemente.
Derribo “a la Rimbaud”.
Y me gustaría que mi mensaje viniera.
Derribo “a la Rimbaud”;
ya sabes, me llevó algún tiempo.
Ya sabes, me llevó algún tiempo.

Me mostró la forma y los movimientos,
me enseñó lo que significa ser,
Me otorgó días de devoción profunda,
me mostró cosas que no puedo ver.

[..]

Me mostró diferentes formas y colores,
me enseñó muchos caminos diferentes,
me dio instrucciones muy claras
cuando yo estaba en la noche oscura del alma.

La letra habla de la inspiración literaria, de la sequía creativa que el propio Morrison experimentó, del papel revitalizador que cumplió Arthur Rimbaud, devolviéndole su creatividad al descubrirle nuevos e inimaginables puntos de vista. El “derribo a la Rimbaud” es una metáfora que representa el fin de esa barrera, de esa sequía productiva, gracias al fuego aportado por el joven francés. Como curiosidad, hay que añadir que en esta canción también hallamos una referencia al poeta místico del Renacimiento español San Juan de la Cruz, en el verso donde se menciona la “noche oscura del alma”.

Enigmático y distante, Van Morrison es considerado por gran parte de la crítica como la mejor voz blanca de todos los tiempos. La revista Rolling Stone lo sitúa, junto a Bob Dylan y Neil Young, en el trío de los músicos contemporáneos más influyentes.

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“Can you hear me, Major David Bowie?”

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David Bowie, el rey del glam rock

David Bowie, el Camaleón del rock, ha muerto tantas veces, y tantas otras ha renacido con distinta piel, que todavía algunos esperamos que hoy, en las redes sociales, irrumpa la súbita noticia de que el Duque Blanco ha regresado, reinventado y transformado en una nueva personalidad mística y prometedora, marginal y brillante, para seguir creando universos de música con su voz extraña y genial que permanece por debajo de todas las máscaras.

Como aquel Ziggy Stardust de comienzos de los setenta, que ya había perdido la pista galáctica del Mayor Tom y ahora informaba a la Tierra de la existencia de un Hombre de las Estrellas que, desde allí, tocaba un jazz cósmico para anunciar su llegada. ¿No sería también otro de los muchos Bowies? A Ziggy el mundo se le quedaba pequeño y, por eso, no tenía ningún escrúpulo a la hora de venderlo o de preguntarse desesperadamente si existiría vida en Marte, e imaginaba la cara de susto que pondrían los hipotéticos marcianos si descubrieran una civilización tan moralmente decadente como la nuestra, en la que Mickey Mouse se convierte en vaca y los marineros se pelean acaloradamente en las pistas de baile.

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Las pupilas asimétricas de Bowie

Desde la inquietante pupila extraterrestre de Bowie, el mundo adquiría estos y otros tintes surrealistas. Por ahí nos intentan arrebatar el romanticismo de la historia revelándonos que su pupila, eternamente dilatada, era en realidad consecuencia de un mal golpe que recibió en su infancia por parte de un compañero de clase con el que competía por las atenciones de una chica. Yo no me creo esa versión y prefiero pensar que Bowie estaba en la Tierra de paso y que, debido a eso, siempre cantó situándose desde desde fuera, desde el punto de vista de un ser, en parte, marginado, sabio y con una mirada distinta que reflejó en sus canciones.

Prueba de que el rock es algo más que mucho ruido con ritmo, era el talante profundamente intelectual de Bowie, que declaraba ser capaz de leer hasta ocho libros al día, y que plasmó todo un universo literario en sus canciones. Hay que destacar, en este sentido, su álbum Diamond Dogs (1984), bautizado así en honor a la conocida novela de George Orwell Rebelión en la granja. Las letras, sin embargo, hacen referencia a la otra gran obra de Orwell: 1984, en la que el autor británico presenta una distopía en la que un terrorífico “Gran Hermano” controla el mundo. El destino de la civilización, como vemos, era una preocupación constante en Bowie.

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Bowie fue un intelectual, amante de los libros

Y es que bajo las máscaras de trajes espaciales, tintes chillones y todas aquellas decenas de personalidades vistosas con las que se fue vistiendo, el rey del glam rock escondía todavía a un niño de nueve años que sorprendía a sus profesores con sus habilidades para el baile y para la música, en general. David Jones, el adolescente que, a los quince años, fundó su primera banda con unos compañeros de clase, que tenía ya claro que quería convertirse en una estrella pop. Lo que consiguió fue mucho más, porque hoy es considerado un auténtico icono de la cultura del siglo XX –y del XXI- que incluso completó su carrera con célebres interpretaciones cinematográficas –Twin Peaks, The Hunger, Labyrinth, The Prestige…-. Jones, convertido ya en Bowie, nos dijo en 1977 que todos podemos ser héroes por un día, aunque en realidad se refería a “para siempre”, y así lo interpretamos.

Hace apenas tres días, el mundo celebraba el 69º cumpleaños del atemporal, andrógino Bowie, que daba a luz un álbum, el vigésimo quinto en su carrera, titulado Blackstar. La prensa, maravillada por su calidad artística, ahora lo califica como “su testamento musical”. Y es que, envuelto en la enigmática intuición de la que siempre hizo gala este dandi interestelar, las canciones del disco se encuentran plagadas de referencias a la muerte. “Lazarus” -¡curioso nombre!-, el oscuro e inquietante sencillo, está narrado desde el más allá, y en el videoclip contemplamos a un envejecido Bowie agonizando sobre una camilla, con los ojos vendados. Tal vez, preveía ya su destino fatal en el momento de escribir el tema, pues se dice que llevaba año y medio luchando contra el cáncer.

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Los múltiples Bowies

David Bowie, aclamado Hombre de las Estrellas, hoy el mundo trata en vano de establecer contacto contigo. Te imaginamos allá, en una suerte de mundo galáctico que siempre te ha pertenecido, viendo girar de lejos la Tierra como una diminuta naranja de color azul. Extraviada la señal, sobreviene un vacío sin estrellas. Pero la profecía de Don McLean, aquella que amenazó con cumplirse cuando perdimos a Lou Reed, continúa sin hacerse realidad. Hoy tampoco será recordado como “el día en que la música murió”. Tu música permanece más viva que nunca, colonizando corazones y galaxias, y tú, viajando en ella.

Hasta siempre, Duque Blanco. Que nuestro adiós alcance a cada una de tus personalidades dormidas en tu sepulcro estrellado, tejido de infinitos.

El compromiso social de Bruce Springsteen

El músico y compositor Bruce Springsteen

Bruce Springsteen nació en Nueva Jersey, tierra que le inspiró gran parte de sus composiciones, vinculadas al folk rock. A mediados de la década de los sesenta, cuando formaba parte del grupo Earth, adquirió el sobrenombre de “The Boss” –“el Jefe”-, debido a su trabajo a la hora de percibir el pago en los conciertos y de distribuirlo entre sus compañeros.  Su trabajo como compositor comenzó rápidamente a ser valorado de forma muy positiva por la crítica, que lo comparó a Bob Dylan.

Es considerado como uno de los referentes dentro del género denominado “heartland rock”, que se desarrolló en la década de los setenta para alcanzar su éxito comercial en los ochenta, en Estados Unidos. Se caracteriza por su toque country o folk, y por las letras, que abordan problemas sociales como la emigración, el desempleo, la pobreza, y sentimientos como la nostalgia por las raíces, la desilusión y la esperanza depositada en el trabajo.

Springsteen siempre se mostró sensible con estos temas, en canciones como “The promised land”, de 1978, que trata sobre un hombre desilusionado con su entorno que, sin embargo, trabaja duro por perseguir su sueño: una vida mejor en una tierra prometida en la que no ha dejado de creer. O una de sus más aclamadas canciones, “Born in the U.S.A.” –“Nacido en los Estados Unidos”-, de 1984, que trata sobre un veterano de la guerra de Vietnam y muestra su absoluto rechazo al conflicto.

“The ghost of Tom Joad”, -“El fantasma de Tom Joad”-, tema perteneciente al álbum homónimo grabado en el año 1995, constituye la culminación del germen de heartland rock que encontrábamos en trabajos anteriores, y está inspirado directamente en la novela Las uvas de la ira, escrita por el californiano John Steinbeck (1902-1968) en 1939. El personaje de Tom Joad es el hijo mayor de los Joad, interpretado por Henry Fonda en la fabulosa película dirigida por John Ford en  1940.

Pero la influencia de la obra de Steinbeck no se limita a este álbum. Las uvas de la ira trata temas tan “springstinianos” como gente hambrienta, campesinos que han perdido sus tierras, caminos, ríos y coches, trabajadores sin empleo, vagabundos y malas tierras, o tierras prometidas… El propio Bruce Springsteen confesó que, al leer esta novela, “se le aclaró la mente”. Trasladó la crítica social de Steinbeck a su propia época, para describir la vida a mediados de los noventa en Estados Unidos y en México, apoyándose en el espíritu de lucha de Tom Joad.

[Texto extraído de CASADO, Marina, El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock (Editorial Líneas Paralelas, 2014)]

Rosendo, navegando a muerte en Las Vistillas

Este año, el programa de conciertos de las fiestas de la Paloma, en Madrid, ha gozado de una calidad superior a la que nos tiene acostumbrados. Baste con decir que, el pasado jueves 13, mi adorado Mikel Erentxun se dejó ver por Las Vistillas y, ayer, Rosendo Mercado cerró la programación, poniendo un broche gamberro y castizo a La Paloma 2015. Porque, si hay un músico madrileño de pura cepa –y que se muestra orgulloso de serlo-, ese es Rosendo.

Rosendo Mercado actuando en Las Vistillas en las fiestas de La Paloma 2015

Ataviado con su tradicional camiseta negra de conciertos y dejando, como siempre, su larga melena plateada al viento, el viejo rockero nos volvió a demostrar, a lo largo de 100 minutos de actuación, que a los 61 años se puede hacer mejor rock que cualquiera de los grupos jóvenes que pueblan el panorama nacional. El pasado septiembre tuve ocasión de verlo en Las Ventas, durante la grabación en directo de un álbum homenaje a su carrera, con ilustres acompañantes como Miguel Ríos o Luz Casal. Anoche, todo fue más improvisado y menos solemne, sin rebajar por ello un ápice la calidad.

Yo estuve allí, entre los centenares de personas que acudieron para verlo y para corear sus canciones, y hasta me atrevo a afirmar que Las Vistillas no estaban preparadas para una actuación tan multitudinaria –algunos hubimos de conformarnos con avistarlo por detrás de improcedentes chiringuitos-. Camisetas negras de Leño, coletas canosas, manos cornutas, olor a fritanga y algún que otro porro en mitad de aquella noche del habitualmente insípido agosto madrileño, una noche en la que no hacía frío ni calor y la ciudad entera parecía haberse congregado en un único espacio.

Y es que Rosendo es, sin duda, la mejor elección para una fiesta popular y castiza como La Paloma, por todo lo que representa como símbolo de nuestra cultura madrileña. Empezó en los albores de la Movida, distinguiéndose de la vertiente más “pija”, como Mecano y Alaska, y apostando por un rock duro de crítica social con su grupo Leño. Gritó aquello de “Es una mierda este Madrid” y ninguno lo acabamos de creer, porque hoy sigue viviendo en el barrio que le vio nacer, Carabanchel Bajo, y defendiéndolo como su guardián más desvergonzado y leal. Hace dos años, fui profesora de prácticas en un instituto de dicho barrio y una de mis alumnas resultó ser su vecina de escalera, y me aseguró que Rosendo resultaba un vecino simpático y cercano. Esta humildad, unida a su maestría, es la que hace a Rosendo un tipo tan especial y tan querido por su público. Otros, como Loquillo, han acabado encantados de conocerse a sí mismos y deambulan por lo saraos culturales disparando provocativas opiniones políticas que no terminan de sostenerse y te miran por encima del hombro, como elitistas deidades que descendieran unos instantes al mundo de los mortales.

Rosendo con sus compañeros de Leño, Chiqui Mariscal y Tony Urbano, en 1978

Rosendo, sin embargo, se mantiene fiel a sus orígenes, en todos los sentidos: sigue apostando por su rock canalla –cuyas letras han mejorado con el paso de los años- y por un estilo sencillo y titiritero con el lenguaje, directo al corazón, extendiendo dicha sencillez incluso al escenario, donde se apaña de lo lindo con su propia guitarra, un bajo y un batería. Y con esa mínima compañía es capaz de ofrecer la muestra más magnífica y honesta de rock nacional.

Anoche, viajé a un Madrid que me hubiera gustado conocer mientras Las Vistillas vibraban al ritmo de aquel himno indiscutible de Leño, “Maneras de vivir”, más sentimental de lo que podría parecer en un primer momento: “Te busco y estás ausente, / te quiero y no es para ti, / a lo mejor no es decente… / ¡Maneras de vivir!”. Decente o no, tras este tema, Rosendo se retiró, como es habitual en sus conciertos, navegando a muerte –“Verás como naufragas en la barra de algún bar…”-, con ovaciones del público y esbozando esa sonrisa que lleva más de cuarenta años encendiendo los escenarios. Y que sea por mucho tiempo más.

“Peace Frog”, The Doors

There’s blood in the streets, it’s up to my ankles.
There’s blood on the streets, it’s up to my knee.
Blood on the streets in the town of Chicago;
blood on the rise, it’s following me.

She came just about the break of day.
She came and then she drove away,
sunlight in her hair.

Blood in the streets runs a river of sadness,
blood in the streets it’s up to my thigh.
Yeah, the river runs down the legs of the city,
the women are crying red rivers of weepin’.

She came into town and then she drove away,
sunlight in her hair.

Indians scattered on dawn’s highway:
bleeding ghosts crowd
the young child’s fragile eggshell mind.

Blood in the streets in the town of New Haven,
blood stains the roofs and the palm trees of Venice,
blood in my love in the terrible summer,
bloody red sun of phantastic L.A.
Blood screams the pain as they chop off her fingers,
blood will be born in the birth of a nation.
Blood is the rose of mysterious union.

There’s blood in the streets, it’s up to my ankles.
Blood in the streets, it’s up to my knee.
Blood in the streets in the town of Chicago.
Blood on the rise, it’s following me.

 

Hay sangre en las calles: me llega a los tobillos…
Sangre en las calles: me llega a las rodillas.
Sangre en las calles, en la ciudad de Chicago.
Sangre que asciende, que me persigue.

Ella llegó casi al acabar el día.
Llegó y después se fue 
con la luz del sol en su cabello.

Sangre en las calles, por las que circula un río de tristeza.
Sangre en las calles: me llega hasta el muslo.
Sí, el río fluye sangriento por las piernas de la ciudad,
las mujeres están llorando rojos ríos de lágrimas.

Ella llegó a la ciudad y después se fue con la luz del sol en su cabello…

Indios sangrando diseminados en la autopista del amanecer:
fantasmas invadiendo la frágil mente de un niño.

Sangre en las calles de la ciudad de New Heaven,
sangre que mancha los tejados y las palmeras de Venice.
Sangre en mi amor, en el terrible verano…
El sangriento sol rojo de la fantástica ciudad de Los Ángeles.

La sangre grita en el cerebro mientras les cortan los dedos,
la sangre manará en el nacimiento de una nación.
La sangre es la rosa de una misteriosa unión.

Hay sangre en las calles: me llega a los tobillos…
Sangre en las calles: me llega a las rodillas.
Sangre en las calles, en la ciudad de Chicago.
Sangre que asciende, que me persigue.